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9- Cruce de caminos. Por Feodor Mijailovich

 La noche invitaba más a pasear que a meterse en la cama, algo habitual por cierto en los meses de agosto en Madrid. De buena gana hubiera seguido recorriendo las manzanas casi solitarias, las calles de aspecto fantasmagórico, las aceras que a aquellas altas horas de la madrugada restañaban aún sus quemaduras caniculares. Pero en fin, las manecillas del reloj ya se aproximaban a las cinco y seguramente al día siguiente estaría roto de cansancio. Así que, a pesar de mis primitivas intenciones, saqué las llaves del bolsillo y me introduje en el portal.
El ascensor seguía sin funcionar, y llevábamos así tres días. Eso es lo malo que tienen las reformas en los edificios, que nunca se sabe cuándo van a terminar. De modo que no me quedó más remedio que hincarle el diente a aquellos empinados escalones y subir los cuatro pisos andando.
A mitad del tercer tramo la escalera se quedó a oscuras y desde ahí quedaba un buen trecho hasta el interruptor del siguiente descansillo, de modo que subí casi a tientas algunos peldaños. Fue entonces cuando me pareció escuchar que alguien bajaba, cosa que no tenía nada de particular, por otra parte, pues en verano hay bastante trasiego nocturno en mi bloque.
Sin apenas darme cuenta vi a un sujeto mal vestido abalanzarse bruscamente sobre mí. Sus facciones, difícilmente perceptibles a causa de la penumbra reinante, me eran completamente desconocidas. Parecía un mendigo, un vagabundo, o algo peor. Me costaba creer que viniese a aquellas horas de casa de algún otro vecino, aunque a decir verdad apenas tuve un par de segundos para fijarme en él, porque de inmediato el hombre se me echó encima, tratando de abrazarme o inmovilizarme o sabe Dios qué. Percibí claramente su aliento fatigado y con olor a vino barato, sentí los agrios efluvios de su cuerpo y el tacto áspero de su ropa y su barba.
Su fuerza era descomunal, y actuaba sobre mí como si me hubiesen atado un saco de harina al pecho. Desconocía sus intenciones, pero casi diría que la expresión de sus ojos era más de asombro que de maldad. Y sin embargo, se abrazaba a mí, inmovilizándome, impidiéndome incluso respirar.
No sé bien cómo conseguí zafarme de su presencia, mas cuando logré ser consciente de la situación, aquel hombre caía ya por el hueco de la escalera, lugar por donde yo lo acababa de empujar. Aparté la vista temiéndome lo peor, pero no pude evitar escuchar el fortísimo golpe de su cuerpo al chocar contra las baldosas del portal y una especie de gemido lastimero, de alarido apenas susurrado con un hilo de voz salido de una garganta en donde la vida se escapaba sin remedio.
Quedé paralizado, petrificado… ¡Qué había hecho, Dios! ¡Qué había hecho! Un sudor frío se apoderó de mí, un temblor por todo el cuerpo, un deseo de que todo fuera un mal sueño. No sé cuánto tiempo permanecí así, sin atreverme a asomar la vista por la barandilla. Quizá fueron solamente unos segundos, pero a mí me parecieron horas. Cuando por fin tuve el valor necesario para echar un vistazo por el hueco de la escalera, vi que el desconocido seguía allí, en el suelo, bañado en un charco de sangre…
En medio de una fuerte crisis nerviosa que me impedía razonar con claridad, me dije que debía hacer algo pronto. Trataba de convencerme a mí mismo de que había sido un accidente, un caso de verdadera mala suerte, una acción en legítima defensa. Pero algo por dentro me decía que aquel tipo, en realidad, nunca trató de hacerme daño, que si acaso tenía pinta de necesitar ayuda, tal vez un cartón de vino, un cigarrillo y un plato caliente. Y sin embargo, yo lo había matado, yo, con mis dos manos, sin mediar palabra, sin haberle dado una oportunidad.
Vi mi futuro con claridad… La detención, el juicio, el veredicto, el traslado hasta una cárcel de máxima seguridad, los oscuros amaneceres en una celda sucia y desabrida…. Y así un día y otro, un mes y otro, un año y otro año y otro año, durante el resto de mi vida, sin otra cosa que hacer que pensar en los ojos de ese tipo que me había implorado caridad unos instantes antes de caer al abismo…
Pensé que lo mejor sería apresurarse y pasar por casa, coger algo para leer, tal vez el par de gruesos volúmenes de Marcel Proust que descansaban en la estantería desde hacía más de una década. Y también un jersey fino, porque en la cárcel siempre hace frío, según dicen.
Subí en unas cuantas zancadas los peldaños que me separaban de casa y abrí la puerta procurando no hacer ruido, no fuera a ser que se despertase mi madre o mis hermanos y tuviera que darles explicaciones. Mejor que se lo explicase la policía al día siguiente: me imaginaba la cara de mi padre al enterarse, el llanto de mi madre, la incredulidad de mis hermanos, de mis amigos y conocidos.
Cerré la puerta con cuidado y salí corriendo escaleras abajo, por supuesto sin dar la luz, por miedo incluso a que las lámparas me delatasen, a que los pomos de las puertas me acusasen, a que cada barrote de la barandilla tuviese que contemplar mi rostro desencajado por el terror. Pero todo sería inútil: ese cuerpo sin vida seguiría ahí abajo,esperándome, y no tendría más remedio que pasar por delante de él si quería alcanzar el portal, la calle, la momentánea salvación hasta que alguien descubriese mi horrendo crimen.
Y sin embargo, la situación empeoró aún más porque, al echar una mirada de reojo por el hueco de la escalera, me di cuenta de que el cadáver del desconocido ya no estaba en su sitio, que se había movido… o lo habían quitado de en medio.
Cuando llegué al portal, vi en efecto luz en la portería, y sentí el trasiego de los operarios policiales trabajando dentro. Y lo que es peor, recostado en el quicio me esperaba un agente, que en seguida me hizo entrar en aquel pequeño habitáculo.
Allí estaba el hombrecillo, casi desnudo, recostado en una camilla, agonizando pero vivo aún, mirándome desde el fondo de unos ojos vacíos y señalándome con un dedo tembloroso que apenas era capaz de levantar…
No pude resistirlo. Salí hasta el portal. En la calle, las luces del coche celular me advirtieron que el lugar estaba convenientemente rodeado. No había escapatoria y desde luego no opuse resistencia; le cedí al agente los dos volúmenes de Proust y me dejé esposar, mientras me introducían en el coche y el primer rayo de claridad de la madrugada me abofeteaba en pleno rostro…

 En la primera curva todo se desvanece y me despierto bruscamente. ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? Ah, sí, estoy en un hotel de Santiago, con Yolanda, pasando unos días de vacaciones. Pero, ¿y el furgón? ¿Dónde está la policía, y el hombre moribundo, y los libracos de Proust? De repente comprendo que todo ha sido una pesadilla, un sueño tan real que casi me cuesta creer que ya no está allí, que todo eso no haya existido, que una simple vuelta en la cama sea capaz de terminar con tanta angustia, con tanta sensación de culpabilidad, con tantos años metido en una húmeda celda, sin otra esperanza que alguna visita a través de un cristal blindado o través de unas rejas. De repente comprendo el valor de la libertad, y el significado de la palabra vida. Y me echo a llorar y trato de respirar profundamente.
Miro el reloj. Las siete y cuarto. Parece que ya no tengo sueño, que no soy capaz de volver a ese abismo negro que ha durado una eternidad, a esa tortura ficticia que me ha tenido empapado en sudor toda la noche. Aún siento las violentas palpitaciones del corazón y el pulso alterado.
Entro al cuarto de baño procurando no hacer ruido. Yolanda duerme aún y no es probable que mi actividad sea capaz de despertarla. Así que me doy una buena ducha para relajarme y alejar definitivamente los fantasmas de mi cabeza, me pongo ropa limpia y bajo al comedor a desayunar.
– Muy madrugador hoy, ¿eh señor? – me dice el camarero al servirme el café.
– Sí, la verdad es que no podía dormir.
En la televisión el primer informativo de la mañana ya ha comenzado a soltar su nómina de calamidades y desgracias. Guerras, inundaciones, violencia doméstica, bajadas generalizadas de la bolsa. Y de repente, un latigazo, una indescriptible sensación de vértigo, un horror que se vuelve a apoderar de mí cuando me doy cuenta de que está saliendo mi calle, mi casa, de que ese es el cadáver de un tipo que esta noche ha sido arrojado por el hueco de la escalera y que parece mirarme aún con sus ojos vacíos a través del frío cristal del televisor.