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7- Aguas de ceniza. Por El Eremita.

  Era la tercera vez esa noche que Jonás oía ruido de pasos en la sombra mientras caminaba, triste y solo, por las calles desiertas de la ciudad. Al torcer una esquina, momentos atrás, había sentido alternar el eco de sus trancos con el de otras pisadas desconocidas que parecían acecharle. El sonido inquietó a Jonás que, desde ese momento, escuchó en silencio cómo aquellos pasos monótonos se repetían cada vez más cercanos. Después de años volviendo a casa por el mismo camino eran muchos los ruidos, bocinazos y saludos que había oído, pero esas pisadas trajeron algo distinto y definitivo a la mente del viejo oficinista: un rumor de presagios.
Venía de pasar la tarde en el ateneo, donde solía acercarse a compartir soledad con la de otros colegas jubilados, y le anocheció cuando apuraba el último cigarro para demorar su regreso a la buhardilla carcomida y con goteras regida por el retrato ceñudo de su difunta esposa. Asustado, Jonás apretó el paso y decidió cambiar el camino de regreso más corto por un intrincado zigzagueo de callejuelas en un intento de burlar aquel sonido premonitorio. Las aceras estaban humedecidas por la sábana del relente y apenas iluminadas por la luz mortecina de las farolas. Jonás cruzó el umbral de un arco adosado al lateral de una iglesia y se introdujo en el laberinto moro de la capital. Allí, el ritmo cadencioso de los pasos rebotando en las paredes sin lustrar parecía venir de todas partes, y Jonás temió hallar el origen de aquel ruido siniestro a la vuelta de cualquier esquina o aguardándole oculto en la penumbra de algún portal. Buscó desesperadamente el gesto de auxilio de algún transeúnte y, tras errar durante varios minutos por la zona, abordó al empleado que cerraba la persiana metálica de un establecimiento:
— ¿Puede ayudarme, joven? Me persiguen los pasos de una sombra.
—No se preocupe usted. Son cosas de la edad. Pregunte en la farmacia.
El dependiente socarrón tecleó la clave de la alarma electrónica y se fue canturreando por lo bajo una canción de moda. Jonás decidió seguir el consejo del muchacho y pedir socorro en la farmacia, pero al llegar, como suele ocurrir en estos casos, tan sólo encontró la reja oxidada y un micrófono aséptico para despachar calmantes y aspirinas urgentes.
El reflejo de su silueta en las lunas esplendentes de las boutiques quedaba ya muy lejano, pues en su huida, Jonás se había ido alejando del glamour de la zona céntrica de la ciudad, y hacía tiempo que deambulaba por calles sórdidas llenas de gatos rebuscando en la basura. Siguió caminando sin descanso hasta llegar a un callejón baldeado por la luz de quirófano de una tienda de galas nupciales. Exhausto, apoyó ambas manos sobre el escaparate para recuperar el aliento y miró a través del cristal. El color pálido de los maniquíes le trajo el recuerdo de la tez surcada por venas azules de su esposa, y le pareció que las facciones del muñeco adquirían la mirada reprobatoria y severa que mantuvo su mujer hasta el momento de partir hacia el otro mundo. En ese instante se produjo el ruido de un charco desbaratado. Jonás lo intuyó tan cercano que ni osó girar la cabeza. Sintió una mano sobre la chuleta y la voz desganada de un macarra:
— ¿Lleva un cigarro, abuelo?
Ni siquiera necesitó sacar la navaja. La mirada ausente y un leve balbuceo gutural le bastaron para comprender que estaba ante un demente senil huido de casa. Tras despojarle hasta los anillos, el quinqui de melena escarpada huyó por el mismo enredo de callejuelas por donde había venido siguiendo a Jonás desde que lo avistó al salir del ateneo. Momentos después, dos empleados del ayuntamiento le hacían volver en sí tras zarandearlo enérgicamente. Intentaron que el viejo les diera su dirección para llevarlo a casa, pero Jonás se sacudió brazos y manos de encima, y echó a andar repitiendo ensimismado: <> No se enteró de que le habían robado hasta el momento en que se echó la mano a la pechera de la chaqueta y la notó más ligera que de costumbre. Lo que más le dolió fue perder el reloj de bolsillo con leontina que le regalaron los amigos el día de su jubilación, pero seguía dando gracias al cielo por haber salido vivo del asalto callejero. Después de todo, pensó, la vida no le trataba tan mal. Jonás se sintió aliviado, y llegó a pensar que quizá las pisadas amenazadoras se debieran a una alucinación por la edad, pero finalmente consideró que habían sido imaginadas en el aturdimiento del desmayo.
Aún tenía un buen trecho por delante hasta llegar a casa. Debía atravesar la ciudad en diagonal y cruzar el río, y ya entonces estaría en su barrio. Continuó arrastrando los pies por la principal avenida de la capital, y la recorrió de principio a fin indiferente a los reclamos fluorescentes de las discotecas y salas x. A esa hora sólo quedaban divorciados en celo, prostitutas y mendigos en los cajeros. Decidió atajar y seguir costanera abajo, pero cuando caminaba tranquilamente por una callejuela de adoquines en penumbra el eco de los pasos volvió a precipitarse hasta sus oídos con una contundencia feroz. Jonás, aterrorizado, apresuró la marcha. Pensó en despertar a gritos a los vecinos para que llamaran a la policía, pero en el momento crucial apenas tuvo fuerzas para soltar un gallo desafinado. Esta vez, las pisadas sobre el empedrado llegaban tan nítidas y cercanas que parecía ser él mismo quien las producía, y cuando Jonás sentía ya el aliento fatal sobre la nuca, de repente, se produjo la epifanía.
El paraíso abierto, con ninfas incluido, se le apareció bajo la forma de un bar de alterne. El jayán de cabeza afeitada que controlaba el acceso esbozó un gruñido a modo de saludo y abrió la puerta. Jonás pasó directamente al interior sin colgar la chaqueta y sin repasar el género que se exhibía desparramado sobre los sillones de cuero negro raído. A continuación se acodó en el peluche de la barra y pidió su primer güisqui doble de la noche.
Unas horas más tarde, el regente del establecimiento informaba a la clientela de que se aproximaba la hora del cierre. Por tanto, los clientes restantes debían abonar sus consumiciones en el acto. Intentando evadirse de aquellas pisadas lúgubres, Jonás había pasado el tiempo pidiendo una bebida tras otra, y cuando hubo de sacar el billetero se vio totalmente curda y sin un duro. Antes de huir, el desarrapado le había restituido cívicamente la cartera después de rebañarle los últimos cuartos al ver que se aproximaban los empleados del ayuntamiento, y Jonás no había caído en comprobar si aún llevaba dinero. El propietario, un caribeño con patillas de hacha, camisa de flores y chaleco de cuero, interpretó la expresión desvalida de Jonás mientras éste se rascaba los bolsillos:
—Nos quedamos limpios, ¿Eh, amigo?
De nuevo se encontró solo en la calle. El jayán lo había sacado del local agarrándole por las solapas, y aunque se libró de las dos guantadas reglamentarias por la edad, quedó bien advertido de no volver a pisar el garito. Estaba a escasa distancia del viejo edificio sin ascensor donde había vivido con su esposa desde el día siguiente a su boda, y ahora era consciente de que los pasos no habían sido imaginados y podían regresar en cualquier momento. Debía llegar cuanto antes a casa, pero se encontraba tan mareado que empezó a caminar tanteando lentamente las paredes para no caer de bruces al suelo.
De todas formas, no tuvo que esperar demasiado. El sonido de las pisadas de sombra pronto volvió a precipitarse sobre sus oídos. Llegó definitivo y atroz, y en la lucidez de la borrachera Jonás comprendió que no había escapatoria: era el heraldo fúnebre del destino que venía a dirimir aquel asunto entre los dos. Se sintió más desvalido y al mismo tiempo más seguro de sí que nunca, y por primera vez en su vida decidió no resignarse a la voluntad de los demás. Jonás logró sobreponerse a la melopea cuando ya las pisadas resonaban a su lado con un fragor de vértigo, y con las últimas fuerzas que le quedaban alcanzó el zaguán del edificio. Mientras subía las escaleras con oleadas de sangre latiéndole en la sien, se cruzó con el vecino que cada mañana bajaba con la carterilla de representante de chacinas, pero ni siquiera pidió auxilio esta vez. Llegó hasta su casa, abrió la puerta y entró. Allí le esperaba. Jonás intentó salir y escapar a la calle, pero eso ya no estaba en el guión. Sintió una ráfaga oscura y un golpe seco en su cuerpo. A continuación se desplomó y quedó tendido bocabajo. Horas después, los vecinos avisaron a la policía alertados por un reguero grisáceo que bajaba desde la buhardilla por la moqueta de las escaleras. Cuando la policía derribó la puerta, el cadáver de Jonás presentaba una extraña y desafiante sonrisa de satisfacción en medio de un enorme charco de aguas de ceniza.