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6- Luna azul. Por Isabel Bennet

 Las palabras de Manzano de esta mañana ronroneaban inquietas en algún recoveco de su cerebro. De repente, dejó caer el lápiz, se levantó de la silla y se dirigió corriendo al archivo. No tardó más de dos minutos en dar con la sección que buscaba. Ahí estaba la ficha y la foto. La voz de Manzano resonó de nuevo en su mente. Le estaba contando su último intento de reconciliación con su mujer a causa de una nueva infidelidad y le decía que esa mañana le había mandado “tantas rosas como para adornar veinte tumbas”. Sí, esas habían sido sus palabras exactamente. Las mismas que le habían recordado el caso de una madre que había denunciado la desaparición de su hija. Al cabo de unos días de ésta, le habían enviado esa fotografía. En ella aparecía el cadáver de la muchacha desnudo y con señales de haber sido atrozmente torturada. El caso seguía abierto pero había pocas esperanzas de resolverlo. Habían pasado algunos meses y el cadáver no había aparecido. Tan solo contaban con esa fotografía que no había aportado ninguna pista. Hasta ahora.
La foto había sido tomada en un parque o un jardín, de manera que lo único que salía al fondo era un gran trozo de césped. Pero ahora al examinarla minuciosamente, se podía apreciar en la esquina superior derecha un trozo de rosal, cubierto de rosas de un tono extrañamente azulado. No era mucho, pero quizá tirando de ese hilo podría desenredar la madeja… Miró el reloj; era casi media noche. Debería volver a su piso, cenar algo y acostarse. Evitaba ese momento lo más posible, pues tras la marcha de Cristina con su hija, las cuatro paredes silenciosas se le caían encima.
Por la mañana, con una cara menos desencajada después de la ducha y el afeitado, a pesar de las enormes ojeras que delataban las largas horas de insomnio, el inspector Álvarez llegó a la comisaría. Volvió a sentarse ante su ordenador. Introdujo la foto en el scanner e hizo una ampliación de las rosas, tratando de conservar el mayor grado de calidad posible. Con la copia impresa en el bolsillo de su chaqueta, se dirigió de nuevo hacia la calle. Cogió su coche y condujo hasta la casa de Don Mariano Encinar, una eminencia de la botánica que muchas veces había colaborado con la policía, especialmente en los casos en los que se había utilizado una planta o baya venenosa como arma del crimen.
Le recibió en zapatillas y con un elegante batín de seda. Le recordó a un viejo lord de esos que salían en las películas inglesas. Tomaron un café mientras el inspector le contaba lo que le había llevado hasta allí. Don Mariano se levantó y cogió una gran lupa que había sobre un escritorio antiguo y examinó la fotografía minuciosamente.
¾Mi vista¾ se excusó, ¾ya no es la que era. Observó las flores, se levantó de nuevo y volvió a la mesa con un enorme tomo de una enciclopedia británica.
¾¡Aquí está!,¾ exclamó señalándole una ilustración ¾es una rosa ‘Luna azul’, que a pesar de su nombre, tiene un color lila pálido. Por ahora, la rosa azul sigue siendo una leyenda. No es que sea muy difícil encontrar esta variedad en cualquier vivero de por aquí, pero admito que no es una de las variedades más comunes de rosa.
¾Muchas gracias por todo, Don Mariano. Me imagino que no tardaré en volver por aquí.
¾Cuando quiera, inspector, desde que me he jubilado mi vida sigue un ritmo un poco lento. Estoy deseando ver algo de acción.
Acompañó al policía hacia la salida y un instante después, la puerta se cerró a sus espaldas. No muy seguro de lo que iba a hacer a continuación, el inspector se dirigió hacia la casa donde vivía la madre de la chica asesinada. Era una zona de antiguas casitas de ferroviarios. Muchas de ellas ya habían sido derribadas y en su lugar se erguían modernas construcciones de varios pisos. La mujer vivía en uno de esos pisos. Al ser solares pequeños, apenas contaban con un poco de césped a la entrada. Sin saber muy bien qué era lo que buscaba, dirigió una mirada a su alrededor. Justo enfrente, había otros dos bloques de viviendas, y un poco más a la izquierda al final de la calle, que no tenía salida, una vieja casita desangelada rodeada de lo que parecía un pequeño jardín. Siguiendo un impulso, como había hecho innumerables veces con mayor o menor acierto, se acercó hacia la desconchada tapia de cemento. Por encima de ésta, dos ventanas cerradas con desvencijadas contra-persianas, a las que apenas les quedaba algo de la pintura verde original, parecían vigilar lo que pasaba fuera. Miró a ambos lados de la calle, tomó impulso y saltó por encima del muro. El crujido de sus tobillos al aterrizar, le recordó que ya no era tan joven. Se incorporó, y pegándose a la pared de la casa comenzó a rodearla. No había señales de vida. Las paredes necesitaban varias manos de pintura y encontró en el suelo numerosas tejas que se habían desprendido del tejado. Sorprendentemente, el jardín estaba perfectamente cuidado. El césped, recién segado, relucía como una enorme esmeralda. Las ramas de un par de árboles frutales parecían a punto de vencerse por el peso de los frutos casi maduros que soportaban. Le pareció que los colores de los arriates llenos de flores eran los más vivos que hubiera visto jamás. Ni una sola mala hierba interfería en su belleza. Al llegar a un muro que daba al sur, un impresionante macizo de rosas azuladas apareció ante sus deslumbrados ojos. La exhuberancia de las flores cortaba la respiración. Al pié del arbusto, la hierba aparecía de un tono más claro que el resto del césped. Se agachó, y con la ayuda de su pluma de plata comenzó a escarbar un agujero. No tuvo que profundizar mucho. La pluma chocó con algo y al escarbar un poco más apareció un dedo blancuzco luciendo una sortija.
¾¿Le gusta lo que ve?.
Sobresaltado, se giró y se puso en pié rápidamente, dispuesto a presentar batalla. Frente a él, se encontraba un hombre fornido de mediana edad, vestido casi con harapos. De su cabeza colgaban unos largos mechones de pelo canoso y grasiento y sobre uno de sus anchos hombros sostenía una azada de aspecto siniestro.
¾Me imagino¾ le dijo mirándole sonriente ¾que ya habrá descubierto el secreto de los bellos colores de mi jardín…