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1- El Espejo . Por Sácrima

 Desde mi ventana observaba como se desperezaban las encinas intentando salir del letargo en el que las había sumido la templada noche. Abrí las ventanas empapándome de un suave viento con aroma a jara. El tibio amanecer me empujó hacia las cuadras donde comencé a preparar a Rosa, mi vieja yegua. El resto de los caballos la observaban de reojo envidiosos, sin entender por qué era ella siempre la primera en salir. No sabía como explicarles que tantos años juntos merecían al menos esa deferencia. Un paseo antes de que el día fuera tórrido nos vendría bien a ambos. Al salir por la cerca que rodeaba la casa vi como algo se movía entre los matorrales.
-¡Hombre Pedro! Buenos días.
-Buenos días señor.
-Pedro ya te dije que me llamo Luis. Bueno, ¿va todo bien? ¿Qué tal tu mujer?
-Bien, respondió con aridez. Dio media vuelta y a grandes zancadas se encaminó hacia la casa. Parecía buena persona, pero algo me intrigaba en su comportamiento a veces tan desagradable.
Olvidé todo por un momento cuando una bandada de pájaros pasó sobrevolando mi cabeza. Pájaros que me hacían volar años atrás en esta misma tierra. Tantos recuerdos se agolpan en mi mente desencadenados por cualquier motivo…¡Será privilegio de los años!
Sólo llevaba una semana aquí y ya sentía que por fin tenía un hogar. Tanto tiempo soñando con vivir en el campo, en este campo…Aun no podía creerlo. La casa donde pasé mi infancia volvía a mí. Cincuenta años después, pero volvía. Había que arreglar el cortijo, que parecía un alma en pena, mejorar las cuadras, comprar ganado, desbrozar el campo…Pero me sentía lleno de fuerza. Sólo me apenaba el no haber tenido hijos que compartieran este amor conmigo. Y de mujeres mejor no hablar. De la que tuve ya casi ni me acuerdo. Dos años de amor increíble, y después, como agua que traga la tierra. Desapareció de mi vida sin dejar rastro.
Un pequeño rebaño de viejas ovejas se dispersaba por el campo mientras que un cansado mastín trataba de reagruparlas. José, el pastor, vino corriendo a saludarme. Nos conocíamos ya de niños.
-Buenos días Luis
-Hola José. ¿Va todo bien?
-Psss
-¿Qué es lo que sucede?
-Pues que a todas estas las queda ya poco. Y después ¿qué?
– Sí. De eso quería hablarte. Prepárate un caballo que vamos a dar un paseo.
-¡Mi madre! ¿Qué me prepare un caballo yo?
-Sí claro. Si mal no recuerdo te encantaba montar. Date prisa.
Transcurridos unos minutos reapareció José encima de un imponente cartujano. Su cara reflejaba entusiasmo, temor y respeto. Tras explicarle que a los días iríamos a la feria a comprar ganado, me atreví a preguntarle por Pedro.
-No le hagas mucho caso
-Pero, ¿le pasa algo? Cada vez que le pregunto por su mujer, a la que ni siquiera conozco, sale como alma que lleva el diablo.
-Ya. Es una larga historia.
-Tengo todo el tiempo del mundo.
Así es como José se decidió a relatarme los hechos que habían sucedido años atrás en este mismo lugar.
-Cuando tu madre murió, tu padre decidió vender el campo al primero que se lo comprara. Ahora le entiendo. Demasiados recuerdos ahogaban su corazón. El nuevo propietario, que seguro que el demonio le tiene a su lado, echó a perder todo lo que había aquí. Sólo hace falta que eches un vistazo al cortijo. Al principio venía con su mujer, una señora muy amable, y con sus hijos. Pero al cabo de tres o cuatro años ella distanció sus venidas, dejándole solo. Venía a menudo, y cada vez con una señora distinta. No podíamos preguntar por la señora, porque nos hubiéramos encontrado en la lista del paro por entrometidos. Que ya ocurrió con uno de los pastores. Pero bueno, a lo que iba. Venía con señoras y amigos. Esto parecía más un burdel que una ganadería. Pero un día, se fijó en María, la mujer de Pedro, que por entonces era su novia. Una chica imponente. Guapa donde las halla. Y dulce como un corderito. Aunque después se le agrió el carácter.
María siempre había tratado de esquivar al señor porque decía que le daba miedo. Vivía en el pueblo y venía a ver a Pedro cuando salía de las clases. Intentaba pasar desapercibida, sin levantar nunca la vista del suelo. Se transformaba como un camaleón cuando él estaba cerca. Hasta aquel día que él la vio esperando a Pedro junto al cobertizo. Desde ese momento se convirtió en su sombra. La acechaba murmurando mil obscenidades. Hasta que se cansó de perseguirla y ejerció derecho de pernada sobre ella. Como un animal la violaba cuando se le antojaba con la amenaza de que si contaba algo, Pedro y su familia irían a engrosar las listas del paro. Y la situación no era buena en esos momentos. María calló hasta que su vientre comenzó a hablar por ella. Pedro, asustado, le sonsacó todo. Su primera reacción fue la de coger una escopeta e ir a por él, pero ella no se lo permitió. Desapareció durante un tiempo, perdió el niño-no sabemos como- y a su vuelta se casó con Pedro, con quien tuvo un hijo. Las malas lenguas dicen que el pobre Pedro no es el padre. Es cierto que no se parecen nada, pero los genes van por donde quieren. Creo que él tiene miedo a que otro hombre la pueda hacer daño abusando de su superioridad.
-Pero ¡que barbaridad! Pobre mujer.
-Ten paciencia Luis. Pedro no te ve desde que eras un niño y es muy desconfiado. Pero es un buen hombre Ahora bien deja de preguntarle por su mujer porque es capaz de abrirte la cabeza.
Después de dejar a Rosa en la cuadra me encaminé hacia el cortijo. Necesitaba una ducha, ya que el calor había ocupado ferozmente su territorio. Caminaba despacio notando que no estaba solo. Sabía que alguien me observaba. Decidí culpar a mi imaginación y olvidarme.
El día transcurrió entre lecturas pendientes y conversaciones telefónicas. Ya caída la tarde salí a dar un paseo con la misma sensación de no estar solo que tuve en la mañana. Como mi inquietud crecía llamé a José que estaba acompañado de dos jóvenes pastores. Me uní al grupo, pero noté la incomodidad de los otros. Habían terminado su jornada laboral y lo que menos les apetecía era una charla con el jefe. Tras despedirme de ellos propuse a José salir a tomar algo. Hablamos de todo y de nada. No me importaban los silencios que se instalaban entre nosotros. Me sentía cómodo.
Al día siguiente franjas de luz se colaron entre las desvencijadas persianas salvándome de una pesadilla. Antes que nada me dirigí a ver a Rosa cuando un hombre se acercó a grandes zancadas. Plantándose ante mí me saludó mientras nuestras miradas se cruzaban.
-Buenos días. Soy Rafael, el hijo de Pedro.
-Hola Rafael. Oye, tú y yo ¿nos conocíamos?
-Pues no creo. Aunque ahora que lo dice, su cara me resulta familiar.
Sabía que le conocía de algo. Pero no podía ubicarle. Esa mirada me resultaba familiar. ¡Que lástima de memoria!
-Venía a decirle que mis padres tienen que irse por una emergencia familiar a Valencia. Pero no se preocupe que yo ya sé como funciona todo esto. Saldrán en breve. Me han dicho que no querían despertarle.
Un destartalado coche se dirigía a la salida cuando se detuvo en seco. Cuando observé por un momento, pero detenidamente a la mujer, mi corazón aceleró sus palpitaciones a la vez que mi cabeza comenzaba a girar como un tiovivo. No podía moverme del sitio, como las raíces de un árbol. Me quedé en estado casi catatónico al comprender que la mirada de Rafael era la mía reflejada en un espejo.