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86- Michelle. Por Sirio_lagarra

Michelle era una mujer feliz. Tenía la piel negra como el ébano, y los cabellos oscuros y rizados. Los rizos le colgaban despreocupadamente sobre la frente dándole un aspecto muy juvenil. Tenía unos hermosos ojos verdes como esmeraldas que brillaban alegres en su cara contrastando de forma magistral con sus rasgos africanos. Su nombre, era francés porque había nacido en una antigua colonia francesa, sin embargo, no hablaba ni una palabra de esa lengua. Al ser de Burundi y pertenecer a la mayoría nacional analfabeta, hablaba el rundi. Evidentemente, su nombre no le venía ni por ser francesa, ni por hablar francés. Se lo habían puesto por el hecho de que su bisabuela, había sido violada por un soldado francés durante la época de la dominación francesa.
Ser violada en Burundi era casi una tradición que pasaba de madres a hijas. Ella a su tiempo, también había sido violada por un hombre.
Hacía diez años, mientras iba a buscar alimentos con su madre para poder alimentar a sus dos hermanos pequeños, unos militares hutus o tutsis, ella ni lo sabía ni lo importaba; les habían atacado en el camino. Michelle sólo tenía trece años cuando perdió su virginidad. Los soldados que habían cerrado el camino con una barrera, les dieron el alto mientras les apuntaban con sus armas. Su madre abrió la boca para decir algo. No le dieron tiempo, se abalanzaron sobre ellas con los ojos brillándoles de deseo y les arrancaron la ropa salvajemente. Michelle, sintió un profundo dolor en sus entrañas cuando su intimidad le fue arrebatada sin compasión, podía notar como las lágrimas corrían por sus mejillas mientras oía como los gruñidos del hombre se mezclaban con los chillidos de su madre. Tras consumar el estupro, los hombres habían sacado sus machetes y habían descuartizado a su madre a golpes. Michelle sin embargo, había sobrevivido, y es que, mientras los valientes guerreros se ensañaban con su madre, ella había conseguido huir aprovechando una distracción, corriendo estremecida mientras los gritos de la persona a la que más quería en el mundo resonaban en su cabeza y se clavaban en su corazón como estacas que le atravesaron el alma.
Poco después, fruto de su apasionada aventura romántica, tuvo un hijo.
Recordaba muy bien el día que nació su hijo, recordaba como una mujer del pueblo donde vivía, se había acercado hacia su cabaña miserable y malsana. No tuvo ningún médico que la asistiera, y su bebé nació de la forma más natural posible, gracias a los instintos de su madre.
Al llegar el momento, unos grandes dolores que nacían de su interior y que amenazaban con partirla a pedazos, aparecieron al tiempo que Michelle luchaba con todas sus fuerzas para traer al mundo una nueva vida. Durante la lucha, el sudor formaba ríos que bajaban por su cuerpo empapando la ropa y las sábanas que la cubrían, finalmente, se oyó un llanto en la habitación y un pequeño muñequito salió al mundo berreando. Al ver al niño, comprendió que un trozo de su corazón se había desprendido y había tomado la forma de un bebé.
Al cabo de unos años, sus hermanos, a los que había cuidado desde pequeños sin que nadie le ayudara, se habían hecho soldados y habían marchado de casa. De nada sirvieron las protestas de Michelle ni los recuerdos que volvieron como demonios a su alma para obligarla a recordar. Ser soldado era como una especie de tradición en Burundi que pasaba de padres a hijos y las mujeres no entendían de esas cosas.
Ese día Michelle decidió marcharse, no sabía donde iría, pero si sabía que su hijo no sería un soldado. Así la mujer, inició su viaje a través de tierras áridas y castigadas por el Sol, y así vagó de pueblo en pueblo medio muerta de hambre en medio de una odisea para cambiar su futuro. En los lugares por donde pasaba, sólo vio destrucción y muerte. Descubrió que había muchas formas de morir y otras tantas de sufrir. Trabajó en campos hasta la extenuación, durmió con animales y comió su comida, hasta que un buen día, llegó al hospicio.
El lazareto, se componía de cuatro cabañas destartaladas que imploraban al cielo por una vida mejor. Hacía mucho que había sido construido, y en ese momento estaba gestionado por unas cuantas monjas que permanecían allí cuidando de los que llegaban pese a que poco era lo que podían hacer. Al llegar al lugar, Michelle, consumida por el esfuerzo de su epopeya, cayó desvanecida sobre el polvo rojizo de una tierra seca por haber derramado ya muchas lágrimas.
Las religiosas recogieron a la mujer y al niño cuidando de ella como ángeles protectores. Con el tiempo, el hospital fue creciendo, se le añadieron nuevos edificios, y más monjas llegaron al lugar.
A pesar de su pasado, la Michelle había llegado a ser una mujer feliz, su niño tenía once años ya, y era un chico muy inteligente y apuesto. Estaba orgullosa de él, para ella era su pequeño Sol. Hacía tiempo ya, que la habían acogido en el hospital donde trabajaba y poco a poco había ido aprendiendo de las monjas que regentaban el dispensario, a tener cuidado de los pacientes.
Era hermoso poder cuidar de alguien. Le hacía sentirse bien, llena de vida y le daba la oportunidad de derramar su amor en los demás. Un amor que ella no había recibido en su vida. Se sentía útil y día tras día veía crecer a su pequeña joya. Le veía ir a la escuela donde las monjas le enseñaban a cambio de su trabajo en el hospital. Algún día su hijo sería un hombre instruido, que tendría una buena vida y una buena mujer que le daría nietos. Y ella sería una abuela muy orgullosa.
Tenía todo lo que cualquier persona podía desear a esta vida. Sentimientos. Sentirse útil, tener a alguien que te quiera y el hecho de saber que en cada instante que se acercaba para ayudar a un paciente, estaba ayudando a hacer el mundo un poco mejor. Pese al hecho de trabajar muchas horas al día y de no ganar absolutamente nada más que esperanza, Michelle era en el fondo, una persona muy rica.