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81-Fuegos interiores. Por Karaeloko

El doctor Malaber dice que por el momento lo mejor es decirle que sí y darle la razón en todo y que quizás de a poco el tratamiento empiece a dar resultados. Pero él no sabe lo que es estar de este lado y tener que fingir que cada uno de nosotros es lo que ella supone. Para Malaber es simple: Me pide que imagine qué pasaría por mi cabeza si la situa¬ción fuese a la inversa, qué sentiría yo si de repente me dijeran que yo no soy quien creo ser, que no soy quien yo sé que soy. «Si usted fuera el afectado, el confundido, el que sufrió el shock ¿eh? haga la prueba y entenderá por qué es mejor avanzar de a poco y por el momento contenerla, contemplarla. Haga como el resto de la familia, que lo hace muy bien». Muy fácil para ellos mantener estable la relación con Mónica, porque a mamá parece que no le cuesta nada tratar a su nuera como si fuera su hija, y a Diana le es más fácil aún actuar como si fuera su hermana menor y no su cuñada, pero yo no puedo seguir fin¬giendo que soy su hermano Miguel, pobre; yo soy su marido, yo la amo como mujer, no como hermana, yo necesito su mirada apasionada, sus brazos, su piel y su calor por las noches; yo no puedo conformarme con un «hasta mañana Miguel, que duermas bien» y contener mis ansias sólo por la mirada alterada y suplicante de mamá. Malaber es licenciado y doctor y tiene muchos años de estudios y carrera, pero a veces pienso que lo mejor sería seguirla al dormitorio, abrazarla con fuerza y suavidad hasta hacerle crujir los huesos y acariciarla nuevamente rodando entre las sábanas y mientras nos amamos hacerle recordar quiénes somos, y creo que quizás entonces ella sonreiría y me reconocería y le parecería increíble haberme confundido. Pero él, que no, que así empeorarían las cosas, y siempre la misma cantinela: «imagínese si a usted alguien le revelara una verdad así; sería capaz de cualquier cosa ¿no? bueno, puede que ella también, no juguemos con fuego, Raúl… oh, perdón, no fue mi intención…», agrega arrepentido cuando se le escapa esa muletilla.
Fuego es mala palabra desde que vivimos todos en casa de mamá, hace más de un año, desde exactamente un día después que Miguel, pobre, no pudo salir de la casa, el chalé que siempre había querido Mónica y que habíamos elegido prácticamente entre los tres, tan amigos; tan amantes ella y yo y tan hermanos los tres; tanto, que casi lo teníamos de huésped permanente, durmiendo en el dormitorio contiguo varios días a la semana o quedándose hasta la madrugada en mi taller del altillo, ensayando mamarrachos sobre alguna tela que yo le dejaba en el atril para que practicara. Mis pinturas no eran tan buenas como para convertirme en un artista de renombre, pero lo suficiente como para exponer de vez en cuando y además me habían servido para atraer a Mónica, deslumbrada por el arte, cuando nos conocimos, todavía adolescentes los tres. Miguel, pobre, creo que la celaba al principio y por eso se acercó a mí, para protegerla, para espiarnos, para cuidarla. Y se acercó tanto que terminamos amigos, y luego cuñados.
Pero ahora Mónica está muy lejos de todo eso. Creo que terminaré por hacerle caso a Malaber y aceptar que quizás no tiene cura, que quizás debo empezar a pensar que, como mamá y Diana, me veré en la obligación, en la resignación, de cumplir el rol de hermano de Mónica con la misma naturalidad que ellas hacen de madre y de hermana, tanto que a veces actúan sin necesidad, por simple inercia, como si realmente creyeran esta comedia, y se refieren a mí como “Miguel” aunque Mónica no esté presente. Pero a ellas poco les interesa que la realidad sea otra, si casi no les hace diferencia, «para qué arriesgarnos a equivocarnos», dicen. Yo soy el único que se niega a sumarse a la farsa, a meterse la farsa en la piel como lo hicieron ellas. A lo sumo me limito a asentir ante las mentiras y a desearla en silencio, aunque a veces sé que mi mirada me delata, porque advierto su preocupación, fastidio y hasta un poco de miedo. Claro, si para ella soy el hermano que se volvió loco; para ella su marido murió aquella noche. Aún recuerdo que cuando nos reencontramos en el hospital todos creían que era yo el shockeado, el confundido; yo, que había llegado consciente, sólo golpeado tras la caída desde la ventana por la que salté al jardín después de descolgarla a ella envuelta en una sábana, ya sin sentido y al borde de la asfixia, sin poder hacer nada por Mi¬guel, pobre, seguro que encerrado en el taller, sin otra salida que la escalera imposible de atravesar. Fue en el hospital donde alguien se lo contó y entonces algo se quebró dentro de ella y cambió los roles y cuando entré me miró confundida y sólo aceptó un abrazo fraternal, para de inmediato preguntar desesperada por Raúl, por mí, que estaba a su lado, confundiéndome para siempre con su hermano Miguel, pobre, antes de volver a desmayarse. La dejé en manos de los médicos y ya no pude verla hasta el día siguiente, en el funeral, al que fue con luto de viuda.
Luego vinieron los meses de letargo, de virtual autismo, en casa de mamá, sin querer hablar del tema, esquivando mis acercamientos, comportándose como si fuera mi hermana y después aceptando, a regañadientes, más enojada con mamá y con Diana que conmigo, la presencia de Malaber, con su terapia familiar, sus charlas grupales e individuales, dicien¬do una cosa a todo el grupo y luego algo distinto a ella y a cada uno de nosotros, pero sin resultados hasta ahora. Supongo que a mamá y a Diana también les pedirá que se imaginen cada una en la situación de Mónica, como siempre me lo reitera. Pero para ellas es fácil, porque da casi lo mismo una nueva hermana que una cuña¬da, una hija adoptiva que una nuera, especialmente si no se ha perdido a nadie. Pero a mí no me da lo mismo una hermana que nunca había tenido a cambio de la mujer amada que me niego a perder.
Amaba a Mónica desde nuestra adolescencia, cuando Miguel se las arreglaba para estar siempre entre nosotros, para cuidarla, porque parecía no aceptar que su hermana se volviese mujer y deseara a un hombre como cualquier otra joven. El suponía que ella podía vivir al margen del deseo y trataba de conservarla, porque cuando ella amara a alguien lo dejaría, entregaría su cuerpo y sus sentimientos y entonces él se quedaría sólo; porque Miguel, pobre, parecía incapaz de vivir con otra mujer; pero ella, irremediablemente, gustaba de los hombres, y entonces él se veía obligado a estar siempre con ellos, a hacerse amigo de sus novios, para no perderla; hasta que ella terminó por acostumbrarse, hasta que ellos tuvieran que acostumbrarse, o irse, que era lo que generalmente ocurría. Pero yo no me fui, acepté su compañía, compartí salidas con él, vacaciones con él, mi coche con él, mi cuarto de soltero con él, luego mi casa y mis pinturas con él. Miguel sabía podía obtener de mí todo cuanto yo pudiera darle, pero sentía que a cambio compar¬tía y perdía, inevitablemente, la mujer que había en su hermana. Sin embargo, en esa competencia implícita yo salí perdidoso mucho después, la noche de la tragedia, cuando él, pobre, no pudo salir de la casa y entonces ella me transformó en su hermano y empezó a llamarme Miguel y mamá y Diana me convencie¬ron que aceptara que ellas, delante de Mónica, hicieran lo mismo.
Creo que el fuego que consumió el altillo mató además parte de mi talento, y mamá y Diana también lo advirtieron, porque a veces entran a mi nuevo taller y mientras observan las nuevas pinturas las escucho comentar que no son comparables a las que se quemaron, y creo que es verdad, que nunca serían aceptadas en una exposición y tampoco podrían deslumbrar a Mónica como las anteriores.
Quizás aquella noche, en el taller del altillo, Miguel intentaba imitar mi técnica para impresionar a su hermana como lo había hecho yo; quizás esa noche que se quedó más tarde que nunca supuso que con lo que había aprendido era suficiente, que ya podía reemplazarme y entonces, al escucharme salir del dormitorio hacia el baño se asomó y me llamó en silencio para que Mónica no despertara, y Raúl subió la estrecha escalera alfombrada apoyando suavemente la planta de los pies, para no hacer ruidos, apenas un crujir de la madera, y con los ojos entrecerrados por el sueño preguntó qué quería, y cuando vio la pintura que acaba de terminar lo felicitó por compromiso, como para sacárselo de encima, a esa hora de la madrugada, con el gesto soberbio y comprensivo del experto profesional ante el aprendiz, la hipocresía complaciente del que se siente supe¬rior, del que sabe que puede hacerlo mejor, del que ha desplazado al prójimo del único lugar que tenía en el mundo, de quien le quita la mujer amada a otro hombre y lo palmea para consolarlo. Entonces Miguel supo que tampoco así lo conseguiría, que de nada le serviría haber copiado su técnica en el lienzo, que de ninguna manera lo lograría, porque Mónica, dormida, esperaba a su hombre junto al espacio tibio que había dejado en la cama ese hombre que miraba con suficiencia y hasta con piedad sus pinturas; entonces se enfureció y tomó el único camino que le quedaba y lo golpeó desde atrás con la botella de aguarrás que se rompió chorreando el líquido inflamable por la escalera mientras Raúl se desvanecía al pie del atril; y al verlo caído supe que ésa era la solución, que ya no competiría con él, que no sería necesario, porque ocuparía su lugar e iría al baño como él iba a hacerlo unos minutos antes, pero no subiría al altillo donde Miguel se entretenía con sus mamarrachos, sino que regresaría a acostarme junto a Mónica, que me esperaba para que ocupara ese espacio tibio, donde yo me deslizaría mientras ella, en medio de su sueño pesado apenas se movería para hacerme lugar y acomodarse a mi cuerpo, quizás con algún murmullo incomprensible, y yo la abrazaría hundiendo mi cara entre sus cabellos cálidos para continuar el sueño compartido, hasta despertarme sobresaltado por los golpes en el altillo, donde Miguel, pobre, se habría dormido, quizás con un cigarrillo encendido junto a los diluyentes, que son tan volátiles. Entonces sentí el ardor del humo en los ojos, el olor irritante y el ruido del incendio que consumía las maderas del chalé y lo intenté, por supuesto, pero la escalera era una sola llamarada que yo tampoco podía atravesar. Entonces lo único que pude hacer fue salvar a Mónica, ya desmayada por el humo, y saltar para salvarme yo también, para seguir cuidándola, porque nos quedábamos nuevamente solos, como en la adolescencia, cuando Raúl no existía y yo era todavía Miguel, pobre, que se debatía inútilmente en el altillo.-