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77- El tiempo detenido. Por Algaidak

Aquella mañana Marina se levantó con una extraño pesar, se asomó a la ventana pero no pudo ver nada, una densa niebla envolvía los edificios dando al paisaje urbano un aire de irrealidad. Se demoró en la ducha, disfrutando de la calidez del agua que resbalaba por sus hombros, tratando de desprenderse de los malos presagios.

Ya iba tarde, entró corriendo en la cafetería, no podía iniciar la mañana sin tomar antes un café, tenía poco tiempo, apenas quince minutos, miró hacia su mesa preferida, aquella que estaba frente a la ventana. Observó con desagrado que hoy estaba ocupada, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto cuidado y discretamente vestido bebía sin prisas de su taza mientras ojeaba el periódico del día. Pidió su café sin apenas apartar la vista de su mesa preferida, en su cara se dibujaba un gesto de fastidio. Ella vivía de sus costumbres, le proporcionaban seguridad, fuerza para afrontar cada día. Seguramente se excedió en sus miradas pues el hombre acabó reparando en ella y la invitó amablemente a sentarse. Al oír su voz, Marina volvió a sentir la extraña sensación, aquel nudo en el estómago con el que se había despertado esa mañana. Hubiera querido rehusar la propuesta del desconocido, pero pudo más su ansia de cotidianidad. Sólo la rutina podía vencer al desasosiego.

– Le pareceré una descarada ¿no?, para mi es como un rito sentarme en esta mesa, lo hago cada mañana, antes de ir al trabajo. Me marcharé en seguida, empiezo a las nueve-dijo mirando nerviosamente el reloj.
– El tiempo es así, siempre escaso, huidizo y esquivo, acaba por adueñarse de todos nuestros actos- dijo él con voz suave y envolvente.
– Sí, a veces, cuando estoy aquí sentada, pienso en lo dichosa que sería si pudiera prolongar este momento, dejar mi mente volar e imaginar historias de las personas que pasan por delante de la ventana, siempre tan apresuradas.
– Creo que usted ama las pequeñas cosas de la vida, es capaz de apreciar lo que otros ni siquiera pueden ver.
– Puede ser, me gustan las charlas eternas o quedarme absorta contemplando una puesta de sol. Eso que algunos llaman “perder el tiempo”
– ¿Le gustaría perderlo conmigo?, su tiempo, su preciado tiempo.
– Sí, me encantaría, escuchar de su voz todo lo que quiera contarme, pero…- Marina miró el reloj y puso cara de fastidio- tengo que irme, lo siento.
– ¡Espere! Pensará que estoy loco, pero tengo un reloj que puede detener el tiempo.
– Vaya, además de amable también es bromista- dijo Marina sonriendo.
– No es una broma, ¿de verdad quiere estar aquí conmigo?
– Claro que sí, pero ya le he dicho que no es posible.
– Aprieta este botón- empezó a tutearla- yo ya lo he hecho. ¿Ves?, son las nueve menos diez, lo serán mientras nosotros queramos, entonces volveremos a pulsarlo y la vida continuará.

Marina apretó el botón con gesto risueño, mientras que la extraña sensación volvía a apoderarse de ella. Su sonrisa era franca y un tanto aniñada, como sus ojos que sabían reír solos, guiñando un poco el izquierdo, en un tic encantador. Ya había cumplido con creces los treinta, pero aún no había perdido su aire de lolita inocente.

– Y ahora, ¿de que hablamos?- Marina seguía el juego
– De ti, cuéntame cosas- dijo el hombre cogiendo su mano.

Marina salió del café dos horas después, pero seguían siendo las nueve menos diez, iba alucinada, acababa de contarle todo su vida a un completo desconocido, ni siquiera sabía su nombre. ¡Toda su vida, y seguían siendo las nueve menos diez!. Entró un poco aturdida en la oficina, encendió el ordenador tratando de inyectarse una dosis de realidad, miró el correo, y se puso a terminar el informe del día anterior. No quería detenerse a pensar en lo que había ocurrido. No lo hizo hasta la hora de la comida.

Marina deseaba llegar a casa, tenía que hablarle a Javier de lo que había sucedido, o ¿no?. ¿cómo podría creerla?, el era tan escéptico, tan racional. Quizás fuera mejor no decir nada, pero si no lo contaba llegaría a creer que sólo era una invención suya, de esas que ella a veces montaba en su cabeza.

Como todos los días comieron en silencio, Javier no receló del rostro sombrío de Marina, estaba acostumbrado a los cambios de humor de su mujer, la televisión llenaba el vacío sonoro que últimamente se había instalado entre los esposos. Ella estuvo tentada de decírselo en más de una ocasión, pero noticias importantes se lo impidieron, que podía hacer su historia del reloj frente a los ataques terroristas o la subida del precio del dinero, las hipotecas se incrementarían en mas de sesenta euros al mes, menos mal que ellos ya tenían pagada la suya, pensó Marina mientras el nudo en el estómago se hacía más grande y le impedía comer.

A la mañana siguiente aún seguía conmocionada. Se levantó medio dormida, había tardado mucho en conciliar el sueño la noche anterior. Ducha rápida, pintura a brochazos, ojos manchados de rimel, labios rojos y sombra azul, del mismo color que sus ojos, intensos y vivos. Sólo un pensamiento en su cabeza, aquel hombre, el hombre de la cafetería que podía parar el tiempo.

Se acercó tratando de mantener la calma, pero no era fácil, deseaba y temía a la vez encontrarse con el desconocido, del que aún no sabía ni el nombre. El corazón brincó en su pecho cuando, nada más entrar, lo vio allí, en su mesa, con la taza de café y el periódico en sus manos, las mismas manos del día anterior, largas y elegantes, como él. Llevaba puesta su mirada triste pero serena y el reloj brillaba en su muñeca, reflejando el frío sol de aquella mañana de enero. Se acercó a él, la esperaba con una sonrisa en los labios, le costó hablar, el nudo la ahogaba de nuevo.

– Buenos días- dijo un poco azorada.
– Buenos días, contestó él con una amplia sonrisa y se levantó para besar sus mejillas.

Marina se puso roja, un calor intenso recorrió su cara para después extenderse por todo el cuerpo. No sabía bien que decir, así que se sentó, y esperó a que hablara el hombre. Pero él sólo la observaba, navegando en su mirada, perdido en el mar de sus ojos.

– ¿Lo de ayer fue cierto, sucedió?- preguntó Marina con la voz ahogada.
– Claro que sí, tú lo sabes bien.
– No pude contárselo a mi marido, nunca me creería. Pero me gustaría usarlo con él. Siempre se queja de que no tiene tiempo para estar conmigo y yo necesito sentirlo cerca, cada vez lo veo más lejano.
– Podría dejarte el reloj.
– ¿Lo harías?- preguntó Marina con un nuevo brillo en los ojos.
– Haría lo que tú me pidieras- dijo el hombre sonriendo.
– Gracias……..
– Manuel – dijo el hombre con voz pausada.
– Marina – contestó ella sintiendo que el nudo se deshacía.
– Un placer Marina, un nombre precioso, como tú.

Marina salió de la cafetería con su pequeño tesoro en la muñeca, le quedaba grande, pero Manuel le había pedido que lo llevara puesto. Lo notó en su brazo toda la mañana, y se sintió embargada por una sensación de paz, ni rastro del nudo que la había acompañado esos días. Ahora podría hablarle de él a Javier, podrían compartirlo y vivir algo parecido a aquellas maravillosas dos horas que pasó en la cafetería con Manuel.

Llegó a casa con el alma liviana y el corazón agitado, preparó la mesa con esmero, en el centro un pequeño cestito de flores que había comprado al salir del trabajo. Apagó la tele y esperó sentada a que llegara Javier. Él miró extrañado a su mujer, no alcanzaba a comprenderla, ayer estaba deprimida y hoy parecía exultante.

– Tengo que decirte una cosa- musito Marina entre bocado y bocado de filete.
– Dime- contestó Javier, que había encendido el televisor y tenía la mirada fija en la pantalla.
– Cuando terminemos de comer, me gustaría que habláramos un poco.
– Cariño, sabes que hoy tengo reunión de departamento.
– No te preocupes por eso, tendremos todo el tiempo del mundo.

Marina le contó a Javier la historia del reloj, sin omitir detalle. Él no pareció sorprenderse demasiado, estaba acostumbrado a las fantasías de su mujer. Sólo un gesto de fastidio y miradas reiteradas a su propio reloj.

– Siempre con tus tonterías Marina, ya no eres una niña para que te engañen así. ¿Cuánto te costó ese reloj?
– Nada, me lo prestó, no pagué nada.
– Eres tan inocente, ¿como puedes creer esas patrañas?.
– Porque las viví, yo estaba allí cuando el reloj se paró y te aseguro que se paró. Mas de dos horas hablando y seguían siendo las nueve.
– Bueno pues dale al botón ese, a ver que pasa- dijo Javier con cara de fastidio.
– Tienes que darle también tú.

Javier apretó el botón con desgana, echando una mirada de reojo al suyo. Pero no sucedió nada, el reloj seguía moviéndose, las agujas avanzaban ajenas al mandato. El hombre ni se dignó en decir nada a Marina, no hizo falta, fue suficiente con su mirada despectiva, cogió la chaqueta y se marchó. Ella se quedó abatida, la reacción de Javier le había dolido más que el hecho de que aquel estúpido reloj no funcionara. El nudo volvió a embargarla, ahora casi la ahogaba.

Entró en la cafetería, por tercer día consecutivo Manuel estaba sentado en la mesa de la ventana, su mesa. Café y periódico, sonrisa amable y beso a la llegada. ¿Cómo podía ser tan hipócrita?. Marina le siguió el juego, esperó a que estuvieran sentados, para soltar toda su rabia, pero fue Manuel el primero en hablar

– Y, ¿cómo te fue?, ¿aprovechaste bien el tiempo?- dijo Manuel, haciendo un guiño.
– ¿Cómo? Tú sabes perfectamente que no, este reloj no funciona, es una quimera. Lo único que me gustaría saber es como lograste engañarme el otro día.
– Si funciona, siempre ha funcionado, sólo hay una condición, mejor dicho dos.
– Condiciones, ¿Qué malditas condiciones?- Marina estaba realmente alterada.
– Sí, es imprescindible que haya dos personas y que ambas deseen estar juntas, compartir su tiempo, entonces al pulsar el botón éste se detendrá, como aquella mañana se detuvo para ti y para mi.
– Eso es mentira, lo usé con mi marido y no funcionó.
– Lo siento, quizás no quería estar contigo…., en ese momento.- dijo Manuel alargando la mano hasta la suya.
– El me dijo que sí, que lo deseaba más que nada en el mundo- la voz de Marina se quebró en un sollozo.

Manuel apretó el botón y se lo ofreció a Marina, lo miró con los ojos arrasados de lágrimas, pequeñas olitas que se escapaban de aquel mar azul para recorrer las mejillas, formando surcos alrededor de su boca. Ella lo pulsó y el tiempo se detuvo de nuevo para los dos, mientras el nudo se iba deshaciendo.