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{"id":175,"date":"2006-03-24T20:24:56","date_gmt":"2006-03-24T19:24:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/?p=175"},"modified":"2006-03-24T20:24:56","modified_gmt":"2006-03-24T19:24:56","slug":"141-cuento-en-azul-por-inuk","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/?p=175","title":{"rendered":"141-Cuento en azul.  Por Inuk"},"content":{"rendered":"<p class=\"MsoNormal\" style=\"margin: 0cm 0cm 0pt\"><span style=\"font-size: 10pt; color: #333333; font-family: Verdana\">Para Kinoa y con Kinoa<\/p>\n<p>Obina Sampa se sienta en un lugar cualquiera de los muchos disponibles a esa hora \u00faltima en el vag\u00f3n de tren, equidistante de dos puertas abiertas que deben estar a punto de cerrarse ya.<!--more-->Sin embargo, Obina Sampa no est\u00e1 inquieta, no mira el reloj digital de la estaci\u00f3n, no mueve los pies obsesivamente, ni espera ver nada extraordinario al otro lado de la ventana, ni en este instante, ni despu\u00e9s, cuando arranque el tren. Sabe que no leer\u00e1, pero s\u00ed repasar\u00e1, casi seguro sin conciencia, alg\u00fan cuento, o episodio de cuento, de los incluidos en \u201cLa naranja maravillosa\u201d de Silvina Ocampo. Ser\u00e1 lo \u00fanico significativo que haga, aparte de no pensar. Tampoco mira ni mirar\u00e1 al resto de pasajeros, no reparar\u00e1 en sus rostros, ni en sus atuendos, ni en sus alegr\u00edas, ni en sus peculiaridades, ni en sus tristezas. Ni por asomo se le ocurrir\u00e1 peinarse o darle un mordisco a la manzana de la mochila o un trago a la botella de agua junto a ella. Mucho menos abrir el port\u00e1til o sacar el tel\u00e9fono para ponerse a comunicar. En realidad, a Obina Sampa no le gusta aprovechar su viaje diario de ida y vuelta en tren. Al menos, no en el sentido que a menudo se le da al verbo aprovechar.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 por eso, a Obina Sampa no se le va a escapar la oportunidad que, por delante de ella, est\u00e1 a punto de pasar. A Jerem\u00edas S\u00e1nchez tampoco, pero por diferente causa.<\/p>\n<p>Jerem\u00edas S\u00e1nchez canturrea mientras baja las escaleras que le llevan al and\u00e9n n\u00famero cuatro de la estaci\u00f3n de Atocha. Tengo tiempo y es una hora de poca gente, as\u00ed que por qu\u00e9 no cantar, piensa Jerem\u00edas S\u00e1nchez. Canturreando, Jerem\u00edas S\u00e1nchez llega abajo y enfila el and\u00e9n con lentitud, deteni\u00e9ndose unos minutos a hacerle un lazo especial al cord\u00f3n desatado de su zapato modesto, por la marca sabemos que no en el origen, aunque modesto es el adjetivo m\u00ednimo tras tan exagerado uso. Luego, Jerem\u00edas S\u00e1nchez da unos pasos m\u00e1s hasta situarse de espaldas justo a la altura de la ventana ocupada por la mirada de Obina Sampa, de frente a una v\u00eda de tren a\u00fan vac\u00eda. Mira los rieles y se admira con su infinitud. Deja de canturrear y piensa. Si es que es posible pensar lo real. Piensa: que se disminuyan las piedras y que gotee el ni\u00f1o. Y Jerem\u00edas S\u00e1nchez cierra los ojos y ve un parque, con una hilera de columpios de tres colores, rojos, amarillos y azules, que se balancean solos, quiz\u00e1 empujados por un en\u00e9rgico viento que no aparece, pero que siempre desea hacer jugar; con algunos dinosaurios asombrados, de patas de muelles un tanto oxidadas en la parte baja y grandes alas; con un par de caballos met\u00e1licos listos para el trote; con una serie de diez o quince toboganes ordenada como si fuese la prole de una familia numerosa, desde los que son ya gigantes hasta los reci\u00e9n nacidos, que del suelo apenas si consiguen despegar. En el m\u00e1s alto de ellos, Jerem\u00edas S\u00e1nchez ve a Jerem\u00edas S\u00e1nchez \u2013 ni\u00f1o. Y Jerem\u00edas S\u00e1nchez &#8211; ni\u00f1o siente c\u00f3mo empieza el descenso, y c\u00f3mo gana, poco a poco, velocidad. Siente el aire en el rostro, m\u00e1s y m\u00e1s fr\u00edo, m\u00e1s y m\u00e1s intenso, y los granos de arena fina del parque, que flotan en ese aire, que le hacen cosquillas por todo el cuerpo, que son vivarachas, que se dejan incluso respirar. Y Jerem\u00edas S\u00e1nchez &#8211; ni\u00f1o intuye que va a llegar abajo, a una tierra de azulejos cuadrados que brillan en blanco y negro, al otro extremo del tobog\u00e1n. Tiene miedo de pronto y desea poder aprovechar el impulso para echar a volar. Jerem\u00edas S\u00e1nchez &#8211; ni\u00f1o aprieta m\u00e1s los ojos y sus deseos se cumplen. Empieza a subir, a subir, subir, dejando atr\u00e1s un tablero de ajedrez cada vez m\u00e1s lejano a sus pies, hasta ocupar un lugar junto al puesto de un ave, un \u00e1guila o un halc\u00f3n, aunque en realidad a \u00e9l le parece un b\u00faho asustado que por eso mismo tal vez enseguida se va. Jerem\u00edas S\u00e1nchez &#8211; ni\u00f1o sigue flotando y escucha un ruido de motores que reconoce: Se acerca un avi\u00f3n, piensa. Cuando pasa a su lado, Jerem\u00edas S\u00e1nchez \u2013 ni\u00f1o curiosea adentro y a primera vista ve a Jerem\u00edas S\u00e1nchez \u2013 joven tumbado en un sof\u00e1 que no pertenece ya al avi\u00f3n sino a la sala de estar de una casa con estilo y pocos muebles. Jerem\u00edas S\u00e1nchez \u2013 joven apoya la cabeza sobre Obina Sampa. Han hecho y volver\u00e1n a hacer el amor el \u00fanico d\u00eda de sus vidas que han pasado hasta hoy juntos. Jerem\u00edas S\u00e1nchez, de pie frente a las v\u00edas de tren, recuerda con los ojos cerrados, a menudo le pasa exactamente as\u00ed, el juego que \u00e9l y Obina Sampa se prometieron ocho&#8230; \u00bfocho a\u00f1os ya?, casi ocho a\u00f1os atr\u00e1s: mantenerse juntos en el pensamiento sin sufrir los malhumores de la vida y permanecer siempre abiertos a dejarse rescatar si volviese la oportunidad. Desde que Jerem\u00edas S\u00e1nchez cerr\u00f3 lo ojos para ver el parque han pasado apenas dos minutos. Ahora Jerem\u00edas S\u00e1nchez se dice, como otras veces en ocho a\u00f1os: de acuerdo, voy a darme media vuelta con gran lentitud y, s\u00f3lo al completar el giro, abrir\u00e9 los ojos para encontrar los de Obina, esos tan suyos.<\/p>\n<p>Obina Sampa se equivoca al no esperar nada extraordinario al otro lado de la ventana por la que mira. Nosotros nos equivocamos al creer que Obina Sampa no pensar\u00e1. Obina Sampa piensa. Si es que se puede pensar lo real. Piensa: que se inunde la tierra con las gotas del ni\u00f1o. No nos equivocamos, sin embargo, en otras cosas. Por ejemplo, no se peinar\u00e1, aunque s\u00ed que busca la manzana y le da un mordisco, peque\u00f1o pero al fin mordisco, y vierte en la boca tambi\u00e9n un trago de agua de su botella. Entonces, imagina que dentro de ella, trago a trago durante casi treinta a\u00f1os, ya debe haber todo un mar y que ese mar habr\u00e1 debido fabricar unos cientos de caballitos y estrellas, cuando menos unos miles de peces de colores y alg\u00fan que otro ping\u00fcino o foca, y plancton y sal y cosas de esas que hacen que el mar sea mar. Obina Sampa se sumerge en su propio mar, lo bucea y, tras muchas cosas, encuentra una burbuja del tama\u00f1o de una catedral, aunque s\u00f3lo en eso y en el eco envolvente de adentro se parezcan. Aunque Obina Sampa enseguida se da cuenta de que el eco de la burbuja donde ahora est\u00e1, es sobre todo un reproductor y amplificador de im\u00e1genes, no as\u00ed de palabras. En realidad, lo que termina por entender Obina Sampa es que dentro de la burbuja gigante alcanza a ver el mundo en varias dimensiones. Por supuesto, al decir varias nos referimos a m\u00e1s de tres. Obina Sampa llega a contar diecisiete. Sin embargo, despu\u00e9s de un rato no puede continuar, porque una cosa es ver una hect\u00e1rea de tierra sembrada de trigo en diecisiete o quiz\u00e1s veintitr\u00e9s dimensiones, o una cama vestida para el invierno, o una playa, o la noche, y otra muy distinta ver, por ejemplo, las diecisiete o veintitr\u00e9s dimensiones de la guerra. Obina Sampa, como la mayor\u00eda, es incapaz de soportar ese tipo de visiones, por lo que decide contemplar una \u00faltima vez su mar en diecisiete o veintitr\u00e9s dimensiones y trag\u00e1rselo despu\u00e9s de golpe, sin calcular. Con el mar de nuevo adentro, Obina Sampa se deja caer fatigada sobre el sof\u00e1 de la sala de estar de una casa con estilo y pocos muebles. Conocido es lo que all\u00ed ha pasado y pasar\u00e1. La memoria de Obina Sampa recupera el episodio como a veces, no tantas como lo hace Jerem\u00edas S\u00e1nchez, pero a cambio con una intensidad que ella misma define como brutal y un detalle que cualquiera en su piel, en su mente acaso, calificar\u00eda como minucioso o qui\u00e9n sabe si exquisito o exacto. Desde que Obina Sampa se adentr\u00f3 en su mar, ha pasado apenas un minuto, alg\u00fan segundo le puede faltar, y a Jerem\u00edas S\u00e1nchez le ha dado tiempo de girar sobre s\u00ed mismo, ciento ochenta grados, hasta dar la cara a la ventanilla de Obina Sampa. Obina Sampa se dice, como otras veces en ocho a\u00f1os: ahora abrir\u00e9 los ojos para encontrar los de Jerem\u00edas, esos tan suyos.<\/p>\n<p>Jerem\u00edas S\u00e1nchez abre los ojos y, tal como espera, su mirada choca con la de Obina Sampa. Lo mismo le sucede a la mirada de Obina Sampa con la de Jerem\u00edas S\u00e1nchez. Ambos escuchan el pitido que avisa la inminente partida del tren donde Obina Sampa va subida. Ninguno piensa en por qu\u00e9 Obina Sampa no ha elegido un asiento m\u00e1s cercano a alguna de las puertas, habiendo tantos disponibles a esa hora \u00faltima. Atr\u00e1s, muy atr\u00e1s, han quedado el parque, el vuelo por el aire, la burbuja y el mar. Ni Obina Sampa intentar\u00e1 alcanzar una de las salidas del vag\u00f3n, ni Jerem\u00edas S\u00e1nchez correr\u00e1 hac\u00eda alguna de ellas. Suponen que no alcanzar\u00edan su destino a tiempo y a cambio perder\u00edan el regalo del instante que viven, que no es otra cosa que su oportunidad. No sonr\u00eden, no parpadean, no les pica ni les duele ninguna parte del cuerpo, ni la espalda, ni los ri\u00f1ones, ni los pies. Son todo ojos. De no ser por los ojos, ser\u00edan estatuas. Sin embargo, en sus dos pares concentran sus dos vidas, y se esmeran en lograr el mejor nudo que amarre sus miradas, por si hay suerte y aguanta y les concede un tiempo m\u00e1s. Jerem\u00edas S\u00e1nchez y Obina Sampa emplean su tiempo en menudencias del estilo. Por sus cabezas no pasa el dictarse un n\u00famero de tel\u00e9fono moviendo muy despacio los labios, ni el escribir las cifras en un vaho hecho con la boca sobre la ventana. Bastante tienen con mirarse, hasta que el tren, como est\u00e1 previsto, cierra las puertas y echa a andar. Pero, al contrario de lo que cabr\u00eda imaginar, Obina Sampa no estira el cuello ni echa la vista atr\u00e1s, intentando prolongar un tanto la fugaz visi\u00f3n de Jerem\u00edas S\u00e1nchez. Tampoco Jerem\u00edas S\u00e1nchez, aunque ser\u00eda f\u00e1cil hacerlo, se pone a caminar al ritmo inicial del tren. Jerem\u00edas S\u00e1nchez permanece inm\u00f3vil y vuelve a cerrar los ojos. Primero, suavemente. M\u00e1s y m\u00e1s fuerte, hasta hacerse da\u00f1o, despu\u00e9s. Ve delgadas l\u00edneas blancas sobre un fondo negro sin brillo y sin profundidad. Las l\u00edneas se ensanchan, se juntan y se comen el fondo negro, para enseguida difuminarse, desaparecer y vuelta a empezar. Dos veces. Tres. Y entonces Jerem\u00edas S\u00e1nchez escucha la secuencia de chirridos que en el fondo espera, de ruidos met\u00e1licos que consiguen detener el tren. Aunque no es tiempo de nieblas, cuando Jerem\u00edas S\u00e1nchez vuelve a mirar, ve a Obina Sampa abrirse paso entre una nebulosa con firme decisi\u00f3n, la mano derecha libre, en la izquierda la manilla roja del freno de emergencia. Jerem\u00edas S\u00e1nchez no cree en esas cosas, pero en ese instante tiene la certeza de que ella viene a rescatarle, de que ella es, ni m\u00e1s ni menos, su princesa azul.<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para Kinoa y con Kinoa Obina Sampa se sienta en un lugar cualquiera de los muchos disponibles a esa hora \u00faltima en el vag\u00f3n de tren, equidistante de dos puertas abiertas que deben estar a punto de cerrarse ya.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[5],"tags":[],"class_list":["post-175","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-relatos"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/175","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=175"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/175\/revisions"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=175"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=175"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.canal-literatura.com\/3certamen\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=175"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}