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Me
piden que haga una crónica sobre el momento ganador y creo que nunca
he hecho algo tan difícil, en materia de creación literaria. Ha sido
tan grande, tan extenso en el tiempo, tan concentrado y tan diluído
a la vez... No recuerdo cuándo vi el anuncio del certamen, sólo que
decidí participar porque tenía un par de relatos que se acomodaban y
porque el concurso parecía serio. Para mí, gané el día en que abrí
mi correo electrónico y ahí estaba aquél, procedente de Canal
Literatura (de pronto no tenía ni idea de qué era aquello) dirigido
a Eleanor Rigby (tampoco sabía por qué).
Justo antes de pasarlo a la papelera de "spam" me detuve a leer el
texto y todo tomó forma. Habían seleccionado mi relato, el título
coincidía, el pseudónimo también... era finalista. Esa misma tarde
me llamaron por teléfono para preguntarme si pensaba asistir a la
gala de entrega de premios y entonces supe que el asunto iba muy en
serio. Contesté que sí sin pensármelo, y pasé días lamentándolo. Sí,
me explico: un fin de semana en Murcia, aparte de organizar el
viaje, el alojamiento y todo, como cualquier finalista, me suponía
dejar organizada a mi familia, buscar canguro, hacer la compra del
sábado por adelantado... qué horror, todo ello, ¡tan poco literario!
Deseé secretamente que me hubieran llamado para ir al día siguiente,
no tener tiempo de pensar nada, salir corriendo y sálvese quien
pueda... Pero ¿y si no ganaba?
De algún modo el tiempo pasó, implacable, como siempre hace, y me
encontré en el Altaria camino de Murcia con mi amiga Mónica. Olvidé
mi vida civil, el "ambiente" del sábado por la mañana, todo lo que
había tenido que montar para ir... olvidé incluso a qué iba. Pasamos
una tarde muy agradable disfrutando de las delicias de Murcia y a
las ocho, a la gala. Cuando llegamos, no había nadie allí, y el
ambiente formal nos intimidó un poco.

Sin embargo, cuando la gente empezó a llegar, se rompió el hielo. Yo
que había creído que aquello era un cotarro como de centro cultural,
pero muy bien organizado, constaté que estaba maravillosamente
organizado y que el ambiente de cariño era realmente el de un centro
cultural de los de toda la vida. La gente se saludaba como si se
conociera de siempre, y los que no se conocían personalmente se
buscaban, guiados por algún indicio. Empezaron a venir personas de
todo tipo y condición, jóvenes, mayores, hombres, mujeres, que se
dirigían a mí por mi pseudónimo y me felicitaban por mi relato, que
¡habían leído!
Y así transcurrió todo: cenamos de maravilla, charlamos de
literatura o no, reímos como colegiales hasta que una maravillosa
voz radiofónica anunció que era el momento de entregar los
premios... y entonces me dio la flojera. Ya sabía que pintaba yo
allí: era finalista; mi nombre estaba en el bombo. Y podía sonar en
cualquier momento.

Y lo hizo. Como fui tercera, fue el primero que sonó, así que no
tuve tiempo de pensarlo más. Subí al podio aturdida y alucinada y,
como pude, lancé un discurso que en ningún momento pensé que tendría
que preparar, mucho menos que acabar leyendo. Era la mujer más feliz
del mundo. Y lloraba. Eleanor Rigby había ganado el tercer premio
del IV Certamen de Relatos de Canal Literatura. Y Eleanor Rigby era
yo. Pero no quiero que este sea el final de la historia. Quiero que
sea sólo el principio, la primera línea de mi próxima historia.
Gracias a todos por haberlo hecho posible.
Amelia Pérez de Villar Herranz
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