PRESENTACIÓN

Con el título "Estambul, la otra Puerta del Mediterráneo" se pretende que los autores que quieran participar escriban textos, con un máximo de 400 palabras, que cuenten historias (antiguas, históricas o recientes) en que las distintas civilizaciones que pueblan el Mediterráneo hayan compartido vínculos o Nexos de unión (políticos, humanitarios, geográficos, amorosos etc...) Se trata, mediante estos textos, de acercar a los lectores una visión loable de la convivencia pacífica y del intercambio enriquecedor entre seres de diferente procedencia y costumbres, indagando en la historia o buceando en la memoria de todo aquel que tenga algo que contarnos con este propósito.

Desde España lanzamos esta propuesta que ha recogido Estambul, la otra puerta del Mediterráneo, como primera muestra de que es posible, en muchas ocasiones, vibrar al unísono.

PREMIO ESTAMBUL:

TEMA: Estambul, la otra puerta del Mediterráneo
Plazo de envío de originales: Hasta el día 1 de mayo 2006

JURADO:
Pablo Martín Asuero (Director del I.C. de Estambul)
Begoña Colmenero Niño (Bibliotecaria jefe del I.C. de Estambul)
Raquel Lorente Navarro (Profesora del I.C. de Estambul)
Mª Dolores Albaladejo García (Profesora del I.C. de Estambul)
Murat Yalçin (Ayudante de la biblioteca del I.C. de Estambul)

PARTICIPA:

Participantes

Seudónimo:EJEMPLO:
5 de February, 2006 - 23:44

Hola, esto es un comentario ejemplo de como e mostrarán los textos.


David:
20 de February, 2006 - 19:38

CORAZONES ABIERTOS

Las horas avanzan con mayor rapidez que los meses y días precedentes. Hoy 15 de septiembre de 2003 será el día más feliz de mí vida. ¿La abrazaré y la besaré como si la hubiera conocido de toda la vida?
Escucho el sonido de la aeronave. Sudo copiosamente. Las manos me tiemblan y humedecen. Los primeros pasajeros llegan al salón de espera. Me busca con la mirada desde lejos. Nos miramos unos segundos a distancia. Ahora me parece que el tiempo se ha detenido. Ella sonríe. La misma sonrisa de las fotos que en todos estos meses me acompañan. Viste elegantemente. Trae el pelo suelto. Le roza armoniosamente sus hombros. El largo viaje no ha mellado su imagen.
El latir de mi corazón es más intenso. Está a sólo unos metros de mí y me parece una gran distancia, como si una barrera se interpusiera entre nosotros. Como ese mágico espacio de cristal que solo nos permitía soñar y nos impedía fundirnos en un abrazo. “Es la emoción”. Nos miramos unos segundos. A ambos lados de nosotros, con pasos rápidos, transitan decenas de personas y los pasajeros del avión recién llegado.
Sin decirnos ni una sola palabra nos abrazamos. Me imagino que estamos solos. Deseo decirle que la amo, que había añorado este momento, pero de mis labios no brota ni una sola frase.
—Me parece como si te conociera de toda la vida —le digo con nerviosismo.
—A mí me sucede lo mismo.
Le tomo la mano y aprieto con ternura. Tiene la piel suave y delicada como el pétalo de una flor. Contemplo la expresión de su rostro. Ella también está nerviosa. Disimula su rubor. Está ocurriendo lo que tanto habíamos soñado. Comenzamos una vida nueva.
— ¿Sabes? El sueño de mi adolescencia, el ideal que he venido buscando desde mi juventud, lo he descubierto ahora. Estoy segura. Hoy estoy más segura.
— No hay otra alternativa que ignorar el tiempo transcurrido e iniciar un camino nuevo. Ese siempre ha sido mi pensamiento después que te conocí.
Desperté de ese dormir profundo con el fuego de la sangre de ella, con el fuego de mi sangre, con el fuego de nuestras pasiones que se habían acumulado durante más de seis meses de espera intensa.
Cada día parecía que podría ser la última vez que nos entregábamos. No nos preocupábamos en el mañana, sino en el hoy.


Lu:
22 de February, 2006 - 18:19

LA PÉRDIDA DE ESTAMBUL  (Premio Especial Estambul)

-¡Cuéntame lo de Estambul!- pedía en las tardes febriles de la infancia, velada la luz de la lamparilla con un trapo encarnado, o con el pechillo pintarrajeado con una cuadrícula de tintura de yodo.
-¿Otra vez? ¡Pero si ya te lo sabes de memoria!
Entonces tomaba mi mano ardorosa y comenzaba a narrar aquel viaje juvenil, cuya realidad atestiguaba una sola foto mutilada, bizqueando sobre algún punto de la pared, mucho más allá de la camita de espaldares lacados en rosa.
Y el barco atravesaba el Bósforo con empaque de princesa que caminase hacia su coronación en el Altar Mayor, y uno podría abrazar con los ojos ambas orillas y juguetear con el puzzle multicolor de sus casitas. Y cuando se sumergía en el tráfico del Cuerno de Oro, - los transatlánticos de turistas, aún impresas las retinas con cariátides y arquitrabes; los pequeños pesqueros de sirenas estridentes; los mercantes solemnes y los anticuados ferries que hacían el trayecto hasta las Islas- y se divisaban cúpulas y minaretes, los oídos se anticipaban a adivinar voceríos de mercado, llamadas a la oración, risas, bocinas y todo el abigarrado tumulto de la ciudad milenaria.

Con los recuerdos que mi madre hilaba, tejí una Estambul mágica de mezquitas azules, doradas cúpulas, baños sombríos de techos estrellados y emperadores que sonreían sin labios desde sus mosaicos. Bajo las sábanas repetía “Es-tam-bul-es-tam-bul-es-tam-bul”, y era un estruendo de tambores que anunciaba los ejércitos victoriosos de Solimán el Magnífico. “Bóoosforo…bóoosforo…” el viento susurraba entre las celosías del harén. “Top-ka-pi-top-ka-pi”, brincaban los geniecillos de las lámparas.

Con los años, tuve también mi Estambul, recreada por amor a otra niña enferma, inapetente o aburrida. Un día tomé la mano arrugada de mi madre, tras constatar que su pasado le desaparecía paulatinamente bajo los pies, como peldaños de una escalera onírica y, con la esperanza –ya inútil de antemano- de un milagro, volví a pedirle:
-Anda, cuéntame cosas de Estambul. ¿Te acuerdas?
Me miró desde el vacío y la indiferencia, superada ya la angustia ante los primeros síntomas, y contemplé cómo su Estambul y todo lo que pudo representar para ella, habían desaparecido. Y aquel océano de pérdidas engullía, junto a su historia entera, esa parte inicial de la mía que nunca llegará a pertenecerme y de la que fue depositaria hasta que su olvido nos dejó mutuamente huérfanas.


De Algeciras a Estambul…:
22 de February, 2006 - 22:28

DE ALGECIRAS A ESTAMBUL…

Mi abuelo Manuel llegó a la Argentina a los catorce años, en el buque Congo, en 1885. En 1901 se enamoró y casó con Teresita, también de catorce, hija de francés y asturiana. Trabajó como Guarda en el ferrocarril Buenos Aires al Pacífico.
Mi abuela cocía calzoncillos para afuera y alquilaban alguna habitación de su casa-chorizo, a ocasional inquilino. En un barrio de inmigrantes variopintos desde catalanes hasta sirio-libaneses.
La menor de sus cinco hijas fue Haydée, mi madre, que casó con Santiago, hijo de padre xeneize y madre siciliana, o sea que mi sangre tiene gusto a mar, albahaca, carbones y aceituna.
Nunca conocí a mi abuelo; murió en 1949. Pero cuando yo fui descartado del Banco donde trabajé treinta años, en enero de 2000, con un sentimiento de soledad y desamparo, comencé a tratar de encontrar a mis ancestros.
Recordaba a mi madre contar que su padre era de Galicia, que sus hermanos vivían en la parte superior de la casa y la vaca, en la inferior. Que mi abuelo, aún de viejo los extrañaba, y durante la época de la guerra civil vivió angustiado. Que mis tías habían llenado un baúl con ropa usada pero buena, y que juntaron peso a peso para despacharla a su aldea. Que lo que aquí llamaban perramus allá era una gabardina.
“ ¡Pues, Manuel, - le escribió su hermano - que con esta jabardina parezco un señorito! ”
Busca que te busca, pregunta tras pregunta, encontré mi origen. Le escribí al concejal del poblado que gentilmente ubicó a mis primos. Nos hablamos y nos contestamos. Todavía vivía una mujer muy anciana que recordaba la llegada del baúl. Para certificar el parentesco mi primo me envió algunas fotos sepia, que una tía conservaba en un viejo cajón. Eran copias de las mismas que yo tenía.
Pero había algo más entrañable, la carta que mi abuela envió a España informando de la muerte. Entonces comprendí por qué los romanos castigaban con el destierro. Porque es más doloroso que la cárcel. Mi abuelo había venido solo, con hambre, sin ropas, lleno de recuerdos y de olores, de sueños y ambiciones. Formó familia, comió y tuvo casa. Mas la carta de abuelita, con su letra infantil, informaba a su cuñado que la muerte la había entristecido, pero quería hacerle saber que las últimas palabras de Manuel, en un susurro, fueron:
-Avísale a mi hermano…

pseudónimo: Porque yo nací en el Mediterráneo.


Mercedes:
25 de February, 2006 - 0:07

SEIS DIAS EN EL LIBANO

Partí de viaje a Líbano, con la dirección de una monja de Harissa, que me dio una amiga y el teléfono de un poeta que me dio un amigo.
No era mi primer viaje a Líbano, treinta y dos años antes estuve unos días y fue entonces cuando conocí a Latif.

Al llegar a Beirut marqué desde mi móvil el número de teléfono de Jalid, el poeta. Me instalé en su casa y al día siguiente, buscamos en la guía telefónica el apellido Tahar. En una octava llamada, localizamos a la sobrina de Latif. Se llamaba Nayma. Un poco más tarde estábamos sentados en su salón. Tenía el té preparado, dulces de miel y un narguile con aroma de manzana.

Visitamos la tumba de Latif y volvieron a mi mente todos los recuerdos de los días que pase en el Líbano hace treinta y dos años. Conocí este país de su mano. Después nos escribimos durante seis meses las epístolas más hermosas, mientras yo me preparaba para regresar a su lado. Entonces estalló la guerra de los seis días. Una mañana del 7 de junio de 1967, Latif recibió una bala en la cabeza y murió al mismo tiempo que todos mis sueños. Todo pasó hace muchos años, pero yo no lo he olvidado.

Unos días después viajé a la zona de los cedros. Llegué hasta Harissa y conocí a Sor María. También visité a los padres de Nayma en Aanjar. Me entregaron un regalo muy valioso: las cartas que mandé a Latif durante los seis meses en los que nos tuvimos el uno al otro.
Pasé los días posteriores junto a Jalid y Nayma ahogando palabras entre el humo del narguile, sorbiendo té, recorriendo el malecón… Mis nuevos amigos libaneses me acompañaron al aeropuerto y nos despedimos entre lágrimas. Cuando estuve en la zona internacional a punto de embarcar, donde da la impresión de poder seguir, pero no de retornar, allí yo retorné. Y regresé al malecón junto a las rocas de Pigeon, y decidí quedarme.
Mi decisión era del todo natural. Latif estaba allí, y le había amado durante treinta y dos años, aunque sólo estuve con él unos días, su familia vivía allí, y un buen amigo, que además era poeta, también. Mi vida entera estaba en el Líbano.


Lachy:
25 de February, 2006 - 21:20

Mediterráneo.
Lachuy

Lo más difícil no es atravesar el mediterráneo sino hacer realidad un sueño que está al otro extremo de ese místico mar. Amo y me aman.
Hemos estado juntos, sin perder un solo segundo, 60 días, con sus horas, minutos y segundos sin separarnos… tengo un gran compromiso con mis raíces… No duda de mi amor… sabe que no es así: a veces he puesto frente a frente mi amor ante mi deber. Soy un ser humano enamorado.
Quería refugiarse: Le hablé de mis dudas. A distancia le escribí que estaría nervioso, que marcharía a mis labores cotidianas y que me gustaría que en este instante subiera a su habitación y pensara en mí en nosotros aunque a distancia.
¿Recuerda lo que escribiste?: “La alegría es el bálsamo de la vida, el elixis más precioso, la mejor medicina —también la más barata— para prolongar nuestra vida y rejuvenecer, además, con ella ahorraremos una fuerte suma al quitarnos unos años de encima”.
Ella, merecía la mayor felicidad. Me hechizaban sus “defectos”: “me ruborizo por menos de nada”.
Después comenzó una espera intensa. No sabía nada de ella. ¿Cuántos días tendré que espera para recibir sus cartas? Hoy es 10 de abril de2003. Por fin salgo de mi duda y mis reflexiones:
“Después de haber pasado por el purgatorio y haber sufrido inmensamente por tu ausencia, me encontré con todas tus cartas. Me han embelesado: es la joya más preciosa con la cual he sido halagada. Hubiera deseado ir volando hacia ti para refugiarme en tus brazos y pedirte que no me sueltes.
“El tener tu alma gemela es el mayor orgullo para mí. El latir de nuestros corazones al mismo ritmo, el soñar en el mismo instante. ¡Qué no te diría yo si fuera completamente libre! Deseo oír tu voz, al menos poder decirte las cuatro letras que en las últimas semanas me vienen torturando: invierte Estambul, mí ciudad eterna, y te dará la llave.
“Gracias por cuanto estás haciendo por mí, trataré de compensarlo con esa palabra enigma. Ahora no quiero despedirme de ti, sino decirte que sólo estaré unas horas apartada de ese ser que me ha embriagado —mejor dicho, unas horas más cerca de él, ya que la noche no nos separa sino que nos une”.
No puedo acudir a ella… soy un guerrillero, aunque estoy dispuesto atravesar el Mediterráneo…


Juan Nadie:
1 de March, 2006 - 13:45

ANOCHE SOÑÉ CONTIGO

Anoche soñé contigo. Paseábamos juntos por aquella pequeña cala de arenas doradas donde nos conocimos. El agua tibia del Mediterráneo acariciaba nuestros pies desnudos mientras recorríamos la orilla en busca de un rincón tranquilo desde el que poder ver la puesta del sol.
Al llegar el momento esperado, estábamos recostados entre las peñas del pequeño saliente rocoso en el extremo de la playa y contemplamos ensimismados cómo el disco anaranjado iba cayendo entre las nubes de aspecto esponjoso que surcaban el cielo, hasta acabar desapareciendo bajo las aguas de color turquesa que reflejaban la cada vez más diminuta figura del astro rey. Recuerdo que la emoción del momento hizo que unas lágrimas resbalasen por tus mejillas.
Cuando el sol desapareció tras la silueta de Estambul echamos a andar de manera despreocupada sin darnos cuenta que nuestra ensoñación se había prolongado más tiempo de lo que cabía suponer y la noche se había cerrado a nuestro alrededor.
Era mi primer viaje a Estambul y nuestro encuentro en el Gran Bazar fue un auténtico flechazo. Yo había viajado hasta la capital turca con el deseo de conocer otras culturas diferentes y a la vez tan cercanas a la europea. Al entrar en el pequeño comercio donde te encontrabas, sentí enseguida tu mirada fija en mis ojos. La impresión que me llevé después de una interesante charla sobre el país y su gente fue de grata sorpresa, pues descubrí maravillado que pese a las profundas diferencias marcadas por la religión y las costumbres, había un lazo común más fuerte que nos unía: la cultura mediterránea común.
Antes de que la oscuridad se hiciera más espesa, emprendimos el camino de regreso hacia las luces multicolores que anunciaban el refugio de la gran ciudad. Te abracé para espantar el miedo que sentías a la noche y a lo desconocido, y así, con las manos enlazadas y sintiendo tu presencia tan próxima, comprendí que nuestro amor era mucho más fuerte de lo normal, excedía de la mera atracción entre dos personas que se comprenden.
Después de esto abrí los ojos y el sueño se acabó.
Anoche soñé contigo y lloré amargamente al despertar recordando que ya no estás conmigo, que el mismo mar que nos une nos mantiene tan separados.


Aster:
2 de March, 2006 - 14:04

Cuentan que Abú Bassed, el humilde médico del zoco, fue el doctor más prestigioso de Estambul.
Tal era su fama que Farid El Hanafy, señor de la ciudad, confió a aquel galeno la delicada salud de su primogénito, aquejado de una inexplicable melancolía.

El príncipe hubo de ponerse a la cola de una turbamulta de desarrapados y esperar bajo el implacable sol de Marzo. Al llegar su turno, Bassed lo mandó descubrirse y tumbarse sobre una humilde jarapa de esparto. Recorrió después su vientre, su espalda y sus tobillos.
Sólo recuperaréis la sonrisa si bebéis agua del manantial de Kairobé –le dijo, finalmente, con gesto preocupado.
Deberéis viajar, eso sí, solo y con lo imprescindible –añadió Bassed, mandando ya avanzar al próximo paciente.

Una mañana de Octubre el príncipe marchó hacia aquella fuente perdida que alimentaban las nieves del Atlas. Viajó hasta Tozeur a lomos de un camello; trabajó de sol a sol para pagarse el pasaje a Butrek; se perdió mil veces en la Cordillera; una caravana lo salvó de la impiedad del desierto; una mujer de ojos claros lo besó delicadamente la frente en una jaima y unos ladrones le respetaron la vida a cambio del zafiro que llevaba en el pecho…

Por fin una tarde de verano el desfiladero de Sijé lo llevó ante aquel hilo de agua del que bebió desaforadamente.

Poco después se sintió radiante y no paró hasta alcanzar Estambul. El olor de las especias lo condujo hasta el zoco donde esperó pacientemente en la fila de los desheredados.

Razón teníais, maestro. El agua de Kairobé me ha curado –dijo, agradecido el príncipe.

Os equivocáis, señor, no os curó la fuente –repuso el médico- sino el camino que tuvisteis que hacer hasta encontrarla.

(Del “Libro de las Mil y una Noches”; noche 32)


Aster:
2 de March, 2006 - 14:14

ARMA BLANCA

El año de gracia de 1348, Issik Kul, señor de Laodicea, tomó Tiemecén. Sus soldados dieron muestras de una brutalidad innecesaria pues los tiemecinos carecían de tropas: sólo un centenar de campesinos se enfrentaron a los intrusos con aperos de labranza.
Lo cierto es que la población fue sojuzgada y su soberano, Ibn al Jatib, desterrado.
Nadie reparó en la determinación del monarca derrocado cuando salió camino de la lejana Venecia. Al séptimo día –durante una semana bebió, comió y fornicó con una pasión incomprensible- abandonó la ciudad de los canales y embarcó hacia Estambul.
Llegó a Laodicea –la fiebre le nublaba los ojos- con el tiempo justo de besar a una doncella y ahogarse en el aljibe.

La peste asoló aquella ciudad como el más cruel de los ejércitos.


Tras los pasos de Benjamín de Tudela:
5 de March, 2006 - 23:51

La profesora de literatura impartía su último curso. Las paredes del centro habían visto pasear su sombra a lo largo de los últimos cuarenta años. Maribel era una mujer muy apreciada en todos los estamentos del centro. El buen trato con los alumnos, su paciencia a la hora de solucionar los conflictos, su enorme capacidad intelectual, su espíritu abierto y tolerante, hacían de ella la profesora más respetada de la escuela.
Con su marcha se perdía a una de las mejores docentes del instituto ‘Benjamín de Tudela’.
Yo estaba muy apenado. La profesora había demostrado desde el principio una enorme sensibilidad hacia nosotros, hacia los hijos de los emigrantes que desde diferentes rincones del mundo habíamos ido a parar a esta ciudad navarra.
Maribel jamás hizo distinciones entre nosotros. Aquellos alumnos que comenzamos a estudiar en el centro sin saber apenas farfullar más de cuatro palabras en castellano, recibimos la ayuda desinteresada de la profesora y, gracias a ella, alcanzamos rápidamente un nivel de castellano parejo al de nuestros compañeros tudelanos.
Yo, Youssef, fui uno de esos alumnos. Llegué a Tudela dos años después de que a mi padre le ofrecieran un trabajo en una explotación ganadera. Toda la familia nos instalamos en el barrio antiguo de la ciudad para comenzar una nueva vida y escapar de la pobreza de nuestra Argelia natal.
Desgraciadamente, al poco tiempo de llegar a Tudela, se produjo un incidente. Algún compañero, a la hora del recreo, garabateó en la pizarra una arenga en contra de los musulmanes.
Cuando volvimos al aula, Maribel borró la frase de la pizarra, apartó enojada su libro de literatura, y nos explicó la historia del viajero que dio nombre a nuestro colegio. Sus palabras fueron rotundas:
‘Quien haya escrito esta frase en la pizarra es un ignorante. Quien ha escrito esta frase desconoce que hasta el siglo XV Tudela fue una ciudad abierta y tolerante, en la que las tres religiones más importantes convivieron en total armonía. No, no voy a permitir que nadie insulte a los musulmanes, porque no voy a permitir que nadie se insulte a sí mismo. ¿Sabíais que Benjamín de Tudela, además del hebreo, hablaba el árabe y el castellano? ¿Sabíais que a pesar de ser judío su libro fue publicado en una ciudad musulmana como Estambul?’.
Desde entonces todas las noches sueño con revivir con mis propios ojos el viaje del tudelano más universal.


JM:
8 de March, 2006 - 3:59

No recuerdo la primera vez que oí hablar de Estambul. Recuerdo que ya me sonaba su nombre cuando en la escuela nos hicieron aprender la Canción del Pirata y leí los versos que la nombran: Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul. El profesor explicó que Estambul había recibido otros nombres -que nos seducían por su belleza- a través de la historia: Bizancio y Constantinopla. Posteriormente, durante el bachillerato, conocí la gran importancia histórica, religiosa y cultural de esta ciudad, y su exacta situación geográfica. Sin embargo, en mi imaginario, Estambul seguía siendo aquella ciudad con tres nombres que surgía del horizonte al navegar en un barco pirata por el Mediterráneo.
No volví a saber nada más de Estambul -aparte de las lejanas referencias en los telediarios- hasta que un amigo me relató su visita como turista.
Mi amigo no desconocía la rutina consustancial a estos viajes. Sabía desde el principio que se alojaría en un hotel de gusto occidental; que haría visitas guiadas a los palacios y monumentos de mayor interés; que le intentarían estafar en un mercado genuinamente dispuesto para visitantes. Y, en definitiva, que sus pasos casi recorrerían la misma trama que invisiblemente trazaron miles de turistas anteriores a él, y que muchos otros miles recorrerían después que él retornara a su ciudad de siempre con la cámara fotográfica repleta de instantáneas. Nada de esto le molestaba pues nada podría desbaratar su deseo: conocer la noche de Estambul.
Así, la tercera noche, mientras en la discoteca del hotel languidecían los franceses con quienes compartía touroperadora, mi amigo subió al taxi convocado a sus órdenes por el recepcionista y expresó su deseo de acudir a un lugar de diversión de exclusiva concurrencia turca.
El resto de la historia es quizás demasiado largo e indiscreto para escribirlo aquí. Basten tres detalles para que el lector teja la historia como él prefiera. Primero: apenas ingresado en el local donde había sido abandonado, mi amigo sostenía una bebida alcohólica que él no había requerido. Segundo: la noche siguiente, mi amigo volvía al lugar en busca de alguien a quien la noche anterior perdió súbitamente de vista. Y tercero: la mañana siguiente, en una taberna de los arrabales de Estambul, mi amigo se desayunaba con un inesperado plato de callos y pensaba en un modo de explicar mediante señas que lo sentía, que lo sentía mucho.


El patito del mercado:
8 de March, 2006 - 13:43

 El patito del mercado   (FINALISTA)

 Anita no tiró el patito a posta, sino que se le escapó de las manos cuando jugueteaba con él en la playa del Perelló, en Valencia. Su padre era tan vago que por no tener que esforzarse en nadar, le dijo: ‘¡Deja de lloriquear Anita, ya te compraré otro en el mercado!
Anita se apenó mucho. No paró de refunfuñar hasta que llegó a casa y vio sobre la mesa un plato rebosante de espaguettis. El apetito le alivió las penas, y se olvidó del mal genio pinchando los trozos de chorizo en el plato. Mientras tanto, su otrora amado juguete de plástico flotaba atontado en un mar mediterráneo agitado. La niña ya no volvió a acordarse del patito, ni siquiera en el mercado.
El patito amarillo tampoco se acordó de la niña, porque los patitos de plástico no saben recordar. Simplemente se dejó llevar por la fuerza de las mareas hacia un destino desconocido. Chocó contra un petrolero, fue mordisqueado por un tiburón, los delfines jugaron con él, pero él ni se inmutó.
Llevaba dos meses flotando en el agua, cuando de repente fue avistado por un pescador que faenaba con su barco de vela. Hamid, el pescador, estaba muy preocupado. El mar era una enorme lámina de acero inmóvil. Un día entero intentando llevarse algo a las manos, y sólo dos pequeñas y esmirriadas doradas en el zurrón.
Vio al patito y se le pusieron los ojos como platos. Estaba tan aburrido que cualquier cosa le llamaba la atención. Acercó la chalupa, lo tomó entre sus manos, y, derrotado, metió el patito en el zurrón y puso rumbo a puerto. En el camino pensó que le iba a regalar el patito a su esposa, que así se iba a evitar la reprimenda por haber pescado tan poco.
Cuando la esposa le preguntó en casa qué tal le había ido la jornada, Hamid sacó las dos doradas, y antes de que su mujer irrumpiera a llorar, puso el patito de plástico sobre la mesa. El patito, en vez de aliviar el descontento de su mujer, lo incrementó.
Hamid se quedó fuera de juego. No esperaba esta reacción ante su obsequio. Por ello, antes de escapar al cuarto de dormir, le añadió a su esposa:
-¡Deja de lloriquear, Lalila, ya te compraré otro mañana en el mercado!


Nacho:
14 de March, 2006 - 14:53

FUNDIDA EN EL AÑIL DEL MEDITERRANEO

Durante el día palpita la vida por todos los rincones, los chiquillos pululan sin descanso en torno a la plaza. La agitación se percibe. El cascabeleo proveniente de los joyeles que llevan las engalanadas mujeres, en su bullir multitudinario, se siente irrumpiendo, en medio de trajín. Sus largos ropajes susurran acorde con el movimiento de sus dueñas. Ropajes “bailados” con determinación y elegancia. Se huele a especias, y a fritos, se huele a sol y a mar, se huele a brea, se huele a actividad desmesurada.

Y llega la noche,…. y llega el ocaso pintado de oro, cuya belleza traspasa la lontananza y el tiempo. Ahí, en el cuerno de oro, donde se confunde lo oriental con lo occidental, ahí, emerge, en toda su plenitud, en toda su grandeza, Estambul. Estambul antigua y nueva, siempre ella, siempre hermosa, majestuosa, imperial, errática y serena al tiempo.

Allá, al otro lado, en la otra puerta del Mediterráneo, tan lejos y tan cerca, tan iguales y tan distintos, en el crepúsculo más dorado que se conoce, late la vida y palpita sin cesar fundida en el añil de nuestro Mediterráneo.


Juancho:
15 de March, 2006 - 18:37

Con una patada al polvoriento suelo, Hemmot expresó su impaciencia - era el punto de la mañana y el sol salía sobre la ciudad-estado de Tiro, ese sol que nacía tierra adentro y se fundía allá en el mar, como promesa del viaje que iba a emprender. - Gritó a los hombres que cargaban la púrpura en su barco y que, en su opinión, siempre remoloneaban. Temía perder la marea, debiendo quedarse en puerto otro día más.

El jugo del murex teñía los tejidos de un color extraordinario, no igualado por ninguna otra civilización de los alrededores. Era un producto muy demandado y de un alto precio. A cambio del mismo los pueblos ribereños le pagaban en monedas o en mercancías que a su vez podía cambiar. Pero no era sólo eso.
Muchos pueblos esperaban al mercader fenicio para poder tener noticias del mundo y aprender cosas de utilidad, como el alfabeto. Hacía tiempo, otros comerciantes habían descubierto que todos los hombres, de cualquier cultura, se expresaban con, aproximadamente, treinta sonidos muy parecidos. La sencillez de este nuevo invento sustituía a la escritura cuneiforme e ideogramática, y además no requería de caros escribas para reproducirlos. Se sentía orgulloso de poder distribuir este preciado conocimiento.

Hemmot se tenía por un comerciante honrado. Siempre pedía de más, pero regateaba hasta llegar a un precio justo. Por unos cuantos ases o semis de bronce no estaba dispuesto a perder un cliente y nunca, nunca, engañaba en sus tratos. Sabía que, en general, era apreciado y respetado. Sin embargo, decían, le perdía la impaciencia y es que no lo entendían, en sus venas corrían tres fuegos: el del marinero, el del comerciante y el del explorador.
Mientras, las olas lamían el casco de cedro de su nave; olas que traían ecos de civilizaciones que bordeaban este mar: etruscos, cartagineses o los fuertes helenos.
No podía esperar más y maldijo a sus hombres tan alto como pudo y rompió a pasear canturreando para sí una vieja canción:

“Si vas a Abdera pide a Astarté salir de ella, pues las abderitanas enervan para la guerra y adormecen durante la paz”.

Levantó la mirada y miró como el sol centelleaba sobre las cambiantes olas, respiró la fresca brisa de la mañana y saboreó esa emoción y ese amor que sentía por este gran mar que a tantos pueblos llegaba, y a tantos pueblos le permitía llegar.


James:
16 de March, 2006 - 2:58

Una vez conocí a una chica cuyo único sueño era ir a Estambul. Nunca le pregunté por qué Estambul, y no Bucarest, Bombay o Nueva York. Nunca le pregunté qué esperaba hallar allí que no tuviera, que no existiese en la ciudad en la que cohabitábamos. Seguramente no habría sabido qué contestar, hubiese hecho tambalear su castillo de naipes, y me hubiese odiado por el resto de su vida. El caso es que guardaba en una carpeta todas las noticias que se referían a Estambul que recortaba de la prensa. Conocía fragmentariamente, de la sección de
‘Internacional’ de los diarios, los vaivenes políticos de Turquía, y le disgustaba la mayoritaria presencia de Ankara. La joya de su colección era un reportaje de varias páginas con fotografías de colores destellantes de parajes urbanos y marítimos estambulenses. A mí, cuando me lo enseñó, me pareció un folleto de propaganda turística disfrazado de reportaje periodístico. Pero no se lo dije. No le dije que Estambul era una ciudad como cualquier otra, que los edificios bonitos y los paisajes sólo sirven para estampar postales. Un día fuimos a cenar a un restaurante turco. Me encantó la comida picantísima, pero a ella le sentó mal, se pasó la noche en el aseo, no sólo llorando, aunque también. De estar con ella, yo también empecé a sentir una extraña añoranza por Estambul, donde no había estado. Me fascinaban sus ojos verdes como si fuesen las esmeraldas de un sultán. Veía su cuerpo lleno de curvas como un ánfora milenaria sumergida en el Bósforo. Y su voz al relatarme elecciones, huelgas y eventos deportivos acaecidos en esa ciudad, me parecía la de la mismísima Sherezade susurrando mil hechos mágicos para escapar de su destino. Esto último no se lo dije, pues me habría dado por ignorante: ella sabía que Sherezade no pudo vivir en Estambul, sino en Bagdad o Damasco. Cuando la besé me hizo prometerle que la llevaría un día a Estambul. Me habló de un concurso de relatos breves con premio una matrícula para estudiar en la ciudad de sus sueños. Yo temí perderla para siempre una vez llegados a esa ciudad, como se pierde a tu acompañante en un fastuoso baile, como siempre perdemos amargamente nuestros sueños cuando se hacen realidad.


Perolo:
16 de March, 2006 - 9:06

“Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro y yo fuera…” (San Agustín)

Yo siempre recibí a los judíos a pedradas. La “entifada” era nuestra única relación. Sin embargo, hoy, mi padre, Abdallah bin Sulliman, hijo de Abeb bin Sulliman, inexplicablemente, el primer día después de recuperarme de la operación, abre las puertas de su casa al hebreo Isaac Ben Gurion y le ofrece su hospitalidad y una suntuosa comida de agradecimiento: fuentes colmadas de humeantes “dampers” con berenjenas, “burgol con pollo y “Kebabs” de cabrito lechal. No falta la miel de Ikawendi, ciruelas, pasas, higos, dátiles, “knaffe”, dulce de frutas silvestres y cuajada.
Al concluir, se sirve té en la más delicada porcelana de la casa y mi padre habla así:
-¡Qué extraña es la vida y cuántas experiencias contradictorias nos trae!
Isaac Ben Gurion se queda pensativo un instante y asiente con la cabeza sin decir nada. Mi padre hace un gesto para que me acerque. Al llegar a su altura el judío me acaricia -desordena- el cabello, como hace mi padre todos los días al regresar del trabajo. Cuando me dispongo a escupirle a la cara, Isaac Ben Gurion me sonríe con franqueza y me mira a los ojos como si estuviera viendo a su propio hijo. Después se funde conmigo en un abrazo de amor profundo y llora de gozo.
En el fondo de mi corazón recién transplantado comprendo la verdadera razón de su abrazo y descubro que mi corazón no es mi corazón, sino un fragmento del corazón de la Vida, un auténtico regalo de Dios. Las palabras del profeta me iluminan y el velo que flota entre el Universo y lo desconocido se alza para dejarme ver que Dios no está en nuestros corazones, sino que nosotros estamos en el corazón de Dios.


LUZ:
16 de March, 2006 - 23:49

Para la gloria

“No es un sueño
Es el ruido, el movimiento, la oración
Son sus hombres, sus mujeres,
Son las cúpulas sobre el interminable cielo rojo
Son los lazos de la historia
desplegados al mundo desde el mar siempre azul
No es un sueño,
es Estambul”

El es muy joven, pero ocupa un lugar importante en la terraza del hipódromo. Ella es muy joven, pero cabalga con audacia por la pista. El la mira: los ojos resueltos, los pechos firmes entre la transparencia de los velos, la boca experta. Ella también mira hacia la terraza, pero sólo distingue el brillo inalcanzable de las sedas y de las joyas.
El se enamora en secreto. Decide buscarla. Debe eludir la guardia y mezclarse entre los últimos espectadores. Sabe que, cuando los corredores silencian el griterío, se convierten en el refugio clandestino de otros sonidos. Más íntimos, pero igualmente humanos y fervorosos. Sabe que los recovecos de las galerías son propicios para liberar los deseos urgentes. Y también sabe que es allí dónde podrá encontrarla.
Con movimientos lentos y grandiosos los pasos púrpuras abandonan el palco y se deshilvanan entre las piedras. Mientras, los pies delgados, plebeyos y desnudos, suben con seguridad los enormes escalones de las gradas.
Coinciden debajo del arco principal, donde ella detiene, por unos instantes, el negocio de sus amores apurados. En ese momento la historia se suspende. Los ojos grandes, insolentes, rebeldes, se enfrentan con los otros, oscuros, sabios, apacibles. No pueden evitarse, no quieren eludirse. Escriben en el aire viciado un código interminable de palabras invisibles. A él, nunca, nadie se atrevió a desafiarlo de esa forma. A ella, nunca, nadie, la miró de esa manera.

La distancia y el tiempo, no siempre favorecen el olvido.
El, quizá sin saberlo, permanecerá enlazado al sacrilegio de aquella mirada. Ella, a pesar de la diáspora, jamás podrá desprenderse del vértigo que lleva incrustado en el alma, desde aquella tarde de circo y pantomimas.

Unos años después, Teodora y Justiniano, volverán a encontrarse.
Para la gloria.

Teodora y Justiniano, incluyeron en el Corpus Iuris Civilis,
Algunas de las leyes que adoptaron los posteriores Códigos Civiles de Occidente,
entre ellas, varias que propiciaban la igualdad de género
y muchas que defendían los derechos de la mujer.


Estambul:
18 de March, 2006 - 19:38

Quién recuerda, Estambul, tus nombres antiguos, tu imperial esplendor, a los vanidosos soberanos de los que fuiste cuna, trono y sepulcro. Fuiste nueva Roma, ahora sólo ruinas quedan de tus murallas, e incontables vestigios de las generaciones pasadas. Mas tu hechura imponente, tu historia milenaria parecen eternamente detenidas en el tráfago constante que recorre tus puentes eludiendo el Bósforo, destinado a sobrevivirte.

Astrólogos, artesanos, ladrones, mendigos, comerciantes, ocupan, ocuparon, tus calles, tus mercados, tus tabernas. Siempre las mismas gotas de agua en la oscilación de la clepsidra. Ciudad elegida, siempre fuiste sede de poder, espiritual o material, bendita y maldita, casa de lenocinio y templo expiatorio. Juristas de altísima dignidad creyeron columbrar en tus universidades, en tus bibliotecas, el resplandor de la Justicia, mientras en tus palacios se sucedían los sátrapas envilecidos, en tus esquinas se escupía al pordiosero, en tus tribunales se favorecía al poderoso.

¿Cuántos penitentes, cuántos santos, cuantos clérigos y cuantos peregrinos han pisado el suelo que te acoge suplicando, practicando, predicando o persiguiendo una redención imposible? ¿Cuantos ejércitos han pavoneado su fuerza ante unas gentes ya ignorantes de quién es su salvador y quién su verdugo?

Bella Estambul, delicadísima rosa tallada por mil orfebres, hórrida Estambul, vertedero de bajas pasiones, prisión y cielo de poetas, jardín umbrío donde se besan los amantes, alhaja infame de la Odalisca, solsticio y equinoccio.

 


Una voz mediterránea:
20 de March, 2006 - 10:01

El sol se despide de la actividad del día, la luna toma el relevo, con su cara adormilada, para despertar corazones ávidos de libertad.

El tiempo transcurre sin piedad, la ciudad duerme sobre un manto de sueños, la niebla espesa sumerge la luz de las farolas entorpeciendo la visión de los incipientes nocturnos.

Incierto destino de ese hombre que no conoce el amanecer de su playa, misteriosa forma de vivir bajo doctrinas sociales, riquezas, pobrezas, que discriminan a los hombres por razones sociales, políticas, ideológicas…, olvidando que por encima de cualquier ideología está el ser humano, sin pensar que el miedo nos paraliza, nos limita, nos comprime, nos aísla.

La noche continua silenciosa y yo sigo soñando, doy vueltas en círculos, respiro hondo, me dejo llevar, sin miedo, por la dulce melodía de mis sentimientos y descubro, por un instante, que es maravillosa esta locura, fresca, solitaria, que alivia y libera mi ansiedad.

Sueño con un campo de aire puro, donde la armonía se respire desde el corazón, sin niebla que dificulte la visión, con una luz transparente que desprenda confianza, seguridad, y yo seria feliz de compartir mi jardín con el tuyo.

¿Cómo puedo amar al prójimo como a mí mismo, si tengo abandonado mi jardín?, Quizás descubra en esta noche que el futuro se conquista viviendo intensamente el presente, que la verdadera felicidad se percibe desde la mirada del prójimo.

Mis ojos se humedecen, mis labios, callados, rompen el silencio de esta soledad y siento la serenidad del vuelo de mi imaginación.

Desearía dibujar un paisaje que de sentido a la vida, sembrar un árbol y llamarle el árbol de la amistad, escribir un libro para que todas las voces se escuchen, beber del manantial de los sueños perdidos y poder encontrar la verdad. Cuidar de mi jardín y olvidarme, por un instante, de poner fronteras entre los hombre. No empañar el horizonte con la niebla del odio, el miedo…, Cultivar granos de mostaza y recoger el fruto de la esperanza. Dibujar un paisaje que de sentido a este amanecer y llamarle Dios, pintar la sonrisa de un niño, la mirada del marginado, el abrazo de un amigo, el olor a libertad.

Dibujar el color de la vida y un mundo donde cada uno de nosotros, sin miedo a la oscuridad, pueda hallar, lo que todos buscamos, a veces tan fugaz, aparentemente inalcanzable, la ansiada felicidad.


reni:
22 de March, 2006 - 13:07

UN CAMBIO DE AIRES

Franz B. era la imagen familiar de la cuarta generación de una fábrica de mubles. Ejercía de báltico pomerano occidental comprometido, pero profundamente alemán. Miembro de todo tipo de institución que fomentara el espíritu de la pequeña Greifswald, la región y su mar. Divorciado, su mujer descubría la libertad a los sesenta en un apartado pueblo de Mallorca. Cada tarde, al llegar a horas desiguales a su hogar, se encerraba en su despacho repitiendo pomposo: “No me molestéis, he tenido el típico día de empresario.” Un cartel en su puerta apostillaba:”Y lo que queda.” Raras veces cenaba con sus hijos y muy excepcionalmente ocupaba su sofá. Sobreesfuerzo que caló en un poso de años. Inicialmente reticente, no pudo más que obedecer el reposo forzado prescrito. Pasó así a compartir desayunos, algunas comidas y muchas cenas. Conoció los detalles de las sobremesas de salón y lo que era mullir un sofá. Su vida iba en ello. La convivencia sobrevenida agravó viejos desencuentros paterno-filiares. Resumidos en el insoportable comportamiento de su progenitor. Su prole, larga y sedentaria, lo afrontaba irónicos unos, pasivos otros y con determinación el pequeño de la saga; ya crecido en veinte y pocos. Una noche un reportaje televisivo le facilitó comunicar sus intenciones. Franz B. estuvo a punto de morir en su etapa de descanso forzado. Desde hacia meses salía con una chica turca. Estaban enamorados y pensaban irse a vivir Estambul.
-¡A Estambul! -se escandalizó señalando la pantalla-. ¡Te has vuelto loco! ¡Eso está en Turquía!
-Lo sé papá. En ese mar del sur que te cuesta incluso ubicar. En una de sus islas vive mamá. Yisema nació allí, incluso otros muchos millones ciudadanos de segunda. Hasta 1989 nosotros también lo éramos…A pesar de ilusos como tú, seguimos siéndolo.
Una de sus hijas ironizó:
-¿Por qué no te mandamos de vacaciones a Lloret? Si no te curas, morirás en el intento. Los españoles no son turcos papá. Son buena gente… y te aseguro que no te faltará la cerveza.
-Entre todos acabaréis conmigo. ¡Prometedme lo de las cenizas!
-Sí papá. Irás en un todo bien quemadito a las aguas del Báltico.
Desde Mallorca recibieron una llamada. Felicitaba al pequeño de la casa. “¿Cómo está el enfermo? Recuérdale que si muere antes que yo, cogeré un puñadito de sus cenizas. Su espíritu cambiará cuando conozca el Mediterráneo.”


Viaje a la isla sin nombre- Seudónimo:”Hiram Abif”:
23 de March, 2006 - 12:34

Contra todas las prevenciones, incluso la de mi adivina, experta en el Tarot Egipcio, viajé a Estambul.

- No vayas -me dijo- correrás un gran peligro.
- Pero tú me habías vaticinado que allí encontraría a la mujer más bella del mundo, y que haría el amor conmigo –le respondí.
- Cierto es, pero hoy he visto signos desfavorables: la sombra de la Muerte sobre el Príncipe Alquimista, que es tu figura astral.
- ¿El riesgo es mortal?
- Casi seguro que sí.
- ¿Y la mujer?
- Unica, no hay otra como ella sobre la Tierra.
- ¿Cómo podré hallarla?
- ¿Irás, a pesar de todo?
- De otro modo no la volveré a ver, ¿o sí?
- No. Pero me temo que te costará la vida.
- Pagaré el precio. ¿Podrás ayudarme desde aquí?
- Sólo con un consejo: no te adentres en el mar.
- ¿Dónde es?
- En las Islas del Príncipe, Mar de Mármara. Hay una nueva, diminuta ínsula, que ha surgido recién y aún carece de nombre.

Llegué en un bote inconspicuo. No había nada, ni nadie. La mujer apareció de improviso, cual si hubiera surgido de la niebla. Era Ella, sin duda. Sus ojos marinos señoreaban el rostro; la cabellera roja, flamígera, brillaba con luz propia. Una leve túnica enmarcaba sus opulentos pechos y muslos. El delta oscuro de su sexo se intuía al andar.

Sin palabras, se acostó en la playa renacida, despojándose de la túnica. Su lujuria era sólo equiparable a su belleza. Montado en su grupa, cabalgué sin darme cuenta hacia el mar. Al besarle el cuello por última vez divisé sus branquias, brillantes como un collar de perlas. Cuando perdía pie recordé la advertencia de mi adivina, pero ya era demasiado tarde.


Erhan:
27 de March, 2006 - 19:55

No hay viaje más frustrante que el de la imaginación, pues no ves nada, sino que las imágenes llegan como una visión; no hueles nada, acaso representas de un modo etéreo los colores y trazos que sugieren esos olores; ni tocas nada, y se te quedan la punta de los dedos frías como el mármol, desamparadas de la humanidad que poseen las materias.

“..vertí mi sudor y mi sangre en la soleada cantera, dibujaba golpe tras golpe mentiras rupestres. Hace unos meses empezamos a construir la muralla, él así lo quiso. Sobre la enésima piedra aprieto fuertemente mis dedos, la lagartija permanece quieta. Ella no siente la punzada de la humillación y el remordimiento, conoce perfectamente su vida; él no, Constantino aún está creando la suya…”

Yo no hablo de mí, sino de las gentes; de cómo influyen sobre mí, de lo que siento al verlas y al oírlas. ¡Hay tanta gente que no conozco!

“…mi cuerpo va despareciendo poco a poco, como el agua. Se me notan las costillas; no debería avergonzarme. Voy cabizbajo, pero no por esa vergüenza, más bien por la edad. Ya me resulta imposible alzar la vista hacia la cúpula infinita que yo decoré con esmero y pasión. El agua sigue evaporándose…”

Cuando me siento solo, me acerco al puerto y allí descanso. A mis pies se acumula la suciedad que rodea a peces y pájaros. ¡Un agua tan diferente a lo lejos!

“…no es lo que aparenta, lo he tenido muchas veces en mi regazo. Ante la multitud hace ostentación de gallardía y fuerza, pero no es más que un niño. Mi simple mirada ha podido siempre con él. Si el pueblo otomano supiese que está en manos de un llorón… Entre pasadizos, tocadores y salones las otras oyen sus sollozos. Sus lágrimas pasan de su rostro a resbalar por mi pecho desnudo…”

El viajero sedentario concluye resignado que el centro de su estómago es lo más importante en esta vida.

“…la luz entra vertical. Dejo que el sueño se apodere de mí. Acabo posando mi cabeza sobre la geometría colorida de los kilims amontonados. Al contemplar que sonrío de forma natural me da por pensar que soy feliz. Por la puerta entreabierta entrarán más tarde las voces de la gente y, quizás, alguna cara nueva…”

Sin duda, somos más de lo que creemos ser. El mar me lo dice.


Violeta:
29 de March, 2006 - 3:59

LA NOVIA

El avión despegaba en aquella primavera. El cielo azul denotaba con el brillo del sol una alegría incontrolable. Raquel sabía que aquel viaje a Estambul le llenaría de felicidad. Le esperaba su amado. Un hombre de gran corazón. Por lo menos así le demostró durante su estancia en la capital cubana.
Todos los trámites para su viaje los había realizado a tiempo. No le faltaba ni un solo detalle. Ahora llegaba el momento y se sentía como cuando a un niño le regalan el juguete más preciado. La noche anterior, apenas durmió, los nervios no la dejaban conciliar el sueño.
Las llamadas telefónicas no cesaban de entrar, de parientes, de amigos. Ya sentada en el avión pensaba en su llegada, el recibimiento de su amado, de las sorpresas que le esperaban. De sus paseos por……, como así lo hacía durante su estancia en La Habana colmada de visitas en sus bien merecidas vacaciones. El Castillo del Morro, la Bodeguita del Medio, La Catedral de La Habana, tantos y tantos lugares de quien es testigo su álbum de fotos. Sólo hace seis meses de su separación y parecían seis años, pensaba aquella joven. La entrada a Estambul, la haría por medio de Francia, así era su vuelo.
Allá en la parte delantera del avión, alguien tocaba un violín, música que le servía para un descanso más profundo.
De momento siente la voz de la Azafata, indicando que se sujetaran los cinturones de seguridad. El avión iba a aterrizar, no podía creer que ya estaba más cerca de su realidad, luego de recorrer aquel camino de nubes. Pero cual fue su sorpresa cuando en el aeropuerto de Francia dos guardias la detuvieron y luego le indicaron que sus papeles no estaban en regla, que iba a ser deportada a su país. Mientras en Estambul, el sonido del celular avisaría al novio de la mala noticia. La voz de Raquel se sentía apagada, sólo se sintió con fuerza cuando con lágrimas en los ojos le dijo: “Te amo”.


Fernando:
31 de March, 2006 - 14:59

CAMINO A ESTAMBUL

Brincó de Barcelona a Estambul, tomando impulso en Roma (el bajo coste es lo que tiene) cruzando el Mediterráneo en un fatigador pero alegre viaje. Los trabajos temporales habían dado su fruto; ¿sería una semana suficiente para satisfacer su curiosidad? ¿podría experimentar personalmente todo lo leído? Lo dudaba, pero aprovecharía el tiempo al máximo para intentarlo. Afortunadamente, una muchacha turca con ganas de mejorar su español se había ofrecido para ejercer de guía de forma gratuita. Benditos sean los chats.

La inmediatez de visitar la puerta a oriente avasallaba su imaginación con aventuras fascinantes y dejaba vislumbrar una peculiar luz en sus ojos, ansiosos de ver lo que su mente tozuda no cesaba de anticipar. No durmió. Entre imágenes borrosas y olores que su mente no conseguía simular, caminaba alegremente por el bazar de las especies. La actividad bulliciosa de aquel lugar, llena de voces, colores, regateos, intercambios…sintió ganas de bailar. Aunque la inhibición no caracterizase precisamente su imaginación, decidió que no era el lugar mas apropiado para mostrar su bailoteo español.

Centro su atención en la pintoresca gente que le rodeaba. El envoltorio de la gente le cautivó por su variedad; aunque los hombres seguían un patrón estético bastante homogéneo, el aspecto de las mujeres chocaba por su contraste. Mujeres adornadas con graciosos pañuelos se mezclaban con las que optaban por exhibir sus peinados; mujeres seguidoras de modernas tendencias estilísticas se cruzaban con otras protegidas por un manto negro. Pero el tono de piel, las facciones, los gestos de la gente…todo le resultaba similar a su entorno en Barcelona. Entonces, ¿por qué le fascinaban esos rostros? ¿qué les dotaba de aquel misterio? Sintió que un hombre con bigote le observaba y decidió acercarse para averiguarlo. Sorprendido de hablar turco, le preguntó a que se debía ese misterio.

Un brusco aterrizaje ahogó la respuesta. No la pudo comprender. Con una sonrisa de oreja a oreja recogió su equipaje y se encaminó a la salida, preguntándose si su guía turca tendría la energía necesaria para acompañarle en la ajetreada ruta que tenía en mente. Estambul le aguardaba, no había tiempo que perder. Atravesó la puerta y tras la multitud la vio, con un pequeño cartel, dándole la bienvenida. Esos ojos negros, ese misterio. Entonces dejó de ver. Olvidó que había venido a hacer a Estambul. Ya no veía nada, solo a ella.


Amante de Venus.:
3 de April, 2006 - 19:37

LEYENDA INTEMPORAL.

Aquellos gigantes venidos de lejanas estrellas encontraron numerosos mundos, cada uno resplandeciente en diversidad y variedad. Cada uno con sus pobladores y sus culturas. Todos diferentes y todos iguales, sólo unidos por la tiranía de la física y de la materia, en órbitas solares y gravitatorias.

Numerosas razas hallaron sin ánimo de conquista, y entre ellas, la humana les fascinó. Con su amalgama de pluralidad y complejidad, mayor en proporción a la del resto de los planetas de otras galaxias.
Se obnubilaron en aquel sinfín de culturas y con tantas y geniales muestras de arte.
¿Cuál de sus poderosos y lejanos dioses había creado aquella raza tan singular?

Los gigantes dejaron de ser gigantes, humanizándose y entremezclándose con los hombres, seres que los habían seducido y conquistado indirectamente.
Pisaron sin retumbe las tierras del mundo. Se llenaron de su genio, aportando ciertos grados del suyo, en un intercambio cósmico en el que el hombre era ajeno. De aquellos canjes surgieron nuevas fronteras. Los gigantes mayores dejaron paso a los más jóvenes y éstos quedaron a cargo de su nueva creación. Levantaron civilizaciones. Despertaron pueblos. Erigieron ciudades y monumentos para la eternidad, sin dejar rastro alguno de su paso.

Y cuando todo aquello dio comienzo, dejaron varias puertas por las que jamás se olvidaría el trueque material y sobre todo cultural. Pues su nueva humanidad no evolucionaría si no permitía el acervo entre sus congéneres, y así, en aquella –para los gigantes- laguna, -Mediterráneo para los hombres-, se establecieron las primeras condiciones para la integración de todos los conocimientos humanos.

En el futuro a aquella puerta se la conocería como Estambul.


BALAM:
3 de April, 2006 - 20:35

Revolotean en un suave aletear nombres y lugares, veo tu cuerpo cálido completamente relajado en un sueño terso que acaricia la superficie de las aguas marinas. Quedaron atrás las Islas de los príncipes y la entrada del Bósforo, las historias van armando su propia coherencia y pasan como siluetas dibujadas por colores de cristales proyectados por la llama de una lámpara mágica sobre los azulejos del palacio del sultán. Poco a poco acerco la yema de mis dedos a tu piel hasta sentir el contacto terso y magnético, recorro tu piel en una caricia delicada, en un navegar plácido y mis labios persiguen las estelas que van dejando mis dedos, tu respiración busca mi olor en el aire y sonríes, pero no despiertas, no a este sueño de los dos, te encontré aquí, en el medio de una arquitectura que ha emergido de diez mil encantamientos, donde se funden mares y palabras, te había buscado tanto, había recorrido tantos caminos y al final siguiendo las rutas de los sueños te he hallado para mirar este cielo de Estambul de luz y estrellas, de noche terciopelo, un infinito azul y nubes blancas. No sé de donde vienes, pero tus labios saben a montañas de las que se despeñan fuertes vientos que arrastran la semilla, yo acaso sangre de mar mediterráneo voy cubriendo


Mercedesc:
3 de April, 2006 - 23:46

FURIOSA TORMENTA

Furiosa la tempestad
azota sin pausa y prisa
al gigante de metal.
Su deterioro y sus años
le definen para estar
descansando en algun puerto
donde no le rompa el mar.
Pero la codicia humana
le ha obligado a navegar
en sus malas condiciones
en tormenta galernal,
hasta que por fin libera
su negra carga en el mar
devolviendolo a la costa
y asolando ecosistema
dificil de restaurar.
De ese gran estercolero
de burocracia infernal
nacen blancas azucenas,
aladas para paliar
ese tremendo desastre
en la costa de la muerte
y en multitud de otras mas,
es la fuerza altruista
de la solidaridad.


Isadora:
7 de April, 2006 - 22:50

EL SABOR DE LA ARENA

Corría el año 1382 y yo, un joven pescador con el rostro curtido por los vientos del sur, oteaba el horizonte desde los acantilados de Corniglia.
Por aquel entonces, espléndidos veleros fondeaban la Liguria italiana ante la mirada atónita de sus gentes. Así, una goleta veneciana surcó las verdes aguas del Mediterráneo tras un largo viaje a los Puertos de Levante.

Conocí a Hamid y le invité a un vaso de Cianti. Fumaba en pipa una mezcla de tabaco y melaza añorando el campo bañado en ocres y rico en aromas de Pamukkale, en Asia Menor.
Era sirviente en el Palacio de Topkapi, al servicio del sultán otomano que degustaba manjares exquisitos al son de un frágil instrumento de cuerda… Para abastecer a la corte, acudió al mercado de “Misir Carsisi” y embriagado en perfume bajo la tenue luz de unos ventanucos, sucumbió al hechizo de un bazar de color y esencias… Es el sabor de la arena, que deja su huella y no borra ni el baile de la marea.

Partió con mercaderes árabes rumbo al Cairo en busca del hibisco en el Valle del Nilo y azafrán de Persia. Su marcha desgarró mi alma. Me ardía la sangre, sentía fuego en las entrañas y no veía el momento de escapar del silencio en los días grises y mis noches eternas que se suceden tan despacio.

Sin vacilar, me embarqué con las primeras brisas hacia el sur de la India pero los vientos desviaron la embarcación al este hasta la bahía de Bengala allá por el mar de Java.
Nos aguardaba un cargamento con pimienta negra de las Colinas Cardamomas en tiempos de Kublai Kan, cuando los chinos dominan el mercado de especias a lo largo de la costa Malabar… Y entonces viví mi propia aventura tan hermosa como descabellada por la ruta de las especias.

Con las lluvias regresé de mi travesía. Ya las olas de espuma quedaron atrás y vuelvo a pescar en mi barca.
A veces cierro los ojos, recuerdo aquel paseo en canoa por el río Kerala sobre una alfombra de jacintos de agua. Mis manos aún huelen a mango fresco y empapado en sudores la veo a ella envuelta en gasa, marcada en henna, con el sari azul hirviendo a borbotones unas ramas de canela… Es el sabor de la arena, que deja su huella y no borra ni el baile de la marea.


Fábio Ferreira De Souza Junior:
9 de April, 2006 - 6:00

Él era yo el frente a ella, en esa calle estrecha de ese paraíso de turco, no lo conozca al derecho que en lo que tocó la presentación cuando yo hice me mirado fijamente por el una sonrisa bonita, ella me presentó con uno invitando parecer, yo entré su trémolo de la dirección, a mi mente vertiginosa se le fascinó realmente por la tal Criatura cuando yo me acerqué, yo aproximé la sierra de hecho que la mujer el huevo medio trigueño blanco y yo era el seguro ése sería el amor la primera vista.
Ella me miraba extrañamente y él dijo:
¿- Hola Señor, él quiere la ayuda?
Yo perdí espera sin saber que para hablar. Entonces yo retorcí con una tal timidez:
- Yo estoy perdido, ni yo sé, el donde yo soy.
Su muy elegante ella me contestó:
- Usted está en Estambul. Lo que contestó.
Oh yo me desperté de mi sueño en el medio de la cama de mi cuarto caliente y tórrido en el medio de la noche de verano brasileño.


Luna:
9 de April, 2006 - 12:44

La primera vez que vi y oí el nombre de Estambul provenía de los cuentos y leyendas que leía de pequeña en un lugar solitario de aquella modesta biblioteca.
Los años fueron pasando y seguí leyendo toda información referente a esa maravillosa ciudad y su país, Turquía. Esos lugares de los que me hablaban, entre penumbras y sueños, aquellos libros en las noches de mi niñez. Llegué tanto a viajar con mi imaginación por sus extensas tierras y sus aguas azul intenso que parecía realmente que había estado allí; llegué tanto a amar ese país como si la primera luz del mundo la hubiera vislumbrado en esa tierra.
Pero debéis saber que ese amor creció aún más.
En el momento menos esperado de mi vida apareció él: un joven estambulés con los mismos rasgos que aquellos antepasados procedentes de las lejanas estepas asiáticas. Y el amor nació entre nosotros con un lazo tan fino, pero a la vez tan fuerte, que ya no habría de romperse.
Él me contaba cosas sobre su país, su vida y su familia y yo me quedaba en su regazo escuchándolo y acompañándolo en aquellos viajes memoriales. Gracias a él he comprendido muchas cosas sobre este país que a menudo desconocemos, sobre su cultura, sus formas de vivir, su lengua y saber que el espíritu del gran Atatürk sigue vivo en el corazón de los turcos y turcas.
Todos nosotros tendríamos que aprender mucho de este hermoso país, al igual que todos los que se afanan por separarnos y minar nuestro amor de problemas deberían aprender que el amor no entiende de reglas.
He de decir que nuestro amor es completamente incomprendido y rechazado por muchos, pero solo él y yo conocemos sus estrechos pasadizos y recovecos; sólo nosotros conocemos nuestras verdaderas historias. Ésto es precisamente lo que aún nos mantienen vivos…
Para todos aquellos que aún tienen la venda sobre sus ojos, mencionaré un topico pero que es tremendamente cierto: el amor y entendimiento no sabe de culturas, ni de razas, ni de edades, ni de reglas preestablecidas ni fijas… Por ello se le llama AMOR.


Karuna:
12 de April, 2006 - 15:35

Ya eran 6 años desde aquel viaje programado por la escuela en la que estudiaba. Destino inusual a otros años, pues partíamos a Estambul, antiguo lugar de tránsito de diferentes civilizaciones: romanos, otomanos y bizantinos, al igual que diferentes nombres había tenido (Bizancio, Constantinopla y finalmente Estambul) . Sabedora de su historia más profunda (siempre me había impresionado este país), continuamente viajaba en mis sueños de nuevo al lugar situado “frente al país de los ciegos” (como así decía la leyenda), siempre me encontraba con mi gran amiga, aquella que conocí allí mismo y que desde entonces nos carteábamos. Recordaba los paseos que nos dábamos por el Gran Bazar, con sus calles estrechas y de bajo techo, paseos inolvidables durante los cuales se percibían olores diferentes y siempre agradables (de especias, perfumes, los deliciosos kebabs…), así como multitud de objetos curiosos que deleitaban la vista del turista. Paseos que me permitían conocer más a mi anhelada amiga, así como la historia de Estambul, la cual ya antes de Cristo había sido un vínculo esencial en la ruta de comercio entre Europa Oriental y Asia, lugar de encuentro entre culturas europeas y orientales, igual que en el presente ocurría, pues segura estaba de que volvería y muy pronto, porque allí tenía una amistad sincera, de esas que pocas veces se consigue.
Y es que Estambul y sus alrededores siempre habían estado presentes en mi vida. No tengo que hacer mucho esfuerzo para recordar cómo antes incluso de conocerla en persona ya había estado allí, siempre había sido oyente de historias y leyendas de aquel país, todo ello gracias a la suerte que tuve de convivir durante mi infancia con niños de diferentes razas y nacionalidades. Aunque eran una minoría en la escuela, siempre habían sido unos compañeros más, se habían integrado muy bien sin tener que dejar las costumbres de sus países de origen. Lucía me contaba muchas historias de su tierra, como la famosa leyenda de ‘la torre de virgen’ (Kiz Kulesi) (también llamada ‘la torre de leandro’), cómo era el modo de vida allí, en las típicas yalis, sus mezquitas… A mis compañeros extranjeros también les llamaba la atención y disfrutaban con las historias de mi país, España. Extranjeros pero sin serlos, pues todos éramos iguales, hermanos, siendo la ‘Amistad’ un puente invisible entre nuestros países.


Cairo Saeba:
15 de April, 2006 - 21:02

Estambul.. cúpulas, mar, azul
Istambul.. cielo, calor, sapiencia..

No tengo el gusto de conocerla.

Soy estudiante y no he podido realizar todavía demasiados de mis sueños: Una ciudad mágica, envuelta por el Cuerno de oro y un mar… quizás de las pocas del mundo con semejantes características, una cultura eónica, y una historia de amor:

Cairo y Allegría también se amaron ahí, antes de que ésta cayera presa del VIH.

Ya la conocían gracias a Faith Akin, Nuri Bilge Ceylan o la abominable versión de La pasión turca de Vicente Aranda. Pero ahí, en una de esas ciudades en las que te sientes grande y pequeño al mismo tiempo y que a su vez te invitan a quedarte, ella le confesó algo: siempre le había amado. No podía casarse con aquella mujer islámica, no. Ella todavía le quería… y en esa ciudad Cairo olvidó, borró su pasado y vivió una nueva vida, pues los últimos días de los dos fueron ahí. Esparcieron sus cenizas a cada lado del mar y descansaron..

Cuidense!


Francisco José:
20 de April, 2006 - 2:25

Desde esta terraza contemplo la vista que debe de vislumbrar el fotógrafo que va a realizar la instantánea que aparecerá en todas las postales que han hecho famoso a Sidi Bou Said. El camarero acaba de alejarse y sobre la mesa me espera un te con piñones. Yo espero que Isabel venga a la cita.

Ayer en el hotel a primera hora nos separamos para asistir a nuestros compromisos.

Su cita era de trabajo. Un gran salto en su carrera profesional, la firma del contrato de la concesión de la limpieza urbana de la capital tunecina.

El mío una cita con las visiones que contemple cuando era niño en los tapices colgados del Palacio de la Granja donde mi padre trabajaba como guía enseñando las dependencias palaciegas a los turistas. Más tarde en El Escorial volvíamos a la rutina maravillosa de pasear juntos los días en que el palacio se encontraba cerrado para contemplar los cuadros y tapices. A mi lo que más me gustaban eran aquellos que representaban batallas. Uno que más me llamaba la atención era aquel que representaba a los tercios españoles en este lado del Mediterráneo cuando tuvo plazas fuertes en esta parte del norte de África en una época que por ser o pensar de una forma distinta o procesar una religión diferente uno podía terminar en el potro de torturas o bien quemado en la hoguera o los estados se declaraban la guerra por los mismos motivos.

Como estaba absorto en mis pensamientos hasta que ella no se sentó junto a mi no la vi. Vestía una falda negra y una blusa blanca. La chaqueta la llevaba en la mano. Tengo que reconocer que venía muy guapa.

Me sonrío, signo que la firma del contrato le había salido bien.

- Has podido ver las ruinas que has venido a ver, fueron sus primeras palabras.

- Si las he visto. Aunque ahora son ruinas antiguamente representaron un trozo de nuestra España en esta parte del mundo.

- Si pero recuerda que no vinimos pacificamente o simplemente a comerciar, aunque debemos de reconocer que eran otros tiempos. Pero dime que conclusiones sacas.

- Cuando por fin he podido visitar aquellas tierras que aparecían dibujadas en los tapices, me he dado cuenta que esta parte del Mediterráneo puede aportarnos muchas más cosas de las que nosotros creíamos sobre todo por ignorancia y desconocimiento.


rivka:
21 de April, 2006 - 14:55

Rivka  (FINALISTA) 

No sabía que pensar, nunca lo supo. Estaba sentada en el avión destinado a Israel esperando que despegara, mirando por la ventanilla, observando las luces de la ciudad en la densa oscuridad de la noche. A gastar el resto de su vida, a pertenecer a los otros con quienes debería compartir el mismo pasado, quizás a obtener una identidad al final entre ellos. Fue su decisión, su elección, aunque tenía que dejar a toda su familia atrás, tenía que arriesgarse si quería vivir esa aventura. Nadie la forzaba, como hicieron a sus ancestros hacía quinientos y pico años, quienes acabaron aquí en estas tierras y cuyos nombres ya se habían perdidos. Ellos zarparon de las costas de España apurados, dejándolo todo, cruzando el Mediterráneo hasta llegar al otro lado, al Imperio Otomano. Y ahora ella estaba en un avión viajando… ¿Viajando? pensó, todavía no se daba cuenta de la gravedad de su decisión, quizás; ir a Israel al otro lado del Mediterráneo para completar ese triangulo vicioso donde todo había empezado. Todo debe terminar en el mismo lugar donde empezó, pensó, llorando aún. No sabía donde había empezado todo, donde yacía su historia, su pasado, su raíz. Nunca se sintió en casa en Turquía, siempre fue una judía y nunca fue nada más que una turista en cualquier otro lugar. Peor aún: una turca. Pero ¿que es ser turco? Y ¿que es ser judío? No sabía cómo uno podía llegar a pertenecer a una nacionalidad, obtener una identidad… No lo sabía. Fuera donde fuese, siempre se le daba el papel que no quería. Siempre había sido tratada así y sabía perfectamente que le iba a pasar lo mismo en Israel. A punto de empezar su nueva vida aun estaba pensando esto, confundida. Y ahora comenzaba otro viaje al otro lado del Mediterráneo para buscar y, quizás, encontrar quién era de verdad. Su fortuna, tejida alrededor del Mediterráneo, la llevaba a su destino final. ¿Final? ¿Cuál fue el principio y el final?


Hank:
22 de April, 2006 - 10:21

HAYAT

Atravieso la oscuridad al volante de ciento cuarenta caballos. Intento imaginarte en las calles de Estambul, caminando por alguno de los lugares que recuerdo, saturados de olores, y de vendedores ofreciendo tabaco rubio o mazorcas asadas o roscos de pan o peonzas multicolores…, todo a bir milyon.

Me esfuerzo en verte acompañada, quizás de tu hermano Hamed, pero no consigo hacerlo muy creíble. Apareces siempre sola, detrás de cualquier esquina, tu pelo teñido de amarillo, agitado por la brisa que atraviesa el Bósforo de un mar a otro, mirando las cosas con familiaridad y con la sorpresa de verlas por primera vez. Tu sombra ambulante, iluminada por la reverberación de los azulejos de cúpulas perpetuas: el contorno de Hayat recortado de una foto triste, con sus pies de papel sobre las huellas de miles de almas que suben y bajan escalinatas y colinas camino de la oración, o de cualquier otra cosa que les permita seguir sobreviviendo.

Las metamorfosis de los escenarios, tan fortuitos como el curso errático de mis recuerdos, arrancan tu silueta del pavimento y la lanzan contra mi cara. El sobresalto se traslada al volante con la eficacia de una palanca. Me pregunto cómo consigue tu sombra de pergamino, a semejante distancia, hacer brincar los caballos de mi coche como evitando un nido de crótalos.
Me lo pregunto ahora, mientras escribo, después de haber recorrido sobre el callejero los barrios que anduve contigo bordeando el Haliç.
En el coche, estabilizadas las luces sobre la carretera, me dejo envolver por el papel que te trae dibujada. Se me pega al pecho, a los brazos, y a los labios con un beso seco, con sabor a piedra curtida al sol.
Ese beso sin saliva, acartonado, es una puerta que se cierra sin marcha atrás: Hayat es una invención, una vida ficticia, un deseo que aparece a sobresaltos, me envuelve y me enciende, y se desvanece sin avisar.

A los cuarenta encontré mi sitio. Y a mí en tus ojos. Nunca antes había visto una mezquita y, sin embargo, cuando pisé tu suelo supe que había vuelto a casa. Ahora me encoge la pérdida cada vez que subo a un avión y el destino es otro.

Lo sabes. Cuando visito la Cisterna de Yerebatan lanzo mi moneda entre las cabezas invertidas de las Medusas y pido un deseo.
Siempre el mismo.


Enrique:
22 de April, 2006 - 19:04

Desembarqué una mañana de junio en el Bósforo, aquella legendaria franja de mar con apariencia de río que divide Estambul y une a Europa con Asia, y me dirigí al Gran Bazar con el propósito de comprar una auténtica alfombra turca.
Después de un recorrido inicial, me acerqué a una tienda de alfombras en la que me recibió un hombre que se presentó en un perfecto acento británico como Yasar. Para no generar expectativas innecesarias, le dije con la mayor autoridad que mi sentido de la cortesía me permitió articular, que sólo había ido para mirar. Yasar asintió con afecto.
–No te preocupes –me dijo con una mueca amistosa– aquí no existe obligación alguna.
Le devolví una sonrisa algo avergonzada, y luego me senté en una de las bancas apoyadas contra la pared.
Con un movimiento mínimo de cabeza, Yasar ordenó el despliegue de decenas de alfombras de distintas procedencias, diseños y colores. Ningún espectáculo podía compararse con éste. Cada alfombra iba acompañada de una explicación cargada de simbología. El valor, según Yasar, representado en el color rojo. El poder, en el azul. La renovación de la vida y la esperanza en el verde, el color sagrado del Profeta.
Hasta que una última fue colocada sobre las demás y presentada como si –esta sí– fuese capaz de volar:
–Es una Hereke, la alfombra real de Califas y Sultanes –sentenció Yasar.
Los asistentes guardaron silencio en señal de respeto ante la belleza descomunal de esta obra de arte fabricada con pura seda de Bursa. Había en esa alfombra un brillo que opacaba a todas las demás.
Yasar me invitó a sentirla. Primero la examiné con ambas manos, y después sentí el ligero frío de la seda entrar en contacto con mis pies descalzos. Caminé en círculos sobre ella, me detuve y me quedé sentado sobre la alfombra en un estado parecido al de la hipnosis. De pronto, sin saber muy bien cómo, aparté los ojos de la alfombra y busqué en la sala una esquina neutral en donde apaciguar mis deseos de gastar más dinero del que tenía. Hasta que una voz que apenas reconocí como mía dijo:
–Debo irme.
Salí de la tienda y avancé sin voltear hasta la primera salida que encontré. Detuve un taxi y me dejé caer sobre el asiento trasero. Mientras nos alejábamos del Gran Bazar, cerré los ojos y supe que volvería al día siguiente.


Corondá: 24 de abril de 2.006:
24 de April, 2006 - 16:51

UN AVENTURERO MÁS
Cruzando el mar, los jóvenes no se separaron más, cómplices en el loco anhelo de pisar un suelo dónde fecundar una familia y las semillas y sarmientos de vid que José traía en su equipaje.
Argentina los recibió sentando su hogar en Gaboto, la minúscula población que registra la primera fundación de españoles en suelo santafesino. Con la primer fogata, los dos unieron sus manos, una blanca como magnolia, otra negra, cual betún, sobre la madera de un añoso árbol, invocando a los espíritus para su protección, tal cual, lo hacían los Persas desde tres mil años atrás.
Lentamente, comenzaron a vivir experiencias en las que nunca se sintieron solos. La comunidad les abrió las`puertas del nuevo idioma, de las costumbres, de las estaciones anuales.
Mientras el huerto de José crecía las vides hacían colgar sus racimos y los naranjos se cubrían de azahares, Juana lavaba según lo aprendido en su tierra natal, introduciendo las prendas en lejía para luego, una vez secas, plancharlas con la extenuante plancha de hierro alimentada por brazas en su interior.
¡Pero qué satisfacción dejar la ropa de sus seres queridos tan impecable, a medida que la copa iba quedando vacía!
¡Qué placer sentirse tan amada por José, que demostraba ese sentimiento por medio de su ambición en progresar en todos los aspectos! como por ejemplo, cuando una noche fría llegó del bar del pueblo y abrazándola fuertemente, deslizando sus morenas y cálidas manos por su cuerpo, comenzó a recitarle unos versos que había memorizado, gracias al maestro rural, haciendo una metáfora de su cabello y ojos.
Juana los recordaba perfectamente y en un murmullo emocionado, musitó:
-¿”Es esta copa de oro el espinillo?
¿Es este cielo azul de porcelana?
¿O es que en mi loca condición de grillo
veo todo a lo grillo esta mañana?”
Sonriendo, Juana rememoró que José, haciendo de grillo se metió dentro de su ancha y tosca falda, provocándole cosquillas y carcajadas que finalizaron con la concepción de Hipólito, su querido hijo, el de los ojos tan bellos con pestañas que causaban sensación.
Ahora, sentada en su mecedora, mira por la ventana. El verde esmeralda, sirve de marco a una figura que se acerca trayendo una carretilla.
Desde una pared, Santa Sofía, observa la escena como tantas veces lo hizo con la devoción de que era objeto…


Amadeo:
27 de April, 2006 - 16:03

Luz…………………………….
Desde que pasamos Gibraltar rumbo a Estambul nos ha entrado una alegría contagiosa. Debe ser que todos tenemos afectos bañados por este mar. Además, hace tan bueno a la puesta de sol que mientras unos pasean por cubierta, otros suben al puente después de cenar, así estiran la tertulia y de paso, me hacen compañía en la guardia.
Yo mantengo la atención en el tráfico, cada cierto tiempo compruebo la situación en la carta de navegación. En el Mediterráneo, cuando vas pegado a costa, las corrientes pueden darte un buen susto si no vas atento.
No sé que tiene la luz de este mar que me hipnotiza y cada vez que veo un velero navegando, se me van los ojos y el alma con él. ¿Quién no sueña al ver un velero? ¿Quién no sueña al ver la costa? Y quién no sueña con su casa, su gente… Si en algún sitio hay sueños aquí, en este mar, hay más. Miles y miles de seres humanos han soñado y hecho realidad algunos de ellos.
Cuando llega la noche, todos mis compañeros vuelven a sus rutinas: a la maquina, a descansar, a leer, a escuchar los informativos en Radio Exterior… yo vuelvo estar sólo en el puente comprobando en la carta de navegación donde estoy, cuanto tardaré en llegar al próximo cabo, al próximo puerto… . Así hasta el final de mi guardia, que suelo bajar al salón a charlar con los rezagados o a echar una partida a las cartas o al ajedrez si está Segundo, el cocinero. Después, en el camarote, antes de dormir me gusta leer mientras escucho música, es una manera de escapar de las añoranzas.
Cuando vuelvo a la guardia es noche cerrada y me da la sensación de que soy el único hombre del mundo al mirar al cielo y ver la luz de las estrellas. Ellas, envían su luz para que sepamos que están ahí, para que las nombremos. Nombres descubiertos por sabios de civilizaciones que se han asomado a este mar: egipcios, griegos, romanos… Hoy soy el único testigo de ese largo viaje de su luz.
Al amanecer siempre pienso lo mismo, todo el mundo habla de no perder el Norte y sin embargo es por el Este por donde nace la luz. Ahora navegamos al noventa verdadero, al Este, rumbo a Estambul, hacía donde nace la luz y estoy solo para recibirla.


natalia:
28 de April, 2006 - 15:21

merhaba.Irene mira su guía de viaje e intenta repetir sin éxito las palabras.
Si fuera realmente turca las podría decir sin tanta dificultad-suspira mirando al Bósforo fijamente.
Porque nació en Estambul,aunque ella no se acuerde.
Y se le llenan los ojos de lágrimas al no salirle las frases.
Su guía le acerca un pañuelo y le da una delicia turca.”Lokum”-le dice esbozando una sonrisa.
En la Torre Galata se desmaya de puro vértigo.
De pura pena.
¿Por qué si desciende de una de mas familias más conocidas de Estambul la dieron en adopción?¿Por qué veinte años despúes le llegó una carta sin remite desde Estambul diciéndole que buscara a su padre?
Su guía le da un poco de agua y al levantarse,Irene sale corriendo,recorre todo Taksim y dice”Tengo que ir a Santa Sofía.¿Sabes?Mi nombre quiere decir paz.Paz para los pueblos”.
Y una sonrisa se advierte en su boca.
“Antes deberías tomarte un café o un té,creo que has tenido una bajada de azúcar”-le dice su guía.
Cuando se lo toma,un hombre se acerca a leerle el poso:
“Si buscas a algún pariente,vete al Gran Bazar”.
E Irene sale como un rayo.
Encuentra a su padre,un viejecito que parece su tatarabuelo.Parece no salido de este mundo.
Como si fuera el Oráculo de Delfos,le dice:
“Irene,yo estuve en la fundación de Estambul.Soy demasiado viejo para seguir.No conseguí lo que siempre busqué:la solidaridad entre la gente.Ahora,Irene,quiero que lo intentes tú.Tú eres la paz”
Y le dio un ojo de la suerte.
…………………………..
Hace frío esta noche en Estambul.
Pero es verano.
Irene da clases allí.También escribe libros.
Y da conferencias.Y viaja por todo el mundo.Pero siempre vuelve allí.Y es candidata a Premio Nobel de la Paz.
Puedes ir a Estambul a verla,hablar con ella,pero también puedes escribirle,o tal vez tan sólo pensar un rato cada día en los kilómetros que tiene el Cuerno de Oro.
Porque esa es la distancia que a veces nos separa a todos.Corta.Y no nos damos cuenta.


Luis M:
30 de April, 2006 - 3:11

Ver de nuevo esa fotografía que desde hacía 40 años estaba allí. Todos
los que vivíamos en la casa sabíamos que rondabas por las esquinas de
las paredes o deslizándote por el techo a dos aguas, como cuando eras
una niña. Ahora andas recorriendo en otro universo, como un Alma
libre.
Te escuchábamos por las noches cuando sonabas los cubiertos de la
cocina, y salíamos corriendo a ver qué pasaba y no había rastro de
nadie. Allí, sin salir de la prisión del espacio, tú viajabas hasta
Estambul, dabas comida a los gatos y volvías a casa. La abuela, de
tanto rezar, no dejaba que fueras a desenvolverte con las otras ánimas
que te esperaban en el Mediterráneo; ella te tenía presa por su amor e
incondicional idilio. Tampoco podría juzgarla porque eras su vida.
Nadie la criticaba, pero ya ha pasado mucho tiempo como para seguir en
el deseo de que sigas viva.
Pensar que no eras feliz daba angustia, porque tenías mucho tiempo por
ahí, congraciada con la idea de la Tierra, del universo de los vivos;
en el mar dándonos luz a la resurrección, allí reposan todas almas. Te
queríamos ver sentada en el sofá mientras tomábamos el té –Alma, hay
almas que todavía te quieren y por eso no nos abandones– dijo una vez
la abuela sentada en la mecedora nomás terminó el último Avemaría del
rosario.
Devoto de tu mirada te seguía viendo en la foto, en la que tenías un
vestido rojo, abrazada de la perra que tanto quisiste y que te fue a
buscar cuando ya no comías en la mesa, ni ibas para el baño trasero a
fumar escondida de todos para que nadie se enterara de tu vicio
adolescente.
Eran las cinco de la mañana y no podía dormir. La vela estaba
prendida. El olor húmedo del cuarto. En la mesa de noche estaba tu
rostro, que me hacía fantasear más sobre lo que en algún momento nos
pudimos contar, reconstruyendo la magia de nuestras conversaciones en
las que viajamos juntos al lugar donde los emperadores construían la
ciudad con arte, o en búsqueda de una ensalada mediterránea y de las
nuevas revistas de arquitectura, ¿cómo serán sus construcciones?
preguntabas en un tono inquieto.
Algún día tendremos la osadía de juntos viajar hasta allá, y sólo en
un impulso descubriremos la paz de todos los tiempos.


SABRA (en judeo-espanyol):
30 de April, 2006 - 12:44

 SABRA  (FINALISTA)

Komo ke vos konte esta estorya inkreivle, no se.
Rahel i yo semos amigas. Estamos muy tristes porke la Reyna d’Espanya esta mos esta egzilando. Todos empesaron a emigrar, de Toledo asta Sevilla. Oy es el 2 Agosto 1492. Estamos mirando del kalyon a Cadiz; La’Spanya se eskapo para mozotros. Yo nasi i m’engrandesi debasho del sol d’Espanya ma agora l’esto diziendo “Adio” en los brasos de Rahel.
Despues de un largo viaje vinimos a Estambol. Los Turkos mos aresivieron i algunos judios komo el padre de Rahel ke era doktor empesaron a lavorar en el palasio del Sultan Beyazıt. La Sultana Ayshe Hafza la tomo a Rahel para ke les ambeze linguas a los sultanes chikos.
Un dia Hafza Sultan la yamo a Rahel i le disho: “Yo no puedo ir a los balos. Va a mi lugar i despues kontame todo.” Rahel empeso a irse a kada balo. Una noche enkontro Alfonso. El momento ke se vieron s’ennamoraron. Una pasion loka ma una judia i un katoliko no puedian tener un futuro.
Malgrado esto kaji kada noche se estavan viendo i estavan biviendo un grande amor. Rahel se konsumio de este amor. Finalmente, una noche avlo kon su padre ma el Dr. Haim ke era muy relijiozo le disho: “La Tora mos komanda de no kazarmos kon non-judios”. Rahel empeso a yorar en dezespero. Fui al lado de eya, me asenti sovre sus piernas i alimpyi sus lagrimas kon mi aluenga.
Porke kon mi aluenga? Ah! No vos dishe ke so un gato de Siam i me yamo Sabra. Esta era mi tresera vida de las 9 vidas ke tengo!
Al diya Rahel se fue a ver a Alfonso. Alfonso estava tornando a Espanya i keriya kazarse immediatamente. Rahel no aksepto ma le disho: “Azeme un dalkavo favor, dame una bukla de tus kaveyos”. Lo tomo i se izo un aniyo. Le disho a Alfonso: “Sere tu novia asta la muerte”. I s’espartieron.
A la demanyana se ambezaron ke Alfonso se mato. Kuando oyo Rahel esto, solo pudo murmurear: “Sere tu bivda para siempre”.
“Alevantate Sabra! Yene t’estavas sonyando i mauyando!” Ah! Pablo, mi amigo me aparejo mi komida. Kada demanyana me demanda la mizma kestion: “Ke vites en tu suenyo ayer la noche?” Komo ke le diga ke vide mi tresera vida? Agora yo en mi muevena vida, esto de muevo debasho el sol d’Espanya…

Hulya Deniz (Estambol)


UN PIANO D’ESTAMBOL (en judeo-espanyol):
30 de April, 2006 - 12:53

Yo vine a este mundo antes 111 anyos, en 1895, en Estambol. Un Ruso ke morava en Hasköy i ke se yamava Alexander Rostropovich preparo mi paridura al mundo de muzika. Era un ombre viejo i nunka tuvo ijos. Aziya instrumentos de muzika i siempre diziya a sus amigos ke yo era el mijor ke aviya echo. Malorozamente, despues ke me izo, se sintio muy kansado i muy viejo i dos dias despues se murio. Ama, yo penso ke se murio kontente de mi.

La mujer de Rostropovich me vendio a una famiya djudia ke moravan en Pera, la famiya Kohen. Eyos me merkaron para ambezar la muzika klasika a sus ijos. Estos eran los anyos felises de mi chikez.

En 1914, la Gerra Mundial empeso. Malorozamente, a la fin, eyos me vendieron i imigraron a Israel.

Un famozo piyanisto Amerikano me merko i me yevo por el mundo entero. El me tanyava siempre antes de los konsertos para pratikarse.

Despues, el se fue a los Estados Unidos. Agora, ya es un ombre viejo. El me vendio por ke no teniya munchas paras. Me vendio a Carnegie Hall. Ayi, yo fui el piano de konserto. Kuando me esto akodrando estos anyos en Carnegie Hall, me akodro i siento palmas i palmas i palmas.

Oy, Enero 10, 2006. Me esto muriendo. Puedo dizir, ke despues de Carnegie Hall, el salon del rey del mundo de pianistos, el direktor de Carnegie me dio a un konservatoryo de musika debaldes. Ya era muy viejo i estava muy difisil de azerme akord.

Tengo un rekuerdo muy importante ke vos kero kontar. Yo vide el inyeto de David Kohen, ke se yamava Albert ke vino a muestro konservatoryo para ensenyar muzika. El era un profesor de muzika. El no me konosio porke kuando su padre me vendio, Albert teniya 10 anyos.

Agora, en unos kuantos minutos, van a vinir para yevarme a un bedahayim. Ayi, van a kortar mi puerpo para azer otras kozas, una siya, o otra koza. Me esto muriendo kon buen sintido. Yo siento ke ya no puedo mas avlar kon boz klara… Mis pedalas no lavoran …Ya estan viniendo… Esto rogando al Dio, Apollo, muestro kriador…yo esto rengrasyando a todos ke ayudaron la djente kon muzika… Ya estan viniendo …Kero avlar una vez mas …una vez mas..do.. re.. mi .. fa.. sol.. la. si.. d.. d.. do..

Alper Almelek (Estambol)


Baku:
30 de April, 2006 - 16:34

 BAKU (FINALISTA)

Había dejado de nevar. Les vi casualmente desde un taxi junto al muelle de Kuruçeşme, camino de Bebek, en medio del atasco provocado por un accidente de tráfico. A través de la ventanilla asperjada por copos de nieve derritiéndose, contemplé su asimétrica discusión.
Ella, abatida, apoyada sobre un pretil, con la vista fija en el agua chocando obstinadamente contra la orilla, escuchaba los argumentos de Ilan, incapaz de permanecer quieto y a quien parecía escapársele la vida palabra a palabra. Sin tardar, él calló; mostraba una rigidez ominosa. Rüya se incorporó, le acarició el rostro y se alejó lentamente, alicaída y cabizbaja.
La nieve retornó; mas no retornó sola. Ella regresó corriendo; sofocada, se plantó ante él, le miró como quien se asoma a un abismo y le arreó un bofetón. Luego le abrazó, le sepultó en oleadas de lágrimas e hipidos. Acabaron devolviéndose la vida boca a boca, agarrándose de los cabellos, sorbiendo sus propias existencias compulsívamente, al ritmo creciente de la nevada. Así permanecieron, bullentes, palpitantes, calados hasta los huesos, bajo la argentería crepuscular del Bósforo.
Mi taxi reanudó su carrera.

Detuve el vehículo el evocador portal de la calle Valikonağı. Nada iba a ser lo mismo porque todo empezaba de nuevo.
- Hola, mi querido Ilan. Un momento…
Dobló el cuerpo con la facilidad de una gimnasta, ahuecó su guedeja con ambas manos y recobró su postura de golpe, como un resorte, terminando de atusar la nebulosa de bucles trigueños.
Tu melena, cual rebaño de corderos
ondulante por las pendientes de Galaad.
- Ya está… Ven, dame un beso.
La imagen siempre rediviva de Rüya se encarnó en la palidez ebúrnea de su piel, sus piernas torneadas con exquisitez impropia de la especie humana y unos ojos que definían el adjetivo turquesa.
Rüya completó el proceso combinado de aseo, cosmética y atavío de imprescindible observancia «sólo para presentarme con dignidad» ante sus congéneres al punto del crepúsculo.
- Es la hora. ¿Me acompañas?
A la hora exacta, Rüya encendió las dos neviot y quedamente recité la bendición en mi hebreo intemporal.
Bendito seas, Señor, nuestro Dios, Rey del Mundo, que nos has santificado con Tus preceptos y nos has ordenado encender las velas del Shabat.
Después introdujo su pañuelo de los viernes en el bolso y salimos prestos, rumbo a la mezquita de Ortaköy. Si no nos dábamos prisa, llegaríamos tarde a la oración del anochecer.


Yehuda Hatsvi:
30 de April, 2006 - 18:23

En Estambul biviya un Jidio muy riko, ke se yamava Ezra. Ezra tiniya todo lo bueno en el mundo, ma el kondokto malo de su ijo Avram, no le deshava gozar de la vida.

Avram uzava a pasar noches enteras en balos ke aziya, envitando mabul de amigos a bever, baylar i emborrachar, i gastando paras sovre sus amigos
sin kuenta i sin heshbon.

Ezra perkurava, en vano, a konvenser a su ijo ke todos estos amigos son amigos falsos, ke todo lo ke les gusta es el pasatiempo alegre kon las paras de Avram, el ijo del milyonario de Estambul.

- “En tiempo de estrecho” diziya Ezra a su ijo “todos te van abandonar. Mira, ijo, Estambul es la sivdad ke la yamamos KUSHTA ke vyene del vyerbo ebreo de VERDAD. Tenemos de bushkar amigos de verdad”.

- “I tu, papa, tyenes algunos amigos de verdad?”

- “Si, ijo” respondio Ezra. “Tengo un medio-haver Turko, i un otro medio-amigo Jidyo komo un otro medio-haver Grego, kristyano”.

- “Kualo es esto “medio-haver”? ke sinifika?”
se metyo a riyir Avram.

- “Si, si. En kada uno i uno de mis medio-haver
tengo mucha konfiensa. Kada medio-amigo mio es mijor de todos tus dozenas de amigos!”

Kurto lo azeremos:
En la eskuridad de una noche de envyerno salyeron padre i ijo, i se fueron de kaza en kaza de los amigos de Avram, demandando avrigo por una sola noche, kon el achak (preteksto) ke Avram fue embolvido en una pelea en un klub.
Ninguno de los amigos aksepto de dar mano a Avram, ni entrarlo en kaza por oyirlo o por dar algun konsejo.

No se kere ni dicho, ke todo al kontraryo akontesyo kon kada uno de akeyos “medio-haver” de Ezra.

-”Entrando agora. Aze frio afuera” disho ya el primer de akeyos medios-amigos “Sha, veremos en ke vos puedo ayudar. Entrando!”

Ezra abraso a su amigo kon lagrimas en sus ojos, i le demando pardon i diskulpa por meterlo en prueva, i por deranjarlo en media noche.

Ezra le estava kontando a su amigo fiyel lo ke en realidad pasava kon su ijo Avram.
El ijo, en el kanton de la oda, estava asentado
undido en su tristeza, savyendo ke no le kedo ni un amigo. De la otra parte se apersevio muy bien
ke es la verdadera sinyifikasyon de
“medio-haver”.


Própero:
1 de May, 2006 - 1:03

EL PERIPLO

La tripulación era mayoritariamente natural de Tiro, pero todos tenían algo en la otra orilla del Mediterráneo. No se sabe porqué, pero el viejo marinero que había dedicado toda su vida al comercio navegaba en esta ocasión sin motivaciones económicas de ningún tipo; esta vez no quería saber nada de metales y tratos con tartesios.
El mar acompañaba en la travesía sin jugar malas pasadas, aunque los más veteranos deseaban un bravo oleaje para mostrarles a los novatos de lo que es capaz la mar. Poco le importaba todo esto al hombre que tiene la mirada puesta rumbo al oeste, una mirada que echaba anclas en Gadir en tiempos pasados, muchos años después de que aquel lejano antepasado fuese uno de los primeros en desembarcar; pero su destino ahora lo llevaba al final del periplo.
Rememora con los ojos cerrados el agua mojando sus pies en la orilla del nuevo enclave de lo que luego vino a llamarse Malaca, y desde entonces fue un puerto de buena esperanza para él, un fondeadero de sosiego en las travesías hacia Gadir desde otros tantos puntos del Mediterráneo comerciando con telas del oriente. Era un hombre de mar, por eso cuando la edad le pasó factura, sus hijos tomaron el relevo del negocio y fueron ellos lo que desembarcaban en la ensenada de Malaca mientras dirigía el negocio desde Tiro con largas temporadas de retiradas en Byblos.
Ahora la mar es de un color más intenso, la sal se acopla pesadamente en los pulmones y el cielo está más cerca que de costumbre en esta larga travesía. La vida es un viaje de ida sin retorno. Los barcos vuelven y van, pero la vida no entiende de retrocesos, sólo mira hacia delante; es un barco de una sola dirección, con un puerto de salida y uno de llegada en el que el único tripulante debe desembarcar.
Desembarcar. Piensa que su periplo ha terminado: nacer en Tiro para morir en Malaca: eran sus puertos, dos puertos unidos por un periplo sin retorno.


Víctor Echeverría Valdés:
1 de May, 2006 - 22:34

 Víctor Echeverría Valdés (FINALISTA)

Aunque los años se empeñen en ello, me es imposible olvidar a aquel gentío cruzando espantado las ruinas del que, escasos meses antes, fuese el bullicioso barrio de Gálata. Aún hoy me sacude la espalda un latigazo de fría angustia cuando recuerdo, con cruel nitidez, el final de nuestro último Emperador, del valeroso Constantino. No percibo más olor que el de la pólvora quemada y los escombros, y la vista, a igual que le sucediera aquella tarde, sufre para ver a través de unos párpados anegados de lágrimas, ahora por melancolía, entonces castigados por los hollines del aire en la agonizante Constantinopla.
Estos dolorosos recuerdos, y el inmortal sentimiento de Patria, hacen muy difícil asumir que, en este péndulo que es la Historia, en ocasiones, la derrota propia es un paso más, preciso e ineludible, hacia la construcción de un mundo mejor. Cuesta aceptar que la misión ha llegado a su fin, que la Providencia ya considera innecesaria tu participación. Pero en la propia génesis está la coartada de nuestro destino. Durante más de dos siglos la fuerza romana obligó a Bizancio a transformarse en la Nueva Roma y seguro que sus defensores, tan heroicos como nosotros en su lucha, no comprendieron la necesidad de la empresa. No podían imaginar que aquella metamorfosis acabaría convirtiendo a Constantinopla en la referencia del mundo conocido, en la metrópolis perfecta. Acaso Mehmet II, desde sus impetuosos, ambiciosos veinte años, fue el encargado de despertarnos de nuestro decadente letargo y, en cierta y triste manera, el relevo imprescindible para reconducir nuestra historia.
Aquella tarde del año del Señor de 1.453, cuando decidí arrojar mis armas y abandonar la extenuada Constantinopla, de alguna prodigiosa forma comprendí el verdadero significado de los acontecimientos, si bien ello no hace que perdone a mis adversarios. Y aunque mi mano ha sustituido la pluma por la espada y mis hombros, viejos y para siempre magullados, no volverán a vestir una cota de malla, aún puedo resarcirme siendo conocedor de una verdad que está por encima de bizantinos y otomanos: la ciudad volverá a acoger decenas de culturas, como en el pasado, aunque sea de otro modo. Ya no será Bizancio, ni Constantinopla. Seguro que en la Hagia Sofía se rezará a un Dios que no será el mío. Pero, mientras el Mundo sea Mundo, ocurra lo que ocurra, el Istanbul otomano está condenado a ser una tierra de todos.


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