Con sentido Critico


FUNDIDA EN EL AÑIL DEL MEDITERRÁNEO

Inmaculada Sánchez Ramos

 

 

Durante el día palpita la vida por todos los rincones, los chiquillos pululan sin descanso en torno a la plaza. La agitación se percibe. El cascabeleo proveniente de los joyeles que llevan las engalanadas mujeres, en su bullir multitudinario, se siente irrumpiendo, en medio de trajín. Sus largos ropajes susurran acorde con el movimiento de sus dueñas. Ropajes “bailados” con determinación y elegancia. Se huele a especias, y a fritos, se huele a sol y a mar, se huele a brea, se huele a actividad desmesurada.

Y llega la noche,…. y llega el ocaso pintado de oro, cuya belleza traspasa la lontananza y el tiempo. Ahí, en el cuerno de oro, donde se confunde lo oriental con lo occidental, ahí, emerge, en toda su plenitud, en toda su grandeza, Estambul. Estambul antigua y nueva, siempre ella, siempre hermosa, majestuosa, imperial, errática y serena al tiempo.

Allá, al otro lado, en la otra puerta del Mediterráneo, tan lejos y tan cerca, tan iguales y tan distintos, en el crepúsculo más dorado que se conoce, late la vida y palpita sin cesar fundida en el añil de nuestro Mediterráneo.

 

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