Seudónimo: Celibre
Titulo:
Cuestión de suerte
¿Dónde
quedaron las señales de alarma?¿Porque no recibí ningún guiño del cielo que
me avisara que el suelo que pisaba se abriría y me llevaría a los abismos?
Al echar
atrás la mirada casi se me llenan los pulmones de la fragancia del
atardecer. Es agradable, parece librarme de todas mis rutinarias ataduras.
Ante mi se extienden campos plagados de almendros en flor y un grandioso
globo rojo que ya no calienta pero que se resiste a marchar.
El muy engreído no puede hacer un mutis por el foro,
tiene que deslumbrar hasta en su ultima aparicion.
Me felicito por mi decisión de haber cogido el coche y
escapado de la ciudad. El solitario paseo parece
que a conseguido relegar la sensación de opresión que me perseguia.
Con un poco de suerte quizás consiga retener este
espejismo de optimismo hasta mañana por la mañana.
Un paseo campestre no es bastante antídoto para
contrarrestar la avinagrada cara de mi jefe.
Me
equivoque. El caos llego mucho antes.
Justo en el eterno segundo en que parece que el día y
la noche se lanzan un pícaro guiño de complicidad mientras ceden su reinado.
La cinta de
música dulce y empalagosa dejo de sonar dando paso al locutor indignado por
el penalti injusto pitado a los foraneos. Bajo
la mirada, apretó el boton,
extraigo la cinta, media
vuelta, adentro,
suena, subo la mirada.¿cuanto pude tardar en
estos movimientos? No lo sé, pero estoy seguro
que un parpadeo.
Al levantar
la mirada, ahí esta, esa sombra rodante que aparece por el camino
transversal y se alza brevemente ante el morro de mi coche para desaparecer
de inmediato mientras mi pie hunde el pedal del freno.
Ha sido real. Al mirar por
el retrovisor puedo distinguir la bicicleta y el cuerpo que se agarra a
ella. Son los únicos bultos que desentonan en la
solitaria carretera.
Bajo, corro
hacia el. Al llegar a su altura siento que mi
cuerpo se dobla ante una súbita ola de nauseas y mareo que se apoderan de mi
al ver ese cráneo, con las huellas de una infancia recién abandonada,
partido en dos. Cierro fuertemente los ojos
intentando no perder el sentido y noto como las puntas de mis dedos se
humedecen, y sin verlo se que el liquido caliente que noto proviene de ese
cuerpo callado y quieto que esta a mis pies.
Pegajosa y callada despedida, con que discreción
puede desaparecer nuestra esencia vital.
Pese a mi
poca entereza una pequeña llama de esperanza se agita dentro de mi.
Apoyo desesperadamente mi oído en su pecho.
Nada. Pongo mis dedos en su
cuello buscando esa vibrante y desafiadora vena. No esta.
Me atrevo a mirarle al mismo tiempo que lanzo al aire
una desesperada plegaria. No hay respuesta.
Hoy no es el día para volver al redil de los creyentes.
Acepto entre
lagrimas que esta muerto.¿y ahora que?
Alzo la
mirada .La noche es la reina del universo en esta perdida carretera.
Yo siempre he sido un buen hombre hasta en momentos de
máxima bondad me he considerado un hombre bueno pero esto es distinto, tengo
miedo. No quiero dejar las filas de los anodinos
y respetables ciudadanos, no estoy preparado para afrontar los posibles
castigos que me imponga la sociedad por mi falta.
Desconfió de
la justicia, me castigaría no como debería sino
solo como puede hacerlo, con sus limitados recursos que no comprenden nada.
He matado
pero no soy un asesino y nada de lo que haga conseguirá que este cuerpo se
levante, coja su bicicleta y siga su camino.
Levanto la
cabeza y oteo a mi alrededor. Sigo solo.
Levanto el cuerpo entre espasmos de asco y culpa,
lo deposito entre los almendros, luego vuelvo a por la
bicicleta y la dejo reposando junto a su dueño.
Corro al
coche y aprieto el acelerador. No veo nada, las
lágrimas no paran de salir y los temblores se adueñan de tal forma que no me
explico como mis manos son capaces de sujetar el volante.
Veo mi
bloque de fincas, mí balcón, tengo un destello de benevolencia y encuentro
una plaza de estacionamiento en batería.
Encontrar aparcamiento no es el milagro que pedía pero se que debería
agradecerlo.
En mi casa
me abrazo y me mezo convulsivamente dispuesto a vivir la noche mas larga que
recordare. Estoy seguro.
Al amanecer
juego con la posibilidad de llamar al trabajo y coger el día de baja.
No. Me ducho, nunca he sido
la alegría de la oficina, diciendo que tengo un gripazo podré acallar las
preguntas corteses de mis indiferentes compañeros.
Al llegar a la calle lanzo una resentida mirada a mi
auto. Odio que mis ojeras desfiguren mi rostro y
que el no tenga ni una mota de polvo.¡Sin el no hubiera pasado nada!
juntamos su fuerza y mi falta de reflejos. Somos
compañeros me debe un poco de solidaridad.
Que pueril
soy. Patética es mi necesidad de un cómplice que
me ayude con esta pesada carga.
Es en el
momento de entrar en la oficina y tomar posesión de mi escritorio cuando
entre suspiros asumo y acepto mi decisión.
Recuerdo los consejos maternos en cuanto a ser consecuente con tus actos,
aunque creo que mi madre pensaría que tergiverse sus enseñanzas de
moralidad. No es tu culpa madre es solo un
problema de interpretación.
Tengo la
seguridad que pronto hallaran el cuerpo. Cien
por cien que lo escucho en la tele. Casi creo ver el rostro del padre con
la huella de la desesperación pidiendo ayuda para encontrar al mal nacido
¿Llegaran
hasta mí? Quizás no
Es curioso.
Yo que nunca me entregue a nadie y pocas veces
arriesgue nada, desde luego nunca nada que pudiera derrumbar mi universo,
hoy me doy por entero al destino. Acepto y
acato su voluntad
Ayer creía que mi vida se desarrollaría por mis impulsos y decisiones, hoy
se que todo será cuestión de suerte.
©
Celibre
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