Seudónimo: Caín
Titulo:
¿Por qué me has abandonado?
Uno,
dos, tres, cuatro, Quién cuenta cada pasada del metal sobre la madera.
–¿Qué
haces, papá?
–Ya
lo ves. Estoy acabando de pulir la tapa de un violín.
A una
hora indeterminada de la noche, observa a su padre a la luz de una lámpara
herrumbrosa mientras éste maneja la lijadora. Encorvado frente al banco de
carpintero, repasando cada centímetro de la tabla, soplando con suavidad
cuando termina de aplicar la herramienta.
–¿Un
encargo de un cliente?
–No
–sonríe el padre con satisfacción–. Éste es para mí.
Quién
se aproxima hasta él. El descanso de la lijadora revela el desafío de un
grillo.
–Papá, tú no puedes tocar el violín. Te cortaste tres dedos de la mano
izquierda con la sierra circular. ¿No lo recuerdas?
El
viejo se vuelve y le mira con extrañeza, como si fuera la primera vez que
oye esa noticia.
–No,
no es verdad. Mira –y le muestra su mano extendida. Una mano con cinco
dedos.
* * *
Quién
despierta en el carro, arropado y oculto entre las gavillas de arroz. Su
padre ha detenido el penco y le hace una seña para que descienda.
–Hemos llegado.
La
luna nueva campea sobre las calles a esas horas en que los sueños están
ciegos, y Quién sigue al viejo en la negrura hacia la boca de un túnel de
alcantarillado, guiándose por la sábana que éste lleva plegada bajo el
brazo. Apenas una salpicadura pálida en la oscuridad.
–Este
desagüe lleva hasta el sótano del hospital. Ven.
Avanzan encogidos por el conducto, procurando sortear el reguerillo de agua,
hasta que el túnel se termina. Sólo entonces encienden un candil.
El
débil latido de la llama alumbra un corredor abovedado, una sala de ladrillo
ennegrecido por el humo. El aire huele a rancio, y el ambiente es espeso y
pegajoso.
–¿Qué
es esto? –Quién ha reparado en lo que hay a sus pies.
El
suelo está lleno de voluminosos fardos, tal vez sacas, pero son demasiado
grandes. Y tienen una forma muy particular.
Quién
toma el candil y se agacha para examinarlos de cerca: lo que temía,
cadáveres envueltos en sábanas, desperdigados de cualquier manera,
amontonados en algunos rincones. Aquí asoma un brazo, allá un pie, más acá
una mortaja mal cosida muestra casi todo el cuerpo.
–A
este lugar traen a sus muertos los que no pueden pagar un entierro –explica
el viejo, a su espalda–. Las monjas del hospital los recogerán mañana y los
llevarán a la fosa en el cementerio. Es el único funeral que sus familiares
pueden ofrecerles.
Quién
camina entre los bultos, cuidando de no pisarlos, y comprueba con horror que
algunos de los cuerpos aún respiran; tenuemente, como si hubieran de
levantar décadas de plomo con las costillas, como si masticaran cada
bocanada de aliento. Una duda le recorre la espina dorsal, y se vuelve para
encararse con su padre.
–¿Y
de qué conoces tú este sitio? –los ojos de Quién relampaguean cuando formula
la pregunta que no es tal.
El
viejo le sostiene la mirada. No hay vergüenza ni arrepentimiento en su
rostro. Acepta la acusación y la condena. Es más, se diría que, a su vez, no
espera otra cosa de su propio hijo.
En
lugar de responder, le alarga la sábana que todavía acarreaba.
–Toma, envuélvete con ella –ordena, desplegándola–. Cuando amanezca, las
monjas bajarán a buscar los cuerpos. Sé discreto, pero procura no quedarte
debajo del montón, o el peso te aplastará. Y no te preocupes: aunque todas
las salidas de la ciudad estén vigiladas, no se les ocurrirá buscarte en el
carro de los muertos –termina por comentar, con un simulacro de sonrisa.
* * *
Quién
se incorpora en el sofá, la enfermera lo ha despertado al entrar. Siente un
poco de vergüenza, se supone que está allí para velar el malmorir de su
padre.
La
mujer ni siquiera lo ha mirado. Revisa el oxígeno, comprueba que todos los
catéteres están en su sitio, anota algo en una hoja y sale de la habitación.
Uno,
dos, tres, cuatro, Quién cuenta cada gota estrellándose en la botella.
Se
restriega los ojos, reprime un bostezo, reflexiona, qué sueños tan absurdos
acaba de tener, y contempla a su viejo tendido en la cama del hospital,
apurando sus últimas horas en casa extraña.
Le
gustaría estar recordando los momentos agradables pasados junto a él, un
homenaje mental a ese hombre que agoniza en la penumbra... Pero es incapaz
de hacerlo: no puede inventar a estas alturas un cariño que jamás ha
sentido. Sólo puede contar cada tic del estúpido gotero.
Quién
se siente miserable. Miserable y cansado.
Tiene
ganas de echar un pito, pero está prohibido fumar en todo el edificio.
Decide salir a la calle, el frío de la noche le sentará bien, le despejará
las ideas. Sólo serán cinco minutos.
“No
creo que el viejo vaya a morirse justo ahora”, se dice, aunque lo cierto es
que tanto le da.
Echa
un último vistazo y sale al pasillo. La enfermera de guardia está en su
mesa. Mejor.
Toma
el ascensor hasta la planta baja y sale del hospital. Sólo entonces se da
cuenta de que se ha dejado el tabaco en el coche, dos manzanas más abajo. Y
la cafetería está cerrada.
Piensa que no le vendrá mal estirar las piernas, y se interna en las
callejuelas, desiertas como su alma.
Mala
suerte, a pocos metros hay un tipo apoyado en la pared. Tiene muy mala
pinta, pálido, sucio, ojeroso, escuálido, inquietante. Quién no se deja
impresionar, no cambia de acera, hace ver que mira a otra parte. El
individuo le sale al paso.
–Oye,
tío, necesito... –su voz es pastosa, pronunciar cada palabra le cuesta un
mundo.
Quién
lo ignora y continúa su camino. Oye un chasquido a su espalda.
Se
vuelve. El sujeto avanza hacia él con andares vacilantes, con la mirada
vacilante, con una navaja vacilante. Quién sopesa la situación: es un pobre
diablo, todo huesos y cazadora vieja, sólo un yonqui desesperado.
Siente fluir la adrenalina. Lo encara, se apresta... Se abalanza y le sujeta
con firmeza el brazo que porta el arma. Intenta que la suelte, forcejea con
él...
Inesperadamente, Quién siente un dolor agudo en su costado derecho, un
pinchazo que le atraviesa las costillas. Y luego otro en el estómago, y
otro, y todavía uno más...
Dos
navajas. ¿Qué clase de individuo, de criminal, lleva dos navajas? Quién se
lleva las manos al vientre, el dolor inmenso, la camisa empapada. Intenta
proferir un grito, pero sólo exhala aire sin voz. Se desploma sobre la
acera, los edificios en tiovivo, los vehículos aparcados y silenciosos.
El
yonqui se agacha, rebusca en sus bolsillos, toma la cartera y se aleja
corriendo. Dobla la esquina.
Encogido en el suelo, en la misma postura en la que vino a este mundo, Quién
se resiste a dejarlo. Aspira con avaricia el aroma del cemento. Cierra los
ojos.
Uno.
Dos. Tres... Cuatro...
Cuando llegue a diez, intentará despertar con todas sus fuerzas. Si es que
llega.
©
Caín
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