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Relatos

Seudónimo: Hécate

Titulo: Taxi
 

_ Fíjese, ahí  tiene..... si ya le digo yo que así es imposible circular....

El taxista me buscaba por el retrovisor para hacerme testigo de una situación que ilustraba lo que él llamaba “envilecimiento general”.  Era un término que en los siete minutos que llevábamos de carrera había mencionado unas cinco veces sin, hasta el momento, un ejemplo claro que me hiciera comprender  plenamente su significado.

A mi derecha, unos metros por delante nuestra y pedaleando en plena vía de circunvalación a trece kilómetros cada hora y media _calculaba yo_ un hombre ya mayor se afanaba en conducirse no sólo a él sino también a un paquete de proporciones considerables que apoyaba sobre el manillar de su bicicleta y que terminaba de sujetar con la barbilla.  A la dificultad de divisar con exactitud el trazado de la vía por encima del paquete se añadía la humareda que desprendía el puro que mantenía entre sus dientes, cuya ceniza quedaba depositada en el paquete, sin peligro de ser arrojada contra su cara dada la poca velocidad que conseguía desarrollar.  Y esto último era inversamente proporcional a la ira que generaba en el taxista. 

_ ¿Lo ve?.  ¿Lo está usted viendo?  ¿Y qué le decía yo?  Así no hay manera.  ¿Acaso me meto yo con alguien?  ¿Voy por un casual al teatro a fastidiar una actuación?  ¿Salgo de espontáneo en las corridas de feria?  ¿Les meto el dedo en el ojo a las cajeras de los supermercados?  Es que ya no hay respeto por la profesión.  Ni por nada.  Y así se llega a lo que le decía yo.  Al “envilecimiento general”.  Yo ahora tengo que esperar a que todo el mundo me adelante, para que quede libre el carril de la izquierda, y esto no hace más que perjudicarle a usted, que en vez de, pongamos,  ocho tendrá que pagarme diez y la próxima vez quizás prefiera coger un autobús.  Y poco a poco los autobuses irán llenos, y habrá que fletar otros nuevos, y para ello subir los impuestos, y así no se va a ningún sitio,

_¿Me entiende usted? 

Me preguntaba esto a la vez que le dirigía un bocinazo descomunal al ciclista que por fín adelantábamos.

Si yo lo entendía era lo de menos.  Estaba atrapado en el asiento de atrás escuchando un soliloquio enfervorizado y perseverante.  Lo que más me admiraba era la precisión con la que el taxista, además de mantener su discurso , evitaba una vez tras otra que nos estampáramos con el coche precedente en cada semáforo rojo, ejecutando una frenada corta justo a tiempo.   Aún no habíamos salido del área urbana y ya llevábamos once euros en el marcador.  El “envilecimiento general” se me antojaba de pronto personal e intransferible, dedicado personalmente a mí.  Y aún nos quedaba por atravesar más de media ciudad hasta llegar a la oficina de mi abogado.

Durante los primeros meses como usuario del servicio de radiotaxi pude ir catalogando, sin querer, a los diferentes tipos de conductores.  Y al cabo de  un año mi clasificación se resumía en dos grandes grupos: Los no habladores y los habladores.  Los que callaban mientras conducían solían ser los más jóvenes, los que no sentían ninguna obligación de dirigir la palabra al cliente si éste no lo hacía primero.  También los había mayores, que habiendo ejercido durante tantos años el oficio, conducían como hastiados obviando a efectos prácticos la incómoda presencia del cliente, hasta el momento exacto de solicitarle el importe. 

Dentro de los habladores incluí a su vez a los conversadores y a los charlatanes.  Desde luego los más difíciles de encontrar eran los primeros, como lo es fuera del taxi.  En cuanto a los segundos , a los charlatanes, éste era uno de los mejores especímenes con los que yo me había topado.  No se llega nunca a formar parte de su parlamento, pero tampoco puede uno despistarse así como así, pues se nos puede solicitar, de improviso, que suscribamos todo un argumento anterior.

_Sí, claro que le entiendo.

Procuré una voz átona, plena de desinterés cortés y esperé el milagro, que obró en forma de una llamada a su  teléfono móvil. El taxista discutía ahora con alguien el número de costillas necesarias para la parrillada que al parecer iban a celebrar el fín de semana.  Y lo hacía con la misma vehemencia con la que hablaba en su taxi. 

San Cristóbal, fijado al salpicadero con pegamento de contacto del que aún quedaban restos bajo sus pies salió, como yo, indemne del siguiente semáforo rojo, ya en la plaza de la República.  Pero el rosario nacarado continuó basculando todavía unos segundos después de la frenada.  Por un momento envidié la energía de este hombre cuya calva comenzaba ya a hacérseme familiar.  Después, me dejé llevar por la voz suave de la operadora.

_ Hotel (.....) Libre zona (.....) Cliente en Mayor 24 (. ..) 748 Mayor 24. Unidades libres....

§

Libre.  Hacía tiempo que no me había enfrentado a esa idea.  Cuando perdí mi pierna, hace ya dos años, dejé  de comprender la vida en los términos en que la comprendía antes.  Para empezar el tiempo ya no significaba lo mismo.  Necesitaba mucho más tiempo.  Más tiempo para asearme, para vestirme, más tiempo para desplazarme a los lugares habituales.  Pero también me sobraba más tiempo.  Pues ya no podía subir montañas, ni andar en bicicleta, y ninguna mujer parecía estar dispuesta a perder una tarde en aprender a hacer el amor conmigo.  En cuanto al espacio, cualquier lugar me parecía más grande que antes, medido en términos de lo que me costaría inspeccionarlo.  Mis relaciones personales -dejando a un lado las sexuales, que como ya he apuntado eran nulas- sufrieron un inicial retroceso originado por los incómodos y frecuentes silencios que surgen en una conversación de amigos cuando uno de ellos comienza a llevar una pierna protésica.  Cuando por fín fui capaz de bromear sobre mi no pierna, la tragedia de mi invalidez repentina dejó de ser la protagonista invisible de mi presencia, y yo dejé de ser considerado un desgraciado.

Durante mi estancia en el hospital, después del accidente, revivía obsesivamente el momento exacto en que la hélice de la zodiak de mi jefe rebanaba mi pierna sin remedio.  Si yo no hubiera participado en las pruebas de selección de aquel puesto de trabajo, yo no habría entrado en esa empresa ni habría tenido que asistir a las jornadas anuales de convivencia, y por supuesto no habría estado bañándome en aquel pantano de la provincia de Soria justo en el momento en que mi jefe y el suyo perdían el control de una jodida zodiak con motor fueraborda.  La libertad no estriba sino en consentir cada circunstancia de la vida, ya  que hemos sido sus artífices, o al menos en una parte importante.  Yo seguía pues siendo libre y la angustiosa certeza de que yo mismo elegí mi destino me  producía por la noche sudores fríos y delirios, que una enfermera paliaba con compresas frías y una preciosa sonrisa que me dolía tanto como mi muñón. 

Yo no había dejado de ser libre, pero había algo que me impedía sentirme libre.  La evidencia de que cualquier persona puede influir dramáticamente en la vida de otro, había generado en mí la necesidad de hacer lo propio.  Pero hasta ayer no tuve ocasión. 

Después de mi convalecencia me reincorporé al trabajo, aún sabiendo que había algo de morboso en seguir sometido a las órdenes de quien había sido el autor material de mis heridas.  Al cabo de pocas semanas y gracias a la rutina a la que me sometía mi trabajo, recuperé la confianza moderada que tenía depositada en mí mismo desde mi adolescencia.  Pero eso no significaba en absoluto que hubiera olvidado el hecho de que ninguno de mis superiores se hubiera interesado por mí más allá de lo estrictamente necesario.  De hecho, el accidente se contempló desde un principio como un accidente laboral.  Se  me otorgó una indemnización millonaria y una renta sin límite para taxis mientras siguiera trabajando en la compañía.  Con mi pierna de plástico ya no podría seguir desplazándome en mi moto ya decana, lo que me produjo un gran pesar.

Así que zanjado el tema material, yo trabajando a pleno rendimiento y mi pierna postiza bajo mi pantalón, era como si nada hubiera sucedido.  Porque hay gente que segmenta su cerebro en compartimentos entre los que no cabe intercambio alguno.  No me molestaba el hecho de que trataran de volver a la normalidad lo antes posible, de hecho yo mismo me esforzaba en ello, sino que no consideraran posible que el daño que yo había sufrido trascendiera el contrato de trabajo que nos unía, que ignoraran el que tuviera que reinventar toda mi vida.

Ayer, tan sólo dos años después de los hechos y sin haber mediado una sola conversación personal al respecto, mi jefe , para felicitarme por una venta que había conseguido, se acercó a mi  en la cafetería y me espetó guiñándome un ojo:

_Enhorabuena patapalo

Tragué mi sorbo de café, dejé la taza sobre el plato  y mirándole fijamente a los ojos le pegué tal ostia que tuvo que agarrarse a la  barra con los dos brazos  para no terminar de caer.  La insignia de jefe de compras  se desprendió de su chaqueta, y sólo su oreja izquierda mantenía la patilla de sus gafas.  Por ser un hombre vanidoso hasta el extremo no llegó a perder del todo la compostura, tan pendiente estaba en todo momento de la imagen que proyectaba en los demás.  Los demás, por otro lado, se acercaron rápidamente para levantarlo, y en un segundo yo ya había recibido su poderoso puñetazo en mi pómulo derecho.  Alguien me agarró por los sobacos y me arrastró hasta la salida.  Yo ya podía sentirme  feliz.   Pero mi pierna se quedó en la cafetería, por lo que tuve que ser apoyado contra una pared, como una escalera, hasta que un taxi viniera a por mí para llevarme a casa. 

§

La operadora seguía hablando:

_ Repita posición 3529 (...)

Y el taxista parecía haber llevado a entendimiento a su interlocutor:

_ Hazme caso, ocho por cabeza es una buena ración.

Hoy por la mañana mi abogado había telefoneado para comunicarme que tendríamos problemas para llegar a un acuerdo con mi empresa en la negociación de mi despido.  Y también para decirme que hacía las once y media llevarían mi pierna a su despacho.  Ayer por la noche había tenido que recuperar las muletas que utilicé durante mi rehabilitación.   Volver a calzar un solo zapato y no llenar la perneta de mi pantalón me habían producido esta mañana los mismos sudores que en el hospital, pero ya no quedaba  ni rastro de la hermosa enfermera.

_(....)

Son ahora las once menos cinco de la mañana y el panorama se ha complicado.  Estábamos aparcando en doble fila frente  al despacho de mi abogado cuando, al dar marcha atrás, ha aparecido de improviso, más bien incomprensiblemente, el ciclista, que no ha podido esquivarnos y ha aterrizado, aún con su puro, sobre el capó.

Y no se ha hecho nada el hombre, ya ven ustedes, que tampoco tendrá ya bici, la pobre.  Y todos estamos ahora buscando su paquete, que también ha volado, claro.

De pronto aparece una mujer con una caja entre las manos que le ha llovido del cielo, asegura llorando.

Y de la caja asoma la mitad de una pierna, que es la mía.

-          Pues yo venía a entregarla aquí mismo, en el tercero  izquierda - dice el ciclista-.

-          Pues ya ve usted, no va a tener ni que subir.  Me la pongo aquí mismo y listo.

-          Ah, ¿pero es la suya? acierta a  preguntar la mujer dejando caer al suelo mi prótesis antes de desmayarse.

-     De mil pares el  “envilecimiento” éste  - le comento en un aparte al taxista -.

_    “General”, “envilecimiento general”, que ya le decía yo.

 

 

© Hécate

 

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