Seudónimo:
Marcela Majuelo
Titulo: El adiós
ADIÓS es
más que un saludo inerte y automático, también es una palabra que sabe a
despedida, para valientes u osados o tal vez para héroes o cobardes, poco
usada por su contundencia y rotundidad, nace fruto de la semilla que
engendra un cambio, impuesto u obligado, deseado o ansiado, que persigue
dejar atrás un camino para cruzar por otro nuevo, no necesariamente más
llano, más limpio o más verde, quizás más árido, seco y pedregoso, pero
siempre diferente.
Adiós
tiene muchos disfraces, muchas voces, muchas gamas de un mismo color, sus
matices encarnan diferentes historias que protagonizar a lo largo de la
vida:
Adiós
con escepticismo: porque se dice pero no se piensa
A veces
adiós se emite en vano, con intención pero sin decisión, porque irrumpe a
horcajadas en la garganta fruto de un valor repentino pero vago, que
necesita oírlo para cargar las piernas y hacerlas avanzar un paso hacia
delante creyendo con un escudo que protege nuestro juicio que realmente nos
alejamos de aquello que dejamos atrás, teniendo la certeza de que se olvida
lo que no se ve físicamente, lo que la mente no percibe con la nitidez de
los ojos, adiós para el futuro y hola para siempre a esa caja infinita de
recuerdos que siempre cargamos y no ocupa espacio.
Es el
adiós que se emite por boca ajena cuando la mente nos empuja a hacer lo
establecido y el corazón se resiste a obedecer, nuestra voz es autómata y
repite lo inculcado, lo educado, lo correcto para la superficie, y el centro
que nos mueve se revuelve en nuestro interior hasta que finalmente se doma
por la conciencia, se adormece para no molestar, se hipnotiza por la
sociedad, aunque a veces, se espabila de su letargo y baila esa música
prohibida que tararea nuestro espíritu, y que no nos abandona nunca, porque
sus notas tienen raíces tan hondas que para arrancarlas habría que blandir
el corazón entero.
Adiós
con firmeza: porque se cree, se necesita y es la única verdad
Adiós
otras veces es un grito de guerra para sobrevivir y no perder la cordura,
lava la memoria y arranca de cuajo un pedazo de alma traicionera que insiste
en martirizar, entierra la mentira y tiene sed de olvido, precisa de fuerza
para decidirlo y es el más obligado porque, o se grita desgarrado para
liberar, o su ahogo te mata en vida.
Este Adiós
pretende causar liberación y calma, cuando necesitamos con urgencia cambiar
nuestro sendero, respirar aire limpio, buscar la ilusión implícita en el
inicio de episodios nuevos. Es el adiós que se grita sonriendo, invita a la
renovación, sella el punto y final de una etapa que deja huellas que logran
borrarse con el optimismo que otorga la disponibilidad de un gran periodo de
tiempo libre por delante, y no libre por su ociosidad, sino por su derecho a
gastarlo con vivencias nuevas, y todas decididas desde una línea de meta
donde nos situamos deseosos de empezar a correr, o a volar si la experiencia
vivida se carga como un libro de instrucciones para mejorar, no como una
piedra que nos ralentiza el paso.
Adiós
con nostalgia: es dulce y vive de recuerdos
Este adiós
provoca un dolor de miel que vive rememorado por la dicha de antaño, invita
a la melancolía que hace sentirnos vivos en momentos de hastío, el recuerdo
no escapa en el tiempo y recrea con placer y precisión cada detalle grabado,
acaricia las huellas del corazón para renacer los sentimientos que se
guardan con mimo inalterables en el pozo del deseo.
Es por
ejemplo el adiós a una ciudad cualquiera que visitamos por azar en un viaje
cuando sus calles y sus casas se construyen con el molde de un sueño, cuando
al pasear por ella respirando su esencia nos impregnamos de la magia de su
luz, que presenta a nuestros ojos un color nuevo que nos enamora, y
descubrimos que se torna en paisaje de nuestros cuentos infantiles, que
quizás su belleza está hecha para disfrutarla con calma, y nos preguntamos
si quizás hubiéramos sido los mismos viviendo en aquel lugar, tal vez más
felices, y así, con ansiedad y sintiéndonos actores de una película tratamos
de conocer cada rincón, aunque siempre nos marchamos con la sensación de
haber dejado un lugar por descubrir, un entorno por contemplar, un espacio
sin desnudar, brillante excusa que consuela al adiós por la esperanza de
regresar algún día. Este adiós se recita con melancolía dibujando una tímida
sonrisa en el momento de partir, que no se borra hasta que nos alejamos
inmersos en el tren de pensamientos.
También es
el adiós a esas personas que se cruzan en nuestro camino sin formar parte
íntegra de ella, pero aportando a nuestro espíritu sensaciones de
aprendizaje, de alegría, de cariño, más palpable en gestos cruzados que en
palabras directas, son esas personas a las que la vergüenza mutua ha
impedido prolongar en el tiempo, que son presente efímero y futuro ajeno,
pero que a veces sobreviven en el recuerdo con más intensidad que otras que
protagonizan físicamente todo nuestro desarrollo vital.
Adiós
con alegría: es el triunfo de luchar, de ganar la partida, y como premio,
mejorar
Este adiós
se demuestra con esfuerzo, no hace falta oírlo o pronunciarlo para
comprenderlo, se basa en hechos o logros sudados más que en palabras, se
trabaja con ahínco para poseerlo, es el que cierra una ventana para abrir
una puerta dorada bien grande y hermosa, y al atravesarla, nos espera un
laurel de victoria. Es un adiós que recompensa el tesón por escalar los
retos que elegimos con voluntad para prosperar. Sin duda, es el más
satisfactorio, porque su génesis impulsa la bienvenida automática a una
etapa más azul.
El trabajo
o el estudio siempre son apuestas que decidimos hacer y en las que
invertimos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestras ganas, y aunque a
veces no son suficientes para ahondar la bandera, la fe que cree en el
propio “yo” da coraje y estimula las ansias que promueven nuestra constancia
y empeño, el adiós, en este caso, despide la época de duro entrenamiento y
te sitúa en la meta que proyecta la revalorización de tus dones, tu valía.
Adiós
con tristeza: sella un punto y final y siempre se rompe algo por dentro
Este adiós
es huracán que devasta las flores de tu alma durante la estación del dolor,
y la ilusión que era el motor de vida se hace agua que se escapa entre las
manos cerradas. Es un adiós temido, que se trata de evadir para que nunca
llegue, traicionero, aparece sin aviso, y asusta porque es ladrón despiadado
que se lleva sin recelo un pedazo de tu esencia, y por momentos no eres más
que carne, tan sólo un bulto de la cama que busca evaporarse entre la
oscuridad.
Sin duda
incluye uno de los adioses más difíciles de emitir, el adiós de enamorado,
porque ahueca el cuerpo y cala hasta los huesos, su sonido hace desgarrar el
alma en jirones, coartar los sentidos, matar sin remedio un pedazo de
corazón seco que latió con la misma fuerza con la que se rompió en pedazos
que ya no encajan, este adiós duele más cuando se escucha que cuando se
pronuncia. En el primer caso, se clava en la sien y no basta con cubrir los
oídos para silenciarlo, su eco nos acompaña sin querer hasta que suena como
el chuzo que cae en un día de lluvia intermitente, es el adiós mojado por
agua que emana pura y transparente de los ojos, desde la fuente del dolor, y
es a la vez seco de amor. En el segundo caso, cuando se transmite, es aquel
adiós que con miedo se susurra para amortiguar el golpe, y que a veces no
llega a nacer en el aire porque el silencio lo corta, entonces tan sólo una
mirada fría y ausente basta para descifrarlo. Sobre todo es un adiós
mentiroso, porque nunca se olvida el amor.
Es también
el adiós por excelencia y, sin duda, lamentable a seres amados que vuelan
difuminándose en el aire hacia el infinito y se alejan irreversiblemente de
nuestra vera,
mientras
despiertan la fe de un posible reencuentro en el mundo eterno del paraíso,
es un adiós que se llora y bebe entre lágrimas de impotencia, que sabe a sal
y rasga la piel pintándola de roja porque es una piedra ruda y tosca que
araña el alma. Es el adiós al cuerpo y la bienvenida al ángel que formará
una nube siempre alerta sobre nuestra cabeza.
Adiós
natural: que llega por su propio paso y rige la evolución de la vida
Adiós deja
sabor agridulce en los labios si se pronuncia con la obligación que imprime
el paso del tiempo, que transcurre con el conocimiento de acercarnos al
final de un capítulo que en vano pensamos no acabará nunca, o quizás sólo
tratamos de evadir la evidencia de que todo lo que empieza siempre termina.
Es el
adiós a una etapa de vida invertida y exprimida para el trabajo, que ha
llenado nuestra vida vaciándola de todo lo demás, que ha distraído tantas
veces nuestra mente alejándola de preocupaciones, y por eso se descubre en
la proximidad de su destino final que será muy difícil o casi imposible
ocupar nuestro tiempo de manera tan intensa, que la ociosidad que se avecina
amenaza nuestro equilibrio, y que mirar nuevos horizontes es la tabla que
nos hará flotar en el océano de la rutina vaga.
Es además
el adiós lento a la juventud que pinta cabello blanco y arruga la piel como
el viento que silba contento sobre la cara del mar, es el adiós que
desciende la fuerza de los brazos y aumenta la de la sabiduría, que resta
tiempo y suma recuerdos, que da respeto y no sabe cómo volver, porque pasa
la vida, única ley de justicia.
ADIÓS
desafía al destino y cree tener el control de la vida que queda, piensa que
nunca regresará a su punto de partida, afirma que jamás dará luz volviendo
sobre su camino. Realmente adiós es pretencioso y seguro de si mismo, a
veces gana, cuando cumple su objetivo y hasta el último momento de respirar
no ha concedido la rendición de su significado, no ha claudicado y los ojos
han vivido ausentes de aquello que un día pensamos no presenciar
más………aunque es una victoria ilusa y siempre pierde, porque la mirada del
alma, que no es esclava de los ojos y es dueña de los sentimientos nos hace
libres para contemplar, no deja morir en el abismo del olvido ni un solo
instante de vida, se encarga de regresar cada espacio, cada ser, cada rato
compartido, en el momento menos pensado o deseado, pero en el momento justo
se presenta en nuestra mente, en todo su esplendor, a veces nítido en
colores y trazos, a veces entre nieblas, cualquier retazo viejo de tiempo,
cualquier segundo, que nos hizo sentir dicha, tristeza, ansiedad,
desesperación, placer, felicidad, miedo, pasión o alegría, que moldeó la
figura de nuestro espíritu y, simplemente, nos hizo sentir vida.
©
Marcela Majuelo
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