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Relatos

Seudónimo: Imagina

Titulo: El secreto de Dolores
 

Escribo esto porque el doctor Belzunce me pidió que lo hiciera, aunque quizá no debería; en esta casa hay ojos por todas partes, incluso en las páginas; pero aún así las palabras deben salir por alguna parte, si no es por mi boca, que por lo menos lo hagan por los débiles trazos que describe mi mano, porque si no salieran, ¡pobre de mí que me perdería con ellas!

Recuerdo que cuando era pequeña me daban miedo las sombras de la noche, esas que se aprecian difusas en las paredes durante la oscuridad, que se cuelan en nuestra habitación por la puerta abierta y pasean un rato a nuestro alrededor, mirándonos, disfrutando con el estupor que nos causan. Siempre que me acostaba en mi cama, cerraba los ojos rápidamente para no ver nada, pero a veces era inevitable, aquellas sombras eran capaces de producir los más extraños sonidos con tal de ver mis ojos abiertos, y cuando lo conseguían, el miedo siempre me provocaba la misma reacción: rezaba una breve oración entre susurros con la respiración entrecortada (<<cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos de la guarda: dos en los pies y dos en la cabecera; y la virgen María es mi compañera>>) y me tapaba la cara con las sábanas. Sin embargo, ahora, cuando pienso en esto, esbozo una sonrisa llena de amargura; ahora me dan miedo otras sombras algo diferentes pero que causan el mismo temblor. Supongo que estoy condenada a ellas por el resto de mi vida, por eso en este mundo existen dos clases de personas: aquellas que ambicionan el dinero, que sueñan con montañas de él a su alrededor para cumplir sus deseos secundarios ; y aquellas que piden aire, una vida nueva, volver atrás en el tiempo, volver atrás en el tiempo y estancarse en él, dejar de asustarse. Yo soy una de las muchas personas que se engloban en este segundo grupo.

Me enamoré con dieciséis años de Javi, que tenía veinte (dichoso amor, ¿por qué me castigaste?), cuando sólo tenía alas en los pies y nubes en la cabeza; y toda mi ingenuidad adolescente me hizo acabar en sus brazos. Tanto fue así que a los seis meses ya vivíamos juntos, en una buhardilla alquilada, pequeña, pero no nos importaba, nos conformábamos con estar juntos a la vista de nadie. Tuve que trabajar en un bar nocturno para pagar el alquiler, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana, y a las ocho de la mañana, comenzaba a trabajar como limpiadora, hasta las cuatro de la tarde. Javier no encontraba empleo, hacía un mes trabajaba de obrero en la construcción de un edificio aquí, en Alcalá de Henares, pero le despidieron porque no había ido a trabajar durante tres días y los dos siguientes llegó completamente borracho. Ese día llegó a casa muy enfadado y apestaba a whisky, le pregunté que dónde había estado (yo lo sabía, era evidente, pero era mi manera de pedirle una explicación; él me había llamado hecho una fiera al trabajo diciéndome que fuera a llevarle el almuerzo, que iba a matarlo de hambre, y cuando llegué, no estaba, sus compañeros me dijeron que ya no trabajaba allí y me explicaron lo que había ocurrido. Me quedé de piedra, no sabía nada de eso, porque los tres días que se ausentó, se levantó igual, como si fuera a trabajar. Me sentía engañada y estaba furiosa, necesitábamos el dinero para pagar el alquiler, las facturas; teníamos que comer y él se comportaba como un crío), y él me dijo que me callara, que lo último que quería era escucharme, pero yo no podía, me quemaba el estómago, me ardía el corazón de saber que él se dedicaba a beber, a malgastar el que entonces era mi dinero en alcohol, mientras yo trabajaba dieciséis horas diarias por un sueldo mísero que apenas nos llegaba a fin de mes; y le grité, le dije que era un borracho, un golfo que no pensaba más que en sí mismo, al que no le importaba nada, y antes de que pudiera decir algo más, me plantó una bofetada en la cara, con tanta fuerza, que me golpeé contra un armario, y entonces, sorprendida, asustada y dolorida, caí al suelo, y Javier me miró con una cara muy extraña, como no me había mirado nunca; me miró con odio, con infinito odio, y me propinó varias patadas por todas partes, y justo antes de perder la conciencia, vi cómo escupía sobre mí todo ese odio que cargaba en su mirada materializado en saliva.

Al día siguiente, me desperté en el hospital. No había nadie. Esperaba ver a mi madre (aunque sabía que no la vería, el día que me fui de casa me dijo que había dejado de ser su hija y que no quería volver a verme nunca más; pero deseaba con todas mis fuerzas que estuviera allí), a Javi, que me pidiera perdón por lo que había hecho, que me dijera que todo iba a salir bien y que nunca más volvería a pasar esto porque jamás volvería a probar el alcohol. Pero allí no había nadie.

Al poco tiempo de despertar, llegó un médico, y me miró con absoluta seriedad.

-Buenos días, soy el doctor Belzunce, ¿cómo te encuentras?- dijo.

-Estoy bien, gracias, ¿cuándo podré irme?

El doctor me miró con fijeza, con la misma seriedad que le había acompañado al entrar.

-Primero tendrás que explicarme cómo te has hecho esto, ¿no te parece?- estaba claro que el doctor Belzunce adivinaba los golpes de la noche anterior entre todas mis contusiones y hematomas.

-¿Esto?, me caí por las escaleras mientras subía las bolsas de la compra, pesaban demasiado- mentí, y todavía no sé por qué lo hice; en aquellos momentos quería confesarlo todo, llorar en algún hombro y soltar toda mi pena. Me sentía muy sola.

El doctor Belzunce dibujó una sonrisa incrédula en su cara y me miró con ojos compasivos. Sabía tanto sin haberle dicho nada…

-Vaya, tu novio dijo que te habías caído de la moto cuando ibas a trabajar, ¿cómo es posible que estuvieras en dos sitios a la vez?-  Belzunce lo sabía, sabía que mentía y trataba de oír la verdad, y yo, acobardada y arrinconada, evitaba sus ojos y suspiraba, tratando de encontrar una salida a todo aquel asunto; tenía que ir a trabajar o perdería mi única fuente de ingresos, y las cosas no estaban como para permitirse el lujo de descansar.

-Oiga, doctor, tengo que ir a trabajar, no puedo seguir en el hospital o me echarán, haga el favor de darme el alta.

-Lo siento mucho, Dolores, pero aún no estás en condiciones de trabajar, te quedarás aquí un par de días más.

Me quedé petrificada, ¡no podía estar dos días más sin trabajar, lo perdería todo!

-Belzunce, por favor, no puede hacerme esto, voy a perder el trabajo y necesito el dinero, ¡tengo que pagar un alquiler!

Yo notaba cómo los nervios se escapaban de mi cuerpo y salían por mi boca. Las cosas iban de mal en peor.

Belzunce me miró serio y pensativo, y al cabo, dijo:

-Dolores, dime quién te ha pegado, ¿ha sido tu novio?

De repente, me di cuenta de que el doctor Belzunce llevaba toda la conversación tuteándome, y supuse que era su manera de entablar cierta confianza con sus pacientes, y que en aquellos momentos, lo que trataba con eso era conseguir cierto grado de complicidad e intimidad para invitarme a decir la verdad.

Me quedé callada, mirando las sábanas que cubrían mi cuerpo, y por unos segundos, traté de ver a través de ellas todo lo horrible que cubrían.

-Dolores, no podré ayudarte si no me dices nada. Puedo denunciarle, pero necesito que me cuentes la verdad.

Belzunce quería ayudarme de verdad, pero no sé si lo hacía por mí o por mantener su conciencia tranquila.

Al cabo de unos minutos, levanté la cabeza y le miré, seria y firme.

-Deme el alta, Belzunce y déjeme en paz, tengo cosas más importantes que hacer, no puedo estar aquí perdiendo el tiempo con usted- dije, a la vez que me arrepentía de pronunciar cada palabra que articulaba.

El doctor me miró como si acabara de traicionarle, y dijo:

-Se quedará dos días más, Dolores. Trate de descansar.

Era la primera vez en toda la conversación que Belzunce me trataba de “usted”, supongo que había perdido la paciencia  y ya no quiso seguir teniendo ningún tipo de vínculo conmigo.

Me quedé paralizada y no supe qué hacer ni qué decir, y entonces, perdí los nervios del todo y grité:

-¡Me iré Belzunce, no puede obligarme a que me quede!

Belzunce se dio media vuelta en su camino hacia la misma puerta por la que había entrado, y me miró, y muy serio (se entreveía en sus ojos un atisbo de crueldad) me dijo:

-No, no puedo, tiene usted razón, pero yo que usted haría caso- y salió de la habitación sin vacilar.

 

De nada sirvieron la mirada y la voz seria y dura del doctor, aquella misma noche estaba en mi pequeña buhardilla con Javi. Él fue quien, con su voz tierna y su mirada dulce, me sacó del hospital.

-Perdóname, Lola, sabes que yo nunca te haría daño, pero es que me pillaste en un mal momento, y ya sabes, cariño... no me gusta que me digan lo que tengo que hacer...No te preocupes, mi vida, no volverá a pasar porque sé que eres lista y no lo volverás a hacer, ¿verdad? Anda, vamos, te he traído ropa, tienes q salir de aquí o perderás tu trabajo.

Mientras me decía aquello, el alma se me hinchó de tanto amor, que no pude contenerlo todo dentro de mí y tuvo que salir parte de él en forma de lágrimas. Enseguida, abracé a Javi con todas mis fuerzas y me levanté, todavía dolorida, para vestirme. Le perdoné tanto y de tal manera que no me paré a pensar en lo estúpida que fue su excusa respecto a lo sucedido.

Aquella fue la primera vez que Javi me pegó, pero no la última. A partir de aquel momento, los golpes  y los insultos se hicieron más continuos y con los años se abrieron paso en las costumbres de cada día. Javi siempre conseguía hacerme creer que me los merecía con creces, en realidad, debía estarle agradecida por no abandonarme. Pero las cosas cambiaron cuando, hace dos meses, embarazada de tres; una  brutal paliza me provocó un aborto. Casualmente (o quizá fue premeditado), volví a ver al doctor Belzunce, a quien tengo que agradecerle que no me reprochara mi error; y me volvió a recordar que podía ayudarme si yo ponía de mi parte. Pero esta vez no ignoré sus palabras; podía soportar que Javi me pegara, que me insultara, que me tratara como el más molesto y repugnante insecto, pero no podía con el dolor de saber que le quitó la vida de un solo golpe a una criatura que todavía no sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, a un pequeño indicio de vida que, por primera vez en siete años, me hacía sonreír de vez en cuando. Sé que con esto que escribo puede que me esté condenando a mí misma a muerte,  pero si no es por mí, que lo sea por mi hijo, y por todas aquellas mujeres que como yo, rezan cada noche con el fin de que algún día se evaporen todas las sombras.

 

© Imagina

 

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