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28/1/2005

10. Ari, Mi amor de espinas
por Manon

Juan Carlos Calderón
Ari, mi amor de espinas

Qué curiosa estampa contemplo. Atardece frente a mí, a orillas del Adriático y al tiempo estoy tumbada en el hojaldre de sábanas de raso y tafetanes pomposos que componen mi lecho en París. Mi cuerpo suspende sobre el colchón, pálido como una Victoria de Samotracia. Sin pulso en mis venas, lívida, muerta. Acabo de abandonar un tráfago de soledades y melancolía por tu culpa, Ari. Qué grandísimo hijo de puta y qué amante abrasador. Hoy mi corazón ha dejado de latir pero hacía ya años que fingía una existencia hueca. Tuviste que pedirme aquello.
Cuando el hombre pequeño proyecta la sombra de un gigante lo mejor es huir. Pero yo me quedé a tu lado, incluso contra tu voluntad. Alfeñique, dueño de mi corazón. Cruel, frío como tus cuentas. Me abandonaste por aquella viuda americana que te daba el empaque de honorable, que no te amaba en absoluto y cuyo interés se basaba en los ceros de tu cuenta corriente. Ari. Tuviste que pedirme aquello. Nunca me lo perdoné…Aunque a ti, sí. A ti siempre. Sin merecerlo. Sé que te voy a encontrar detrás de esta tramoya anaranjada de un mar muerto a las cinco de la tarde ¿Con qué cumplido estúpido me recibirás?. Ari, hirviente y deseado Ari. Mi amor de espinas. No sé como me pude obcecar contigo, qué estulte sentimiento me ataba, me ata todavía a tu alma cancerosa, poderosa y enclenque a un tiempo. Sabes que tras de ti no hubo más satisfacciones carnales, tan sólo bruma. Sabes que me destrozaste y no recibí de ti ni un símbolo de conmiseración en el prólogo de mis tristes años . No está hecha la miel para la boca del asno. Pero yo amaba al asno…Y cuando el asno murió se esfumaron mis razones. Mi vida la vivía por ti. Y tuviste que pedirme aquello. Era el fruto de nuestro amor, Ari ¿A ti que más te daba?¿Acaso te aterraba saberte con otra heredera? Abandonarme fue humillante—Aparqué mi carrera para dártelo todo, lo dijeron durante muchos meses los periódicos en los que dejé de ser la gran diva para convertirme en una más de tus posesiones—pero ¡aquella demanda macabra y sádica…!El infierno no puede ser un lugar de fuego sino de hielo, como el gélido desamparo de los ancianos abandonados en mitad de la calle, como la ceguera injusta para aquellos que no son llamados a habitar entre nosotros porque alguien decide negarles el paso a este mundo. Era mi hija y yo la maté porque tú me lo pediste—me lo exigiste— con una autoridad fiera. Pero yo, aquella que todos tenían por diva, tigresa e intratable, te obedecí. Mi tendencia natural a la férrea disciplina, al estricto y obligado cumplimento de las normas me llevaron destruir, maldita sea, a un nonato indefenso. Nos convertimos en los personajes de una tragedia griega en pleno siglo XX. Nos creímos dioses. Pero no lo somos, no lo fuimos. Ceñíamos coronas de laureles pero siempre anduvimos descalzos. Siempre fuimos niños pobres. Y yo nunca me he acercado ni remotamente a la personalidad de Medea. Maté por ti, Ari. Al salir de aquella clínica dejé de ser para siempre esa mujer de acero inolvidable para convertirme en alguien vil. Tú no sabes cómo huele una sala blanca de azulejos en mitad de un bosque marsellés. No conoces el aroma a sangre y vida de nuestra hija. Esa vida que incluso tuvo el patético honor de hacerme compañía. Algo tuyo y mío. Carne de mi carne y de tu éxtasis. Yo me arrepentí en el acto de aquel arrebato de cólera y pasión ciega.
Entonces Dios, el auténtico Dios, no un engreído capitalista, me quitó el don. Las dádivas las recibe quien las merece. Yo hacía feliz a la gente. Ese era mi leitmotiv: transmitir sensaciones, convertirme en una heroína que con un estilo verista, sensual y moderno—decían los críticos— revolucionó el mundo de los divos y las divas de la ópera. Del puro fuego no se desprende sino calor, humanidad, complicidad y genio con sus virtudes y defectos. Pero romper una vida, nuestra vida, iba contra mi naturaleza Queridísimo Ari, malnacido Ari. Muerte de mi muerte. Hoy te veré de nuevo, después de tantos años.


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