- II Certamen de Narrativa Breve - Canal #Literatura del irc-hispano -

51. Tsunami

- por Hispalo el Tartesio

Todo fue tan rápido que no me dio ni tiempo a pensar. No hubo aviso previo, sólo un silencio sobrecogedor. Por un momento pareció como si el tiempo se hubiera parado. Los animales habían desaparecido, pero no, allí estaban, los veía huir entre los matorrales hacia el interior de la isla y de pronto me encontré sin saber cómo, en medio de un mar de barro, que me empujaba tierra adentro; con un esfuerzo saqué la cabeza y respiré con fruición aire mezclado con espuma. Todavía no me había recuperado, cuando el agua me arrastró en sentido inverso, me encontraba ya en el mar y a mi alrededor solamente había lodo y maleza.
Pese a que cada movimiento despertaba en mi cuerpo un sin fin de dolores; nadé hacía un árbol que flotaba a pocos metros de donde me hallaba, me encaramé en él y me tendí sobre sus hojas.
Ignoro el tiempo que transcurrió. Cuando pude pensar el sol estaba en su cenit y podía divisar la isla a gran distancia.
Lo primero que hice fue examinarme de arriba abajo y comprobar que no tenía ninguna herida importante. Solamente unas pocas rozaduras, conservaba parte del pantalón y de la chaqueta, en la que estaba la navaja multiusos y las barritas energéticas, el bote, el trozo de plástico la picoleta y lacantimplora. En la pierna estaba el cuchillo metido en su funda
Había salido aquella mañana para explorar unas ruinas de la isla, en la oficina de Información de la ciudad me habían informado que por allí había restos de una antigua civilización. Como ya había realizado alguna excursión de este tipo desde que me empezó a roer el gusanillo de la arqueología, me había provisto del equipamiento adecuado: pantalón, camisa, cazadora de tela impermeable con múltiples bolsillos cerrados con cremallera, una cantimplora con agua potable, unas barritas de alimento concentrado, una brújula, una navaja multiusos, un cuchillo metido en su funda y sujeto a la pierna, una picoleta para excavar, un bote de aluminio y un pedazo de plástico transparente.
Esto último lo había aprendido en un programa de TV, sobre supervivencia en terrenos desérticos, y ya lo había probado con aceptables resultados, el agua que proporcionaba el botecito metido en un hoyo excavado en la arena y cubierto con el plástico, al que se hacía un agujero en su centro, se podía beber.

Pese a la conmoción mi cerebro razonaba bastante bien, y estaba muy tranquilo lo que era muy extraño, pues no me tengo por valiente y el espectáculo que podía contemplar, no era para animar a nadie.
Estaba rodeado de multitud de ramas, algún que otro árbol, restos de casas y otros objetos flotantes, pero lo que sobrecogía más eran los múltiples cadáveres que me rodeaban, no sólo de animales, sino de hombres, mujeres y niños, con los que los tiburones, peces y gaviotas se estaban dando un verdadero festín.
Afortunadamente a lo lejos también vi a otras personas subidas en árboles, pero la corriente marina era tan fuerte que no pude ni intentar aproximarme; además aquellas aletas triangulares no animaban a nadar.
Traté de abstraerme de lo que me rodeaba e intentar averiguar lo que había pasado, para poder encontrar una solución que me permitiera salir de aquel atolladero.
Me encontraba en medio de la nada. Estaba rodeado de agua a unos dos kilómetros de la costa y la boca, todavía me sabía a sal de la que había tragado. ¿Cuál podía ser la causa?
¿Una explosión atómica? No se veía el característico hongo; ¿un OVNI? debía dejar de ver Expediente X, Fox y la pelirroja, me estaban comiendo el coco; sólo podía tratarse de una ola gigante, lo que por aquí llaman un Tsunami, producido por un movimiento telúrico fortísimo, pues las olas debían haber sido enormes, para llegar a tal distancia de la costa. Aunque el epicentro debía haber estado alejado, dado que no había sentido que la tierra se moviera.
Miré a mi alrededor: un palo, que flotaba en el agua a escasos metros llamó mi intención, podía servirme, no había ninguna aleta cercana, por lo que me atreví a meterme en el al agua para agarrarlo. No sabía por qué, pero algo en mi subconsciente me inducía a hacerlo.
Me ocupé a continuación del árbol en el que me encontraba: era una palmera cocotera, cuya copa ofrecía una buena protección, pues sus ramas llenas de hojas puntiagudas, no debían ser muy del agrado de aquellos pececitos, cuyas dientes divisaba demasiado cerca para mi gusto. Ya estaba saliendo a relucir mi humor negro lo que no era mal síntoma. Examiné la cantimplora y con alegría comprobé que estaba llena, tenía que racionar el agua, ésta y los cocos podían salvarme la vida, siempre que algún barco me rescatara a tiempo.
Fue entonces cuando lo oí. Era un gemido muy tenue que salía de unas maderas que flotaban junto a la palmera. Me acerqué y, ¡no me lo podía creer!, allí había un crío de unos dos años agarrado a ellas, ¿Cómo había logrado sostenerse allí? Era algo que no tenía explicación, me agaché y lo cogí, tenía los labios resecos, corté un pedazo de mi camisa y la mojé en el agua de la cantimplora para escurrirla entre sus labios. Se los lamió, abrió los ojos y balbuceó: ¿Dada? Teno hame.
Me quedé con la boca abierta; desde el accidente, ocurrido aquel fatídico día, que costó la vida a mi mujer y a mi hijo del que, aunque todos afirmaban que fue culpa del otro coche, yo me sentía interiormente responsable, pues era de los que afirmaban que un whisky ayudaba a conducir y entonces había tomado uno, como era mi costumbre cada vez que emprendía un viaje, huía de aquellos renacuajos rubios como de la peste; y ahora me encontraba con uno en medio del océano y sin tener ni idea de que darle. Si mi situación no era muy halagüeña que digamos, aquel crío venía a complicarla ¿Qué le daba de comer? Sólo podía pensar en una cosa y no sabía si le sentaría bien o mal, pero en fin, como si no lo hacía se acabaría muriendo de hambre, era lo mismo que probara con lo que tenía. Saqué una barrita energética y se la acerqué; el pequeñín la agarró con sus dos manecitas y se comió media. Eta güena, güa.
Caramba con el crío se había comido media ración de aquello, que decían que alimentaba a un hombre adulto dos días y se había quedado tan pancho; encima pedía más agua, se había creído que era su niñera. Cogí el trapo lo empapé bien y se lo escurrí en la boca, me miró con sus grandes ojos azules, bien abiertos y dijo: Ma, se la di, que iba a hacer, al poco estaba durmiendo como si se encontrara en una mullida cama.
Tuve que reconsiderar mi situación, había contado con los barritas para mantenerme vivo, pero aquel angelito no pensaba igual; tenía que buscarme otra cosa que calmase los retortijones de mi estómago. Mis ojos se fijaron en los cocos, cogí uno, le pegué un golpe con la picoleta y solté un taco, me había olvidado de que éstos, contenían una sustancia azucarada que podía suplir al agua. Bebí la poca que había quedado y mastiqué lentamente aquella pulpa blanca, no estaba mala y calmaba el hambre, tampoco moriría por ello, si nos encontraban, pues la corriente nos alejaba cada vez más de la isla.
El sol estaba a punto de ponerse, hice con mi camisa una especie de cuerda y até como pude al crío, luego me acomodé a su lado y me dormí como un bendito.
Me despertó una manita que me tiraba del pelo y una vocecita que decía: Dada, caca y pis.
Le quité lo poco que quedaba de sus pantalones y lo saqué por encima del tronco. Tras terminar él, y limpiarle el culito con un poco de agua, me di cuenta de que mi cuerpo exigía atención.
Una vez hube terminado, el pequeño me volvió a mirar con aquella cara que ponía cuando quería algo y volvió a reclamar su alimento. ¿Es que sólo sabes pedir? – chillé, pues mis nervios ya se estaban resintiendo de la experiencia sufrida y la adrenalina que me había sostenido hasta entonces, empezaba a desaparecer.
El bebé, pues era poco más que eso, no dijo nada, pero un enorme lagrimón empezó a correr por sus mejillas.
Le di un poco de coco machacado y agua: se rió. Lo examiné de arriba abajo, salvo algunas pequeñas cortaduras no tenía nada roto, esto me hizo recodar lo poco que sabía de crios, pues era lo primero que debía haber hecho. En el cuello le colgaba una medalla con un nombre, John.
Bien John –me dije - parece que vamos a tener que vivir un tiempo juntos, lo primero será procurar que el sol no te queme. Levanté una especie de cobertizo con las ramas de la palmera y lo coloqué dentro, enseguida se durmió y muy a mi pesar, pues no quería encariñarme con nadie y menos con un niño, me lo quedé mirando largo rato. Era muy guapo, rubio, de ojos azules y piel tostada por el sol y estaba muy bien cuidado. Examiné la medalla, pero sólo tenía el nombre y una fecha 25/12/ 2.002.
Recordé una novela escrita por un francés en la que los personajes se veían obligados a vivir en un árbol, a causa de una inundación, y examiné más detenidamente en el que me encontraba. Tenía unos cincuenta cocos y para mi suerte una especie de maraña de fibras que había caído al mar y hacia las veces de red en la que ya se habían enganchado algunos pececillos que me apresuré a coger; me había acostumbrado a tomar sushi, y corté uno de los pescaditos que calmó mi hambre, tras beber un traguito de agua de coco, caí en la cuenta de que no había vuelto a acordarme desde que encontré al pequeño, de lo penoso de la situación, siempre había estado ocupado en cuidarle y me había olvidado de todo lo demás. Me estaba ablandando y me preocupaba más de él que de mí.
Me acordé del truco de supervivencia que había funcionado en la arena y antes de que la palmera se empapara de agua salada, pensé en que podía servir allí. Con el cuchillo hice un agujero en la madera y enseguida salió savia que chupe ansiosamente, no era agua pero me serviría como tal, cuando dejó de salir, metí el vasito en el hueco y lo tapé con el plástico, hice el agujerito y hundí un poco el centro.
Como no tenía nada que hacer me guarecí del sol junto al niño y me pasé el día, mirándolo y atendiendo sus necesidades.
No sé cuanto tiempo que estuve allí, sólo me ocupaba del crió. Tiempo después, nos atacó un tiburón, conseguí pegarle un porrazo con el palo en las narices y salió de pira, pero no sin que pudiera evitar que cogiera al niño entre sus fauces, en un desesperado intento alargué los brazos…
Sobresaltado me incorporé del sofá, estaba siendo sacudido por mi nieto que me tiraba del pelo y que chillaba: Belo, quedo paseo. Me había dormido y en la Tele daban en aquel momento una noticia de última hora, un terremoto de 9 grados en la escala de Richter, había causado una serie de olas gigantes en el Golfo de Bengala, las víctimas se contaban por miles.


Texto obtenido de www.canal-literatura.com/certamen

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