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2/3/2005

106. Mi vida sin Angela
por Amado Beltrán

Habían pasado tan solo un par de horas desde que diera comienzo la frenética actividad diaria con su consecuente atropello, y ya las brumas de la cotidianidad mañanera se cernían sobre mí oprimiendo mi desazón y transformándose en un escollo prácticamente insalvable al que debería hacer frente nuevamente mi indolencia. Y una vez más, esta maldición que supone el espejo para una autoestima renqueante, como en un eterno retorno a lo absurdo me devolvía la imagen de un rostro prematuramente envejecido y aferrado a su fracaso, o lo que es aun peor, la imagen de un mal escritor, un escritor que no escribía desde que Ángela se fue.
Ángela ni siquiera cerró la puerta al marcharse, no pronunció una palabra, no dejó una nota, tampoco lanzó una última mirada a nuestro cuarto antes de subir al taxi. Ángela se llevó la alegría, el sonido, el olor a café, se llevó -el buenos días- bajo las sabanas con una erección, la complicidad de los objetos… Me dejó a cambio envuelto en los acordes de un silencio húmedo, con la autosatisfacción como única arma contra el tedio, entendida en el sentido meramente físico. Pero de todo se cansa el hombre, incluso estando encantado de haberse conocido. Cómo no iba a nacer entonces, como cualquier otro estigma este mal carácter que me acompaña dentro de una dependencia placentera que me hiere y me reconforta. Había terminado por asumir una actitud esencialmente pesimista que alimentaba aquel fastidioso nihilismo que dominaba por entonces mi microespacio. Mis deseos se perdían dentro de su abstracción y desautorizaban aquel instinto de autodestrucción que me espoleaba, aunque por otra parte, no deja de ser cierto que durante aquellas últimas semanas, antes de encontrarme por primera vez con este alter ego que me desconcierta, me había deleitado en mi rol de enfand terrible como se regocija un niño que se recrea con un juguete que por ser extraño en sus formas solo él comprende, y con el cual solo él es capaz de jugar. No es extraño pues que Ángela al subir al taxi, no lanzara una última mirada hacia nuestra habitación.
Con estos antecedentes y sin ser realmente consciente de la antesala en la que me encontraba decidí aceptar nuevamente mi situación anímica de buen grado, como cada mañana de cada día, y tras un nuevo y breve análisis envuelto en perífrasis en torno a mi fracaso llamémoslo existencial, decidí zambullirme en mi venerado papel de figurante dentro del film urbano y desdibujado que parecía querer representar el acontecer diario de ese nebuloso cubo de Rubik que componíamos todas aquellas numerosas e insignificantes existencias padecedoras de los sopores de la convivencia, en una ciudad que pareciera haber descubierto por momentos la despersonalización del color.
- ¡Bienvenido a “Ciudad gris”!- Y una nueva mañana aquella frase carente de un significado que la sustentase acudió a mis labios con el humo prematuro del primer cigarrillo. En los edificios grises sus pequeñas hormigas grises escondían y adicionaban recelosas la cuantía de sus tesoros de girasol mientras en el exterior se agolpaban avanzando con paso devastador en busca de una funda de caramelo que diera sentido a sus vidas. El aire gris, el cielo gris, los árboles grises, la hierba, la conversación y la desidia tal vez de un gris aun más oscuro, todos los elementos que formaban “Ciudad gris” se aunaban y superponían con la finalidad de hacerme sentir como una impertinente mancha de color en la solapa de una ciudad indolente, carente de sentido de la estética.
Ángela me acusaba de haber sustituido la ética por la estética, y el buen gusto por el whisky en oferta, lo que me reduciría supongo a ser la nada más absoluta. He de reconocer que cuando Ángela se marchó con su cuadro de Ginés Vicente bajo el brazo, sentí algo parecido a un deleite producto de la ausencia, no sabría muy bien como explicarlo, es como si por primera vez en mucho tiempo me sintiera libre, pero a la vez es como si me angustiara el cambio, la inmediata incertidumbre, como si de pronto me asustara la soledad después de vivir tanto tiempo solo antes de Ángela. Tal vez por eso cada mañana repito este ritual en el que me mezclo entre el deambular diario de las gentes, para sentirme arropado tal vez, para ser uno más, para compartir algo, aunque solo fuese aquella aparente satisfacción que parecía producir en los viandantes el gris cordura de sus calles entregadas al vació de la razón o a la sinrazón de su automatismo.
Mientras andaba exaltado por este extraño sentimiento de marginalidad, una sensación torrencial y liberadora impacto de lleno contra mí, un remanso de cordura incívica que capté antes de que tuviera la conciencia de la visión de aquel hombre desaliñado, de baja estatura y complexión delgada, de pelo largo, recio y enredado, de un castaño más claro que su abundante barba, vestía chaquetón gris, del mismo gris que la ciudad, que en otro tiempo pudo llegar a ser de cualquier otro color insospechado, camisa a cuadros y un pantalón que tenía una tenue tonalidad roja. Tumbado junto a él, un perro pequeño y terriblemente feo lo observaba con los ojos llenos de ternura, me detuve junto a ellos imantado por la entelequia de la escena, y cuando aquel hombre extendía la mano, su perro, imperturbable ante la cotidianeidad de aquella escena me miraba con los ojos llenos de odio. Y sentí que tenía razón aquel hijo de perra descarado, en realidad la culpa era mía. Puse un par de monedas en su mano y le di las gracias obteniendo como respuesta una sonrisa desdentada, pero ese maldito perro seguía observándome con su mirada sentenciosa, y seguía teniendo razón, aquel había sido un coste irrisorio teniendo en cuenta que era el precio que pagaba por acallar los gritos de mi conciencia.
Mientras continuaba mi trayecto de vuelta a casa no dejaba de asaltarme una duda. ¿Por qué aquella escena me había producido un efecto de desasosiego tan grande? ¿Cuál era la causa? Como casi todos los habitantes de esta ciudad estaba acostumbrado a encontrarme diariamente con este tipo de personajes, por lo que me había inmunizado contra los requiebros que vertían sobre mi conciencia social. Causa-efecto, causa-efecto, causa-efecto, causa-efecto. Estos dos términos asociados se repetían en mi cerebro con insistencia. El efecto estaba claro, ¿pero cual era la causa?
Al llegar a casa abrí la nevera, saqué un par de cervezas, cogí el cenicero que había sobre la mesa, me senté en el suelo apoyado en el lateral de la cama y comencé a ver viejas fotografías en las que aparecíamos Ángela y yo. Fotografías que de haberlas visto tanto habían perdido ya su misión rememorativa. Es más, ni siquiera era capaz de identificarme con el personaje retratado. Podía identificar perfectamente los gestos de Ángela, pero a su vez era incapaz de leer en su rostro. Es una sensación parecida a la podríamos experimentar si alguien nos robara nuestro pasado agitando todas las imágenes y mezclándolas entre sí hasta formar algo parecido a una memoria cubista. A lo que tendríamos que añadir el agravante de la desidia, o la falta de apego hacia esos recuerdos.
No tardé en intuir que estaba abriendo una ventana en mi mente que había permanecido cerrada por culpa de este victimismo tan español en el que estaba sumido y que no me permitía ver más allá del hecho de haber sido abandonado por Ángela sin volver la vista atrás hacía nuestra habitación. ¿Pero realmente me encontraba mal? Era obvio que sí. Por otro lado, ¿cuándo he dejado yo de sentirme mal? ¿Tenía añoranza de Ángela? Posiblemente sí, pero por el simple hecho de que me había acostumbrado a su presencia, de la misma forma que ahora comenzaba a acostumbrarme a su ausencia.
Me di cuenta de que mientras estaba inmerso en estas cuestiones, instintivamente me había parado a observar una fotografía en la que Ángela parecía leer con atención un manuscrito de una novela que escribí hace algún tiempo, mientras yo, al fondo, estaba sentado en el suelo bebiendo de una botella de whisky. Esta imagen no me hubiera llamado especialmente la atención de no ser porque al comprobar detenidamente la fotografía descubrí que en realidad Ángela estaba mirando a la ventana, estaba pendiente de lo que sucedía en la calle mientras mantenía aquella pose seudo intelectual. Inmediatamente volvió a mí la imagen del mendigo con su perro y de repente lo comprendí todo. Esa imagen me había llamado la atención hasta el punto de hacerme sentir culpable porque era la viva representación de la relación que Ángela y yo habíamos mantenido durante aquellos cinco años. Aquel mendigo, como tantos otros en esta ciudad, pertenecía a una de esas bandas organizadas que se dedican a vaciar las carteras de los transeúntes apelando a su humanidad. La imagen, perfectamente construida, era falsa, pero aun así el perro tenía una mirada triste, creía en aquella escena, le daba veracidad. De la misma forma, Ángela, consciente de la falsedad de sus sentimientos, de nuestra relación, percibió de alguna manera que ésta necesitaba de la autenticidad que aportaba mi ingenuidad. Y cuando mi ingenuidad se transformó en extravagancia me abandonó, me abandonó como abandonarán a aquel perro pequeño y terriblemente feo. Y lo cierto es que me alegro de que lo hiciera sin volver la vista atrás.


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