
Entró al supermercado, como otros sábados, ya avanzada la tarde, y respiró con placer el fresco aire climatizado que la envolvió desde su ingreso al gigantesco edificio.
Habían pasado tan solo un par de horas desde que diera comienzo la frenética actividad diaria con su consecuente atropello
Y el verbo se hizo carne
y vivió entre nosotros
Juan 1:14
El caballero sufría el agobio del sol de julio que, avanzada la mañana, se aproximaba al cenit. Cabalgaba en silencio por la árida meseta, sumido en pensamientos vagarosos.
¡No vayas a esa entrega de premios, Carmen! ¡No vayas! Te lo ruego.
Como era habitual, Raúl Valle se disponía a consultar las ediciones digitales de los diarios como preámbulo de su actividad diaria.
-Ya sabes. Tres noches seguidas como máximo. Una cama limpia, dos comidas calientes. No se puede más.
Domingo por la tarde. Ella sentada en su sillón favorito, un gran sillón orejero que permanece paciente
“Qué difícil y qué confuso es esto del vivir. Qué batalla más áspera, más dispersa y más absurda”. El hombre triste filosofa mientras pasea al perro, el sábado, a primera hora de la mañana.
No estaba satisfecho. Eran muchas las horas que estaba dedicando a ensayar aquel nocturno. Conocía la partitura perfectamente, podría decirse que técnicamente dominaba la obra.
No le quedan hijos vivos y, de tanto llorar, sus ojos son de perra callejera, miran por descuido, se estrellan por insomnio permanente…