II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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17/2/2005

42.Historia de ¡oh!

El ruido de sus tacones chocando contra la acera, rítmicos y suaves, sonaban al compás del que no tiene prisa. Se recreaba en sus pensamientos mientras caminaba. Su cabeza, aún retenía la imagen de la pasión desatada en casa de su expareja. Había ido a recoger ropa y sin saber quién, ni cómo empezó, se encontraron en un beso a mitad pasillo, lo arrastraron hasta el salón, empezando a desvestirse a empujones, mientras danzaban hacia el dormitorio. Llegaron a la cama a tientas, lanzándose como si de una piscina se tratara. Entre besos llenos de saliva, de aliento, de labios y lengua. Sacaron toda la pasión que sentían el uno por el otro. Pasión que, por otro lado, les llevaba al laberinto sin salida de su incompatibilidad de caracteres que habían descuebierto unos siete meses atrás, pero hacía tan sólo un mes que habían decidido separarse.
La eyaculación de él, les devolvió a la realidad. Ella no llegó al orgasmo por poco, pero al entender que aquello era el quiero y no puedo, se detuvo. Se volvieron a vestir incomodados, tensos, sin saber qué decir por aquella falta de control. En silencio, y seguida por la mirada de él, ella fue recogiendo ropa de algunos de los cajones y metiéndola en una gran bolsa de papel. Cuando terminó, ambos se dirigieron a la puerta, se dieron dos besos y al separarse ella le dijo: “Ésto no puede seguir pasando”. Él bajo los ojos en un gesto de resignación y cerró la puerta demostrando cierto enfado al hacerlo con más fuerza de lo normal.

Caminando por la calle, pensaba que tenía que acabar con aquellas explosiones de pasión. Aún así, seguía excitada, se le había quedado el orgasmo atravesado y provocaba la continua evocación de la escena recién ocurrida. Ante aquel cúmulo de emociones, la lógica reaccionó expulsando al orgasmo, que cayó al suelo.
El orgasmo, que a partir de ahora vamos a identificar con el nombre de ¡Oh!, al verse arrojado del cuerpo y tirado en el suelo, se levantó y empezó a mirar curioso, todo lo que tenía alrededor. Una muchedumbre iba y venía abarrotando la acera. Nadie se fijaba en él, ni siquiera tenían tiempo para sentirle. Saltando entre aquel bosque de piernas, logró salir de la acera y se metió en un pipi-can.

Allí se encontró con un caniche, que con algo de nerviosismo, olisqueaba los rastros de los congéneres que habían pasado por allí. En cuanto sintió la presencia de ¡Oh! empezó a moverse con mayor ansiedad. Cerca del pipi-can había una señora de unos cincuenta y cinco años. Llevaba un traje-chaqueta blanco de gran resistencia, probada al aguantar la gran cantidad de carne magra que tenía la doña. Era impresionante ver como aquella mujer conseguía sostenerse sobre un par de zapatos, que aunque no eran de aguja, tenían tacones de considerable altura.
¡Oh! había empezado a jugar con el perrito, que no paraba de correr de un lado a otro del pipi-can y le fastidió ver como aquella enlacada y estirada señora lo llamaba con un nombre tan ridículo para un perro, como Ramón. Ramón respondió corriendo hacia ella, moviendo aquella bolita de pelo que tenía como rabo. La sorpresa para la señora, fue ver como Ramón saltaba sobre su pantorrilla derecha y se enganchaba como una ventosa con sus cuatro patitas. Ante los obscenos movimiento del perrito hacia arriba y hacia abajo. La robusta señora empezó a realizar una especie de danza saltarina entre la jota y el hip hop, mientras gritaba: ¡Qué haces Ramón! ¡Suéltame! ¡Sit! ¡Ramón, sit!. Entre tanto salto la mujer perdió el equilibrio y, atravesando la puerta del pipi-can, cayó sobre su manchada y marcada tierra. Varias personas acudieron en ayuda de aquella croqueta con moldeado, mientras Ramón y ¡Oh! huían, uno detrás de una chiguagua que había olido y el otro hacia la boca de metro, que le dio cierta sensación de seguridad.

¡Oh! bajó las escaleras y se encontró con un largo pasillo únicamente interrumpido por las taquillas. Se acercó hasta ellas y vio una puerta entornada, tras la cual había una taquillera que con cara de aburrida, sólo reaccionaba cuando le decían; un sencillo. A lo que respondía apretando el botón para sacar el billete y devolviendo el cambio.
A ¡Oh! le pareció divertido lo que para aquella mujer era una terrible rutina, y se acercó asomándose sobre el mostrador de billetes e intentó tocar el botón. La taquillera no entendió que le empezó a pasar cuando apretó aquel botón y la recorrió una especie de cálido hormigueo desde el pubis hasta la nuca. Tampoco lo entendió el viajero que le había pedido un sencillo y vio como la taquillera sacó un billete junto con una especie de gritito y una expresión de sorpresa. Más extraño fue cuando volvió a sacar otro billete aumentando el volumen de lo que parecía un gemido y trocando la expresión de sorpresa por la de sonrisa asombrada. Los billetes empezaron a salir uno detrás de otro, como si de una máquina tragaperras se tratara. Los gritos se oían en todo el pasillo y la expresión de la taquillera ya no se veía, porque se había arqueado sobre su silla con ruedas y gritaba hacia el techo. La mano siempre puesta sobre el botón de despachar billetes.
El cristal de la taquilla parecía un escaparate lleno de personas. Entre ellas, dos guardias de seguridad que entraron e intentaron sujetar a la expendedora de billetes. A ¡Oh! no le gustó el trato que le estaban dando los vigilantes a la taquillera para intentar frenar aquella locura y le pisó un pie a uno. El hombre reaccionó girando la silla de la mujer e intentando borrarle los labios con los suyos por las ganas y pasión con que la besaba.
¡Oh! se abrió paso entre la muchedumbre, justo cuando el guardia se despojaba de sus esposas y su porra, y la taquillera se abría la blusa. No entendió porque alguno gritaba; ¡Oeoeoeoeh!, pero huyó por el pasillo y bajó por las escaleras hasta el andén. En él estaba el metro parado y con las puertas abiertas, por lo que ¡Oh! se coló en el primer vagón. Las puertas se cerraron y el metro reanudó su marcha.

El vagón estaba lleno, aunque no se oía ni una conversación.Lo único que destacaba era una pareja de chavales que se comían a besos, entre tanta presencia ausente dejándose mover por el rítmico vaivén del tren. En frente, tenían lo que parecía un matrimonio de unos 60 años, que miraba a los chicos con bastante desagrado y desaprobación. Aquella expresión no le gustó a ¡Oh! e intentó acercarse al matrimonio de ancianos procurando conservar el equilibrio. Se abrió paso entre piernas, empujando sin que le notasen demasiado, iba apoyándose en quien podía, hasta llegar a su objetivo. Una vez allí agarró las manos del matrimonio de ancianos y esperó la reacción.
Los chicos pararon sorprendidos al ver como la pareja de ancianos parecía imitarlos, pero enseguida continuaron con su ocupación. Aquello se había convertido en una competición.
Sol-Callao-Plaza de España. Los viajeros que esperaban en la estación se extrañaron al ver llegar el metro con los cristales empañados de uno de sus vagones. Y más se sorprendieron cuando al abrirse las puertas, el vagón escupió alguna pareja besándose, tropezándose y cayendo juntos al suelo, pero sin soltarse ni un momento.
Entre los viajeros de la estación estaba yo. Alcancé a ver un poco el interior de aquel vagón. Aquello parecía una bacanal. Jovencitos con maduritas, solteras con casados, hombres con hombres, mujeres con mujeres con hombres y albañiles con ejecutivos, amas de casa con turistas japoneses, el diseñador de turno con la filóloga bohemia y un torero con cantante de coplas. Entre todo aquel jaleo, sentí salir a ¡Oh!. Lo atrapé al vuelo y me lo llevé a casa metido en mi cabeza.

Esta es la historia que me contó ¡Oh! aquella noche. Le reconocí entonces. Dejé que se quedase a dormir en la cama que le vio nacer. Utilizó mi mano para jugar un rato y desapareció en uno de mis suspiros.