II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
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17/2/2005

41. La prometida

Aquel conservador diario de provincias se sentía especialmente orgulloso de atesorar entre sus páginas el mayor número de anuncios mortuorios de toda la región y ello hasta el punto de que podía asegurarse con relativa propiedad que quien no figurase entre aquellas macabras páginas no había llegado a fallecer efectivamente. Esa mañana, sus lectores volvieron a leer asombrados, por cuarto año consecutivo, aquella esquela de una ternura escabrosa que parecía dar cuenta de un amor desmesurado y posiblemente enfermo: Tras la cruz y el título (“Cuarto aniversario”), el nombre de un varón al que se le reconocía cariñosamente por su apodo, un alias que desprestigiaba los relumbrantes apellidos que le seguían: Curro Alvear de Bracamonte. A continuación se recordaba el trágico suceso: “falleció el día 24 de diciembre de 2000”. A modo de colofón, y tras las protocolarias siglas “DEP”, aparecía la siguiente leyenda: “Siempre estarás en mi corazón. Tu prometida, Patricia Miranda”.

Patricia y Curro tenían previsto casarse uno de esos días de la nueva Navidad que se avecinaba tras un fatigoso noviazgo poblado de amor, caricias y besos, aunque también lacerado por una gravosa castidad, poca veces quebrantada, que seguía exigiendo con rigor una sociedad provinciana, diligente vigía de la virtud ajena. Faltaba poco para la ceremonia y los novios tenían que alternar los últimos preparativos de la boda próxima con las numerosas comidas, cenas y festejos propios de esas vísperas.

El día previo a la catástrofe, Patricia había asistido —como puntualmente había venido haciendo desde que finalizó la carrera— a esa cena que las compañeras más entusiastas del curso habían prometido celebrar cada año para felicitarse las navidades. Tras la cena, las copas, las risas aún adolescentes y por eso también aún mágicas, el frenético bailoteo en el centro de la pista, enloquecidas por la música caribeña y las luces, y por eso algún que otro discreto coqueteo colectivo con esos muchachos de buen ver (niños bien engominados) que acechaban en la barra observando la mercancía con profesionalidad, ya perennes habitantes de aquel antro, siempre dispuestos a la captura de cualquier hembra que se pusiese a tiro; pero todo por pura diversión y por eso la locura y aquellas risas desaforadas y gratuitas; y también, al final, ya derrengadas, las confidencias más íntimas, trasegándose entre ellas los últimos chismes: algún inesperado embarazo que forzaba una boda de urgencia, ciertas aventuras que no pasaban de eso, pero también, cómo no, la escandalosa clausura de un consolidado noviazgo.

Aquella noche Patricia y Marta fueron despidiendo una a una a las restantes miembros del grupo, ya vencidas por el cansancio o por el sueño, hasta quedarse solas; Marta y Patricia, ya íntimas desde el colegio, desde tan pequeñas que ni recordaban; pidieron más whiskies con seven up, sentadas en aquel apartado sofá, mientras fumaban y bebían, charlando ya ebrias, disparatadas, tan disparatadamente locuaces, tan niñas de nuevo; y fumaban sin parar y los ojos enrojecidos, y más whiskies con seven up, y otra copa más, y otra, y así hasta que casi las sorprende allí el amanecer, aún de parloteo, asombradas, destrozadas, todo tan increíble.

A la mañana siguiente de esa fiesta levemente crapulosa aunque intensa, Patricia despertó tarde y, aún somnolienta, se encontró envuelta en una nebulosa de imágenes y palabras, abrumada por algo que no alcanzaba a entender del todo. Sabía que Curro tenía ese día almuerzo navideño con sus compañeros de empresa. Hizo una llamada que no admitía demora y luego pulsó el número de móvil de su novio para quedar con él tras esa comida y pasar juntos el resto de la tarde antes de marchar cada uno a sus respectivas cenas familiares de nochebuena. Esa mañana se vistió morosamente, como si ejecutase un rito prohibido: rebuscó en el ajuar hasta encontrar ese escueto conjunto de ropa interior que había escogido minuciosamente para enloquecer de deseo a su marido la misma noche de bodas; buceó en su desordenado armario hasta encontrar una falda brevísima, de pana celeste, que permitía mostrar en todo su esplendor unas piernas que sabía legendarias. Una ceñida blusa blanca de seda completaría ese conjuntito al mismo tiempo cándido y provocativo. Finalmente, se deleitó vistiendo lentamente sus piernas con unas sugestivas medias a juego con la faldita. Patricia había amanecido aquella mañana con una vehemente, casi irracional necesidad de arrancar esa tarde en su novio un deseo desmesurado y brutal.

Poco antes de la una del mediodía se despidió de su madre con un beso volado. Antes de cerrar la puerta le gritó desde el hall que no la esperasen para comer, que tenía compras que hacer y que ya regresaría de noche para la cena. Al ingresar en el pequeño Golf, repasó una vez más su frondoso cabello negro en el espejo retrovisor, miró en su cartera para memorizar una vez más, antes de hacerlo trizas, ese papelito doblado que contenía una dirección anotada apresuradamente y un improvisado plano a vuela pluma. Desconectó el móvil y puso en marcha el motor del coche.

Había quedado con Curro a las seis en aquel bar de copas que venían frecuentando desde el comienzo de su noviazgo, para cinco años iba ya. Aquel rincón apartado y casi siempre solitario de la planta de arriba de Richeliau había sido testigo de largas y numerosas tardes de besos dulces y de magreos ardorosos cuando la castidad sucumbía ante la excitación y el deseo. Esa tarde hubo de esperarle durante largo rato. Llegó muy borracho, exhalando un oscuro hedor a alcohol corrompido. Ella le miró risueña, incluso con una extraña ternura que no se compadecía con el enojo que siempre le solía venir cuando contemplaba a su novio en tan lamentable estado de embriaguez. Curro escupía una mirada opaca, turbia; y se le derrumbaban las palabras a poco de pronunciarlas; pero aún así miraba a esa provocativa mujer que tenía delante con una codicia exagerada y atroz. Nada más sentarse se abalanzó sobre ella para besarla con una ferocidad insensata. Pero Patricia se lo impidió, apartándolo suavemente y lanzándole unas palabras ambiguas aunque prometedoras:
—Más tarde, Curro, espera un poco; más tarde te daré mucho más de lo que deseas.
Una vez que Ricardo (el viejo camarero de siempre) desapareció de la sala tras servir las primeras consumiciones, Patricia miró a su novio con una complicidad misteriosa. Le hablaba pausadamente, cada palabra parecía un guiño: se había enterado de todo, esa ciudad al fin y al cabo era un pueblo y tarde o temprano se habría tenido que enterar. Con una dulzura insospechada, le reprochaba que se lo hubiese ocultado durante tanto tiempo. Ella siempre lo hubiera entendido porque en realidad carecía de importancia: ella misma había llegado a saber que, tomadas con moderación, esas pastillitas volvían fogoso al más apocado de los hombres, y qué otra cosa podía querer yo, Curro, con lo que yo te deseo, cariño, con lo que disfruto contigo, mi cielo, con el placer que me viene cuando te siento tan hombre, amor mío.

Ella misma se había ocupado de comprarle unas cápsulas para esa misma tarde —le iba diciendo a su novio mientras sacaba del bolso el paquetito de papel de plata y desparramaba las pastillitas sobre la mesa—, quería hacer el amor con él allí mismo, en ese discreto y solitario saloncito, si se daban prisa podían hacerlo sin riesgo de ser sorprendidos, a esa hora nadie subiría y llegado el caso podrían disimular, ella sabía. Mientras Patricia bajaba a la barra para servir ella misma dos nuevos whiskies, Curro, excitado ya con las sorprendentes palabras de su encelada novia, normalmente tan templada y prudente, se había dispuesto a ingerir dos de esas pastillas que brillaban azules sobre el tablero.

A su regreso, Patricia le miró provocadora, desafiante, mientras Curro disparaba su mirada lela de borracho terminal sobre el apetitoso cuerpo que esa tarde le ofrecía con generosidad su novia. Cuando se sentó sobre él a horcajadas para galoparlo, enfebrecida de deseo, poseída de una excitación descomunal, comenzó a besarle con saña, con una furia inusitada, contoneando su cuerpo entero y dejando que él le atrapara con violencia las nalgas, los muslos, los pezones, más excitado Curro que nunca, desenfrenado, fuera de sí. Y así siguieron, frenéticos, fornicando sin reparo en esa soledad prodigiosa y amable. Se agitaban escandalosamente, se detenían, volvían a besarse, de vez en vez tomaban un sorbo de whisky, y entre sorbo y sorbo, Curro ingería una nueva pastillita confiando en poder alcanzar la potencia que el alcohol le había arrebatado para colmar así su exagerada rijosidad.

Y todo hasta ese instante en que a Curro se le descuadró la mirada, que se le volvió absurda, casi blanquecina, su rostro se fue amoratando, amagó a duras penas una especie de grito, exhaló una especie de suspiro maloliente y amargo, desplomándose finalmente sobre su novia como una marioneta tronchada por manos inexpertas. Patricia se desenganchó cuidadosamente de él tras ese coito inconcluso, recogió su bolso y bajó las escaleras. Antes de salir del local, se dirigió al camarero:

—Estaba muy borracho. Se ha quedado durmiendo la mona, ya sabes, Ricardo, ya lo conoces. ¡Feliz Navidad¡ —dijo Patricia a modo de despedida derramando su mejor sonrisa, su más luminosa mirada.

Aquella otra mañana, ya era el día de Navidad, Patricia fue despertando lentamente con una morosidad extraña en ella, y todavía en la vaporosa duermevela ni siquiera sintió sobresalto cuando escuchó fuera de su dormitorio lejanos timbres de teléfonos que se repetían una y otra vez, voces alarmadas y gritos que se quedaban luego en susurros, llantos apenas contenidos y frases apenas inteligibles pero que proclamaban sin duda una inmensa tragedia.

Ajena a ese lúgubre ajetreo, Patricia se acurrucó entre las sábanas buscando recuerdos cuando en realidad eran ellos los que venían a buscarla: esos coros de hombres alrededor de fogatas clavándole en las piernas y en los pechos sus obscenas miradas, su peligroso deambular la tarde anterior por ese barrio de chabolas infecto de maleantes en busca de esas pastillas —Ketamina— cuyos mortales efectos estaban asegurados si se combinaban con una importante ingesta de alcohol, eso que hacía poco había leído en alguna revista de mujeres, a lo mejor Cosmopolitan.

Y sobre todo, Patricia regresaba una y otra vez a esas sangrientas palabras de Marta la noche de la cena con las compañeras de curso; su lacerante confesión y más tarde su ya inútil lamento, esas inservibles explicaciones, ese perdón que inútilmente suplicaba una y otra vez entre tristura y llantos (“ya hace tiempo que todo ha acabado, Patricia, de verdad, debes de creerme” —le había asegurado aquella noche Marta a su amiga entre lágrimas—). Lo recordaba todo, casi palabra a palabra por insoportables que le siguieran resultando: ese casual encuentro en los chats de Internet, cuando Curro y Marta aún desconocían sus verdaderas identidades, el coqueteo inicial noche tras noche una vez que él dejaba a su novia en casa, y luego esa atracción irresistible que fue creciendo imparable cuando aún ni siquiera habían cruzado sus fotos.

Y más tarde, ese sorprendente descubrimiento mutuo, cuando ya era mucho el morbo como para poder parar ese dulce juego, esa pasión indomable que va ocupando el pensamiento de ambos, y por eso los inevitables encuentros furtivos entre semana, a horas insospechadas, en aquellos hoteluchos de mala muerte de las afueras, guardar a todo trance las apariencias cuando se encontraban los tres, y mientras tanto Patricia derramando su nube de sueños, de traje de boda y de flores, de hogar, de hijos, ese futuro rebosante de ilusiones, entusiasmada con todo eso, feliz porque lo ignoraba todo, ajena a unas miradas perversas y cómplices, dos bocas y dos cuerpos que contempla y que no sabe que han sido, que son solidarios en la pasión y que se enardecen en el deseo, los muy canallas. Esa traición imperdonable, esa pena ya irrefragable. Todo eso tan infame, tan doloroso y sucio que, sin remedio, quedará para siempre en el encallecido corazón de la prometida.