II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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15/2/2005

32.Anomalía
31. El baile de Irene
33. El viejo cocinero
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Olga lleva una eternidad en el agua. Aunque es una nadadora consumada, cada poco alzo la cabeza de la toalla y colocando la mano a modo de visera compruebo que continúa ahí.
Al pasar sobre la barrera invisible del arrecife las olas detienen su avance enroscándose violentamente sobre sí mismas. Más allá el océano es de un añil intenso. Olga se baña en la zona de calma entre el arrecife y la orilla, con la superficie glaseada por suaves láminas de espuma. Me hace señas para que me levante y vaya con ella. La saludo agitando la mano, como si creyera que ella hace lo mismo, y vuelvo a tumbarme.
Tan sólo se oye el ruido del océano. Lo oigo frente a mí y también a mi espalda, rebotando contra la pared del acantilado en cuya base se acomoda la pequeña playa de guijarros. Si cierro los ojos me asalta la alarmante impresión de encontrarme entre dos masas de agua que pugnan por encontrarse, amenazando con tragarme, como el Mar Rojo al ejército del faraón. No hay nubes. No hay viento. Estamos solos.
Flexiono las piernas, amodorrado por el calor. Estiro el brazo y tanteo entre un frasco de protector solar y las gafas de buceo hasta dar con la cantimplora. Tomo un trago, me enjuago la boca, hago pasar el agua entre los dientes. Olga forma una bocina con las manos y grita mi nombre. Se tambalea en equilibrio sobre una roca sumergida. La parte inferior de su biquini, del color de un limón maduro, refleja el sol del mediodía como un espejo.
Decido hacerle caso, ir con ella y refrescarme.
Al doblarme para ponerme en pie se forman pequeños pliegues en la carne de mi estómago y la piel escuece y da pinchazos en los mismos, irritada por el exceso de sol, como si fuera a cuartearse.
Doy un par de pasos en dirección a la orilla. Y entonces oigo algo. O creo oírlo. Una especie de susurro detrás de mí, breve y agudo, casi un silbido. Tal vez ni siquiera eso. Más bien una sensación, similar a la que experimentas cuando algo te hace dar media vuelta en la calle y descubres a alguien aproximándose hacia ti por la espalda con la intención más o menos legítima de sorprenderte.
Y a continuación -esta vez sin duda- un sonido. Un sonido como el de una nuez al quebrarse.
Me giro. En un primer momento no veo nada. Todo continúa como estaba hace un instante. La cala desierta, el acantilado, nuestras cosas esparcidas y el estruendo duplicado de las olas.
Me fijo mejor. En el centro de la toalla descansa una pequeña roca.
Tiene aproximadamente la forma y las dimensiones de un huevo de gallina. Pero es negra y porosa como el carbón, con pequeñas verrugas en su superficie. No se parece al resto de las rocas del lugar; ni a los suaves y redondeados cantos de la cala ni a la roca gris claro del acantilado calizo. Ha caído desde algún sitio. Con fuerza suficiente como para formar un pequeño cráter, del tamaño del bol que empleo para los cereales del desayuno. ¿Desde lo alto del acantilado? No. Se encuentra demasiado alejado y en cualquier caso no habría abierto un cráter así.
La idea se perfila tímidamente.
Me vuelvo en busca de Olga, pero ha vuelto a zambullirse y ahora bracea de espaldas. No ha podido ver nada.
Ha caído del cielo. Es un meteorito.
Desprende un débil olor a azufre que junto con una voluta de humo se diluye rápidamente en el aire.
Y está en el lugar que yo ocupaba hace apenas unos segundos. Aproximadamente en el punto donde se encontraba mi corazón, calculo.
De haber continuado tumbado ahora estaría muerto, o malherido, en el mejor de los casos. Parece pesado; denso y pesado. Aunque no siento deseo alguno de tocarlo para comprobarlo. Retrocedo unos pasos, poniendo distancia entre mí y la roca espacial.
Vuelvo a mirar a mi alrededor. Necesito un testigo.
Es algo absurdo. Esa roca –el fragmento de un planeta primitivo y destruido hace millones de años por fuerzas inconcebibles en términos humanos- ha realizado un viaje de cientos de miles de kilómetros a través del espacio para ser finalmente atrapada por la gravedad terrestre, atravesar la atmósfera, desmenuzarse por la fricción contra la misma hasta alcanzar sus dimensiones actuales y acabar estrellándose en el punto exacto donde yo me encontraba hace un instante. ¿Cuáles son las probabilidades de que algo así suceda?
¿Y si hubiese soplado una suave brisa que aplacase el calor y por tanto la necesidad de refrescarme? ¿Y si Olga no me hubiese llamado tan insistentemente?
Pero ya no tiene sentido pensar en probabilidades. El meteorito –qué ridículo suena: el meterorito- está AHÍ.
Miro al cielo a la espera de encontrar algún rastro de su descenso, una anomalía, una estela como la dejada por los reactores a su paso.
En su lugar oigo la voz de Olga, que vuelve a llamarme desde el agua.
Sigo retrocediendo, alejándome de la roca, deseoso de contar a Olga lo sucedido.
Pero cuando llego a la orilla ya he cambiado de idea. ¿Cómo podría ella creer algo así? ¿Cómo podría cualquiera? Me miraría con una sonrisa burlona y a continuación, ante mi insistencia e invitaciones para que fuera a ver la roca con sus propios ojos, diría que sí y me daría la razón y cambiaría de tema invitándome a nadar hasta el arrecife.
¿Qué ocurre?, pregunta al verme llegar con aspecto aturdido.
Demasiado sol.
Ella ríe. Vamos, dice y se zambulle.
La sigo. El agua está fría, su contacto es reconfortante. Me siento mejor a las pocas brazadas.
Nadamos hasta la línea donde rompen las olas. El agua está saturada de pequeñas burbujas y aleteamos con fuerza con brazos y piernas para mantenernos a flote. Vemos las olas abalanzarse sobre nosotros y una y otra vez romper a escasa distancia sin llegar a alcanzarnos. Un auténtico derroche de energía del que sólo nos llega una fina lluvia de espuma y que nos hace sentir invulnerables. Gritamos de pura euforia pero el estruendo de la rompiente oculta nuestras voces. Vemos siluetas de peces en el interior de las olas y los destellos plateados que arranca el sol en sus escamas.
Al cabo de un rato, agotados de mantener esa posición, regresamos a zonas más tranquilas. Nadamos un poco más, hasta que Olga me indica que va a salir. Yo asiento y la sigo sin prisas. Me entretengo flotando. Parece que el sonido del mar retumba ahora dentro de mí.
Veo a Olga salir del agua, inclinar la cabeza a un lado y escurrirse el pelo. Al acercarse a la toalla se detiene. Contempla la pequeña roca negra que descansa sobre ella. Se agacha para cogerla. La estudia con curiosidad. La acerca a la cara, la huele. Mira a su alrededor, comparándola con las piedras del suelo. Piensa que es algo curioso que he encontrado y he dejado allí. La sopesa en la palma de la mano.
Cuando me oye acercarme se vuelve con una enorme sonrisa de oreja a oreja, sosteniendo la roca entre el índice y el pulgar.
¿Es para mí?, pregunta.
¿Y cómo podría negárselo?

31. El baile de Irene
33. El viejo cocinero