II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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8/2/2005

19. El lago Auschin

Lo había descubierto, sería el hombre más importante del mundo, solo contaba 17 años y nadie sabía de su hallazgo. Todos querrían trabajar para él, obtendría el Nobel, y el reconocimiento de toda la comunidad científica.

Durante sus años de estudiante, le obsesionaba sobre todo el sobrecalentamiento de la tierra en los últimos años, y a las consecuencias que podía derivar. Deshielo tanto en el Polo Norte, como en la Antártida, incremento considerable del nivel del mar en las zonas costeras, cambios climatológicos, inestabilidad en fauna y flora, etc.

Samuel tenía cierta simpatía por la ciencia. Ya desde pequeño le apasionaba todo lo relacionado con la biología, física, química, astronomía. Sus dioses para él no eran otros que Einstein, Darwin, Galilei y su zona de recreo el contacto con la misma naturaleza.

Habían abandonado la ciudad para ir a vivir a un chalet precioso junto al Lago Auschin. Su padre, había construido un pequeño laboratorio en el sótano de su nueva casa. Unas potentes luces, una mesa de trabajo y estanterías para sus libros, había sido el regalo de navidad cuando cumplió 16 años. Desde ese día, Samuel ya se había encargado de sacarle provecho.

De los primeros experimentos, el más sonado fue, sin duda, el desarrollo de una pequeña bomba que destrozó parte del sótano y ocasionó muchos quebraderos de cabeza a su familia. Su madre, a partir de ese día, ya no quiso jamás volver a pisar aquel laboratorio, tenía miedo.

Pasaba horas y horas sentado delante de su mesa de trabajo, observando aquellas probetas de cristal, donde guardaba su merecido trabajo. Lo había logrado. La vajilla de casa había quedado seriamente menguada por el uso de sus pruebas. Fuentes, jarrones y recipientes en general le valían para sus comprobaciones. Rara vez volvían a su lugar. Pero ya lo tenía. Ahora todo el mundo le reconocería e incluso le pondrían su nombre a una calle de su ciudad. Sabía que su descubrimiento puesto en manos hábiles, controlarían el deshielo, podían acrecentar el Polo Norte y el Polo Sur a su antojo. Aunque también se podía dar el caso de, con su mismo descubrimiento, acabar con toda la naturaleza existente. Y todo, gracias a él.

*

Amanda lloraba desconsoladamente en el sofá de su comedor. Entre sollozos intentaba explicar a su marido lo que tantas veces había observado.

– Marco, es el séptimo recipiente que encontramos roto en el porche de la casa. Y en todo momento, me prometes, juras y perjuras que tú no has sido. ¿Entonces quién ha sido? – Gritó la mujer entre lágrimas e impotencia – ¿Quién ha sido?, ¿ha sido él?, dímelo Marco, por favor, ¿ha sido él otra vez?

– No lo se Amanda, pero te prometí que si ocurría otra vez, abandonaríamos la casa. Mañana mismo temprano recogemos lo mas necesario y nos vamos al apartamento de la ciudad.

*

Le faltaba superar la prueba más difícil. Hasta ahora había conseguido su objetivo vertiendo un poco de su experimento en algún recipiente de agua, lo había dejado a la intemperie y al día siguiente estaba el agua congelada, aunque, también tenía el inconveniente de que el recipiente de mama, aparecía roto. Sobre teoría su descubrimiento funcionaba. Así que, había elegido la madrugada del 14 de febrero para comprobar que no solo era teoría, si no que aquel liquido viscoso de color amarillento, funcionaba también a grandes escalas. El Lago Auschin sería el escenario.

El día 13 de febrero, Samuel pasó todo el día nervioso. Acudía al Lago cada momento para ver aquel precioso paisaje, vegetación, mucha agua, todo naturaleza pura. Sería la última vez que vería aquello, al menos por un tiempo. Comprobaba que la gente paseaba cerca del Lago, los patos se acercaban a los visitantes para intentar comer algo de lo que llevaban, incluso de vez en cuando y en los meses de verano, se veían algunos barbos nadar cerca de la superficie. Repitió esa visita durante el día al menos en 5 ocasiones. Lo tenía todo preparado, la cantidad de líquido que debía verter, la hora en que lo haría, pero, lo que no sabía muy bien, sería que ocurriría en el Lago y sus consecuencias, una vez vertido su descubrimiento. Quizás ya nadie podría pasear en barca, ni los patos y barbos sobrevivirían al tremendo cambio que ocasionaría, pero según sus cálculos, sería solo un cambio temporal, hasta que el calor de julio apareciese acompañado del mejor y más fuerte de los soles anuales.

La hora elegida para acudir al Lago Auschin, sería la de unos minutos después de haber oído a su padre merodeando por el pasillo. Conocía la forma tan mecánica que tenía para levantarse todas las madrugadas a las 6.15 h. de la mañana, beber un trago de agua y acudir al baño. Momentos después quedaría otra vez profundamente dormido y aprovecharía Samuel para llevar consigo todo lo necesario y poner a prueba su experimento que le catapultaría a la cúspide dentro de las personalidades de la ciencia.

Cuando oyó el ronquido de su padre, sabía que había llegado el momento. Bajó a su laboratorio, cogió las probetas que había dejado preparada y marchó para el Lago. Había soñado muchas veces con aquel momento. Pasaría a la historia el momento en el que vierte el líquido, igual que el día en que su amigo Newton, vio como caía una manzana del árbol.

No tardó mucho en llegar, el cielo estaba raso y en luna nueva. Buscó un sitio cómodo, donde habían echo un gran banco de piedra para poder sentarse a las espaldas del Lago, justo bajo de esa obra, debía estar el agua que Samuel no podía ver debido a la oscuridad. Todo lo hacia con mucha precaución. La cantidad de líquido que llevaba consigo era aproximadamente la de medio litro. En unas de sus múltiples averiguaciones, comprobó la cantidad aproximada que tenia el Lago en metros cúbicos de agua, y había optado por solamente comprobar la pequeña reacción de una cantidad simbólica. El corazón se le encogía, le temblaban las manos y sudaba por su frente. Abrió una de las probetas y la mano izquierda se inclinó para dejar caer aquel líquido. Mientras tragaba saliva viendo como correteaba por el recipiente de cristal, iba adelantándose a los acontecimientos, pensando que debería de pasar en cada momento. Posteriormente, vertió el resto del líquido de las restantes probetas de cristal.

*

La pareja estaba recogiendo sus cosas más esenciales y enviarían a una empresa de mudanzas a recoger el resto. Era muy temprano y todavía no lucía el tímido sol de febrero. Cuando Amanda se introdujo en el coche, vio sobre el salpicadero un periódico que reconocía perfectamente. Volviéndose hacia su marido le dijo:

– Lo siento Marco, esto no puede venir a nuestro nuevo hogar. Que todo se quede aquí – y bajando la ventanilla, lanzó el periódico hasta el mismo porche de la casa.

*

Samuel seguía sin ver nada. Quería volverse a casa, pero no sin antes averiguar si había funcionado su descubrimiento. Buscó una piedra del tamaño de una nuez y la lanzó con fuerza al Lago. Pudo oír como la piedra rebotaba en un bloque de hielo y no se hundía. Con una sonrisa en la boca y una alegría desbordante, pensó “todo correcto, ha salido todo maravillosamente”.

Volvió corriendo a su casa antes de que se levantaran sus padres cuando observó como se alejaba el coche familiar. Siguió caminando pensativo hacía su casa, intentando adivinar donde podían haber ido sus padres tan temprano. En el porche, vio tirado un periódico local. Pudo leer que se trataba de un rotativo de semanas anteriores. Estaba doblado por el centro y se podían leer perfectamente los titulares.

“Las fuertes heladas sobre la zona de Auschin hacen temer la agricultura local”.

Un poco más abajo, en el recuadro de sucesos:

“Una bomba casera mata a un perturbado joven de 17 años cerca del Lago Auschin”.

Pasados unos minutos, volvió al Lago. Se sentó sobre el banco de obra donde momentos antes había derramado el líquido y quedó perplejo de aquel enorme bloque de hielo que se había convertido gracias a su experimento. Nada le importaba, estaba orgulloso de sí mismo, y lo había conseguido. Pasaría a la historia, siempre, con el Lago Auschin, como telón de fondo.

Roma.