II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
Diseño JoseMiguel.net

Bases del concurso, premios y jurado

5/2/2005

18. HERMANOS

Tímidos rayos de sol asoman por el este, rechazando la noche, ahuyentando la
oscuridad. El espacio se tiñe de luz, alargando sus destellos a cuanto hay en rededor.
Así al amanecer, acompañada del trino de los pájaros, una silueta de paso lento, cansino,
continua avanzando por la llanura marcando en el suelo negra sombra a la par que
inconfundible. La de un caballero.
Viejo rocín, flaco de costales, pero rezumando la gallardía que la nobleza otorga,
parece al igual que su jinete ser recuerdo de lo que una vez fueron, de conocer tiempos
mejores y con resignación, saber vivir con ello.
Corto y ralo el pelo, luenga y canosa su barba, muestra un rostro curtido y entrado en
años, muchos años, de facciones claramente norteuropeas, con unos ojos del azul mas
limpio que imaginarse uno pudiera, en los cuales solo puede leerse una cosa:
Infinita bondad.
Cubierto al igual que su montura, con áspero y simple paño, se detiene un momento
para contemplar la magia del amanecer, la nueva vida que nace.
– Un nuevo día compañero – díjole el caballero a su fiel montura – embriágate
de esta hermosura, pues con ella Dios nos da los buenos días.
Y recibiendo el nuevo día en el rostro siguieron su camino en soledad, en paz.

AÑO 1334 ENCOMIENDA DE AÑUES ( REINO DE NAVARRA )

– Bienvenido hermano Gondemaro, el…hermano Mayor te espera en capilla.
Refréscate que guardare la montura, que bien merecido tiene el descanso.
– Gracias hermano Payer, acércame tu hombro, que el tiempo llevo mi soltura.
Una vez en el suelo, agarráronse las manos y se unieron en un cariñoso abrazo.
– Los demás hermanos están aquí y esperábamos impacientes tu llegada. Pero
ve, que tiempo tendremos de hablar.- y diciendo esto cogió las riendas y se puso
en marcha hacia un verde prado colindante. Hermano Payer nacido en Normandia, a sus
sesenta y dos años, el mas joven de la encomienda, quedose para si los trabajos mas
pesados.
La hacienda era sencilla y contaba de dos partes claramente definidas. En el centro, una
capilla de piedra de sillares lisos, sin adorno, pero de una elaboración magistral.
Constaba la nave rectangular de 40 metros cuadrados, de una planta, con bóveda de
cañón igualmente lisa. Un crucifijo tallado en madera colocado en la pared frontal junto
con una hermosa piedra caliza tallada a modo de altar, era toda ornamentación que
dentro había. En la pared izquierda de la nave, abríase un acceso a la pequeña torre
de guardia, de sección cuadrangular y once metros de altura, desde la que se divisaba
todo el valle que desde ahí nacía, en mayoría poblado de árboles sin otro signo de
civilización a la vista, que unas tenues columnas de humo que se alzaban en lontananza.
Cien metros al norte de la capilla, se hallaba la encomienda propiamente dicha,
en forma de caserón rectangular de dos plantas, siendo la primera de piedra y el resto
de ladrillos de adoba culminando en un tejado de madera cubierto de tejas de arcilla.

La planta baja estaba dividida en tres partes principales. Al sur un gran comedor
común seguido de la cocina, en el centro un pequeño taller que hacia la vez de almacén
y armería, y al norte los establos. La segunda planta constaba de dos partes. La mitad
norte se utilizaba como granero y pajar, y la mitad sur albergaba las celdas y los
camastros. Todo dentro de la sencillez, denotaba cuidado y pulcritud, siendo para los
hermanos su hogar, su último hogar.
– Hermano Mayor…
– Hermano Gondemaro, ansioso estaba por verte. Entra y ora conmigo. Demos
gracias a Dios por habernos preservado para este momento.
Y así juntos, arrodillados, oraron en silencio al amparo de su Dios, el Dios del bien,
el que predicó el amor y la fraternidad y ante el cual, todos somos iguales.
– Ven hermano, acompáñame. Llega la hora de reunirnos en esta, nuestra ultima
comida de hermandad.
Juntos en silencio atravesaron el patio que los separaba de la encomienda penetrando
en ella por la puerta del comedor común. En el se hallaban otros siete caballeros, todos
ellos vestidos de la misma manera, con sayo de tela arpillera de color marrón sobre el
cual ante las inclemencias del tiempo, colocábanse pellizas de cabra o borrega.
Se pusieron en pie varios de ellos al ver entrar a sus hermanos, y marcharon alegres
al encuentro de Gondemaro largo tiempo ausente.

Después de tan calido recibimiento, se dirigió Gondemaro hacia la mesa,
donde hallábase sentado un hermano de avanzada edad, el cual ya no se valía por si
solo. Se arrodillo frente a el y al igual que al resto de la comunidad, le ofreció un
calido abrazo.
– Hermano Bernardo, cuanto me alegro de verle ¿Cómo se encuentra?
– ¡Hay hermano! la juventud y la sabiduría están reñidas, y yo hace mucho que soy
sabio- al par que decía esto, golpeaba cariñosamente la mejilla de su interlocutor.
– Veo que el tiempo no merma su humor hermano, de lo cual me alegro
sobremanera.
– Dichoso me siento, pues uno de los elegidos soy- y brillo su mirada rebosando
entusiasmo juvenil, inmensa alegría.
– Sentémonos ya que la hora se acerca- dijo el hermano Mayor- y situándose en
la cabecera juntó las manos y alzando la mirada añadió:
– Bendice Señor estos alimentos que en tu infinita misericordia nos haces
merecedores, bendice también esta tierra, que nos dio cobijo cuando las demás
nos lo negaron, y bendice a quienes nos persiguen pues desconocen la dicha de
los que te servimos y perdónalos Señor, Amen.

Dicho esto tomó asiento y junto a sus hermanos comenzó a servirse. La comida era
sencilla: verdura hervida y sazonada, pan de centeno y como excepción carne y vino.
Comieron todos en silencio, pensativos, echando en cada bocado una mirada al pasado.
Recuerdan aquellos días de fortuna, en los que miles de ellos servían fielmente a Dios,
eran amados por su gente, temidos y respetados por sus enemigos, los enemigos de
Cristo. El recuerdo se torna doloroso, al evocar las calumnias demenciales que vertieron
sobre su orden, que hicieron fluir ríos de lágrimas de indignación. Dolor por los
jóvenes confinados en Chipre, primero abandonados, luego perseguidos, y amargura,
amargura y desesperación al tener que contemplar a decenas de hermanos arder, en
piras de odio y maldad provocando una aterradora visión que mutó sus lágrimas en
sangre, sabiéndose impotentes pues otra misión les fue encomendada, su ultima misión.
Recuerdos de su largo viaje al sur, renunciando a su condición, ocultando su identidad,
pero siempre fieles seguidores de La Regla.
La ilusión de un nuevo comienzo, en una nueva tierra, sabiéndose portadores de un
último legado a cuya salvaguarda dedicaron el resto de sus días y mantenerlo así lejos
de la corrupción del hombre, de sus intrigas, de las perversas pretensiones de los
auténticos herejes. Y todo les ha conducido a este día al que esperan saber
enfrentarse valientemente, armados de su Fe, de su amor a Dios.
– Hermanos en cristo, preparémonos prestos pues nuestro sino aguarda- dijo el
hermano Mayor poniéndose en pie – Retirémonos un momento en recogimiento que
sirva de despedida de esta tierra, que tan bien nos ha tratado.
Y tras estas palabras, fueron saliendo uno tras otro y ayudaron al hermano Bernardo a
salir dejándole sentado en una piedra, cara al sol, pues esa fue su voluntad.
Ya comenzaba a oscurecer cuando nuevamente reuniéronse todos en capilla habiendo
cambiado todos su vestimenta por una negra capa de buen paño, que cubría toda su
figura. Precedidos por el hermano Mayor que portaba ante si el crucifijo de la capilla,
comenzaron a salir uno tras otro en silenciosa procesión, llevando varios de ellos cirios
encendidos, siendo el hermano Payer con el hermano Bernardo a cuestas, quien ocupaba
el ultimo lugar. Marcharon hacia el lado sur de la torre de guardia, donde a doscientos
metros de la misma hallábase un agujero escavado en una loma, penetrando en la
profundidad de esta. Sobre el agujero, divisábase gran cantidad de tierra y escombro,
formando un cúmulo que sin duda procedía del interior de la loma.
Una vez llegaron a la negra boca, descendieron mediante escalones toscamente labrados
en la roca a una estrecha galería cuya techumbre estaba formada de tablazón, teniendo
como único apoyo tres delgados pilares de madera en el centro de la galería a una
distancia de varios metros el uno del otro.
Con paso cauto desfilaron por el corredor, llegando así a una sala de planta octogonal
de paredes cuidadosamente ganadas a la roca, en el centro de las cuales había una
cruz paté tallada excepto en la pared de entrada donde una tau coronaba la puerta.
Dentro de la sala podían verse contra las paredes, varios baúles y cofres perfectamente
sellados formando los mismos dos hileras de altura. Apoyado en un lateral descansaba
un estandarte bicolor recuerdo de campañas ya olvidadas.
Una vez estuvieron todos dentro, el hermano Payer cerró la gruesa puerta de hierro
trabándola a continuación con una barra del mismo metal que la cruzaba de parte a
parte. En el lateral derecho de la puerta, veíase un pequeño orificio por el cual
penetraba en la estancia una gruesa cadena cuyo ultimo eslabón estaba consistentemente
unido a una gran argolla.
Sin mediar palabra, el hermano mayor coloco el crucifijo sobre la puerta y a la par de
varios hermanos se aferro a la cadena. Por un instante cruzaron sus miradas y acto
seguido tiraron fuertemente. El extremo exterior de la cadena, encontrábase clavado
en la parte inferior del primer pilar de madera, que cedió ante el esfuerzo de los
hermanos provocando un desprendimiento en cadena que selló totalmente la galería.
Tenues regueros de polvo penetraban por las comisuras de la puerta.
Silencio. Pudiera cortarse con buen filo.
– Hermanos ha llegado el momento- dijo el hermano Mayor mientras se
desprendía de su capa.
Uno a uno imitaron su gesto, y fueron descubriéndose mostrando su indumentaria.
Cota de malla y faldón de la misma, brillante, pulida. Túnica de un blanco deslumbrante
con una roja cruz sobre el hombro, pertrechados de ceñidos cintos de cuero de los que
pendían sendas y lustrosas espadas y calzados con gruesas botas de montar.
El hermano Gondemaro desabrocho su cinto del que amen de la espada, colgaba una
bolsa de cuero rojo herméticamente cerrada con lacre. Saco ésta y arrodillándose la
ofreció al hermano Mayor. Este la tomo con manos temblorosas y con sumo cuidado
la desprecintó sacando del interior un pequeño objeto.
Lo contemplo a la luz de los cirios, vidriosos los ojos, henchido el corazón.
Lentamente lo cedió a otro de los hermanos, que ya formaban círculo y así, uno a uno
fueron contemplándolo hasta volver a manos del hermano Mayor.
– Hermanos en la fe. Afortunados somos de ver, lo que hace siglos no se muestra,
lo que con tanto celo ha sido protegido. Hoy es el día en el que renovamos
nuestros votos, y así vestidos, con la indumentaria que nos dio la Vida,
permanezcamos sirviendo a Dios en la eternidad.- dicho esto ofreció el objeto a
Gondemaro diciéndole:
– Hermano, como ultimo guarda y custodio que eres, tras tantos años de
protegerlo, tantas leguas en su compañía, justo es que seas tu el que lo deposite
en donde permanecerá a perpetuidad.
Gondemaro lo cogió con delicadeza, y se dirigió al centro de la sala donde una columna
de piedra se elevaba un metro sobre las losas. Cubierto el rostro de lágrimas lo deposito
sobre la fría piedra y retrocedió a su lugar.

– Nueve fueron y nueve somos, así lo quiso Dios. Humillémonos ante su Ser y
unamos nuestras plegarias para loarlo por siempre.
Así pues, desenvainaron sus espadas, y postrándolas al frente se arrodillaron en oración.
Uno a uno apagáronse los cirios hasta que la oscuridad veló una escena que jamás
verían ojos humanos. A nueve hombres buenos en sincera oración frente a una sencilla
copa de madera, una copa teñida de sangre.