II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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25/1/2005

8. Un viaje sin retorno

Si miro a mí alrededor puedo ver como la muerte acecha desde cada rincón, como mira desde su escondite, atenta para así, al mínimo descuido abalanzarse sobre su víctima. Puedo oír como se ríe, puedo escuchar sus frías carcajadas que poco a poco inundan la estancia petrificando el aire, evaporando ajenas esperanzas.
Todo aquí parece más sombrío, con estas luces pálidas y esta sensación de tristeza permanente. El silencio llega a ser inquietante, abrumador.
Escucho como el oxigeno pasa por innumerables cables para poder llegar a su destinatario y ayudarle así a dar un último respiro, llevándole esperanzas para poder seguir permaneciendo en este lado de la vida.
Sus ojos parecen vacíos de expresión, su mirada me asusta pero no puedo evitar contemplarla. Sus gestos, sus expresiones, sus extraños ruidos al intentar respirar, al intentar dejar de toser para poder dormir por lo menos esta noche… Y es que cuando te falta el aire, todo parece cambiar de color. El mundo, o lo que en esos momentos es tu realidad, parece deformarse al mismo ritmo en que tu abres y cierras la boca intentando capturar alguna bocanada de aire, mientras tus ojos parecen salirse de su cueva, de tan abiertos que están. Minutos más tarde cesa el terrible ataque y ves como todo vuelve a la normalidad. Miras hacia el rincón y ahí está ella, seria y encogida. Parece reprocharte algo… Sonríes.
–Vuelve a marcharte, aún no voy a morir.
Y la ves desaparecer en su rincón de oscuridad.
A través de la ventana el cielo aparece negro, negro como el futuro que les espera a los huéspedes de esta estancia e incluso, a nosotros mismos. Pensamos en él y no podemos adivinar nada, hoy estamos aquí, pero ¿Dónde estaremos mañana? Esta y
otras mil preguntas se me cruzan ahora por la mente en este instante en que todo me parece indiferente.
No existen diferencias en este lugar. A los ojos de sus cuidadores, estos indefensos seres son todos iguales. Amables, cordiales, serviciales y agradables, pero a la vez fríos y distantes. Entran en la pequeña habitación, cumplen con su monótono trabajo y desaparecen hasta una próxima llamada. Pero he de reconocer y sin duda
reconozco, su magnifico y a la vez, sacrificado trabajo. De arriba abajo atendiendo a quién lo requiera, con sus uniformes blancos o verdes según el cargo, se pasan horas y horas escuchando quejas, llantos, recriminaciones… y aún así, en sus caras siempre se
ve reflejada una sonrisa. Sin duda, admirable.
Ella descansa ahora en su lecho, dónde extrañamente, dice sentirse bien. La veo respirar con dificultad, intentando dormir con aparente tranquilidad. Creo que desconoce la total gravedad de su estado.
Hoy el médico ha hablado conmigo. Su semblante serio no requería ninguna argumentación. Aún así, he escuchado con paciencia lo que ya sabía. Va a morir… No hoy, ni mañana, pero su tiempo se acorta a medida que pasan los días. Esa cosa crece y le oprime el estomago impidiéndole respirar con normalidad. Y aumenta lenta pero
incesablemente, subyugando de ese modo, sus ya magullados pulmones.
Creo que morir por asfixia es la peor muerte que pueda existir. Notar como te arrebatan la vida sin que tu puedas hacer nada, como intentas agarrarte a esta pero ves como Ella ya ha salido de su rincón y te empuja para que la acompañes. Y entonces todo termina, dejas de luchar y te abandonas a la suerte, confías en Ella y la sigues sin
saber exactamente dónde.
La sedarán… así, según dicen, no sufrirá. Irá consumiéndose poco a poco hasta finalmente desaparecer. Y ya no quedará nada, excepto el recuerdo…

II

Miro por la ventana y es oscuridad todo lo que veo, un cielo encapotado que no me deja ver más allá. Detrás de las negras nubes, una corriente feroz de agua se esconde, esperando su momento de gloria, el momento idóneo para empapar todo lo que éste a su alcance.
Miro la estancia y confirmo que todo es blanco, un blanco pulcro, teñido por una siempre amenazante sombra gris. Puedo sentir el peso de ésta sobre mis hombros, eso
y… el cansancio acumulado de los últimos días.

Planta 9ª, habitación numero 932… cuanto más arriba, más próximos al cielo.
Esta es la última planta, directa al cielo…
Cables conectados a su cuerpo, cada cual cumpliendo su función. Oxigeno entrando por sus fosas nasales, aire para respirar… Baja el pulso, me inquieto… todo vuelve a la normalidad. El pitido de la máquina me desespera, los colores de la pantalla que indican sus constantes vitales, me hipnotizan y mantienen mi atención fija en ellos,
atenta al menor cambio, preparada para cualquier acontecimiento.

Mi mente divaga y se encuentra con la imagen de su cuerpo tendido sobre sabanas blancas. La boca permanece abierta, una bocanada de aire limpio procedente de una máquina le atraviesa la garganta para llegar a sus pulmones. Le abre la boca con fuerza, secándosela, obligándola a tragar, a mantenerse con vida.
-Tengo sed…
Su murmuro es casi imperceptible y tengo que esforzarme para escucharla… balbucea, gesticula con su mano arrugada que es lo que quiere.
Busco con la mirada a alguna enfermera y le pregunto si podría darle un poco de agua… Negación.
-No puedo darte agua abuela, aguanta un poco…
Se me revuelve el estómago y la pena cae sobre mi… “solo un poco de agua” escucho que murmura… y aparto la mirada hasta una nueva petición.
Horas antes el médico dictaba sentencia… sentencia errónea doctor. Después de avisar a toda la familia esperando lo peor, ahí estaba junto a mi madre, dándole la bienvenida a la vida de nuevo.
No había querido irse a casa, decía que quería estar con su madre, que si no, no se lo perdonaría… Y ahí estaba, sentada frente a mi, junto a su progenitora, con lágrimas en los ojos y notables signos de cansancio en su rostro. Se la veía cansada, agotada más bien y, pensativa. Una mujer fuerte, marcada por la vida y el trabajo. Hacía
tiempo que no la veía llorar así.

Su cara, marcada por el tiempo y lo vivido, denotaba preocupación. Sus manos, curtidas por el trabajo y arrugadas por la avanzada edad, se mantienen inertes junto a su
diminuto cuerpo mientras intenta conciliar el sueño. Forma un pequeño bulto tendido sobre la cama, envuelto entre sabanas, un bulto viejo y arrugado que lucha, incansable, por vivir.

Vuelvo a verla saliendo de su rincón, observándola desde lejos, temerosa por ser vista, inquieta por el “que pasará”. Se asoma entre la penumbra y babea de deseo. Respira deseosa, con la respiración entrecortada y los ojos inyectados en sangre, cual animal salvaje frente a su inminente víctima. Sabe que su victoria está cada vez más
cerca… y su víctima yace a escasos metros de ella.
Ella la ha visto de cerca, pero su recuerdo es confuso. No supo reconocerla y quizás eso la salvó. Escapó de sus húmedos colmillos y despertó asustada. ¿Dónde vas cuando se te para el corazón? ¿Cuando esperas a ser guiado hacia el camino de vuelta a
casa o cuando decides dejar seducirte por sus promesas sin sentido y su aparente amabilidad? En cualquier rincón en el que se encontrara, supo esperar paciente a ser redirigida hacia la vida.
Un espacio de tiempo borrado en la memoria, un recuerdo que no se quiere guardar…

El silencio se ha instalado, por fin, en la estancia, cual huésped invitado a comer, llenando el espacio de tranquilidad palpable rota por escasos segundos en que algún que otro pitido te recuerda que sigue con vida.
Tienes sueño pero algo te impide cerrar los ojos. Es ella, está ahí, acechando… Y te obliga a mantenerte despierta una vez más. Te mira de reojo y sabes que al menor descuido, atacará. No vas a dormirte.
Tan etérea, tan omnipresente, tan temida, tan deseada a veces, tan increíble de aceptar. Llega cuando menos te la esperas, sin avisar. Por muy preparada que estés siempre te aborda sin defensas, con perplejidad. Así es ella, tan complicada y a la vez tan simple… indefinible.
Y te mira… sabe lo que piensas y tu lo sabes porque puedes leerlo en sus ojos. Puede introducir el miedo en nuestras mentes, jugar con nuestros temores a su antojo y convertir tu pánico en su diversión.

Con la boca abierta intenta capturar bocanadas de aire mientras tu observas inmóvil la situación.
“Tranquila, despacio, todo va bien, no te pongas nerviosa…” Eso es lo que pasa por tu mente pero cuando intentas abrir la boca para pronunciarlo, de esta no sale ningún sonido perceptible. Aprietas el botón. Llegan para ayudarla y te apartas a un rincón, su rincón. Está fría, es mayor… pero no se cansa de esperar su oportunidad, es
paciente. Vuelve a mirarte y de pronto ignora tu presencia. Sus ojos permanecen clavados en su víctima, ahora… los tuyos también…

III

Y en la soledad de la noche, bajo la atenta mirada de la oscuridad amenazante, ahogo mi llanto entre suspiros entrecortados mientras la humedad de las lágrimas me distorsiona la mirada y el líquido me empapa las mejillas.

Desde las ventanas del viejo edificio observa con impotencia la calle, las construcciones que se elevan delante de ella, los coches pasando a gran velocidad bajo sus pies, las concurridas calles en esta hora punta, el aire empujando la poca materia orgánica que en este momento se encuentra en ellas… Y sufre, sufre por no poder vivir, sufre al verse encerrada entre muros y gritos de desesperación, de agonía y de dolor. Sufre al ver como la miro sin verla. Y golpea con la escasa fuerza que le queda el sucio cristal empañado por su aliento, pero nadie la escucha.
Pasea, entre camas de moribundos y cuerpos extraños invisibles a ojos ajenos. Observa porque es lo que sabe hacer, porque no le queda otra cosa más que ver pasar el tiempo, esperando un posible rescate. Una espera inquietante que le crispa los nervios y le llena el, ahora más, diminuto cuerpo de escalofríos incesantes. Y su mente esta llena
de recuerdos… Y su mirada llena de imágenes pasadas por agua, sus ojos llenos de lágrimas impacientes por salir y sus dedos curvados llenos de caricias inexistentes ya.
Los recuerdos le martillean la mente y vuelve a descansar en el sofá…
Las viejas paredes agrietadas y repletas de humedades gritan, escupen palabras ininteligibles que no la dejan dormir. El silencio se convierte cada día en un peso más pesado para sus desgastados huesos. En una laguna que se instala en su mente impidiéndole ver más allá.
Ahí está, maldiciendo el aire que respira y que no le es suficiente, abriendo la boca con exageración necesaria para poder capturar bocanadas de este. Repitiendo en silencio deseos ya abandonados y dibujando con la mente un futuro inexistente. Y sabe que no puede más…
El frío líquido le penetra en la piel mientras la punzante aguja se aleja de esta. Y su cerebro se convierte en neblina espesa que no la deja pensar. Las voces aparecen lejanas y se abandona a la quietud de la oscuridad, a la relajación obligada de sus músculos.
Y cuando deja de notar el aire mecánico que le penetra por las fosas nasales se da cuenta de que ya no hay vuelta atrás…
Su mirada se pierde en la nada de lo no visible y la busca en lo real.
Un viaje sin retorno…

Ahogo mi llanto entre almohadas mojadas y gritos silenciosos de impotencia.

Anna Orlando