II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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3/3/2005

121. Varano del Nilo

Varano: m. Gran reptil saurio del grupo de los lagartos, de patas cortas, cuello largo y lengua bífida: los varanos son carnívoros y carroñeros.

Pocos saben que a pocos metros de la Mezquita de Córdoba, bajo la plaza de Benavente, frente al Hospital del Buen Pastor, está todo hueco.
Ya se sospechaba desde mitad del siglo XIX cuando excavando en una de las pocas remodelaciones de los aledaños, a don Pedro Martínez Astorga se le despidió por mandato del Ayuntamiento cordobés. Nunca se supo el motivo de esa injusticia pero fue merecida.
No se puede andar diciendo que todo por debajo de esa plaza y de algunas casas con edificios de toda vida, esta vacío. Y peor: que todo es un pantano subterráneo.
En los años de la peste hubo epidemia de reuma en esa parte de la ciudad. Se silenció. Nadie quería darse a especular que debajo de su casa no había nada, o a lo menos, lo que había era humedad antigua.
La ciudad creció y las nuevas generaciones perdieron la pista de los rumores de sus mayores. Durante la guerra un viejo de la calle Almanzor, ocupado en encontrar un refugio seguro, sugirió otra vez esa historia.
Se le reconoció su actitud servicial y colaboradora, pero nadie se creyó esa historia que juzgaron fabulosa: un hueco inmenso parecido a un pantano con algunas lluvias estancadas, y oscuro.
Fue la iglesia, como casi siempre buscadora de una verdad última, quien desde un convento cercano puso orden a tanto misterio.
Sí, esa zona era un pantano, decretó. Y en el había varanos.
También, y otra vez, fue aquietado el anuncio.
Los religiosos habían cavado casi quince metros una tierra nada dócil y llegaron a ver el pantano.
El fraile segundo del convento lo bautizó como “La palangana del Varano”.
Mateo Fernández Curiel, un escritor tosco y pretendidamente poético de aquellos años escribía a una mujer, tal vez amante, una carta donde testificaba el hecho:
“…un varano ahí mismo es inexplicable. Don Eliseo, el fraile en cuestión, había visto un par de ellos en el Nilo abajo, cuando se adentró en el África verdadera. Es una lagartija inmensa de casi dos metros con el lomo manchado en negro y amarillo con escamas algo pestilentes. Gran nadador y de piel apreciada. Es curioso que viva normalmente en manglares de Australia y hasta se conoce un espécimen muy grande con el nombre de dragón de Cómodo.

“Aquel reptil parecía el amo de toda esa laguna subterránea cordobesa.
“Pocos fueron los que se alejaron de la boca del pozo. El que más, Antonio Cáceres, estudiante de zoología en Salamanca pero vecino del barrio, que por joven era también intrépido.
“Contó que varanos varanos, solo había uno.
“Los demás eran saurios con toda su familia rastrera, escamosa y brillante: gecos, salamanquesas, iguanas, lagartos, camaleones. Lagartijas- Vio incluso dos eslizones y el gran Vadamo, que le impresionó sobremanera.
“Después de unas cuantas horas de aventura, el principal del convento le riñó a Antonio sobremanera por su osadía al alejarse tanto tiempo de la boca del pozo y solo alumbrado por una lámpara de kerosén desvencijada.

“A el le pudo más la curiosidad al saber que gritando en el pantano, el eco se resolvía siempre en diecisiete números bien contados. Estudió de unos apuntes de un dominico venido de Lovaina el fenómeno y los ffrailes constataron por cálculos complicados, que aquello era verdaderamente inmenso.
“Una vegetación nada exuberante pero tampoco rala hace que la “Palangana del Varano” sea un hábitat confortable para estos saurios.
“Los frailes se preguntaban ya esos años que por más animales asquerosos y rastreros que fueran, necesitaban aire donde respirar sus angustias.
“La reflexión no ha sido nunca ampliada, pero el secreto del pantano ya lo saben muchos iniciados”

El relato es más largo pero se adentra en la botánica con nombres latinos innecesarios para este relato.
Una carta llegada al convento aventuró que en la manzana que hace justo el centro del pantano un magnate que hizo fortuna en América mandó a construir una chimenea con una profundidad tal que airea a tanto bicho maligno.
Antonio Cáceres murió hace unos meses alucinando lo que siempre había elucubrado: un ejército de lagartos y salamandras invadirían a su muerte los inodoros del barrio para terror de las adolescentes del barrio.