II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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3/3/2005

120. Envite

Por fin estamos frente a frente. Tú, sí, tú, no esquives mi mirada. No te dejaré escapar. No finjas estar sorprendido. He venido a exigirte una explicación por haber destrozado mi vida. Intentaste despojarme de todo lo que más quería en este mundo. El cariño de mis padres, mi mujer, mi hijo, mis amigos, mi futuro. Te ensañaste a fondo para hundirme en la miseria y creías que podías esconderte para siempre en la sombra. Sí, pero en mí sombra, convirtiéndome en un títere a tu merced. No quedó resquicio que no alcanzaran tus retorcidos tentáculos llenos de mezquindad y rencor. Tu precisión de cirujano sabía dónde el corte sería más profundo, más doloroso, más insoportable.

Lo recuerdo bien. Tu maquiavélica incursión comenzó en el Instituto. No podías soportar mis éxitos para salir de aquel enjambre asfixiante y me sedujiste para que entrase en tu mundo lleno de vicios. Al inicio me resistí por principios, pero te creí amigo cediendo ante esa complicidad absurda que nos unía. Quise demostrarte que el auténtico valor no estaba en saber comenzar, sino cuando parar. Sentía como tejías con esmero tu diabólica telaraña y quedé atrapado en ella hasta volverme tan nauseabundo como tú. Las miradas de admiración se volvieron esquivas, vacías, llenas de rechazo y acusaciones. Veía como mi madre se deshacía en llantos y oraciones mientras mi padre renegaba de su único hijo. Saboreé la bilis agridulce de la marginalidad en toda su vileza. Algo de voluntad me quedaba, poca, pero la suficiente para resurgir de las cloacas de ese subterráneo infernal. Carmen se convirtió en mi redentora. Su ternura fue pacientemente borrando la tinta de ese pasado que llevaba tatuado en el alma. Y Pablo, mi pequeño Pablo, con su inocente sonrisa y su aroma a limpio me devolvió las ganas de luchar.

¡Y volviste al acecho! Te apareciste un día sin invitación con esa cara de ingenuo y tu nuevo disfraz. Te dejé entrar de nuevo porque creí que juntos podíamos redimir el pasado. Observaba como mirabas a Carmen mientras se afanaba en la cocina, y a Pablo jugueteando con sus peluches, y vi esa chispa en tus ojos que me volvió a estremecer.

Y aquí estamos, unidos en un mismo destino. La helada punta del revolver sobre nuestras sienes refresca los recuerdos amargos y me vuelve fuerte, me hace estar en control. Un único disparo será suficiente para la víctima y su verdugo. Seré yo quien decida esta vez.