II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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3/3/2005

111. Los ojos

Había una isla en medio del océano donde habitaba toda la fauna conocida. Tenían su ley y su rey; el león, él dirigía el orden de aquel paraíso procurando que hubiera buena armonía entre todos los animalejos.

Bien es cierto que no podía evitar que utilizaran sus propios métodos para poder subsistir, pero tenían sus momentos de ocio y entretenimiento, unas veces a propuesta de algunos de ellos y otras por sugerencia del rey, siempre tenían fiestas en las que participaban la mayoría.

Todos los años se celebraba el característico baile de disfraces y, sin que nadie se conociera, bailaban y se divertían unos con otros sin ningún tipo de rencor. El ganador era aquel nadie pudiera reconocer debido a su disfraz. A él se le entregaría el cetro del rey pudiendo hacer su voluntad y autoridad durante un mes.

Después de una semana confeccionando sus trajes, llegó el día de la fiesta. La orquesta estaba formada por diversas clases de pájaros: el carpintero picaba simultáneamente en varios troncos entonando un buen ritmo, el cuco soplaba una gruesa caña y emitía un sonido grave, el avestruz repicaba en varios cocos acompañando en el ritmo, el pavo real soplando en una raíz hueca y a la vez con su graznido, ponía la nota exótica, dos loros cantaban haciendo de vocalistas y los jilgueros acompañaban haciendo los coros.

Montaron un chiringuito regentado por la familia de osos pardos y se bebía jugo de endrinas machacadas, madroños mezclados con agua de coco y uvas negras estrujadas sin pellejo. La mayoría se ponían un poco pesados de tanto beber. Por ejemplo, el cocodrilo tenía la ventaja de no tener problemas si se caía al suelo, el camello al acumular líquido para varios días, estaba contento durante casi una semana, con los elefantes no se daba abasto, después se daban trompazos y la mayoría de las aves cuando intentaban volar se chocaban con lo que se encontraban a su paso. Pero también había mucha cantidad de comida, frutas silvestres, saltamontes tostados y algas frescas de entremeses. En general se lo pasaban en grande ya que bailaban sin conocer quien era cada uno y, a petición del público, los músicos tocaban canciones como:
El lago de los cisnes
Acunabatata
Los pajaritos
Cucurrucucu, paloma etc.

Mientras tanto, el rey león estaba sentado encima de una tarima, observándoles a todos y tratando de saber quién estaba tras cada disfraz. Siempre había sido muy buen fisonomista y con los años se le había desarrollado una habilidad especial para saber quién era cada uno con sólo mirar a sus ojos.

Cuando se daba por concluido el baile y estando todos por allí, el rey león comenzaba a examinarles, e intentaba decir cual era cada uno. Esa es la hiena vestida de pantera, ese es el elefante camuflado de hipopótamo, a la urraca le va bien las plumas de paloma, qué ocurrente está el lobo con la piel de oveja, mira lo bien que le queda al conejo la cola de zorro y qué simpático está el gavilán cacareando como una gallina, sin embargo, algo más le costaba descubrir al murciélago vestido de perdiz y al castor de puerco espín.

Así pensaba mientras les estaba viendo, hasta llegar a uno que iba vestido como un mono. Este tenía mucho pelo por la cabeza y por la cara, e iba camuflado con ramas y hojas. El rey león le miraba, pero por más que quería recordar no podía saber quien era. Insistió y le siguió mirando a sus ojos, y sus ademanes, y aunque estaba seguro de que pertenecía a la familia de los orangutanes, no era capaz de reconocerle.

El rey muy disgustado pensaba que estaba perdiendo facultades y, que por primera vez en todo su reinado tendría que ceder el cetro. Pero el desconocido parecía estar interesado solamente en comer y beber, por ello cuando se sació y sin que nadie se diera cuenta, desapareció de la fiesta.

Pero el rey león herido en su orgullo quería saber quién se escondía detrás de aquel disfraz que había sido incapaz de distinguir, por ello cayó en una gran depresión. Por las mañanas no tenía ganas de levantarse solo bostezaba, estaba triste, no hablaba ni tampoco ordenaba hacer nada; no podía quitarse de la cabeza al personaje del disfraz.
Ante esta situación, los felinos con mejor olfato decidieron seguir su rastro buscando por toda la isla, hasta que a los dos días encontraron en la playa un tronco que había traído el mar, y unas huellas que parecían ser del simio que buscaban. Las siguieron y éstas les llevaron hasta el árbol donde parecía su guarida, pero cuando intentaron trepar el simio les descubrió. La pantera le dijo que les acompañara para ver al rey león, pero él no les entendía y además les tiraba piedras y palos.

Decidieron llamar al viejo orangután para que se comunicara con él y saber por fin quien era. Desde otro árbol próximo le habló, pero fue incapaz de entender su lenguaje, llegando a la conclusión de que no pertenecía a ninguna de sus familias, y aseguró que no llevaba puesta ninguna máscara, así que pensaron que era una nueva especie que había venido por el mar y decidieron dejarle en paz.

Después de un tiempo comprobaron que se las arreglaba bien solo, Había construido encima de los árboles más frondosos una plataforma desde la cual podía observar y dormir por la noche sin temor a los depredadores, y también había construido diferentes mecanismos para pescar y cazar para poder alimentarse.

Así transcurrió mucho tiempo. Alguna vez tuvo que defenderse de varios ataques de los animales más fuertes, como el del tigre, que le hirió en un hombro, pero el disfrazado se defendió clavándole un palo con punta en un muslo y desde entonces todos los demás animales le respetaron incluido el mismo tigre.

Un día los habitantes de la isla vieron cómo se acercaba a la playa una especie de cáscara de nuez gigante de donde bajaron unos monos parecidos al que allí estaba. En cuanto éste les vio, corrió a su encuentro gritándoles y hablando en el mismo idioma al suyo. Después de un rato juntos subieron de nuevo todos al cascarón y poco a poco se fueron alejando mar adentro, sin ningún tipo de ballenas ni delfines que les ayudaran.

En la época en que estaba comenzando a hacer calor, llegaron a la isla en busca de comida, unas aves zancudas que se habían desviado de la ruta que hacían siempre, les contaron que se desplazaban todos los años desde tierras muy lejanas en épocas de frío a otras más cálidas. Después de estar hablando un rato, el rey león les preguntó qué hacían los demás animales en invierno, comentaron que allí habitaban pocas especies de animales, a muchos les habían traído de muy lejos y estaban en recintos cerrados, metidos en sitios reducidos y con palos muy duros en las puertas para que no puedan salir ni escapar. Les dijeron que la especie que mas abundaba era un clase de mono llamado “hombre” que lo controlaba todo, y que había construido muchas cosas, se cubren el cuerpo con lo que ellos llaman vestidos, han fabricado casas que llaman, donde vivir cobijándose del tiempo, tienen artilugios con ruedas para ir de un sitio a otro, comida que hacen ellos sin tener que cazar todos los días y muchas cosas más que no hay ni pueden conseguirse en una isla ni en la selva.

Por eso, entre estos mismos monos hablaban de uno a quien llamaban Robinsón, que decía haber estado mucho tiempo solo en una isla sin ninguna de las cosas que ellos tienen allí, teniendo que sobrevivir a los peligros de los demás animales y procurar su comida. Fue en ese momento, cuando el rey león se dio cuenta de que la nueva clase de mono aparecida en la fiesta de disfraces era ese “hombre” y que después de haberle visto los ojos, estaba seguro de que ya no se le olvidaría nunca.

Sin mucho tardar tendrían noticias de que esa rara especie de mono, pasó a ser el animal más depredador que existe, muy superior a las tempestades y olas gigantes formadas en el mar, a los daños ocasionados por el mayor de los terremotos y más arrasador que el fuego más encarnizado. No sabía que tanto a él, como al resto de los animalillos les quedaban pocos momentos de tranquilidad y libertad.