II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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28/2/2005

81.Inquisición

Los ojos de Fray Gregorio de Zumárraga eran fríos y penetrantes, tan pequeños que apenas se veían bajo sus gruesas cejas. Cuando se clavaban en su interlocutor, parecían ver a través de él, y hacían que éste se pusiese muy nervioso. Su nariz, larga y aguileña, formaba extrañas sombras en su cara cuando el fuego de una hoguera la iluminaba. Sus labios pequeños, delgados y siempre resecos ocultaban sus dientes y apenas se movían cuando hablaba, cosa que rara vez ocurría.

Era alto y delgado. Su aspecto era bastante sombrío y abandonado. Vestía un modesto hábito, pero por su forma de llevarlo se podría haber dicho que era una túnica de obispo. Su paso era rápido y firme. Su mano jamás temblaba, su voz jamás vacilaba, y nunca había signos de duda en él. Siempre llevaba en el cuello una cruz labrada en plata.

Se levantaba, comía y se acostaba siempre a la misma hora. No tenía miedo a nada, tan sólo a Dios, y soñaba con enfrentarse un día con Satanás.

Se sabe de él, que nació en Palencia. Fue hijo de un poderoso caballero y sobrino del Cardenal Juan de Zumárraga. Quizás fuese por la influencia de su tío, que desde muy joven sintiera un gran amor hacía Dios y la Religión. Ingresó en la orden los Dominicos en Valladolid, y rápidamente adquirió fama entre los demás novicios por su infinita devoción.

Jamás faltó a una misa. Jamás se durmió en el oficio de maitines. Confesó siempre todos su pecados. Sus compañeros se apartaban de él, llevados por el temor y el respeto.

Por su ciencia y su incuestionable fe en Dios, fue elegido por el Papa Sixto IV como adjunto a otros inquisidores, de los que no tardó en distinguirse. Adquirió cierto renombre como inquisidor, por su infatigable lucha contra la herejía, la apostasía, la hechicería y la magia. Sus éxitos hicieron que el inquisidor general de Castilla y Aragón le enviase a Toledo, donde residió hasta el fin de sus días.

En la época en la que comienza esta historia, el inquisidor había logrado una merecida fama de implacable con los enemigos de Dios, cuando cierto día fue llamado para asistir a un juicio contra un hombre acusado de herejía y brujería. Las pruebas contra el acusado eran abrumadoras; varios testigos afirmaron que había renegado de la inquisición y dudado de la santidad del mismísimo Papa Sixto IV, y otros muchos afirmaron haberle visto practicando la brujería.

El acusado se negó a decir su nombre y no hablo ni hizo gesto alguno, aun sabiendo que las pruebas le enviaban directamente a la hoguera. Era de mediana estatura y algo delgado. Parecía joven, aunque su espesa barba le envejecía. Su cara tenía una expresión de bondad que atrajo las simpatías de algunos de los asistentes al juicio. Sin embargo, nadie desaprobó la decisión de los jueces condenándole.

Ni siquiera el acusado hizo protesta alguna. Continuó con los ojos bajos mientras le guiaban hacia las mazmorras, el lugar más temido de Toledo. De aquella sala de tortura circulaban terribles historias sobre los sufrimientos que allí se padecían. Era una cueva de penitencia y dolor para los pecadores que debían pagar allí todas sus deudas con el todopoderoso.

Cuando el acusado entro en aquel lugar se sobrecogió unos instantes. El largo y estrecho pasillo de paredes de piedra por donde le llevaban, estaba iluminado sólo por unas antorchas, y de las puertas que llevaban a las celdas provenía un nauseabundo olor a podredumbre. A medida que se adentraba en el pasillo, la oscuridad y aquella insoportable pestilencia aumentaban notablemente.

El acusado fue introducido en una sucia celda y encadenado a la pared. Allí le abandonaron a oscuras, hasta que Fray Gregorio llegó con una antorcha y alumbró toda la estancia. Observó unos instantes al reo. La mayoría de ellos en su situación estaban pálidos y temblorosos, pero él permanecía tranquilo con los ojos bajos y ni siquiera sudaba.

De pronto el preso comenzó a hablar. Fray Gregorio, que tenía por costumbre no escuchar las súplicas y lamentos de ningún condenado, escuchó las de este, con los brazos cruzados y sin dejar de mirarle, pues no quería marcharse haciéndole creer que le temía. La voz de aquel hombre era suave y envolvente como la música de un órgano de iglesia. Fray Gregorio se resistió a duras penas a tan bellas palabras y a punto estuvo de soltar al preso ante las convincentes razones que aportaba este para ello. Pero en ese mismo instante volvió a la realidad. Sintió que estaba en las mazmorras, en sus mazmorras, y que aquel individuo era un condenado.

– En este sitio no hay lugar para el perdón – dijo con potente voz haciendo callar al preso.- Habéis sido condenado justamente por hereje a morir en la hoguera. Mi misión es haceros retornas al buen camino antes de abandonar este mundo, y tened por seguro que lo he de conseguir cueste lo que cueste..

Tras estas palabras Fray Gregorio salió de la celda. Se sentía extrañamente feliz. Había resistido una dura prueba al no ceder ante aquella serpiente con voz hipnótica, enviado sin duda por el Diablo. Había resistido, pensaba, pero aquel hereje no podría resistir las pruebas que le tenía preparadas.

Al día siguiente Fray Gregorio se dirigió directamente hacia la celda del hereje. Le encontró tranquilamente sentado en el suelo. Le preguntó si se arrepentía de sus pecados, y quería seguir el sendero de Dios, pero el condenado respondió que no se arrepentía de nada, que no había cometido pecado alguno, y que el Papa y todos los inquisidores eran más pecadores que él, sobre todo aquellos que enviaban hombres a la hoguera desobedeciendo el quinto mandamiento.

Fray Gregorio le dijo que ese mandamiento no incluye a los herejes y a los enemigos de la iglesia capaces de escupir sobre la cruz, y acto seguido indicó a su ayudante que preparase la bota. Este aparato, como su nombre indica, consistía en una bota de acero que aprisionaba el pie del condenado hasta extremos insospechados, y que se podía graduar por medio de una clavija.

El ayudante de Fray Gregorio le puso la bota al hereje, y comenzó a girar la clavija esperando que su jefe le diese la señal para detenerse. La bota cada vez se estrechaba más en el pie del condenado, pero este no mostraba ningún signo de dolor. Fray Gregorio le miraba atentamente, con aire preocupado. A la décima vuelta de la clavija comenzaron a sonar los huesos del pie quebrándose, pero el reo seguía impasible y su ayudante se detuvo. Cuando le quitó la bota, el pie del preso era una masa deforme y sangrienta. Fray Gregorio y su ayudante salieron lentamente de la celda, cabizbajos y vivamente sorprendidos.

Fray Gregorio meditó largamente sobre el aplomo y la terquedad de aquel hereje, pero no se acobardó. Si no le hace mella el sufrimiento físico pensó, probaremos con el psíquico. Aún volvió a intentarlo con el hierro al rojo, pero el preso, aún teniendo la espalda carbonizaba no se rendía a las exigencias del inquisidor.

Cierto día Fray Gregorio decidió llevar al hereje a visitar por entero las mazmorras. En aquellas salas se practicaban los más ingeniosos y aterradores métodos de tortura.

Allí el inquisidor le mostró al condenado lo que le podría suceder de continuar con su actitud. Podía ser atado al potro y desposeído de sus brazos y piernas. Podía ser encerrado en un cajón lleno de cuchillos dirigidos hacia puntos no vitales. Podrían colocarle una rata sobre el estomago que escarbase y saliese por cualquier otra zona de su cuerpo y hasta podían untarle los pies de sal y dejar que una cabra se los lamiese hasta que se quedasen en carne viva. Aquella galería de horrores era interminable.

– ¿Os convencéis ahora – dijo Fray Gregorio -, que debéis optar por el buen sendero, el sendero de Dios?

– Os equivocáis conmigo señor – replicó el preso – Yo creo en Dios. Pero no es un Dios que permita tanto sufrimiento en el seno de su iglesia; no es un Dios que ampare sólo a sus seguidores; no en un Dios al que al que todos veneran por temor, y no por amor. No en vuestro Dios, sino en el mío. Mi Dios ampara a todos los hombres de la tierra, perdona a los que le ofenden porque son ignorantes, y sólo castiga a los que actúan por odio o por codicia.

– Vuestras palabras son hermosas – dijo el inquisidor, pero falsas. Es justo que Dios no ampare a los que no creen en él. La gente docta venera a Dios por amor, pero en el vulgo, el temor es algo más fuerte para guiarlos hacia él. Y no debemos olvidar a Satanás. Para combatirle a él y a sus seguidores estamos nosotros, los inquisidores. La Iglesia Católica es Santa y Docta, y sus enemigos son los enemigos de Dios.

– Satanás no existe. Existe solo la voluntad de los hombres de hacer el bien o el mal.

– Eso es lo que la gente como Vos quiere hacernos creer.

Aquel día, al anochecer, Fray Gregorio regresó lentamente a su casa. En sus pequeños ojos se veía un reflejo de tristeza.

Las palabras de aquel condenado en contra de la Iglesia no le habían afectado lo más mínimo. Era la actitud del preso, su resistencia al dolor. Su voluntada por convencer y no dejarse convencer, su fe en lo que creía… Eso era lo que preocupaba al monje. Y aquella fe le hacía dudar por primera vez; dudar de la Iglesia, y de sus propias creencias.

Entró en su austera habitación y se arrodilló al lado de la cama ante el crucifijo de madera colgado de la pared y rezó pidiendo ayuda al señor:

– Señor, si los pastores están equivocados ¿Qué será de las pobres ovejas? Si el hereje es de voluntad inquebrantable creerá que tiene la razón, y con él otros muchos lo creerán. ¿Acaso hay alguna tortura que le haga padecer de verdad? Guiadme Señor, por piedad.

La habitación estaba en silencio y Fray Gregorio murmuraba en voz baja. Miraba fijamente al crucifijo, esculpido esmeradamente en madera de roble. Recorrió con su mirada aquella figura, deteniéndose brevemente en los detalles: la corona de espinas, los clavos de las manos y los pies… Entonces el monje comprendió. Si Jesucristo había padecido, aquel hereje encerrado en las mazmorras padecería de igual modo..

Al alba Fray Gregorio se vistió y corrió apresuradamente a las mazmorras. Le indicó a su ayudante lo que quería y este, obediente y sumiso cumplió sus ordenes. Por la tarde ya estaba preparada la tortura para el condenado. El ayudante le clavó las manos y los pies, y con ayuda de Fray Gregorio apoyó la enorme cruz contra la pared. El inquisidor retrocedió unos pasos y contempló el crucifico.

La cruz casi rozaba el techo de la celda. El hereje yacía con la cabeza apoyada sobre su hombro. Parecía inerte. Entonces, antes de saborear su triunfo, Fray Gregorio vio, o creyó ver que una corona de espinas aparecía sobre la cabeza de aquel hombre, y sobre él aparecía un lienzo con la inscripción “I.N.R.I”…

Y aquella figura, comenzó a transformarse poco a poco, hasta que quedó convertida en un enorme crucifijo de madera, muy parecido al que Fray Gregorio tenía en su alcoba. El ayudante huyó despavorido, y el inquisidor también se marchó a su casa confuso y desesperado. Le encontraron ahorcado en su cuarto días después.

Fray Gregorio fue enterrado en tierra santa, y por mucho tiempo circuló la versión de que había muerto de viejo, sirviendo a Dios. Su ayudante vagó muchos días por los campos, como enloquecido, contándole a todo el mundo lo que había visto, hasta que cayó en manos de la inquisición y le enviaron a la hoguera como hereje… Aún hoy, en nuestros días, nadie sabe que fue de aquel enorme crucifijo de madera…