II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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28/2/2005

76. Gatos Negros
75-Sólo un adjetivo viví.
77. Mi reino por un whisky
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Desde que nací, nunca fui supersticiosa. Ni siquiera en los momentos en los que tenía mala suerte de verdad. Nunca me importó pasar debajo de una escalera, o cruzarme con un gato negro, y todas esas cosas. Sin embargo, desde que ocurrió todo aquello creo que algo ha cambiado.

Recuerdo que todo empezó un trece de abril, que además era martes. Tenía que ir con mis padres a visitar a mis abuelos, y estaba de muy mal humor, porque el día anterior me había peleado con mi novio. Mi madre, que sabia lo de la pelea, intentaba animarme por todos los medios, pero yo estaba demasiado triste.

Cuando estábamos cerca de la casa de mis abuelos, pasamos al lado de un pequeño puesto donde una mujer mayor vendía unas curiosas figuras de madera. Mi madre se acercó a mirarlas, y me hizo una seña para que yo también fuera. Le dije que no con la cabeza.

– ¿Le ocurre algo? – preguntó la mujer mayor señalándome.

– Mal de amores – respondió mi madre riendo.

– Eso tiene fácil solución. Acércate – me dijo.

Me aproximé a regañadientes y ella me dio un pequeño muñeco de madera. Pude comprobar que estaba hueco.

– Tienes que meter dentro algo que te haya dado tu novio, y atarle este lacito. Ya verás qué pronto os reconciliáis.

– Vamos – dijo mi madre.. Hazlo.

Me quité de mala gana la cadena que él me había regalado, y la metí dentro. Luego le puse el lacito que me ofrecía aquella mujer. Mi madre y ella quedaron encantadas.

– No creo en estas cosas – dije mirando a la anciana a los ojos.

– Deberías hacerlo – respondió la mujer muy seria.
No pensé en ello durante toda la tarda, y cuando volvimos a casa, arrojé el muñeco a un rincón del viejo armario ropero y me olvidé de él.

A la mañana siguiente, mi novio me llamó. Me pidió perdón por ser tan tozudo e hicimos las paces, como si nada hubiera pasado.

Todo iba a las mil maravillas, hasta que ocurrió un hecho inesperado.

Una mañana llamé a su casa y no había nadie. Sus vecinos me dijeron que se lo habían llevado al hospital. Al parecer, se había desmayado jugando al fútbol, y no lograban reanimarle.

Pasé toda la tarde preocupada, hasta que pude contactar con sus padres. Al preguntar por su hijo me dijeron entre lagrimas que seguía en el hospital. Estaba en coma.

Pasé varios días llorando en casa, sin atreverme a ir al hospital a verle por miedo a encontrarle deformado o algo así. Mi madre me convenció, y fui con ella. Estaba en una habitación en penumbra, tumbado boca arriba, con sus padres sentados junto a él. Su madre, haciendo un esfuerzo me sonrió cuando entré.

Me acerqué para verle la cara. Parecía dormir profundamente. Tímidamente le besé. Entonces abrió los ojos y me miró fijamente. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. De repente comenzó a gritar como si le estuvieran torturando, y levantó los brazos, apartándome de él. Continuó gritando hasta que las enfermeras acudieron y le dieron un calmante.

– Le sucede muy a menudo – me dijo una enfermera.

– Yo creía que los que estaban en coma no se movían para nada – dijo mi madre.

– Pues no es así – respondió.

Fui varias veces más a verle, y pasé varias noches rezando para que se recuperara. Hasta que una mañana recibí una llamada telefónica de su madre. Con increíble sangre fría me dijo que por fin había dejado de sufrir.

Había muerto.

Su entierro fue la ceremonia más triste que he vivido nunca. Apenas pude contener las lágrimas y sentí una especie de ahogo.

Por la noche lloré sin parar, hasta altas horas de la madrugada. Fue en ese momento cuando, sin saber porqué, me acordé de aquel muñeco que había comprado hace tiempo. Recordé que lo había guardado en el viejo armario ropero y decidí recuperarlo. Cogí una linterna y enfoqué hacia el rincón donde lo había dejado. Lo que vi me dejó horrorizada. El muñeco estaba rodeado de enormes arañas negras que pasaban sobre él, y se movían subiéndose unas encima de las otras. Pegué tal alarido que mis padres se despertaron inmediatamente.

Mi padre desinfectó el viejo armario y mató a todas las arañas, pero cuando pude recuperar el muñeco, este se deshizo en mis manos, convirtiéndose en polvo. Dentro no estaba la cadena que él me regalo.

Al día siguiente, desesperada y aturdida corrí al barrio de mis abuelos a intentar localizar a la anciana… El lugar donde tenía su puesto estaba lleno de bolsas de basura apiladas junto a un cubo repleto a rebosar..

Ya iba a irme cuando un ruido me sobresaltó y pude ver como entre las bolsas asomaba un esbelto gato negro.. Sus ojos cristalinos no apartaban su mirada de los míos y sobre su cuello pude distinguir la famosa cadena, esa que mi novio me había regalado..

Ahora nunca paso debajo de una escalera.. Siempre entro a los sitios con el pie derecho y evito salir los martes y 13. Graham Greene dijo una vez: “Nunca convencerás a un ratón de que un gato negro trae buena suerte..” y desde aquel suceso a esta frase siempre respondo: “Ni a mi Sr. Greene, ni a mí…”

 

75-Sólo un adjetivo viví.
77. Mi reino por un whisky