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25/2/2005

65. De perdices, de sirenas y de amantes

Lo primero que quiero deciros es que soy una perdiz. Una perdiz reclamo. Una perdiz asesina.

No recuerdo todas mis vidas anteriores. He sufrido cambios enormes. Me he vestido de piel, de escamas y de plumas; he habitado el mar, la tierra y el cielo; he sido persona y animal. Incluso he olvidado muchos de los nombres de los seres que he sido. De lo que estoy segura, hasta donde alcanzo, es de que siempre he sido mala.

Ahora soy perdiz, fui sirena, y comencé siendo mujer. Los pájaros no viven mucho tiempo y por el camino que llevo lo más probable es que acabe siendo lombriza. Aprovecho que aún tengo memoria; las lombrices dudo que la tengan.

Me gano la vida incitando a los pobres machos con mi reclamo. Les hablo de mi disposición a cuidar huevos -como si pudiesen, estando rodeada de los barrotes de mi jaula, con sus cortos miembros penetrarme para prepararlos- y logro que ellos, muy dispuestos, se acerquen lo suficiente para que mi amo, escondido, pueda cómodamente dispararles.

Mi amo se llama don Julián. Es farmacéutico y achacoso. Su oficio tiene importancia en el caso: el dinero que gana es bastante y necesita cuidar su imagen de persona respetable. Nunca le hubiera conocido si no fuera porque le pierden los líos de faldas. Como era fácil que le pillaran en la pequeña ciudad donde vivimos, le dio por hacer turismo sexual. Y en uno de sus viajes me descubrió. El que esté algo estropeado también es importante: le gusta matar animales y, cuando se sintió viejo para patear los campos cargado con una pesada escopeta, recurrió a este asesinato llamado caza con reclamo.

Aquí, las perdices defienden su territorio y son los machos quienes comienzan a hacer el nido. El reclamo es siempre un macho. La hembra acude a su llamada para ser fecundada y el macho para intimidar al competidor.

Allí, el clima y la vegetación son otros. No tenemos que luchar por unos pocos granos resecos, la selva está llena de frutos. Las hembras, allí, no somos tan egoístas, posiblemente porque la tierra no está embutida de cascajos y los nidos se hacen en un santiamén. Además somos más cariñosas y los machos menos celosos.

Esta diferencia de usos y costumbres al principio me desquiciaba. Yo, allí, cantaba: uno, dos o tres enamorados se peleaban, el que ganaba se quedaba conmigo esa noche. Si era atento y soportable le empezaba un hoyo en un sitio acogedor, le dejaba con los remates y me iba a cantar. Si después de la primera noche, haciendo lo que los dos en sinceridad únicamente buscábamos, se mostraba torpe y con poco fondo, me iba a cantar también, pero no le entretenía con ningún hoyo.

Así que cuando empecé a trabajar en este rincón del mundo pensé que las hembras de aquí eran muy raritas: quiero decir que una esté trabajándose al macho para que venga una lista a levantártele, vale; pero que venga porque crea que la llamas a ella…

Pero han aprendido, ya no aparecen, me han dicho que al oírnos, a mis amigas o a mí, se apuestan fuera de nuestra vista pero en el camino de los machos que vienen hacia nosotras, y les hablan de lo malas, de lo peligrosas, de lo inconstantes e insaciables que somos. Obviamente lo único que consiguen es que los machos corran hacía nosotras más deprisa todavía.

Don Julián me trajo en uno de sus viajes y poco tiempo después escabechó al macho al que quité el puesto. Como los amigos de mi amo vieron que yo era muy buena en mi oficio, pronto empezaron los encargos y ahora ya seremos unas treinta las que dejamos nuestra tierra y asesinamos aquí, donde a los que se dedican a esta forma de caza les llaman “pajareros”. Es un buen nombre… si se entiende despectivo. Y no lo digo, lo de despectivo, porque se trate de esconderse para matar a traición; más bien porque exuda un cierto tufillo a impotencia.

Mi récord ha sido de cinco idiotas muertos a los pies de la vara que, semejante a un cayado cuyo asidero se prolongase en una curva al revés, se clava vertical y, mediante una argolla, suspende mi jaula a poca distancia del suelo. Desde aquel día me gané el derecho a que recogiendo a la vara se dispusiesen ramajes imitando un arbusto, y lo agradecí ya que es horrible el frío que sube del suelo en los amaneceres.

Es un trabajo frustrante y llega a ser cansino. Nunca copulo y tengo los ovarios descontrolados y, una vez que has visto la muerte de la primera docena de amantes, todas te parecen iguales. Incluso la ansiedad que me producía la espera del disparo me es ya lejana. También es cierto que casi desde el principio comprendí el procedimiento de caza, de modo que pronto dejé de temer que el tiro me diera a mí, aparte de que de tanto ruido me estoy quedando medio sorda. Lo único que me distrae de verdad, aunque a veces me da por reír y tengo que apretarme el pico, es ver las caritas que ponen los pipiolos intentando impresionarme.

En las tabernas donde comentan sus hazañas, oliendo a vinazo y refrito, antes y después de la jornada de caza, los amos retiran las caperuzas de tela prieta que aíslan las jaulas y podemos hablar entre nosotras.

Somos de variados caracteres, entre nosotras las hay que se excitan con la agonía de los machos -habéis de saber que a veces el plomo no causa la muerte instantánea- e incluso he oído conversaciones en las que se habla de las ganas de incubar que se siente cuando un macho se pasea ignorante del aleteo moribundo de su predecesor.

También las hay miedosas. Son las que duran menos. Se ha llegado a dar el caso de compañeras que por temor han dejado de cantar. El pánico las ha enmudecido y eso que de seguro deben saber que nunca se dispara desde muy lejos, de modo que los perdigones no tienen espacio para dibujar sus abanicos.

Las hay perfeccionistas que llegan a modular tanto los trinos y a emitir sonidos tan cálidos que enloquecen al amante y éste, desesperado, se da de cabezazos con los barrotes. Sube de un salto hasta su amada, golpea, la mira sin verla y cae. Tampoco son las preferidas por los cazadores ya que no pueden disparar a una diana que no deja de aletear cerca del reclamo. Es preciso que el macho se fatigue -y hay que ver cuán fuertes son algunos- y rendido, y seguro que con dolor de cabeza, repose en el suelo.

Y las hay que se hacen las buenas… ¡como si se pudiera ser buena siendo una asesina! A éstas no las soporto y si no fuera por mi encierro las picotearía hasta dejarlas desplumadas. Pretenden a la vez llamar y no llamar al pobre macho. Empiezan muy sonoras, representando su papel ya que se saben vigiladas por el cazador -y son de todas conocidos bastantes casos en los cuales el pajarero, desesperado, descarga su ira asesinando a la asesina-, pero luego no continúan. Atraída la víctima, en vez de cantar, suspiran. El macho, que siempre se cree que le requieren a él y sólo a él, supone que la hembra ha sufrido un desmayo pasajero ocasionado por su cercanía y, en lugar de marcharse y salvar la vida, se queda pasmado, presumiendo engreído la angustia de su enamorada para, instantes después, caer patas arriba.

Os cuento que todas, al final, acabamos locas. Nuestro propio juego termina por dominarnos. Jugamos tanto al sexo que casi todas, antes de que finalice la veda, intentamos incubar hasta los guijarros. Aparte de que olemos a hembra que apestamos.

Voy a contaros el último caso. Hay compañeras que se creen fantásticas. Cuando comentan lo bien que ha ido la caza, se envanecen de lo sugerente de sus actuaciones. Se consideran irresistibles. No se dan cuenta que, incluso una perdiz fea, si tiene una provocativa pechuga -unos buenos pulmones para cantar- tiene amante seguro. Yo he aprendido que todos los machos son tontos, y ahora me refiero a las perdices y a los hombres -que de los frotamientos de mi vida de mujer sí que me acuerdo-, y que les esclaviza el deseo de restregarse contra las hembras.

Cuando era sirena asesinaba hombres. Son un poquito más complejos que las perdices y se necesita un señuelo mas sofisticado.

Yo me subía a unas peñascos y en las noches sin luna, y si reinaba la niebla mejor, cantaba. Y los barcos despanzurraban su maderamen contra ellos. Terminaba mi sonido al comienzo de sus alaridos y sus llantos. Y escuchaba. Los hombres llamaban a sus dioses, a sus madres, a sus mujeres, a sus hijos, gritaban -los que no estaban conmocionados, claro- pidiendo ayuda y declaraban todo su pánico sin pudor ni comedimiento.

He oído cientos de formas de pedir amparo y he conocido todos sus sentimientos. Fuera de la protección de sus naves, aturdidos por el ruido del oleaje, sin referencias en la oscuridad y comprendiendo su muerte próxima, sea mediante maldiciones o sea mediante oraciones, los hombres desnudan su alma. No recuerdo todos los detalles, pero, ¡cuán sucia tenían el alma algunos!

Yo era una sirena asesina, pero nunca fui una sirena cruel. Elegía siempre las rocas en lugares donde fuera imposible alcanzar la costa, sabiendo que las olas las cubrirían. Al final, todos morían ahogados.

Desde el principio conté con la ayuda de una vieja sirena. Ella me aconsejó que mis cantos hablaran de aquello que los hombres quieren oír. Siempre ha sido mentira que los cantos de sirena aturdieran sus mentes. Los hombres no se dejan matar por ninguna canción, sino por sus propios deseos y recuerdos.

Naturalmente, igual que las perdices, tenían deseos sexuales, supongo que nuestro propio cuerpo estaba por ello así diseñado. Hago un inciso para referirme a que ahora buscan otras formas en los cuerpos, y la verdad es que supongo que las sirenas de ahora tienen un trabajo más difícil, amén de que quedan ya pocos barcos de madera.

En lo que el hombre es tan tonto como la perdiz es en que se deja dominar por las ilusiones, aunque considero que las de la perdiz son más naturales. Claro que acaso esté en la propia naturaleza del hombre crear sus propias esperanzas y engañarse con sus propias necesidades. En ocasiones llegué a pensar si para mi pesca necesitaba realmente la ayuda de la noche o de la niebla.

Dentro de nada vendrá don Julián para que le acompañe a matar en cualquier secarral. No obstante, pocas cosas me quedan por decir de mis compañeras, a no ser que os interesen las distintas modalidades de cocinar cadáveres desplumados de enamorados vírgenes.

En aquellos tiempos en el que los barcos eran de madera, no había marineras, o si las había no me consta que engatusara a ninguna. Por ello no puedo hablar de la forma de morir de las mujeres. Lo que sí puedo contaros es que, según oigo a los cazadores, hay muchas que mueren de amor. Hasta me lo puedo creer. Me cuesta pero… bueno. Que vale. Pero, ¿amar a un pajarero? De ser así desde luego las mujeres ya no son lo que eran. Y los hombres tampoco… ahora viven más tiempo… hasta llegar, algunos, a ser pajareros.

Por cierto, esa ocupación que se han buscado don Julián y sus amigos, ¿no será una forma sádica de abortar la plenitud del amor, después de excitarse contemplando el cortejo, por quien es ya incapaz de cortejar, y no digamos ya de lo otro?