LA TIENDA

por Camelia

 

 

En la Gran Avenida del barrio, se inauguró, una de las pocas tiendas, que nos recuerdan a las que hoy han proliferado como setas y que casi siempre son atendidas por algún dependiente de raza china.

Son incomparables a los primeros grandes comercios que emergieron hace años y que eran diferentes hasta en las grandes alturas, que destacaban por encima de las casas de alrededor, casi todas parcelas en este barrio obrero.

 Las tiendas rastro han perdido el encanto de aquellas que fueron pioneras trayendo las primeras novedades en todo tipo de materiales.

 

Las tradicionales, que se asentaban en las calles del barrio, eran familiares y llevaban el nombre del propietario. No era difícil saber a cual te mandaban a comprar. Las conocías por el nombre del que las atendía y a su vez la clientela fiel, era reconocida en poco tiempo por los comerciantes y lo mas importante, sabían los gustos de tu casa según el género que vendían y aunque siendo niña tuvieses que ir a comprar, siempre acertaban y ya estaban en marcha antes de que terminases de hacer el pedido.

Por esto, el nuevo y moderno comercio llamó enseguida la atención de los vecinos. Fue muy bien aceptado, no vendía nada de lo que se despachaba en las otras tiendas. No les hacia competencia ni a la carbonería, chatarrería, comestibles, bodegas, zapatería, lechería, panadería, muebles, ultramarinos, mercerías, estancos, ultramarinos...y destacaba entre el resto como un ejemplo de lo que podrían ser las tiendas en el futuro.

Su estética era totalmente distinta a todo lo que se conocía anteriormente.

 

El material que vendía era de juguetería, escolar, lúdico, papelería de todo tipo, junto con la prensa y las revistas de cotilleo y decenas de chucherías.

 Muchos de los periódicos de nueva tirada, se vendían en su mayoría en el centro de la ciudad y los artículos y fascículos especiales sobre temas concretos, en librerías y kioscos, separados por trayectos que iban de los extrarradios al centro , lo que hacia que se necesitase mucho tiempo para ir de un sitio a otro para adquirirlos. Era algo que muchos dejaban para el día de su fiesta.

En un barrio lleno de parcelas en sus calles y suelos de tierra, solo se conocían los puestos pequeños y las tiendas humildes, que no desentonaban, con el nivel de los trabajadores que moraban allí.

La nueva obra supuso muchas mejoras, no solo en la Avenida sino también en los alrededores; se levantaron las aceras que hasta entonces no existían y la gran transformación al cambiar algunas calles de tierra por las de asfalto.

 

Su ubicación, era el espacio que habia ocupado la antigua panadería y que hasta los más ancianos recordaban haberla visto siempre allí pasando de padres a hijos.

 

Una noche de verano del mes de agosto, diez años atrás, la panadería de toda la vida, en la que desde las cinco de la mañana se vendía el pan recién horneado tuvo su final; fue devorada, por el fuego dejando un solar inmenso.

Se incendio, mientras los panaderos trabajaban en ella y nunca se supo el motivo exacto, solo que dejo a varias familias sin trabajo y un montón de escombros. Afortunadamente todos pudieron salir a tiempo.

La familia se quedo en la ruina y el miedo metido en los cuerpos de los vecinos que temieron que sus viviendas fueran también pasto del atroz fuego que consumió hora tras hora el esfuerzo de tantos años para ganarse la vida.

 Las calles se llenaron de  vecinos con mangueras, bidones, pozales, barreños y cualquier cosa que fuese capaz de minimizar o aportar una gota de agua intentando evitar la gran catástrofe que se habia extendido rápidamente mientras se esperaba la llegada de los bomberos que lamentablemente no pudieron hacer nada.

Desapareció como una falla y las lágrimas que se asomaron a decenas de ojos en las caras llenas de hollín, no fueron de alegría como en las populares Fallas que se construyen para el deleite de los que las visitan.

Fue una noche en vela, todos medio vestidos, fuera de las viviendas, esperando en la calle, tiritando de miedo, sudando en ese infierno y tosiendo por las columnas de humo negro y llamaradas que se elevaban hasta una altura que la noche con su cielo oscuro, no dejaba calcular y poco despues como iba cayendo el resultado de ese infierno en forma de lluvia negra.

 

La tienda que ahora veíamos, estaba levantada sobre ese terreno, todos los que habían conocido el interior de la panadería traspasando el mostrador, que separaba las cestas de pan para vender, del área de trabajo del horno; en el que se trabajaba toda la noche, sabían que las medidas eran considerables.

Durante un tiempo fue una explanada en la que los más pequeños jugaban inocentemente.

En cuanto se empezaron las obras del nuevo comercio, este, fue la comidilla y todos hacían conjeturas sobre cual iba a ser el uso que se le iba a dar al terreno. Día a día iba tomando cuerpo, hasta que termino siendo un llamativo edificio en el que se construyeron dos alturas de viviendas sobre la tienda.

La puerta de entrada daba a la Avenida y la pared de cemento y ladrillos que cubría la fachada la dividía en dos. A los lados se exponían vitrinas inmensas, repletas de las cosas más dispares que habia entonces en el mercado.

Muchos de los cuentos y juegos antiguos, recortables…etc. que se están poniendo de moda ahora, ya se exponían en sus escaparates entonces, lo que te hace esbozar una sonrisa y como habia oído con otras modas…todo vuelve aunque sea tuneado.

 

Sin duda alguna lo que más llamaba la atención era la distribución de toda esta amalgama de material tan distinto, en un orden milimétrico y atractivo, que te arrastraba a permanecer delante de los escaparates como el hierro ante un imán. No se sabía el tiempo que te pasabas mirando y remirando todo aquello que no o no podías comprar, pero te conformabas con saber que existía y quizás algún día pudiese ser tuyo. Nunca sabias todos los artículos que componían la exposición detrás de los inmensos cristales porque la variedad y el cambio continúo a la que eran sometidos te sorprendía con un:

– Ese no estaba ayer, es nuevo.

 

El espacio reservado para la clientela no era muy amplio pero podías colocarte a lo largo del mostrador, que a primera vista parecía todo de madera y que cerraba y separaba la tienda con todo el género, del alcance de los clientes. Tenía una parte móvil en uno de los laterales para poder salir o entrar, cuando alguien pedía algo del escaparate.

Cuando te acercabas al mostrador veías que la parte superior era de cristal grueso y transparente formando espacios divididos en cuadrados más o menos grandes, repletos de golosinas: bolsas de ositos, coquitos, platanitos, gusanitos de colores y sabores distintos, fresas, pastillas de leche de burra, vinagretas, obleas, cubanitos, almendras garrapiñadas, palomitas de maíz dulces y saladas. Cañamones tostados, pipas de girasol con o sin sal, de calabaza, sidral , regaliz de palo, regaliz duro amargo, regaliz dulce  negro o rojo en forma de barra o enrollado o a tacos, chicles bazoka formado por tres círculos superpuestos y del tamaño suficiente para hacer unos globos que a veces cuando estallaban te cubría y por completo la cara.

 

Todo estaba a la vista pero nada se podía tocar. Señalábamos colocando un dedo sobre la golosina elegida y pedíamos la cantidad...

Fue la época en la que se hicieron muy famosos, sobre todo entre las niñas, los chicles Mina que aportaron como novedad sabores distintos a los tradicionales de fresa y menta añadiendo el sabor a plátano y a regaliz. Cada uno llevaba un cromo en su interior con el que se rellenaba su correspondiente álbum: el primero fue: “el vestido a través de la historia” y en el que salía desde Eva con su hoja de parra hasta los vestidos de finales de los años 70. Habia colecciones de cromos de todas las clases para niños y niñas.

El intercambio de cromos era otro entretenimiento más y todos sabíamos los que salían más o menos veces repetidos para poder acabar la colección.

Sucesivamente se iban quedando las marcas de los dedos encima del cristal a fuerza de señalar esto o aquello. Cuantos mas dedos habia marcados en su superficie mayor habia sido la salida de golosinas y chucherías que iban desapareciendo de sus espacios.

Todo estaba   muy bien aprovechado. Nunca tenias la sensación de perdida de tiempo ya que mientras esperabas tu turno te situabas pegada al murete de madera y te ponías en primera línea con lo que además te enterabas de que y cuanto se llevaban los que iban antes que tú. Así ya sabíamos al cabo de poco tiempo como se llamaban y cuanto costaban.

Debajo del mostrador habia anaqueles en los que tenían material de repuesto y bolsas para rellenar los huecos que iban disminuyendo a lo largo del día.

Llevaban la tienda un matrimonio que entonces parecían mayores pero seguro que no llegarían a los cincuenta.

A la espalda de los dependientes detrás del mostrador se apilaban en las estanterías a mano derechas:

Periódicos, tebeos, revistas de cotilleo, fotonovelas de Corin Tellado y otras de distintos autores.

Tebeos y libros de aventuras para chicos y chicas: TBO, el tebeo, jabato, flecha, zipi y zape, capitán trueno, el hombre enmascarado… cuentos de hadas, princesas, príncipes, ogros…

A mano izquierda material escolar de todo tipo:

Carteras, plumieres de madera (algunos con llave y de dos pisos); estuches de plástico de uno o mas cremalleras.

Cuadernos de una raya, de dos, cuadriculados, con espiral, de tapas blandas o duras. De tamaño folio o superior, libretitas… hasta recambios de tinta para bolígrafos y los famosos bic que se pusieron de moda en sus formatos y colores.

Pinturas: acuarelas , ceras, pastel, de madera (alpino), rotuladores de colores.

Cajas completas para dibujo lineal: regla, semicírculo, escuadra, cartabón, compás, portaminas, sacaminas de cuchilla, rascadores para afilar lápices de mas o menos dureza, tiralíneas…

Cuadernos de matemáticas, escritura, muy conocidos entonces los Rubio, plantillas de letras, mapas, animales, objetos diversos. Pegamento imedio o cola para escolar (que era la cola blanca de carpintero), gomas de nata y de Milán,

Muestras de rótulos muy utilizadas para encabezar los textos, las redacciones, los trabajos extraescolares...

Tizas bancas o de color, pizarrines, borradores de pizarra, pizarras, canicas, saltadores, yoyos, gomas elásticas, barajas de familias…y muchos juguetes grandes y pequeños de todos los precios aunque poco asequibles para la mayor parte de los bolsillos de un niño.

 Los recortables y sus complementos, cuentos para colorear… etc.

 

Desde entonces he visitado cientos de tiendas de todo tipo y soy una apasionada de las librerías y de las tiendas que tengan que ver con materiales de plástica, pintura, manualidades…ese es ahora mi trabajo pero siempre tengo que apuntar el lugar de la   tienda en la que se encuentra expuesto algo que me parece interesante por si necesito  volver al mismo sitio a comprarlo…las calles no son mi fuerte y lo mas curioso es que desde que cambiaron el nombre de muchas que sabia ,no sin esfuerzo, me preocupa cada vez menos.

Pero mantengo vivos todos los detalles de La Tienda a la que podría describir sin dejar detalle. Fue uno de mis primeros lienzos y me gusta mirarlo de vez en cuando.

 

Pasados unos años llego la competencia a bajo precio y sus dueños decidieron vender. En su lugar se construyeron edificios altos y tiendas de todo tipo. Después de muchos años, sigo paseando por estas calles tan familiares y ahora tan cambiadas; en realidad todo el barrio ha dado un gran cambio con el derribo de las parcelas y tiendas antiguas y el levantamiento de bloques de pisos y centros comerciales modernos y llamativos.

Se reservo un espacio central, en forma de media luna que se convirtió en un parque.

Me siento en uno de sus bancos, y soy consciente de cómo es este lugar ahora; pero me gusta cerrar los ojos y dejarme llevar como si todo siguiese como cuando tenía 7 años… transportándome por unos instantes a unos años maravillosos.

 

©Escrito por Camelia


 
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