CICLISTA EN MONTE PACHECO

por Rodrigo Riera

 

Todos los domingos cojo la bicicleta y me dirijo a las afueras de la ciudad para hacer una subida al Monte Pacheco. Es una montaña con una cima aplanada desde la cual se tiene una de las vistas más impresionantes de la ciudad; el entramado de las calles recuerda a un hormiguero laberíntico y los parques a islas verdes paradisíacas.

Durante la subida dejo vagar mi mente en blanco y me concentro en mirar las plantas y pequeños animales que voy dejando durante mi ascenso. En las rampas más inclinadas noto mi respiración agitada y el temblor de las rodillas, pero levanto la cabeza para calcular la distancia que queda hasta llegar a una de las dos llanuras que hay en todo el recorrido. Después de la segunda meseta, el camino termina en un merendero que corona la cima de la montaña. Y todos los domingos está lleno de gente que hace paellas y barbacoas, regadas con mucho vino y cerveza.

He subido a esta montaña todos los domingos de los últimos años, al principio me encontraba con mucha gente que subía andando y cantando, mientras que ahora todos suben en coches y motos con la música a todo volumen. Antes no me encontraba con ningún resto de civilización en las cunetas del camino y ahora todo está impregnado de una capa de escombros e inmundicia. Hace tiempo los árboles eran abundantes y grandes, pero ahora todo se ha convertido en arbustos con púas y malas hierbas, gracias a los incendios provocados de los últimos veranos. Todo ha cambiado de una forma u otra, menos una persona con la que me cruzo durante los descensos. Es un anciano que vive en las últimas casas de la subida de la montaña y que se sienta en los escalones de la puerta. Siempre está en la misma posición, con las manos cruzadas sosteniendo una vara de madera y las piernas flexionadas y abiertas. Cada vez que me despido de Montaña Pacheco, levanto la mano para decirle adiós, y él me responde con una inclinación de su sombrero.

El domingo pasado, mientras estaba descendiendo y me aproximaba a la casa del anciano, me lo encuentro de pie en la cuneta y dándome el alto con su vara de madera. Freno desconcertado a su altura y me bajo de la bicicleta. Antes de aproximarme a él y saludarle, me pregunta.

¿Sabe usted cuántas bicicletas he visto subir a la montaña durante los seis últimos meses?

Le respondo: Pues no tengo ni idea, yo cada vez veo menos ciclistas por el camino.

Antes de que acabe de responderle, me contesta. Ninguna.

El anciano se queda mirándome fijamente y como observo que tiene ganas de entablar una conversación le pregunto. ¿Y usted por qué cree que no hay ciclistas?

Sin dudarlo, él me contesta. Muy fácil, porque todo el mundo puede comprarse una bicicleta.

Y, sin darme cuenta, emprende su paseo camino arriba y se pierde por una vereda que nunca había visto antes.

En el camino de vuelta a mi casa no he parado de darle vueltas a lo que me dijo el anciano y las ganas de reírme de la ocurrencia del hombre se me han ido quitando poco a poco porque me he dado cuenta de que tiene razón.

Porque toda esa gente pensará, a fin de cuentas, ¿A quién puede interesarle un ciclista sudoroso con una bicicleta embarrada?

 
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