MI BLOC DE NOTAS


VANIDAD EN EL AIRE

Julio Cob Tortajada

 

Era ya noche cerrada y me sentía muy agotado. Lo mejor, irme a la cama. El fuerte calor estival, espeso y asfixiante, había caído todo el día sobre mi cuerpo, como una inmensa bolsa viscosa que me aplatanaba, sin dar ningún respiro a mis deseos de un tranquilo paseo por la ciudad. Avanzada la tarde, llegué a mi casa, y el aire acondicionado marcaba la frontera entre el fuego de la calle y el frescor atrincherado en mi refugio. Y a pesar de quienes alertan del peligro de los aparatos climatizadores, nunca les hago caso, pues hay tantas y tan diversas amenazas que giran a nuestro alrededor, que la brisa artificial a través de las rejillas me sabía a gloria. La agradable ducha y el caminar descalzo por las frías baldosas de mi pequeño apartamento, hicieron el resto; por lo que al poco tiempo me sentí gratamente reconfortado.

Me tumbé a lo largo del sofá y abrí el grueso libro abandonado en la noche anterior, aquella, en la que al igual que en esta madrugada, ya pasada la medianoche y tras unas horas de intrigas, me hacían sentir agotado, tal y como me sucedía siempre tras un día de calor. Cerré mi lectura después de colocar el señalizador allí donde la había dejado, el principio del último capitulo de unas páginas intrigantes iniciadas hacía muy pocos días.

Muy cansado, dejé mi cuerpo sobre la cama con la intención de dormir como un lirón, y pasar página a un día más de mi vida. De él, sólo me faltaba trazar por un breve instante mis tareas para el siguiente, mi último trabajo diario al que me había acostumbrado desde la infancia.

Como tenía problemas en mi circulación sanguínea, mi nuevo médico de cabecera, un emigrante boliviano de rasgos maya y carácter coloquial con el que había empatizado en muy poco tiempo, me recomendó que durmiera siempre con los pies en alto. Una almohada a lo ancho de la cama sería suficiente para el cómodo descanso de mis pies, con lo que alcanzaban la altura deseada.

Pero aquella noche ocurrió algo muy especial. Algo jamás visto sucedió en mi lecho, pues nunca había caído en aquel detalle, con seguridad de siempre. La luz mortecina de la calle entraba suavemente sobre mis pies, y quienes más llamaban mi atención en ellos eran sus dos dedos gordos. Merced, claro está, a la tenue ráfaga de luz indicadora de su presencia que los hacía destacar del resto de los demás dedos, a los que acompañaban un leve polvillo inerte a su alrededor.

Me fijé en ambos dedos gordos, y como un acto reflejo me devolvieron el saludo. Sin yo quererlo, se movían a la vez, como si quisieran captar mi atención, o quizá para decirme algo. ¿Quizá me ofrecían sus servicios de antenas conectadas a mi centro de discernimiento? ¿Sería eso?

El envite resultaba altamente sugestivo, y por más que pensaba en ello, la propuesta de aquella parte de mi cuerpo, cuya luz envolvente le daba cierto misterio, me causaba una gran perplejidad. Lo más impresionante es que nació en mi la necesidad de fijarme en ellos y prestarles toda mi atención, sin saber siquiera cómo explicarme tan estrambótico escenario. De forma intermitente y sin descanso, me transmitían mensajes imposibles de descifrar.

Me desvelé sin conseguir fijar en mi imaginaria agenda la más pequeña ocupación que pretendía, lo que me produjo un gran quebranto. Al tiempo, que mis facultades se iban mermando sin alcanzar el descanso deseado, en una noche cada vez más larga que, aunque fresquita, mi derrumbe fue total.

Amaneció y entró la luz en mi alcoba. Todo era natural, menos mi cansancio. Al salir a la calle sin metas fijas, pero con el mismo calor de todos los días, sólo pensaba en lo sucedido durante aquella larga noche, de cuyos protagonistas, si bien seguían siendo parte de mí, nada notaba en ese instante como señal de su presencia. Seguro que ellos, en su permanente insignificancia, debían de sentirse como si jamás hubiesen roto un plato, o váyase a saber. O quizá vanidosos, y en su placer de haber sentido el orgullo de ser importantes, gozar con la satisfacción de que por primera vez les hubiera hecho caso. Yo, en prevención de cualquier otra contingencia, me dirigí al Ambulatorio y solicité el cambio de mi medico de cabecera, instante en el empecé a sentirme otra vez reconfortado.

Julio 2007-07-19



 

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