MI BLOC DE NOTAS


SANTIAGO REDUELAS

Julio Cob Tortajada

 

Cuando todos los días Santiago Reduelas salía de su casa no era porque se iba al trabajo o para buscar empleo, ni siquiera para estirar las piernas por el parque. Santiago Reduelas vivía solo y aparte de ver la televisión, asomarse al balcón para su sesión diaria de gimnasia sueca y cuidar de su perro, a parte de todas estas cosas, Santiago Reduelas no tenía ninguna obligación. Sin embargo, Santiago Reduelas era muy cumplidor consigo mismo y para él era muy importante que supieran todos sus amigos del barrio que podían confiar en lo que les iba prometiendo cada vez que los veía. Cuando paseaba por su barrio, junto a su perro, iba en busca de todos ellos para decirles que allí estaba él, ofreciéndose a todos. Se ofrecía igual al tendero Pedro que a Jorge el de los videos, o a Amparito la del estanco o a Fernando en su bar, o a cualquier otro conocido del barrio. A todos ellos saludaba y todos le respondían a Santiago Reduelas con el mismo afecto. Y si algún día no lo veían, lo echaban en falta y unos a otros se preguntaban si habían visto por el barrio a Santiago Reduelas.

Todos los días, Santiago Reduelas, acudía a la Iglesia de San Pascual Baylón, y después de atar su perro Pólvora a un olivo junto a la puerta, entraba a que le confesara Don Blas, un viejo cura de larga sotana, preconciliar y que todos los días entraba al estanco de Amparito para comprar su tabaco de picadura mientras se recreaba con el gran escote que generosamente lucía la estanquera.

Estas eran las razones por las que Santiago Reduelas visitaba a sus amigos todos los dias, para que supieran que allí estaba él dispuesto a ayudarles en lo que fuera necesario. Santiago Reduelas tenía treinta y dos años y aparte de su perro no tenía a nadie más. A sus veinte años en un viaje junto a sus padres que pasaban todos los veranos en Logroño, donde tenían una casa y un pequeño viñedo, sufrieron un accidente en la carretera. Sus padres murieron en el acto y Santiago Reduelas salvó la vida de milagro. Estuvo catorce meses ingresado en el Hospital de Logroño y cuando le dieron el alta, una pequeña lesión cerebral le dejó con una minusvalía del 90%, una buena indemnización por el seguro de vida de sus padres y una pensión para vivir con desahogo el resto de su vida. Pero su pasado había desaparecido de su mente y solo su amigo Roberto e Isabel, su vecina, se preocuparon por él. Y pese a que ignoraba quienes eran aceptó sus consejos. Por ellos, vendió la casa y su viñedo de Logroño de donde se quedó un perro que movía el rabo ante él. Colocó todo su capital en un Fondo de Inversión que le aconsejó Roberto, su amigo de la infancia y director de un banco cercano a su casa. Lo que aquel trágico suceso significó para Santiago Reduelas fue romper con su pasado que, sin darse cuenta de ello, lo había olvidado.

Santiago Reduelas no tenía ningún pariente, ni cercano ni lejano y se había quedado solo en su Cuenca natal con la compañía de su perro Pólvora en quien remplazó todo el cariño que hubiera podido sentir hacia sus padres. Santiago Reduelas era un trozo de pan y todos los sabían. Por eso, en el barrio, para que estuviera contento, todos aceptaban sus ofrecimientos pero se limitaban a que Santiago Reduelas mantuviera viva la llama de su deseo procurando así su felicidad.

Isabel Almenar vivía en el mismo edificio, había sido amiga intima de su madre desde su infancia, era viuda, sin hijos, y todos los días se preocupaba de que Santiago Reduelas estuviese bien atendido: le hacía la comida, limpiaba la casa y se portaba con él igual que lo haría su madre de estar viva.

La vida de Santiago Reduelas era siempre la misma, al despertarse hacía su tabla de gimnasia sueca, se preocupaba de su perro Pólvora y después de tomar el desayuno que le había preparado Isabel, bajaba con el perro a la calle para ver a sus amigos. De vuelta, se tumbaba en su sillón, encendía la televisión y se quedaba atento a la pequeña pantalla, su única dedicación cuando estaba en casa. Por las tardes volvía a lo mismo, a ver a sus amigos y por las noches cambiaba de canal y conectaba el Canal X. Para satisfacer éste deseo contrató una cadena digital que por las noches ofrecía los servicios de un canal porno. Lo disfrutaba desde la cama y no perdía ningún detalle porque todos los días, Don Blas, le exigía que le contase en confesión lo que había visto por la tele, absolviéndole después de su pecado mortal. Se quedaba dormido ante la TV y al despertase apagaba el Canal X y según le placía, seguía o no durmiendo: hasta la hora de su gimnasia sueca del día siguiente.

Cada siete días iba al banco a retirar los euros necesarios para la semana y Roberto, dejando a un lado su trabajo, aprovechaba para estar un rato con su compañía e informarle de su Fondo de Inversión. Santiago Reduelas no tenía ningún capricho, no era gastador, tenía domiciliados todos los pagos fijos y su forma de entender la vida era muy diferente a la de otras personas que van creando sus necesidades y cuantas mayores son, más se complican la vida.

Una tarde al cruzar la Gran Avenida, un coche atropelló a su perro Pólvora que caminaba delante de él y cuando Santiago Reduelas fue consciente de que lo había perdido para siempre, su deseo fue desprenderse de todo lo que tenía, terminar con su vida y hacer lo necesario para ello.

Pasaron quince días, en el barrio todos se preguntaban dónde estaba Santiago Reduelas. Eran ya dos semanas las que Roberto no lo había visto pasar por el banco, las mismas en las que Isabel Almenar ignoraba dónde se habían metido: ni Santiago Reduelas ni su perro Pólvora. Ni siquiera Don Blas sabía de él, preocupado como estaba por haber perdido a su fiel penitente.

Octubre 2006-10-08

 

 

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