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Nostalgias |
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Eran unas calles de albañales embozados, de iluminación amarillenta, casi opaca, de pantalones remendados, de juegos y fútbol de botones sobre las claraboyas satinadas que alfombraban parte de las aceras en los edificios nuevos, recién construidos, porque las de las viejas, además de estrechas, mostraban las arrugas de sus años ya ancianos por las que era imposible se desplazaran ligeros cualquiera de los botones de bakelita sacados de la canastilla de nuestras abuelas. Eran las de los juegos de escondite, las de la trastada gamberra, las de la “corretja”: donde siempre había un portal de mármol, nuevo y reluciente en el que protegernos, porque una vez alcanzado su refugio, te encontrabas a salvo del latigazo dirigido sobre nuestro frágil cuerpo infantil.
Allí estaba Pedro, el de los cacahuetes, el que nos llenaba los bolsillos de pipas de girasol por una perra gorda. Todos los días, cuando al salir de la escuela, jugábamos a las canicas en el centro de la calle sin preocuparnos por un tráfico del que nada sabíamos, años en los que aún no había llegado el momento de los coches que, tras los ensanches, pasaron a ser los amos de la ciudad, desplazando a quienes hasta ese momento habíamos sido sus dueños.
Nada sabíamos de la magia de la televisión, pero gozábamos con el cine de barrio cuya existencia ha desaparecido de nuestras vidas. Y no había árboles en aquellas estrechas calles, pero tampoco semáforos, los que ahora, sin embargo, obligan a podar las ramas para ver en sus ojos intermitentes, el tic tac que regula el tránsito por la ciudad.
Poco a poco, las viejas casas iban cayendo al suelo empujando la creación de calles anchas, espaciosas, rumbo a un progreso que ahora se ha convertido en nostalgia de aquellas pequeñas retículas de nuestros juegos, cuyo recuerdo silencioso nos permanece.
Maruja la lechera; Juan el del horno; Cristóbal el tendero; el remendón de Ismael, el de las medias suelas; y el Antonio, el que en el mercado se secaba sus manos en el mandil después de servirnos el encargo de un filete de hígado para comerlo frito en nuestras casas cuando nada sabíamos de la salsa roquefort.
De todas aquellas tiendas y de algunas más, de las del barrio, sólo nos quedan las cenizas de recuerdos nebulosos: un pasado disuelto por la amplia calle actual, constreñido por fantasmagóricos sueños de nuestra infancia, en la que aparecen nuevas tiendas llenas de glamour, pero vacías de un calor que ahora tanto añoramos.
La amplia y lujosa calle donde aparecen los Bulgari, Loewe, Louis Vuitton, Lladró, y sus grandes ventanales de cristal, pinacotecas indoctas de lujos y diseños caros, marcas de dorado prestigio ante las amplia acera de gres duro y alfombra roja por la que nunca jamás volveremos a ver correr los botones de bakelita impulsados por los dedos de una chiquillería feliz en las horas de la tarde, una vez fuera de la escuela en sus ratos de juegos, de guerras y de cromos, de papás y de mamás.
22 de Febrero 2008 |