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Los hay quienes dicen en su cortedad de juicio, que la mujer es un ente
de pelos largos e ideas cortas; pero no es verdad. Más parece la mentira
más larga dicha desde la más corta imaginación, refiriéndome, claro
está, a los que se muestran tan escasos de juicio. En cambio, tenía
razón Álvaro de la Iglesia cuando afirmaba que todos los ombligos son
redondos: ahí está la mujer moderna que nos da fe de ello. Y es que no
hay más que verlas, cuando estamos con nuestra mirada al acecho, cual
nobles caballeros que no desprecian lo que ven sus ojos, sin ser lo que
parece: ni gavilán, ni paloma, sólo la más bella estampa, alegre y
divertida de cualquier ciudad.
Y vemos los ombliguitos moviéndose por Juan de Austria, o por cualquier
calle comercial, o junto a la playa, allí donde ellas, en cambio, sí se
tapan sus oídos con estrellitas de mar. La moda en cuestión, es como el
anuncio de la primavera que cambia la piel de nuestras calles y se
alarga hasta los atardeceres del otoño, cuando la caída de la hoja
anuncia la necesidad de bajar el telón, para ocultar al ombligo
simpático y juvenil, algunos con un piercing en su ojal.
Y mientras se afirma que la cara es el espejo del alma en donde fijar
nuestra atención, en cuyos ventanales descubrimos desde la inocencia a
los más pérfidos deseos, los hay quienes prefieren bajar sus ojos sin
otro miramiento que el del placer simulado de gozar de la pequeña, lisa
y cimbreante tripita, allí donde se cobija un sensual bordado umbilical.
¡Qué dirían nuestras castas y desdentadas abuelas de luto permanente,
refajos y enaguas protectores con faldas hasta el suelo para que no les
diera el sol? Mejor no saberlo.
Ahora, ante el creciente número de palomas, cada vez más indeseadas, se
estudia hacer una suelta de gavilanes para que en su rapacidad reduzcan
a quienes simbolizan la paz, cosa ésta que no sucede siempre. Y es que,
las no tan blancas palomas, en su inocencia, hacen bueno el refrán de
que no es oro todo lo que reluce, y en su libertad, van dejando miserias
difíciles de resolver así como numerosas quejas vecinales.
Nada que ver con las sonrisas de la media tarde que ignorando a la
paloma andante e inquieta en sus picoteos, fijan su mirada en el ombligo
ligero y frágil que se pasea por las calles. Qué ni los ojos son
gavilanes ni las tripitas desperdicio: tan solo alegría de vivir.
¡Y de esa que no falte!
Junio 2007-06-30
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