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La tienda corresponde a un delicatesen de aromas caros y sabrosas estampas agradables al paladar, mostrados a lo largo de sus amplios pasillos cortinados de estanterías repletas de vinos con Denominación de Origen y ordenados por unas añadas entre las que competían los “grandes reservas” con los “reservas” y con los “crianzas”, sin despreciar a los vinos jóvenes, tan frescos al paladar. Junto a ellos y unos tras otros, los mejores destilados de gran prestigio y fama: algunos de los que por sus precios prohibitivos complican su degustación. Contemplando tan selectos vinos, el fuerte perfume de los quesos y la pata negra de productos secos se apoderaban del ambiente, dando con sus nutrientes a la estancia un halo distinguido y ciertamente embriagador. Donde la boca se hace agua y el olfato es seducido por todo lo que allí se ofrece, aunque la presencia en los precios de los cuatro dígitos unidad, fuera algunas veces una barrera infranqueable eximida a los privilegiados.
Y fue cuando sucedió todo en un segundo; cuando su andar decidido le hizo trastabillar quedándose enganchado al torno de la entrada en la que en ese mismo instante no había nadie, y a la que acudió raudo y en su auxilio un empleado servicial, atento a otros clientes y algo preocupado.
-¡Deseo un Beronia reserva 2004! podría Vd., apreciado joven, acompañarme al sitio que corresponda donde proveerme una de ellas- De esta forma requirió su servicio al dependiente un distinguido caballero, al tiempo que con su mano decidida y con sus dedos provistos de cierto temblequeo los dirigió a la sección de los vinos a la que llegaba su mirada llena de emoción y no menos deseo. Algo torpe en sus gestos, producto de su avanzada edad, era de porte ilustre con aderezos de nobleza, no exento de buena presencia pese a su traje raído, como de baratillo, el que no le restaba ni un ápice de distinción. Con sus cabellos canos, tan cuidados como elegantes, ocultaba sus orejas gracias a unos mechones acaracolados, propios de su barroco peinado, que le hacía resaltar aún más si cabe un afilado y blanco bigote extendido hacía los lados; del que de vez en cuando se procuraba acariciándolo con los dedos nacidos de una de sus manos, muy nervuda y como es natural delgada.
Con la otra, y alegrándose en el consejo, una vez decidido por un LAN Crianza de muy buen precio, acarició la botella, de la que se apoderó e hizo dueño, agradeciendo de seguido la sutil recomendación.
-Y ahora por favor, apreciado joven, me gustaría para maridar al vino un “crottin de chavignol”- Solícito el muchacho, acompañó a su cliente a la zona de la charcutería en la que pequeñas piezas de selectos quesos lujosamente envueltos mostraban su etiqueta entre los que se hallaba el requerido; el que le fue servido al instante quedando complacido y gratamente satisfecho.
-Gracias, muchas gracias- A las que acompañó con una ligera inclinación de cabeza a la gentil señorita que le había servido el queso.
Se dirigió entonces a la salida, donde le pasaron la cuenta que ascendía al módico importe de 17,65 euros. De su cartera vieja y lacia sacó un billete de veinte y dando una última mirada a su alrededor pagó la cuenta abandonando la caja. Luego, recreó su mirada un leve instante ante un sibarita escaparate atiborrado de manjares gustosamente colocados en el umbral ya hacia la calle.
Risueño y feliz, abandonó el local, y altivo le vi alejarse por la acera. Quizá, en su bolsa comercial llevaba el mejor regalo para una cena en la que algo, quién sabe, él iba a celebrar. Ignoro si en soledad, o si acompañado: qué más da. Lo cierto es que lo que buscaba lo encontró dispuesto al disfrute de una parte de su tiempo: Ah, la felicidad.
Octubre 2008
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