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Estamos sentados uno frente al otro en el autobús porque el azar gasta sus bromas, aunque este caso sea de agradecer. El pantalón lo lleva ceñido y es de tela buena, de un negro gris elegante en cuyos pernales muy ajustados se dibujan unas flores de diseño caro y de buen gusto. Su gorro es de pana, con viserita a la derecha, lo que le da un toque más juvenil a sus aparentes veinte y pocos años. Su cara es un cromo de colección oriental, seguro que tan caro como bello. Es chatilla y con los orificios deseando salirse. Pero no grandes sino todo lo contrario, graciosos, como signos de belleza. Sus labios carnosos semejan a dos ovalados pétalos de flor roja que uno sobre el otro dibujan una sonrisa turbadora. Su cuello no muy alargado sitúa a su serafín rostro en un plano superior como si del busto de una amante de cualquier dios del Olimpo se tratase. Altiva y plácida no produce sosiego sino inquietud. Su mirada es relajada, como remanso de paz, pero de tono tan sugerente como lascivo. Mientras tanto, apoya la cabeza sobre el revés de su mano de porcelana y palma rosada de carne suave y quizá cálida. Es muy bonita, como aquella flor en cuyo jardín es la que más destaca. Se adorna con una chaqueta corta, ceñida y debajo brilla un top de color chocolate que deslumbra por su abierto escote. Además muestra un grácil talle en el que luce su vientre prieto y seductor. Y a pesar de que la miraba sin poder evitarlo porque las cosas bellas son para admirarlas, ni un solo segundo de su tiempo me dedicó su atención. Fue en mi insignificancia cuando resaltó aún más su belleza y mi bloc de notas temblaba entre mis manos cuando pincelaba unas anotaciones con los detalles de su cuerpo. Fue cuando se dio cuenta que estaba posando para mí, justo en el instante final de aquel embeleso. Se levantó mirándose con porte esquivo, como el espliego alfombrado que solo está para el deleite ajeno sin dirigirse a nadie. ¿Acaso la belleza sabe mirar? ¿No la hizo Dios para que la admirasen? Aquel que hiciera la perfección sólo tuvo en cuenta al ferviente admirador, ¿para qué si no? Atrás dejó su perfume de colonia fresca como rúbrica de su estancia. ¡Qué él hable de mi!, debió pensar mientras se alejaba. Bajó del autobús y la seguí con mi mirada mientras balanceaba su figura. Y fue en aquel momento, en el de mi último apunte visual, cuando me dirigió su mirada moviendo sus labios como pétalos de flor roja con indicios de persuasión. Enero 2007-01-05 |