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El
pajarillo, escondido entre las ramas del pino, con su trino rallado,
intermitente, silencia los murmullos y se hace dueño del parque.
Escuchándole, todo lo que envuelve el jardín es silencio, al tiempo, que
en cada uno de sus bancos sencillas historias pincelan la tranquilidad
del mediodía primaveral. El abuelo plácido busca en la prensa la noticia
del día; la señora del bolso negro, impaciente, controla las carreras de
sus nietos, y dos pensionistas llevan las cuentas de los muertos en la
guerra de Irak. La normalidad no es casual, todo es cotidiano. Es un día
más.
En cambio, la imaginación va por otros rumbos y desfila libre, sin
reglas ni leyes, por los entresijos de un mundo nuevo que sólo existe en
los juegos infantiles que ocupan el centro del parque, preñado de
fábulas fruto de una realidad fantaseada. Su lenguaje, que por olvidado
me resulta incomprensible, sujeto a sus propios códigos, es fruto de lo
espontáneo. Es como una Constitución no escrita que sólo la inocencia
venera con lealtad.
Es el tiempo de las brujas, de los leones, de los rayos, de las grutas,
de los barcos, de los tesoros y de un largo etcétera que anida exultante
en sus mentes. Son ellos los protagonistas de un mundo feliz,
dicharachero, donde el Rey León es la sorpresa de un castillo imaginario
colgado en el aire del que tiran unos lazos azules tensados por un
caballo alado que trota hacia el sol huyendo de un dragón que vomita
fuego con la amenaza de la destrucción.
Los de la guerra de Irak chismean más muertos, y cambiando de dial, el
pajarillo sigue impertérrito con su canto marcando el devenir del
parque. En éste confluyen dos mundos, y uno duda de cual es el más real.
¿Es el de las noticias de la prensa que navegan en primera o en turista
según convenga, unido al de los silencios que cambian el ambiente según
fijas la atención en el trino del pájaro o en la moto que cruza salvaje
rompiendo el encanto al son del bla bla de quienes inmersos en su mundo
de preguntas sin respuestas cuidan de los niños? O lo es el de las
fantasías que vuelan ligeras por las cabezuelas alegres de la
chiquillada y de cuyas historias no se quieren sustraer.
A la pregunta de cual es el mundo real: si es el del niño rubio que no
cesa de gesticular liderando el esparcimiento, junto a la niña traviesa
que corre tras las palomas que emprenden su vuelo, o lo es el del abuelo
plácido y la señora impaciente a lado de los pensionistas intrigantes,
sólo el pajarillo cantor desde lo más alto del pino podría contestarla.
2007-05-01
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