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Lo que os
cuento, tal y como yo lo he visto, suele suceder cualquier domingo o día
de fiesta ante el altar mayor de una buena mesa donde los comensales
lanzan sus invocaciones a un dios en el que creen. Y como yo he estado
presente, os doy fe de ello. No obstante, puede que el vino me llevara a
ver las cosas de forma diferente en su aspecto litúrgico, pero salvado
esto, todo lo demás es cierto.
Los comensales están sentados y no arrodillados, porque la comodidad no
se enfrenta a ningún dios, al menos que yo sepa. Ausente la reliquia del
mártir, sólo queda la fe en uno mismo. En el lugar no hay santos, ni
vírgenes, ni cielo que ganar. Sólo el incienso de carrasca que llega de
la cocina cercana. Prevalece, eso si, el sacramento de la confesión,
pero a cielo abierto, sin sombras ni rejillas lascivas, sin esclavas
penitencias que cumplir, ni siquiera reclinatorios de damascos rojos a
los que entregarse. Quien saldrá pronto bajo palio es el vino, ese
elemento básico en cualquier sacrificio que producirá un poco más tarde
algún que otro estrago.
El verdadero sacrificio estriba en alargar la sobremesa hasta que dé
todo de si, como estirando del alma que tanto cede. Donde cada uno
suelte su credo y argumente su fe con irrebatibles testimonios
embriagados por el buen vino.
Del buen vino queda la botella vacía, inservible para tanta fantasía. La
buena carne, de la que sólo queda el sabor del churrasco, pronto será
reemplazada por los sentimientos revueltos que surgen sobre el tapete al
ritmo de la tertulia. La cuestión se centrará en que ante cualquier
diatriba, siempre debe haber un pagano. Pues lo que aún no ha llegado
pero pronto lo hará, es la cuenta, que es lo que más escuece. Mucho más
que cualquier otro cruce dialectal con arañazos incruentos de una a otra
parte del altar, lugar del sacrificio.
Llegará la hora del café, donde todo se relaja. Su sabor amargo, que si
es ácido por el guiño callado de un dardo envenenado o áspero por el
quiebro de una réplica lacerante, será endulzado por la placentera
estancia en torno a una amistad más o menos sincera. La ley del más
fuerte o del alcohol, siempre flota en el ambiente. En esta ocasión
cargado, pero no por ser zona de fumadores, sino más bien fruto por las
heridas de una batalla verbal.
Si ante cualquier peligro eliminamos del altar las vinajeras sin
denominación de origen, el libro de salmos gastronómicos y los
candelabros de nuestras visiones, sólo quedará en el centro del casi
blanco tapete, la cruz, que será la de la balanza. Uno de cuyos brazos
indicará el lugar del pagano, el sitio donde alguien dejará la patena
con la creyente y dolorosa cuenta del festín.
LA COMIDA
En torno al sacrificio, su seguimiento: gloria in excelsis deo, cantos
dolosos, miradas sin piedad. En verdad os digo, que lo que hizo caer la
manzana fue su propio peso y no porque alguien la empujara. Así se
expresaba Fulgencio, de ceño fruncido, ignorando que una Ley descubierta
hace casi tres siglos había sido la causante de la caída de la manzana.
Y como en esta ocasión iba a ser él el pagano, se reconocía cierta
autoridad sobre los demás.
¡Pues a la pesada de tu hermana no hay quien la baje del burro, ni por
peso ni por mucho que tire de ella! Así de rápido salió al quite
Aniceto, el cuñado de Fulgencio, hombre de muy buen ver y de ideas tan
claras como concisas. ¡El que debías de estirarte alguna vez eres tú!
¡Aniceto¡, qué siempre paga mi hermano. La fuerza de la sangre tiene
estas cosas y era la que más tiraba en esta ocasión, por lo que Angelita
se puso de parte de su hermano. ¡Y para burro tu padre!, le espetó
ausente de cariño.
¡Niña! qué contigo no me he metido, así que un respeto y… ¡los demás no
tienen porque enterarse! Le replicó Caralampio que estaba a su lado,
padre de Aniceto y padrino de Fulgencio, saltando enérgico y haciendo
valer sus años. ¡Mira que eres inútil! ¡Caralampio! te tratan de burro y
encima lo asumes. Indalecia, su esposa, estaba sentada enfrente y al
quite, sin perder ripio y deseando meterse con su marido.
Fulgencio terció en la contienda: Y ahora os digo que sin la revolución
industrial la maquina de vapor no hubiese sido posible. Algo había leído
Fulgencio sobre ello y lo soltó, tal y como le vino. Fue cuando sacó su
Visa Oro y sufragó la comida; lo que le daba cierta autoridad y un mayor
conocimiento sobre los demás. Al menos, todos, así lo aceptaron.
Diciembre 2006-12-06
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