MI BLOC DE NOTAS


GLORIA IN EXCELSIS DEO

Julio Cob Tortajada

 

Lo que os cuento, tal y como yo lo he visto, suele suceder cualquier domingo o día de fiesta ante el altar mayor de una buena mesa donde los comensales lanzan sus invocaciones a un dios en el que creen. Y como yo he estado presente, os doy fe de ello. No obstante, puede que el vino me llevara a ver las cosas de forma diferente en su aspecto litúrgico, pero salvado esto, todo lo demás es cierto.

Los comensales están sentados y no arrodillados, porque la comodidad no se enfrenta a ningún dios, al menos que yo sepa. Ausente la reliquia del mártir, sólo queda la fe en uno mismo. En el lugar no hay santos, ni vírgenes, ni cielo que ganar. Sólo el incienso de carrasca que llega de la cocina cercana. Prevalece, eso si, el sacramento de la confesión, pero a cielo abierto, sin sombras ni rejillas lascivas, sin esclavas penitencias que cumplir, ni siquiera reclinatorios de damascos rojos a los que entregarse. Quien saldrá pronto bajo palio es el vino, ese elemento básico en cualquier sacrificio que producirá un poco más tarde algún que otro estrago.

El verdadero sacrificio estriba en alargar la sobremesa hasta que dé todo de si, como estirando del alma que tanto cede. Donde cada uno suelte su credo y argumente su fe con irrebatibles testimonios embriagados por el buen vino.

Del buen vino queda la botella vacía, inservible para tanta fantasía. La buena carne, de la que sólo queda el sabor del churrasco, pronto será reemplazada por los sentimientos revueltos que surgen sobre el tapete al ritmo de la tertulia. La cuestión se centrará en que ante cualquier diatriba, siempre debe haber un pagano. Pues lo que aún no ha llegado pero pronto lo hará, es la cuenta, que es lo que más escuece. Mucho más que cualquier otro cruce dialectal con arañazos incruentos de una a otra parte del altar, lugar del sacrificio.

Llegará la hora del café, donde todo se relaja. Su sabor amargo, que si es ácido por el guiño callado de un dardo envenenado o áspero por el quiebro de una réplica lacerante, será endulzado por la placentera estancia en torno a una amistad más o menos sincera. La ley del más fuerte o del alcohol, siempre flota en el ambiente. En esta ocasión cargado, pero no por ser zona de fumadores, sino más bien fruto por las heridas de una batalla verbal.

Si ante cualquier peligro eliminamos del altar las vinajeras sin denominación de origen, el libro de salmos gastronómicos y los candelabros de nuestras visiones, sólo quedará en el centro del casi blanco tapete, la cruz, que será la de la balanza. Uno de cuyos brazos indicará el lugar del pagano, el sitio donde alguien dejará la patena con la creyente y dolorosa cuenta del festín.

LA COMIDA

En torno al sacrificio, su seguimiento: gloria in excelsis deo, cantos dolosos, miradas sin piedad. En verdad os digo, que lo que hizo caer la manzana fue su propio peso y no porque alguien la empujara. Así se expresaba Fulgencio, de ceño fruncido, ignorando que una Ley descubierta hace casi tres siglos había sido la causante de la caída de la manzana. Y como en esta ocasión iba a ser él el pagano, se reconocía cierta autoridad sobre los demás.

¡Pues a la pesada de tu hermana no hay quien la baje del burro, ni por peso ni por mucho que tire de ella! Así de rápido salió al quite Aniceto, el cuñado de Fulgencio, hombre de muy buen ver y de ideas tan claras como concisas. ¡El que debías de estirarte alguna vez eres tú! ¡Aniceto¡, qué siempre paga mi hermano. La fuerza de la sangre tiene estas cosas y era la que más tiraba en esta ocasión, por lo que Angelita se puso de parte de su hermano. ¡Y para burro tu padre!, le espetó ausente de cariño.

¡Niña! qué contigo no me he metido, así que un respeto y… ¡los demás no tienen porque enterarse! Le replicó Caralampio que estaba a su lado, padre de Aniceto y padrino de Fulgencio, saltando enérgico y haciendo valer sus años. ¡Mira que eres inútil! ¡Caralampio! te tratan de burro y encima lo asumes. Indalecia, su esposa, estaba sentada enfrente y al quite, sin perder ripio y deseando meterse con su marido.

Fulgencio terció en la contienda: Y ahora os digo que sin la revolución industrial la maquina de vapor no hubiese sido posible. Algo había leído Fulgencio sobre ello y lo soltó, tal y como le vino. Fue cuando sacó su Visa Oro y sufragó la comida; lo que le daba cierta autoridad y un mayor conocimiento sobre los demás. Al menos, todos, así lo aceptaron.

Diciembre 2006-12-06

 

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