El vetusto caserón está preparado para el ocio del
ciudadano y en su exterior, junto a la calle peatonal, en una bancada de
piedra está con frecuencia el viejo rockero rasgando su guitarra. Tiene
a sus pies una raída boina al tiempo que muestra su figura enhiesta de
mirada nostálgica junto a su perro, siempre atento a las monedas cuyo
tintineo le resulta familiar. El rockero es más joven de lo que
aparenta. Su barba de varios días, su pelo ensortijado y abundante, su
dejado aspecto y su voz áspera y cortada le hacen aparentar de mayor
edad. El hecho de que siempre esté en el mismo sitio, al igual que el
reloj de sol bajo el alero de piedra, hace que su imagen sea un rasgo
más del vetusto caserón situado en el centro histórico de la ciudad.
Los centros históricos en las ciudades tienen en común que son
entrañables y han conseguido su mayor encanto convertidos en peatonales,
abiertos al paseante, al que ofrecen lo mejor de si mismos. La moda del
barrio antiguo peatonal cogió fuerza a finales de los ochenta y con paso
lento pero seguro, fueron cambiando su piel por todas las ciudades,
grandes o pequeñas, con mayor o menor historia acumulada. Y siempre con
su dignidad labrada sobre las viejas piedras, adquirida por sus
leyendas, por sus tradiciones, aparte del buen lustre que el restaurador
ha ido incorporando en ellas en su misión de ennoblecimiento.
Cualquier caserón pudo ser cobijo de vanidades donde los nuevos nobles
de la época construían sus ricos palacios y sobre cuyo dintel inventaban
sus escudos de armas. Zona de Catedrales y de Iglesias bajo cuyas losas
yacen reyes, clérigos, creyentes donantes que buscaban el cielo divino y
la nobleza, junto a otros personajes populares que por sus gestas en
batallas merecieron el mismo lugar para su reposo eterno. También lo
literatos, que si sobre el papel nos han dejado sus bellos poemas e
ilustradas prosas, merecen más que nadie su descanso bajo las columnas y
bóvedas de los templos o en la tranquila paz de un claustro.
El encanto de transitar por sus calles se hace mayor si dejamos que
nuestra imaginación navegue libre por sus retículas en busca de antiguos
lances fraguados en honor de lealtades o a golpes de traiciones. Las
luces nocturnas de antorchas y aceites sabían mucho de enfrentamientos
de capa y espada, de compra venta de voluntades, de incendios, de
saqueos, de viejas celestinas o de amoríos atentos siempre al “agua va”
o frenados ante el paso del viático, sostén del agonizante. Cualquier
pequeña plazoleta servía para que los predicadores y sus milagros
saciaran a un pueblo enfervorizado, cuya única razón de vivir era estar
en paz con Dios, al que nadie cuestionaba. También eran los tiempos que
conseguir un trozo de pan con la persistencia del pedigüeño y con la
ayuda de los hijos en funciones de lazarillos era el trabajo de cada
día. Tiempos de hechos solemnes, pero también de farsantes y de
timadores, de prostitutas y de hidalgos, de reliquias y amuletos, de
soldados engañados por promesas incumplidas y de cómicos de teatro.
Vivencias que perduran entre sus calles de unos tiempos muy lejanos sin
que la erosión del tiempo haya dañado su recuerdo.
Ahora, permaneciendo todo aquello envuelto en la memoria del tiempo,
entre palacios y suelos de piedra, ya todo es diferente. Nada tiene que
ver con el actual top manta dominguero, el mimo entarimado, el turista
de calzón corto y máquina digital, el cafetín progre, el anticuario de
faldón largo o el niño corriendo tras las palomas con instinto agresivo
pero inocentón.
¿Qué diría el poder real o su eminencia o su ilustrísima o el hidalgo o
el truhán, viendo la actualidad? ¡Tanto para esto!
Una tarde plomiza, en la que una ligera llovizna había humedecido las
piedras, le pregunté al viejo rockero por qué había escogido aquel lugar
y no otro, cuando hay tantos mucho más concurridos en el resto de la
ciudad. El viejo rockero con voz rasgada y ronca, quizá seca o gastada
por sus canciones, me contestó que aquel había sido lugar de juglares,
de cantares de gesta, de poemas épicos, de trovadores, de gritos
revolucionarios. Ignorar todo aquello, sabiéndolo, era como huir de
nosotros mismos. Como hombres que somos, me dijo el sabio rockero, el
hombre ha sido el autor de su pasado y este entorno es una muestra de
ello. Por eso cuando canto un rock, sustento de mi vida, sólo es en este
lugar cuando me viene el recuerdo de aquel pícaro lazarillo que buscaba
el pan, justo por estos mismos sitios y quizá en cualquiera de estas
esquinas.
Noviembre 2006-11-02