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En mi ciudad, como en
cualquier otra, fluyen por sus calles ríos de personas con historias que
no pueden abandonar. Algunas son agradables pero otras ingratas y todas
forman parte de una vida cuya sutura no se pueden desprender. Relajados
o con prisas van siempre a lo suyo, lo que les lleva a ignorar a quienes
cruzan por su camino. En ocasiones algo les llama la atención y es
cuando frenan su marcha para ver con disimulo la belleza de un rostro o
las esbeltas piernas de quien luce su garbo con una bolsa de diseño
porque viene de compras en El Corte Inglés. También les seduce a ellas
mirar de reojo al apuesto y varonil gestor de ventas que llega tarde a
la cita con una multinacional, mientras esquiva de un salto al perrito
abrigado de lana con un lacito rojo que pasea una dama de alta alcurnia;
o al menos eso es lo que la señora desea aparentar. En las prisas y
entre el tumulto de tanta gente, surge a veces el descuido y un hombro
cualquiera golpea a otro hombro de forma ligera o a veces brutal por lo
que tiene de inesperada. Al habitual cruce de miradas sucede entonces un
disculpe o un perdón, junto a un desgarro reprimido en el que los dos se
ignoran. Nunca estuvieron ambos ni tan cerca ni tan lejos justo en el
momento del lance que da vida al pulso de la calle. Quizá los dos ni se
miran porque esos crujidos son sólo eso, desgarros mudos que se ignoran
y se diluyen en el camino. Son ellos los auténticos personajes de la
gran representación popular, en la que sin embargo no se saben
protagonistas. La morcilla teatral desaparece y nada queda sobre la
concurrida acera.
No me negarán pues, que pasear por la ciudad tiene su permanente
atractivo. En esta ocasión como en tantas otras, quien esto les escribe,
es quien deambula, observa y busca por las calles de su ciudad.
Me encuentro con encrucijadas distintas y en cualquiera de sus esquinas
hay vivencias opuestas de mundos diferentes pero no tan lejanos. Y
aunque los murmullos son idénticos, si no, no serían murmullos, todos
esconden historias que contar. La ciudad se nutre de ellas y adivinarlas
es la magia del cuento cuyo escenario son las calles en las que también
existe un apuntador que no habla sino que escucha. Desgarros, crujidos,
chasquidos… y una pareja de cuerpos entrelazados que se miran y se dicen
ajenos a todo lo que les rodea presos de un sentimiento amoroso.
Pero la ciudad no sólo vive ras del suelo. En la arboleda está también
el pajarillo, ese “ciudadano” grácil y confiado en su mibor del viento
que vuela en forma de diagrama de la bolsa de valores que como él nadie
entiende. Vuela por el copeo juvenil de la Cánovas burguesa, vuela en su
“marcha” por el Carmen bohemio y cuarentón y se apacigua con su gorjeo
en los plataneros de las Grandes Vías o con sus cupidos del Jardín de
Monforte, allí donde los enamorados besan sus primeras promesas de amor.
La ciudad es muy grande, más de setecientas mil almas viven en ella,
pero los dos cuerpos entrelazados que se miran están ajenos a su
bullicio. Al igual que los dos pajarillos que detienen su vuelo en la
rama del árbol donde acaban de encontrarse por primera vez, mientras
inician giros juntando sus alas.
Las plumas de los pajarillos son de color esmeralda y los ojos sus
párpados parecen estar cansados. Quizá de tanto mirar los tienen
escondidos. Son dos habitantes más del barrio y con ellos ya somos
setecientos mil dos, todos portadores de alma. Almas de pájaros porque
Dios no hizo distingos, aunque digan que nos tuvo como hijos
predilectos. Los pajarillos también tropiezan entre si pero acercan sus
picos y los unen: una, dos, tres y hasta cuatro veces. Entonces levantan
su corto vuelo hacia un alero cercano donde a salvo de los desgarros, de
los crujidos y de los chasquidos siguen con su picoteo: cinco, seis,
siete y hasta ocho veces. Un ala golpea la otra ala y tras el cruce de
miradas, sin disculpas ni perdones, surge la historia de un amor origen
de una fábula.
Enero 2007-02-1
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