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Renoir.
Dance at Bougival
Suzanne Valadon se llamaba en realidad Marie-Clémentine Valadon, y
había nacido en una población llamada
Bessines-sur-Gartempe, situada a unos 35 kilómetros al norte de
Limoges, en Francia. Vino al mundo un año antes que yo, en 1865, el
mismo en que también lo haría el afamado escritor y premio Nóbel Rudyard
Kipling.
Comenzó a vivir desde muy pequeña en el barrio de Montmartre, debido
al traslado al propio París por parte de su madre, soltera y sin oficio
ni beneficio. Allí creció prácticamente sola, abandonada por ésta casi
desde su llegada al suelo parisino. Lógicamente aprendió muy pronto a
desenvolverse en la vida, a pesar de su desamparo, trabajando en aquello
que se presentara. Así, fue pasando de un oficio a otro, cualesquiera
que le ofreciese un mínimo de sustento: planchadora, recadera, modista,
sirvienta, lavandera… hasta que un día, cerca ya de los quince años, se
atrevió a actuar como acróbata del circo Molier.
Dada su esbelta figura no fue difícil que uno de los habituales
clientes del cabaret “Lapin Agile”, en el que solía trabajar de vez en
cuando, se fijase en ella, contratándola en un principio como auxiliar
de acróbatas. Pero una fatal caída, producida cuando ya actuaba como
trapecista principal, y que pudo costarle la vida, hizo que terminase
para ella tan atrevida y fulgurante carrera. Sin embargo, su aventura
circense le sirvió para conocer a los más acreditados pintores de París,
habituales espectadores de las representaciones circenses que creían
reconocer en Suzanne a la musa de sus sueños. A partir de entonces,
iniciaría su vida como modelo de reconocidos artistas de la época, como
Degas, Renoir, Puvis de Chavannes, Forain e incluso el propio Henri de
Toulouse-Lautrec. Suzanne nunca me ocultó las relaciones que mantuvo con
la mayoría de ellos, aunque yo tenía conocimiento de todos sus amantes
antes de que ella me lo contara, y, sinceramente, no me importaba en
absoluto. Yo solo deseaba que fuese mía al fin, para siempre. Pero…
jamás pensé que perdería en el intento.
Así pues, en 1882, y ya con diecisiete años cumplidos, acudió al
primer taller de modelos, situado en la rue de Mont-Cenis, el cual
pertenecía a Puvis de Chavannes. Era un pintor entrado ya en edad, pero
aquello no fue óbice para que Suzanne se convirtiese muy pronto en
amante suya. Gracias a esta relación pudo aprender suficientes técnicas
pictóricas, que sin duda le sirvieron con posterioridad para labrarse un
hueco como artista. Con Degas posó para innumerables desnudos, y aunque
muchos lo nieguen, era fácil entender que su relación fuera más allá de
lo estrictamente laboral.
Muy distinta fue, sin embargo, su relación con Renoir. Casado con
Aline Charrigat, que había sido una de sus modelos, siempre mantuvo a
raya a la “bellísima Marie”, como era conocida Suzanne para todo el
mundo. Pero ella, como alguna vez me confesó, estuvo en verdad enamorada
del pintor, a diferencia de otros amantes. Lo triste para mí era que,
cuando la escuchaba hablar sobre sus amantes, no podía evitar sacar toda
la rabia que llevaba dentro aún a sabiendas de que mi actitud la
divertía, burlándose de mí hasta hartarse.
Poco más de diez años antes de nuestra relación, en 1883, nació su
hijo Maurice, del que pocos saben era hijo de uno de mis amigos, Miguel
Utrillo, precisamente el que un día acabaría presentándomela…
Fueron diez intensos años en los que mi adorada Suzanne, llamada a
menudo en aquellos tiempos “la terrible Marie” en contraposición a la
bellísima Marie, acrecentó su fama de mujer bohemia, libertina,
embustera e insaciable bebedora, aunque no por ello la hizo menos
deseable a los ojos de sus innumerables seguidores y variopintos
amantes. Sus correrías nocturnas, después de intensas jornadas de
trabajo en múltiples estudios, nunca solían acabar hasta la inevitable
llegada del amanecer. Durante nuestro idilio siempre hallaba tiempo para
atormentarme con sus historias pasadas y anécdotas curiosas, como
acostumbraba a nombrarlas. Como aquellas madrugadas en que, de vuelta a
su estudio en el número 27 de la Rue Caulaincourt, embriagada hasta el
delirio, nunca faltaba alguna nota de su queridísimo Toulouse-Lautrec
instándole a compartir un par de copas de absenta en cualquier taberna
de Montmartre.
Toulouse-Lautrec llegó a ser uno de sus mejores amantes y más
duraderos, entre 1886 y 1888, quizá uno de los pocos que fue capaz de
dejarla, al contrario de lo que normalmente sucedía, es decir, que era
ella quien los abandonaba como peleles, al igual que hiciera conmigo.
Pero nunca pude censurarla por ello, aunque aquí cuente sus mil y una
andanzas. No es rencor ni rabia lo que siento, después de tantos años
transcurridos desde aquel pequeño idilio nuestro. Tan sólo lástima…
Dos años antes de conocerla aún mantuvo por segunda vez una relación
amorosa con mi estimado amigo Miguel Utrillo. Cuando éste me la presentó
habían dejado ya de ser amantes, así que ella estaba libre y dispuesta a
compartir su tiempo conmigo. En aquellos comienzos de 1893 la vida me
sonrió por primera y única vez en este mundo, pues antes que ella y
después de ella… ninguna mujer ha podido existir para mí.
Yo dudaba en verdad que Suzanne terminase fijándose en mí, así que no
escatimé en gastos para sorprenderla e intentar conquistar su corazón.
Aprovechando que su hijo Maurice, todo un mozalbete ya, rondaba cerca de
mi estancia en la rue Cortot, utilizaba a éste para hacerle llegar a
diario un bello ramo de rosas con el que transmitirle a su madre el amor
que sentía por ella. Y cada tarde, esperaba con ansia también que este
amor fuese plenamente correspondido. Mientras tanto, observaba como la
inspiración llegaba a mí hasta límites insospechados, componiendo otra
de mis obras maestras, las Danzas Góticas. Suzanne fue la primera en
conocerla justo el día en que, por fin, se mudaba a una de las
habitaciones contiguas a la mía en la rue Cortot. Mi vida era ella, sólo
ella, y esa vida la hubiese entregado yo al diablo con tal de que
aquella situación no cambiase jamás. Era “mi Biquí”, como gustaba
llamarla, y cuando compartía mi alcoba escribía cientos de notas para
ella ensalzando su belleza y el profundo amor que bullía en mis
entrañas, infinito e inmaculado.
Pero cuando Suzanne desaparecía, abandonando nuestro nido de amor,
sufría hasta lo indecible, y mi corazón se marchitaba y dolía como una
daga candente atravesada. Y yo necesitaba hacer fluir aquel sentimiento
al mundo cuando ella no estaba presente, para así paliar mi atormentado
sufrimiento ante su ausencia. Comencé a notar que mi adorada se cansaba
de mí, evitando nuestros encuentros cada vez con mayor frecuencia, pero
yo quería y necesitaba negar aquella terrible evidencia. De pronto
comprendí que mi comportamiento no era sino el principio de la locura,
la cual asomaba a mi mente poniendo en peligro mi salud tanto psíquica
como física, debiendo encontrar una solución rápida y eficaz. La
culminación de mi inestabilidad emocional llegó al decidir, en uno de
mis inexplicables arrebatos, acudir a la policía para obtener protección
contra el poder subyugador de aquella mujer fatal, dejándome encerrado
en una celda el tiempo necesario para sacar de mi cerebro tanta pasión
incontenible, tanto acerado dolor en mi corazón, ya ni siquiera saciado
con su propia presencia ni con su bendito cuerpo a mi absoluta merced.
Sin embargo, al fin, seis meses después de nuestro primer encuentro,
Suzanne se marchó para siempre de mi lado, dejándome abatido y solo, una
víctima más a la que añadir a su colección de amantes. Pero al
desaparecer de mi vida, se llevó también mi corazón, roto en pedazos e
incapaz de ser nuevamente reconstruido. Por ello nunca pude amar a otra
mujer que no fuese mi adorable Biquí. Jamás pude recuperarme de aquella
pérdida, aunque bien es verdad que, aún con ella misma, me sentía
igualmente condenado de por vida.
Suzanne continuó con sus diversos amantes después de mí, hasta que un
día encontró la horma de su zapato al unirse sentimentalmente a un
muchacho veintiún años más joven que ella, llamado André Utter, quién la
abandonó de forma temprana al igual que ella había echo conmigo y la
mayoría de hombres que habían logrado gozar alguna vez de su amor.
Sé que el fin se acerca ya para mí, pero estoy convencido de que el
gran amor de mi vida aún me sobrevivirá bastantes años más, con
su belleza intacta a pesar del tiempo transcurrido. Supongo que es una
de esas mujeres elegidas por el destino para actuar como musas hasta el
fin de sus días. Yo ya no podré ser testigo de ello, aunque al menos
dejaré constancia de su azarosa vida y su indiscutible inmortalidad…
Arcueil, Junio de 1925
P.D. Dejaré lo concerniente al resto de mi vida en otras cartas
aparte, que el lector podrá hallar en compañía de esta. Hacerlo aquí
carecería de sentido, pues indudablemente me repetiría en exceso.
© Francisco Arsis (2007)
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