|
Aquí estoy
de nuevo, tras un breve paréntesis, con una nueva aventura sacada de la
imaginación despertada a través de mi enciclopedia particular. El dedo
tropezó de lleno sobre una palabra llamada “Absenta”, que no es otra
cosa que una bebida con gran contenido alcohólico, de gran parecido en
el sabor al anís, pero que sin embargo carece de azúcar añadido, lo que
la convierte en una bebida ligeramente más amarga.
Y como quiera que no me resulta convincente inventarme una historia
sobre la absenta, mi punto de mira se ha dirigido hacia un personaje
controvertido a la vez que muy interesante, llamado Erik Satie, un
músico francés que vivió un fugaz amor con una mujer llamada Suzanne
Valadon, la cual gozó de numerosos amantes y que fue retratada por
varios pintores, entre ellos Santiago Rusiñol, Miguel Utrillo o Ramón
Casas. De éste pintor precisamente encontré la fotografía que aparece
aquí, en la que la propia Suzanne se halla con mirada perdida a punto de
beberse una gran copa de licor de absenta, y que al parecer era su
bebida favorita. Por lo visto, su fama de persona independiente,
bohemia, libertina, mentirosa y bebedora empedernida nunca pasó
desapercibida.

EL ÚNICO Y
GRAN AMOR DE SATIE (Parte I)
Suzanne…
Dispuesto a dar el último repaso a mi vida, podría sin duda comenzar de
otra forma esta última carta, al igual que he venido haciendo estos
últimos tiempos con todas las demás. Pero inevitablemente el pensamiento
me lleva una y otra vez a ella, nada más que ella, el único y gran amor
que he tenido.
Cuando muera, alguien dará entonces con mis cartas, y a buen seguro que
aquél que lo haga quedará sorprendido por esta obsesión mía con Suzanne.
Y no podría ser de otra manera, por mucho que yo me empeñara en no
padecer de tales sentimientos. En todas mis cartas hago referencia a
ella de una forma u otra, aunque supongo que no tan intensamente como
espero hacerlo aquí. Y es porque pienso que me hallo frente a una
especie de testamento, donde ella obvio es que debe figurar en primer
lugar.
Aquí, sentado frente a mi escritorio, no he dejado hasta este momento de
contemplar el retrato que Suzanne me hizo hace ya más de treinta años,
durante nuestro idílico amor, y que permanece inerte junto a mi
colección de paraguas, algunas de mis cartas dirigidas a ella y nunca
entregadas a su destinataria, así como los dibujos que tanto me
recuerdan a aquella tormentosa aunque para nada despreciable etapa de mi
vida. Por eso, quienes entren en esta casa de Arcueil tras mi cercana
muerte, lo primero en que se fijarán además de lo anteriormente citado,
cubierto por el polvo y la suciedad acumulada al paso de los años, será
en esta cuidadosa carta, necesaria para poder dejar en paz mi pobre
espíritu, ya cansado y deteriorado ante tanto errante caminar.
No quisiera limitarme, no obstante, a recordar únicamente aquellos seis
benditos meses en que nuestro amor fue una realidad, pues considero que
tal vez merezca la pena que el futuro lector conozca parte de la vida de
Suzanne y la mía propia, tanto antes como después de nuestra relación,
aunque solo sea en forma de pequeños esbozos. Creo que podré hacerlo sin
resultar demasiado anodino, pero si no fuese así espero que aquellos que
me lean sepan perdonarme a pesar de todo.
Los primeros años de mi vida transcurrieron en mi propio lugar de
nacimiento, Honfleur, una pequeña población situada en la baja Normandía.
Corría el año 1866, un año de poca relevancia dentro de la historia de
Francia, como no fueran los escarceos de Napoleón III en México a la
hora de apoyar la instauración de un imperio por parte de Maximiliano I,
archiduque de Austria, por citar algo al respecto.
Pero cumplidos los cuatro años, mi padre decidió trasladarse al propio
París, debido a un ofrecimiento de trabajo como traductor, donde conviví
hasta la muerte de mi madre, acaecida en 1872. De allí pasé, en compañía
de mi hermano pequeño Conrad, a residir de nuevo en Honfleur junto a mis
abuelos paternos. Fue entonces cuando se produjo mi primer contacto
directo con la música (no en vano mis padres pasaron gran parte de su
vida componiendo), al recibir lecciones por parte de un organista ciego
al que aún recuerdo con cierta nostalgia. Supongo que, de alguna manera
u otra, influyó de forma determinante en mi vida, labrando las semillas
de mi futuro como músico.
Sin embargo, aquella empresa duró más bien poco, pues apenas seis años
más tarde, en 1878, moría mi abuela, debiendo reunirnos mi hermano
Conrad y yo con nuestro padre Alfred de nuevo en París. Por aquél
entonces, nuestro progenitor había decidido casarse de nuevo, esta vez
con una conocida maestra de piano en los ambientes de París, y con la
que se dedicó a publicar composiciones de salón. Ciertamente fue una
especie de matrimonio de conveniencia, por mucho que pudiera existir
amor entre ambos. Personalmente, mi pobre madrastra no me parecía más
que una mediocre compositora del movimiento romántico, y nunca entendí
como mi padre pudo casarse con alguien como ella.
En mi fuero interior, yo desea ser músico a toda costa, al menos
emulando a mi padre, aunque este no fuese considerado como un compositor
de talento. Por ello insistía de continuo en que me dejaran ingresar en
el conservatorio parisino, hasta que al fin, en 1879, mi padre acabó
accediendo. No podría juzgar a ciencia cierta cuales eran sus
pensamientos respecto a mis posibilidades como músico, pero el caso es
que poco tiempo después de mi ingreso fui rechazado por la mayor parte
de mis maestros, considerando que carecía de la aptitud necesaria para
ser tenido en cuenta. Aquello supuso una profunda frustración dentro de
mis pequeñas aspiraciones, pero que a pesar de todo no logró abatirme
finalmente. Tras dos largos años críticos, fui admitido una vez más por
extraño milagro, aunque pasados tres años más, alrededor de 1885, apenas
había logrado sorprender a ningún maestro, contando entre los alumnos
más rezagados y poco provechosos.
Así pues, hallándome con casi veinte años y moralmente abatido, creí
oportuno acceder al servicio militar, en un intento de encauzar aquella
triste y precaria vida tenida hasta entonces. Pero, al cabo de unas
cuantas semanas y comprendiendo que la vida militar no estaba hecha para
mí, decidí abortar aquella situación tan poco satisfactoria,
ingeniándomelas con gran astucia simulando repetitivas bronquitis
agudas, y saliendo indemne de una forma que ni aún yo mismo soy capaz de
comprender cómo pude lograrlo.
Desde entonces, mi destino comenzó a estar ligado a Montmartre. Allí
conocí a grandes y queridos amigos, como Claude Debussy, Patrice
Contamine o Maurice Ravel, los cuales siempre significaron mucho para
mí. Aún recuerdo con infinita nostalgia las veces que nos reuníamos en
el Moulin Rouge, el gran cabaret por excelencia, y nuestras posteriores
correrías por el Boulevard de Clichy. Sin embargo, y a decir verdad, no
fue sino en el café-cabaret Le Chat Noir donde comenzó a crecer mi labor
artística. Allí construí las Gimnopedias, utilizando como fuente de
inspiración uno de los poemas de Contamine, titulado Les Antiques. El
encanto de aquellas antiguas danzas de guerra espartana nos fascinaba
tanto a ambos, que fuimos incapaces de ignorarlas.
Durante mi etapa en el Chat Noir compartí también aficiones con
innumerables artistas y bohemios, como George Auriol, Henri Rivière,
Aristide Bruan, Guy de Maupassantt o el mismísmo Toulouse Lautrec. Pero
mi mayor satisfacción en el cabaret llegó al convertirme durante gran
parte del año 1888, en auxiliar de su pianista principal, Albert
Tinchant. Y, para este servidor y desgraciado gentilhombre, poder
recomendar al auditorio musical mis amadas Gimnopedias, no tenía precio.
Siempre he creído que esta obra, esencialmente artística, podría figurar
entre las más bellas del mundo, sin intención de coquetear con la
pedantería.
También resultó gratificante durante aquella época acompañar en el piano
a un talentoso cantante como lo era Vincent Hyspa, con sus divertidas y
atractivas sátiras políticas. Pero no fue sino el propio Debussy quien
despertó en mí la verdadera pasión por la música, a unos niveles
indescriptibles. Yo sabía, ciertamente, que jamás podría alcanzar su
técnica y finura musical, y así se lo hacía saber, aunque mi buen amigo
me demostrase admiración mutua de continuo. Uno se rompía la cabeza con
tal de sorprenderle, harto difícil de lograr, y aquello imagino que
acrecentaba mi saber, si bien en una dirección que en nada se asemejaba
a la musicalmente correcta. Debussy era la seriedad, la completa
armonía, y yo era el contrapunto, la atonía, y sin embargo conseguía
captar el interés del público, lo que hizo encaminarme hacia aquella
extraña dirección que nunca supuse equivocada.
Pasado de largo el año 1890, fui llamado por la Orden de los Rosacruces
para convertirme en su compositor oficial y maestro de capilla, lo cual
me llenó de orgullo, cayendo invariablemente en sus manos. De esta época
surgieron mis composiciones más místicas, como lo fueron Salut Drapeau o
Le Fils des étoiles. Supongo que me siento incapaz de menospreciar mis
logros artísticos, haciéndolos nombrar en esta especie de testamento,
pero reconozco que mi particular egocentrismo nunca me ha dejado otra
elección, y espero que el lector sepa comprenderme en su justa medida.
Y fue entonces, apenas dos años después, y tras entablar gran amistad
con un grupo de artistas catalanes que convivían en Montmartre, Miguel
Utrillo, Ramón Casas y Santiago Rusiñol, cuando la misteriosa e
inigualable belleza de Suzanne Valadon se cruzó por primera vez en mi
aciaga vida…
© Francisco Arsis (2007)
|