Crónica murciana y “pililas” al aire…

                                                                                                             Por Mercedes Martín Alfaya

Se dice, se cuenta, se rumorea, nos han dicho que, este año, la entrega de premios de Canal Literatura estuvo al rojo vivo, por eso el sol se vino a Murcia. ¡Qué calor!

 

La furgoneta de José y Clara salió de Madrid con el apoyo de otro vehículo, el del profe; la familia crece… El sábado por la mañana, recogimos a Jesús y a Gaby en el aeropuerto: él venía de Vigo, ella de Ginebra (Suiza).

¿En qué “T” aterriza Jesús...?

Vueltas y más vueltas por el Aeropuerto hasta que damos con la clave: T-4. ¡A por ellos! Una vez que estuvimos todos: Clara, su marido, Mercedes de Villalba, Carlos, Ana, Jesús, Gaby, el profe y yo, nos distribuimos en los coches y las maletas y mochilas pierden de vista a sus dueños. “Tú y yo en la furgoneta, las mochilas en el coche” “Nosotros en el coche, las maleta en la furgoneta”… “Perdón. Y yo… ¿dónde voy?” ¡Ay, que nos dejábamos esta mochila en el asfaltooooo!  ¡Qué líoooo!

¿Listos?... Pulgares en alto, sonrisas profiden y mariposas en el estómago. ¡Nos vamos a Murcia!En el camino nos cruzamos con otros vehículos que no iban a la entrega de premios; pues que hubieran participado…

Otras expediciones, con gente de nuestro taller literario salen de distintos puntos de la península: María José Gancedo de Benalmádena (Málaga), Lupe García, de Valencia; José Manuel Aparicio, de Bilbao,  Pablo de Aguilar, de Murcia; María Dolores Sánchez, de Madrid y Francisco Molina, de Murcia.

 

Nos esperan más de cuatrocientos kilómetros de viaje y vamos dosificando con paraditas para repostar café y gasolina. Algunos aprovechan para no perder el hábito de la lectura: aquí, Clara y su marido José ojeando el libro: “Los valles olvidados” de otra compañera del taller: Lola Buendía.

 

En el super de una gasolinera, se me ocurre comprar unos chupa-chups que ofrezco a mis compis de viaje. El profe se pide el de limón y programa el GPS: “Siga recto por el carril de la derecha e incorpórese a la izquierda… ´cuando pueda´”.  De pronto,  veo que el profe empieza a ponerse rojo y no era del calor porque el coche llevaba aire acondicionado. Se da golpes en el pecho y emite unos pitidos y una tos que no acaba de romper. ¡Ay! me lo he cargado. “Profe, toma un zumito a ver si pasa” Pero el trozo de caramelo se le ha quedado pegado al final de la garganta y no se mueve de ahí. Agua… Más zumo… Más tos… Los ojillos vidriosos…

Velocidad: 100 k/h

Humedad relativa: 50% y tosiendo

Estado de la mar: fuerte marejada.

¡Profe!...

¡Qué susto! Si es que no te puedes fiar de este invento con palo que comercializó un tal Domingo Massanes allá por el año 1956; malas ´puñalás´  le den… En fin, recompuesto el profe, continuamos ruta.

Al llegar a Murcia, los termómetros de la capital del Segura nos reciben con fogosidad.  ¿Qué no?... Ahí tienen la foto que tomó una compañera (Tag) que venía de Valencia.

Como el profe, aunque vive en Madrid, es murcianico, y cartagenero para más empaque, nos lleva sin problema hasta el hotel “NH Amistad”; digo yo que el nombre está muy bien puesto, porque en esto de competir, de boquilla para afuera todo va bien  pero, en lo más profundo, cuando gana otro, se te queda una cara de papel de estrasa…

 Al entrar, nos encontramos con María José Gancedo, premio especial del público, que estaba radiante y muy bien acompañada de familiares y amigos; no es para menos.

También reconocí a Carmen Posadas, jurado del Premio Especial, que salía del ascensor. Estaba guapísima: elegante, juvenil y con ese glamour inconfundible e innato que la distingue.  Salvatore, el marido de María Luisa, la dueña de Canal Literatura, me estuvo preguntando por el viaje y mientras charlábamos veo que alguien se acerca. -Aquí viene Carlos, dice Salvatore. Y yo, que de lejos veo menos que un murciélago en un túnel y, para colmo, no utilizo gafas porque soy muy presumida, pensé que al decir ´Carlos´ se refería a Carlos Garrido, un participante que ya es amigo de otros años. De manera que le miro muy contenta y le grito: “¡Qué pasa, tronco!”… ¡Ay, la Virgen de Castellón…! Cuando se acerca y veo que no es él se me calló el pasmo al suelo. ¿Qué quién era? Pues, nada más y nada menos que el famoso poeta Carlos Marzal: “Desventurado corazón perplejo…” Y que, además, era miembro del jurado “Amor en el tiempo”. ¡Cachys…! Menos mal que el poeta tiene un envidiable sentido del humor y lo tomó bien; pero, de verdad, me quería morir. Esto me pasa por ser tan presumida y no ponerme las gafas cuando hay que ponérselas, que la gente con gafas tiene mucho atractivo. Mirad qué guapos estaban el profe y su ´clon´ Jesús, ambos con lentes incorporadas.

 

 

 

 

 

 

En fin, subo a la habitación del hotel y nada más ver el sillón a cuadros junto al ventanal, me acuerdo de Felisa, una compañera del taller que también estaba nominada como finalista, pero que este año no ha podido venir. Ella recuerda este sillón con nostalgia y dice que ya forma parte de nuestra memoria colectiva. Un abrazo, Felisa, y enhorabuena por esa mención especial con la que te ha premiado el jurado.

Seguimos…

Ay, no sé si contarlo… ¿Es que todo me tiene que pasar a mí…? El caso es que yo pensaba que esa expresión de “mucha mierda” con la que te desea suerte la gente, pues se refería a eso, a que antiguamente, en Paris, sólo podían permitirse ir al Teatro las personas de clase pudiente, que acudían al mismo en coche de caballos. Entonces, si en la puerta del Teatro había gran cantidad de “mierda” era señal de mucho público y de éxito seguro. Pues, bien, me da por abrir la ventana de la habitación para mirar fuera y me veo a cuatro tíos en batería, ´pililas´ fuera y meando. ¡Mi cámara de fotos! ¿Dónde está la cámara de fotos? Es que si lo cuento no se lo creen. Total, que cuando encontré la cámara, los tíos ya andaban sacudiendo. De todas formas, el triunfo quedó asegurado: ¡mucho orín!, que se diría en este caso. 

 

Nos juntamos unos veinte para comer.

Los camareros del bar nos miraron como si no fuéramos de allí y nosotros les devolvimos la mirada como si fuéramos paisanos. Sí, sí, esperamos mesa… Formamos una fila pegadita al mostrador y escucho a una señora que se estaba comiendo un centollo con el marido: “Mira que venir a Murcia de vacaciones con este calor. La gente está un poco loca…” Me entraron ganas de decirle: señora, tiene usted la misma falta que la mayoría de la gente, sacar conclusiones de algo que no sabe; con lo fácil que hubiera resultado preguntarnos y con mucho gusto le habríamos respondido: Venimos a una entrega de premios literarios donde las letras es el punto álgido que mueve y mantiene la existencia de todo nuestro caudal creativo y existencial… ¿Qué? ¡Que todavía no se lo cree!...

“Pasen por aquí, por favor”. En filita y como los buenos, seguimos al camarero hasta el rincón de honor.  Tin-tin, tin-tin… ¿Todos tienen ya sus bebidas? –pregunta Jesús, nuestro gallego entrañable-, pues de pie que vamos a brindar. Y con el “ascendere, descendere, catare, olere, mirare y comprobare” la comida-almuerzo queda inaugurada entre carcajadas, confidencias, chistes y un montón de platos que el camarero iba dejando esturreados por la mesa.

¡Ay!, si no se apartan, yo creo que alguien sale de aquí herido a botonazos. Me explotaba el vaquero y se me formó un flotador en la tripa que amenazaba con desplazarme los brazos como el Michelín de los neumáticos.

“Aún tenemos tiempo de tomar una siesta hasta la hora de la cena-gala en el hotel”- dijo alguien. ¿Cena? Buajjjj. No me habléis de comida, por diossssssss.

 

Y llegó el momento estrella de la noche.

¡Tachan-n-n-n!

Abanicos de regalo en la entrada y un lujo de mesas con manteles blancos, flores y numerito: me tocó la cinco (sin rima ¿eh?, que el pareado es más antiguo que el hilo negro).

 

Allí nos encontramos con el resto de compañeros y amigos. Qué guapos estábamos todos. María Luisa, que es un encanto de mujer, va recorriendo las mesas y, como buena anfitriona, nos da la bienvenida. Reconocemos al resto del jurado mientras nos sirven el Jumilla; que entra suave y refrescante. Nuestras compis, Dorotea y Felisa, que no pudieron venir,  llegan a través del hilo telefónico para desearnos feliz velada. Huy, hablando de velada, aquí tenemos a la gran protagonista, nuestra vela del Desván, esa que nos acompaña en los momentos importantes y que distribuye la magia sin molestar.

Los encurtidos de la región, una delicia. El foie frío, estupendo. El atún con tocino, las berenjenas, los berberechos, el lomo de cordero con setas y pistachos. El dulce, el membrillo, las fresas, el plátano frito… ¡Que ya no puedo más! Ahora sé por qué todos los años me veo tan gorda en las fotos de la entrega de premios: claro, los dan después del atracón.

Y sin más dilaciones, pasamos a los premios:

 

 Los más ´buenorros´

 

 

 

                                                                                                         Los más elegantes

 

Los más felices

 

 

 

Premio especial al profe, Ramón Alcaraz, por su trabajo, su aliento, su saber estar, su dedicación y entusiasmo. Y por enseñarnos a recibir como un regalo todo lo que la vida pueda ofrecernos.

  

                                               En la foto, el profe y la cronista.

 

Resto de premios y premiados, en la web de Canal Literatura.

 

Cuando terminó la cena, cerca de las dos de la madrugada, me ocurrió algo curioso. Tomé el ascensor para subir a mi habitación; nadie en los pasillos. No sé si fue el Jumilla o el fantasmilla, el caso es que no encontraba la 322. De pronto, aparece un señor- guardia jurado- y me pregunta si necesito ayuda. Le digo el número de mi habitación y me pide que le acompañe; él delante, yo, detrás, tirando del zapato derecho que ya se me dormía por los rincones. “Aquí es”. Le doy las gracias y se marcha. ¡Mierda! La tarjeta no entra. Pruebo de frente y de costado. Que no... Entonces, aparece otra vez el señor guardia como si saliera de la pared y me pide la tarjeta. La introduce en su sitio y abre. Joder, no veas qué atino tuvo el tío, con la rajilla tan escuchimizada…

Desorientada y feliz, entro en la habitación. No quise encender la luz. Allí, en la penumbra, bajo una luminosidad extraña que venía de la calle, descubro el perfil del sillón a cuadros: austero y frío como una sentencia. Sin hacer ruido, me doy una ducha y me dejo caer en sus brazos. Y como en una ensoñación, por fin, escucho su voz: “No llores porque ya se terminó, sonríe porque sucedió”.

 

 

Por la mañana, descubro un enorme charco de agua en la habitación. Llamo al recepcionista y me pregunta si he abierto la ventana. Le digo que sí, pero omito la visión de las ´pililas´ al aire. Parece que se condensó agua de la refrigeración y por ese motivo goteaba el techo. Puede ser…

 Recojo mis cosas y me despido de todo lo que me ha acompañado en mis sueños.

Los compañeros del taller habíamos quedado en la puerta del hotel para desayunar. Y allí estábamos todos, con nuestro atuendo cotidiano y nuestros ojillos de diario.

Nos queda el regreso… Y el saludo de las enormes aspas de molino que siembran los campos de la Mancha.

Felicidades a todos los premiados y finalistas y, en especial, a María Luisa y Salvatore, que celebraban sus bodas de plata coincidiendo con el Premio Especial: “Amor en el tiempo”.

Muchas gracias a la organización de Canal Literatura por el esfuerzo tan enorme que supone un evento como este. Por cumplir nuestros sueños, por unir puntos geográficos en favor de la amistad y por dejarnos cada año este aroma tan rico en la memoria.

Volveremos a encontrarnos; sin duda. El premio está garantizado. Mientras tanto, como dice García Márquez: “Nunca dejes de sonreír, porque nunca sabes quién se puede enamorar de tu sonrisa”.

 Un abrazo y hasta siempre.

*     *     *

 

Por cierto… He perdido un zapato… Ay, ya sé… El sillón a cuadros… Seguro que me lo dejé debajo del sillón a cuadros…

 

 Texto y fotos:

 Mercedes Martín Alfaya

 

                                ©Asociación Canal Literatura 2004-2009