Momento. Por Mercedes Martín Alfaya

La editorial Berenice publica este mes un libro de relatos del prestigioso escritor británico J. G. Ballard: Fiebre de guerra. Se trata del último libro de cuentos del autor de El imperio del sol y el único que permanecía inédito en español hasta esta edición, en la que se incluyen historias enmarcadas en la ciencia ficción, la sátira más atrevida y la fantasía lírica. Fiebre de guerra reúne historias como El parque temático más grande del mundo, El desastre aéreo o Recuerdos de la era espacial.

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El jueves, asistí a una tertulia literaria en casa de un matrimonio encantador; ella es psicóloga clínica y él médico. En la tertulia, había un profesor de lingüística de la Universidad de Málaga, un ensayista, un editor, un escritor, una escritora y traductora, y yo. La casa tenía el encanto de las grandes mansiones, con verja, camino empinado con trozos de piedra a modo de escaleras, arboleda y puntos de luz estratégicos que, en la noche, lucían como antorchas que resaltan rincones. Nos sentamos en una terracita acogedora, alrededor de una mesa con sillones, sillas y sofá de exteriores. Allí, las luces, dispersas y puntuales, nos envolvían en una especie de atmósfera mágica y cálida, desde la que contemplar la silueta oscura del muro, la arboleda y todo lo que atesoraba la noche más allá de nuestro momento intimo.
El libro a debatir era ese: “Fiebre de guerra”. Me sorprendió la crítica pormenorizada y analítica de los contertulios; aprendí un montón. Minervina, la psicóloga, siempre pone una guinda exquisita en sus comentarios, añadiendo que Ballard en este libro nos presenta unas historias desprovistas de vínculos, por eso resultan tan curiosas; además, ella tiene una voz muy dulce y sus palabras consiguen abstraer al resto. Al margen de la tertulia con vinillo y tapeo, lo que más me gustó fue compartir un momento nocturno con personas a las que a penas conozco, hablar de literatura, debatir opiniones…, y el güisqui que nos sirvieron (auténtico escocés y de barrica de Pedro Jiménez). Si me dicen que me voy a tomar un vasillo de güisqui mientras se comenta un libro, no me lo creo (yo, que me mareo con un bombón de licor…). El caso es que, la noche estaba ahí, detrás de los árboles, silenciosa y enigmática, mientras nosotros charlábamos en un porche con plantas que colgaban de la pared, luces de almíbar y la calida sencillez de los anfitriones, como si el mundo se hubiera esfumado y sólo existiéramos nosotros, Ballard y el güisqui.
Cuando volví a casa, en el coche de mi amiga, las dos llevábamos en la mirada un trocito de momento irrepetible. Paró a un lado de la rotonda, bajé y nos despedimos. Antes de entrar en el portal, me volví y levanté el brazo. Ella me hizo un guiñe con los faros y se alejó. De pronto, los grillos dejaron de cantar.

texto y foto: Mercedes Martín Alfaya
(www.tallerliterario.net)

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    2 comentarios

    1. Precioso el momento que tan generosamente describes y compartes; yo, tacaa, lo haba embotellado en un frasco con la etiqueta “Tertulia inolvidable” para recordarlo con nitidez en otros momentos ms grises de la vida. Solo se te olvid un detalle: como t estabas con la espalda al jardn, no viste los relmpagos de una tormenta lejana, sin truenos audibles, que reforz la impresin de encontrarnos en una isla flotando en medio de la noche. Ah, y los grillos siguen cantando, algo ms bajito, pero siempre estn cerca.

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    2. Gracias, guapa, por compartir los momentos, hacer de chofer, describirme la tormenta que se me escap y por cuidar de los grillos para que sigan cantado, aunque sea bajito.

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