A mano armada. Por Boris Baltodano Bazán


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-Esta chambita va a ser bien fácil, tío…

Yo no quería meterme en más problemas de los que ya tenía, me quedé sin chamba hace poco y no he conseguido nada porque no terminé el colegio. Estaba desesperado.

…mira compa’rito, llegamos, le quitamos su mochila y safamos, así de simple, nos dividimos lo que encontramos a la mitad, ¿’ta bien o no?…

Mirar la cara de tristeza en mis hijos cuando me pedían comida me partía el corazón. Tuve que hacerlo.

…yo sé que estás necesitado pe’ tío, por eso te llamé. Yo sabía que ibas a atracar. Mañana vamos a cuadrar a un chibolo que siempre se viene por el mismo camino, yo sé que tiene plata, para siempre bien vestido…

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Tenía ya todo planeado, asistiría a la universidad como todos los días, para no levantar sospechas. Iría, como siempre, manteniendo el perfil bajo. Luego, ya harto de esta vida, me tiraría de ese precipicio que tantas otras veces fue testigo silencioso de vidas que se acaban a voluntad del propietario. Estaba seguro que nadie notaría mi ausencia hasta dentro de unas horas, cuando sería ya muy tarde. Todo marchaba acorde al plan, iba repasando todo en mi cabeza mientras inconcientemente caminaba hacia la culminación de todo, cuando de repente me encontré forcejeando con dos tipos que nunca había visto en mi vida. Todo pasó tan rápido que sólo recuerdo sentir un terrible dolor en el estómago y luego estar boca arriba en el suelo con todas ésas personas mirándome y hablando sin poder entenderlas. Dicen que en estos casos uno siempre ve su vida pasar frente a sus ojos, pues no es cierto. Sin embargo, ésas voces llamándome se escuchan cada vez más fuerte.

Boris Baltodano Bazán

Diciembre, 2007

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