Realidad y ficción. Por Francisco Rodríguez Criado


Cuando Arthur Conan Doyle estaba en la cima de su carrera era usual que la policía, confundiendo al autor con su personaje el detective Sherlock Holmes, solicitara sus servicios en la creencia de que él les ayudaría a resolver ciertos casos. Este es precisamente el sendero que recorre el último libro que he leído, la novela de Julian Barnes Arthur & George, basada parcialmente en hechos reales, en la que Conan Doyle investiga un caso de mutilación de animales que trajo en vilo, en tiempos posvictorianos, a la policía inglesa. Fue el propio acusado, el abogado George Edalji, hijo de un vicario parsi, quien se puso en contacto con el escritor para que buscara a los verdaderos culpables.
Esta fusión entre persona y personaje no es nueva. Algunos, incluso, la han llevado a extremos patológicos. Ejemplos: Johnny Weissmüller (Tarzán) murió loco creyéndose el Rey de los Monos, y Bela Lugosi (Drácula) dormía en un ataúd hasta el día en que falleció y fue enterrado con la capa del vampiro al que había dado vida en tantas películas. Por no hablar de Calígula: el papel de emperador le parecía insuficiente y acabó convirtiéndose en una divinidad.
Hugh Laurie, el actor que interpreta a House, ha dejado temporalmente la serie por culpa de una depresión. Al parecer se había metido demasiado en la piel del doctor y después de catorce horas diarias de rodaje la persona seguía asumiendo el rol del personaje. Ignoro si en la vida real Laurie cojea apoyado en un bastón y es asaltado por enfermos que solicitan su ayuda, pero bien mirado este podría ser el argumento de una buena novela sobre las patologías humanas.


Francisco Rodríguez Criado
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